Pocos versos como estos que componen
"Hombre" me han traspasado de tal forma; como el rayo tormentoso que te alcanza de repente iluminando tus tinieblas con más y más aguas oscuras, más y más océanos de dudas.
Pocos poetas como
Blas de Otero y su
"Ángel Fieramente Humano" han sido capaces de mostrarme lo duros que podemos llegar a tener los ojos, lo pétrea que podemos llegar a tener el alma, que de tanto horror que día a día contemplamos y sentimos, sufrimos y tragamos, ni los unos se nos caen hechos añicos ni la otra se nos quiebra en mil pedazos; que sólo se nos cansan, se nos arrugan, se nos velan y se nos duermen por el constante golpear de las aguas de la impotencia y la cotidianeidad servil en los arrecifes de nuestras carnes; y que no tenemos, a cambio de esta maldición, mayor libertad, sin embargo, que la de nuestro inconformismo rebelde, hecho grito salvaje y desgarrado...
"Hombre" Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte,
al borde del abismo, estoy clamando
a Dios. Y su silencio, retumbando,
ahoga mi voz en el vacío inerte.
Oh Dios. Si he de morir, quiero tenerte
despierto. Y, noche a noche, no sé cuándo
oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando
solo. Arañando sombras para verte.
Alzo la mano, y tú me la cercenas.
Abro los ojos: me los sajas vivos.
Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas.
Esto es ser hombre: horror a manos llenas.
Ser -y no ser- eternos, fugitivos.
¡Ángel con grandes alas de cadenas!
Blas de Otero"Ángel Fieramente Humano"