Vida Puta y Sin TalentoTannHäuser. Año 5. Zurda Creación |
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VELADA MEMORIAA tientas, cada vez más segura en su nuevo medio, la oscuridad, llegó hasta el sofá, y se quitó los zapatos, recogiéndolos cuidadosamente, uno junto al otro, al lado del cabezal. Luego se recostó. Un suspiro amargo, perfumado de tedio, se le escapó de la boca. En el piso reinaba un silencio esculpido en soledades y angustias que no hacía sino aumentar el peso de su oscuridad. Como el borracho que ahoga sus pesares en la barra del bar o el suicida que acalla sus absurdos en el salto al vacío, disfrutaba castigándose una y otra vez en el ejercicio del recuerdo, y el acostumbrado desfile mental de imágenes dio comienzo; vio de nuevo, como había hecho todos los días de aquellos últimos meses, todos los cuadros que había pintado, que habían nacido de su mente, sus ojos, sus manos, y que jamás podría volver a contemplar; aquellos lienzos que eran en sus infinitos cromatismos y contrastes el trasunto de ella misma, de todo aquello bueno y malo que alguna vez le corrió por las venas. Recordó también todas las caras que, sonrientes, amantes, severas, comprensivas le habían devuelto alguna vez la mirada desde niña; tantas y tantas de ellas, se lamentó, para siempre perdidas, deficientemente archivadas en la memoria, cada vez más perezosa en definiciones; otras muchas, todavía a su lado, meditó, tendría que conformarse con palparlas y acariciarlas, reconocerlas a través del sentido del tacto que tan torpe se le antojaba todavía… Caras, rostros familiares… los de sus amigos, Miriam, Julia, Rosa… Diego… las de su familia… papá, mamá… sus dos hermanas… Luisa y Cristina… y, por supuesto, la cara, los ojos, todo Miguel entero… su voz… sobre todo su voz… ¿Cuánto hacía que no escuchaba su voz…? La ausencia de lógica, la absurdidad de esta duda repentina la sorprendió en su inmediatez. La asaltó la idea inquietante de estar olvidándolos, desvaneciéndosele todos en la oscura bruma de su ceguera, como si no pudiesen cobrar vida sino en sus ojos y éstos, al morir, hubiesen cerrado tras de sí toda posibilidad de volver, como antaño, a aquellos que quería… que la querían. Todavía estaban ahí, claro, pero los sentía tan lejos… como si hiciese muchísimo tiempo de la última vez que los tuvo a su lado. La sensación a todas luces ridícula, pero escalofriante, terriblemente turbadora, de llevar allí encerrada toda una eternidad, o, peor aún, de que la ceguera no sólo la había reducido a la oscuridad permanente, sino que la había apartado también de todo posible contacto con la realidad exterior, con la verdadera vida. A decir verdad, ahora que pensaba en ello, no podía encontrar en su cabeza por más que lo intentaba imágenes claras de su inmediato pasado. ¿Dónde habían huido los recuerdos de los días de hospital, las visitas de sus familiares y amigos, las palabras de Miguel, siempre a su lado, consolando su desesperación primera… incluso sus iniciales y titubeantes pasos en el universo invidente, rehaciendo sonido a sonido, tacto a tacto, su nuevo modo de vida…? Se dio cuenta de que sólo podía recordarse a sí misma en aquel apartamento en el que tan bien se desenvolvía porque lo conocía ya a la perfección. Fuera de aquellas paredes no parecía haber nada más… Lentamente, como una ola gigante en pos de una costa que arrasar, Íran sintió abrirse su corazón, resquebrajándosele en pedazos, sintiendo cómo ese mismo caer de los trozos astillados de sus adentros se hacía también en sus ojos; los muros de sus tinieblas se desmoronaron y la luz empezó a filtrarse por las crecientes hendiduras. La visión volvía a ella punzante y dolorosa, como una maldición eterna, como un mal incurable que se sospecha afincado en nuestras raíces pero que negamos una y otra vez inconscientemente, creyendo que ese negro futuro nunca nos ha de alcanzar. En pocos segundos la oscuridad cesó y la realidad tomó posesión de sus formas y colores. Estaba en su apartamento… pero no porque tuviese el conocimiento de haber entrado en él, sino porque lo veía con sus propios ojos. Pero todo estaba cambiado, muy distinto de cómo ella recordaba haberlo dejado la última vez que pudo verlo. Fue entonces cuando la foto, aquel retrato que jamás antes había contemplado, llenó de gritos de fuego la hondura de su alma. Allí estaba, en la cómoda que ya no tenía las llaves que ella había dejado, la misma cómoda en la que nunca antes había palpado ninguna foto, ningún marco… Y en aquel mismo instante, Íran supo… y ya no hubo lugar para ningún otro tipo de preguntas. Sí, allí estaba ella, la última nochevieja, en plena fiesta, completamente borracha, bailando con sus hermanas, descalzas las tres, sobre la mesa. Miguel no salía en la foto pero estaba allí, bromeando con unos y otros, también del todo ebrio. Recordó entonces, como el que huele un aroma perdido de la infancia o paladea un sabor que creía irrecuperable, que en aquel preciso instante, mientras se inmortalizaba sonriente en la película fotográfica, ser completamente feliz en aquel instante; en la vida y en el arte las cosas marchaban bien… Seguramente por eso, pensó, mientras lágrimas de niebla evanescente descendían sus mejillas, justo cuando todo parecía sonreírle, el destino se había de encargar de introducir la fatalidad en su vida… en su muerte… aquella misma noche… Sus ojos proyectaron vividamente la imagen de una carretera que se tuerce, el ancho tronco acercándose irremisiblemente, abriéndole sus fauces negras… y su propio cuerpo atravesando el parabrisas, alzando el vuelo con alas de muerta, vestidos de espectro, hacia lo ignoto. Lo último que escuchó antes de desvanecerse para siempre fue el abrirse de la puerta de su apartamento. Tras ella, Miguel, herido por la melancolía del amor arrebatado, entraba en el piso, ya completamente vacío… © JIP 03/03/2004 00:25 Comentarios » Ir a formulario |
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