Vida Puta y Sin TalentoTannHäuser. Año 5. Zurda Creación |
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marzo, seis, cero-cincoEsto de la blogosfera tiene algunas cosas buenas, sin duda, y algunas otras que no lo son tanto. De las buenas no voy a hablar, entre otras cosas, porque si algo funciona, déjalo como está, ¡ni lo mientes siquiera! En la malo, o lo peor, en las heridas, en cambio, siempre se puede escarbar, más que nada por aquello de tocar un poco las narices, darle cancha a ese alma mórbida que todos llevamos dentro. Y de entre todo eso malo que tiene, o le veo, a la blogosfera, lo que menos aguanto es, de un lado su profundo compadreo, y su insalvable premura del otro. Es decir, que por una parte, las más de las veces, tienes lectores porque tú, a tu vez, también a ellos los lees, y por la otra, has de andar siempre con tiento de no pasarte en lo que escribes, de no agobiar, de frenar tus palabras a sabiendas de que van destinadas a un medio cuya principal virtud no es precisamente la paciencia… Algo así como que si tu me lees –y me comentas- yo te leo –y te comento-, pero escribe cosas cortas, y digeribles, nada extraño, que tengo hoy todavía muchos otros blogs compadres que visitar –y leer, y hasta, quizás, que comentar- y no me quiero calentarla olla demasiado. Esto no siempre ocurre, claro, hay honrosas excepciones, pero lo cierto es que el invento funciona más o menos de esta manera. Los hay por ahí que echan sus pestes por otros lados, que se quejan de que cualquiera se crea en la libertad de tener algo que decir, de tener algo que escribir. Los hay incluso que se lamentan de la fugacidad de todo en conjunto, de que sus ideas y palabras vivan apenas más allá de los segundos que median entre una y otra actualización. Bueno, están en su derecho, qué duda cabe, pero la verdad es que eso es algo que a mí, particularmente, me trae poco cuidado, porque yo, ante todo y sobre todo, escribo para mí mismo, y, después, circunstancialmente, para los demás. Por eso me revienta ese compadreo del que hablaba, porque, la verdad, me gustaría pensar que si alguien se acerca a lo que escribo es porque le gusta o le interesa, incluso le llega, o todo lo contrario, lo enerva o enfurece, y no, en cambio, porque espere por mi parte un autocomplaciente intercambio de lecturas y comentarios. Por eso me revienta esa premura de la que hablaba, porque lo que quiero es escribir, de lo que quiera y cuanto me venga en gana, sin preocuparme de si mis palabras son demasiado largas, o demasiado duras, o demasiado airadas, porque si en verdad el que me lee lo hace porque quiere, porque piensa que lo que tenga que escuchar de mí le puede aportar algo, no debería importarle cuánto tiempo invierte en leerme, ni si mis opiniones, ideas e imágenes amplían, destruyen o rebaten su particular visión del mundo. Resulta curioso que toda esta chundarata que me -y os- estoy soltando venga a consecuencia, o eso creo, de haberme pasado la noche en blanco, pensando, y también leyendo… Pensando en muchas cosas en general y en una persona en particular… Y leyendo, o terminando de leer, “El Guardián entre el Centeno"”… Cuando lees a menudo, cuando es tu costumbre devorar un libro tras otro, pasa a menudo, que te da la impresión, acabada cierta lectura, de que tú no escogiste leer ese libro en ese momento, sino, antes al contrario, que fue él, el libro, el que decidió en ese instante abrirse ante ti, supongo que para decirte algo, sobre ti mismo, y tus días, cómo los llevas, o dejas de llevarlos; en resumen, detenerte un segundo, y reflexionar… Ayer tenía previsto que hoy, domingo, me iría a Barcelona, para dar un paseo, comprar libros viejos, ir a ver algunas exposiciones que tengo pendientes… quién sabe, tal vez incluso también ver a alguien, a esa persona, o personilla, que me hace pasar las noches en blanco, leyendo y pensando… Pero ocurrieron cosas, es lo que tiene la vida, que siempre sucede algo, algunas veces muy bueno, y las más de las veces no tanto. Así que en lugar de haberme pasado el día en Barcelona aireando mis obsesiones, ahora estoy aquí, escribiendo toda esta insufrible parrafada, porque me pasé la noche pasada pensando, y leyendo a Salinger, y también, por qué negarlo, porque me encuentro bastante cansado, y también bastante harto… Hay un pasaje en la novela de Salinger que me llamó poderosamente la atención, porque en él la hermana de Holden, Phoebe, le recrimina a su hermano, literalmente, "Que a ti no te gusta nada… No te gusta ningún colegio, no te gusta nada de nada. Nada"… Es curioso, y extraño, porque a mí me ha ocurrido, eso mismo, o parecido, que me echen en cara, me reprochen, gente que me conoce, o algo así, e incluso me quiere, decididamente; que me acusen de eso, de amargar las cosas, agriarlas, con mi forma de ser y pensar; de quemarlo todo, arrasarlo, y no dejar nada, absolutamente NADA… ni tan siquiera semillas para, tal vez, volver a empezar… Quizá es cierto, quizá tenéis razón, quizá, como a Holden Caulfield, no me gusta nada… o tal vez es que siempre he sido demasiado exigente para este mundo y nada de lo que en él me he encontrado ha sido jamás como a mí me hubiese gustado que fuera… La vida no es justa, ni fácil, nadie dijo nunca que así fuese… y los sueños están para quien los busca, los persigue, y no, definitivamente, para quien los encuentra… o eso piensa… Por eso ha sido alentador y alienador a un tiempo, un libro así, como el de Salinger, que me viniese a buscar, justo en este momento mío, tan bajo, tan cansado, tan de vuelta de casi todo… Haberse sentido uno siempre tan equidistante de todo y de todos, tan lejano, tan dentro de mí y fuera del mundo, porque no me gustaba nada, absolutamente nada, cómo su presunto hacedor lo había distribuido todo, y luego verlo ahí, lo mismo, el mismo pensamiento, en las palabras de otro, un tal Salinger, que las pensó y las puso sobre el tapete ahora hace ya más de cincuenta años… Es mágico, sin duda, y aterrador. La magia y el terror que quise reflejar en el anterior post, el del guante y los poemas, ese intercambio de ácidos y de luces, desde las mentes de unos a las de los otros, y entre medias la página, y así sucesivamente, hasta el infinito, o las tinieblas, si es que no son lo mismo… De modo que estaría bien, sería precioso, encontrar ese lugar, entre el centeno, en que la nada se convirtiese en todo, las cosas adquiriesen alguna suerte de significado, y todo se sintiese más próximo a tus entrañas, menos loco... aunque es difícil, lo sé, para unos más que para otros, y para mí desde luego mucho. Terriblemente. Muy difícil. Debido a eso, todo y que hoy he escrito mucho, y pensado más, quizá más de lo debido, las cosas van a peor por aquí, los aledaños de mi persona. Cada vez menos las ganas de leer. Cada vez menos las ganas de escribir. Curiosamente, cada vez con más ganas, única y exclusivamente, de NADA… Me ronda desde hace tiempo la idea de cerrar estas puertas, muy seriamente, por aquello de la hartura y del cansancio, ya sabéis… y también porque cada día me cuesta mucho más agacharme a recoger del suelo los pedazos rotos de mis ilusiones… No lo sé, puede que lo haga, al fin, las cierre, o tan solo me tome un descanso, o Satán sabe qué… Lo que sí es cierto es que cada vez leo menos blogs amigos, y de ellos, cada vez menos artículos, seguro que algunos lo habéis notado, de modo que supongo que poco a poco, de seguir en esto, y seguir así, me iré quedando tan sólo con unos pocos lectores, esos sí, de verdad, de los buenos, a los que probablemente no les importará que cada día más mis palabras tiendan hacia ese exceso y esa desmesura que ahora mismo son reflejo de mi ánimo convulso y mi alma desencajada... En este sentido, y por mi parte, el compadreo y la premura van a quedar saldados poco a poco. Al menos así será, supongo, hasta que eche el cerrojo… … o hasta que le encuentre algún condenado sentido a mi nada… © JIP" 06/03/2005 22:25 Comentarios » Ir a formulario |
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