Vida Puta y Sin Talento

TannHäuser. Año 5.

Zurda Creación

LEWIS; UNA RELECTURA

He leído por tercera vez en tres años “Una Pena en Observación” de C. S. Lewis, y lo cierto es que no sé si, de querer volver a hacerlo en el futuro, me quedará mucho más que subrayar, porque no he parado de marcar frases y más frases, a veces párrafos completos, y apuntar aquí y allá, en los márgenes, un buen puñado de ideas e interrogantes, reflexiones, tantas, que tengo la impresión de haber pasado como de puntillas por el texto en mis lecturas anteriores. ¿En qué tenía la cabeza? ¿Cómo pude pasar por alto tantas cosas? Es un libro precioso, deslumbrante, muy emotivo, que lanza al aire un sinfín de preguntas en tan reducido lapso de espacio y de tiempo, que sus apenas cien páginas se agradecen precisamente por eso, porque se hacen tan cortas, pero a la vez tan intensas, que no te da ninguna pereza, de tanto en tanto, dedicar una tarde o una noche a revisitarlas. Es como un pequeño y fascinante paseo por la zozobra.

Una pena en observación


Consulto las fechas. Julio de 2003, abril de 2004, y ahora, justo un años después, de nuevo, la “pena”, a estudio, a disección. Decidí leerlo, la primera vez, porque acababa de ver la adaptación de Attenborough, "Shadowlands", "Tierras de Penumbra", con Debra Winger y Anthony Hopkins, soberbios. Quedé embrujado. Necesitaba más, y allí estaba el libro, esperando. La película narra el antes de ella, de su muerte prematura, el conocerse y enamorarse, el amarse, y el unirse después en la enfermedad, antes del fin. El libro cuenta el después, de la muerte de ella, en el dolor y la pena de él, y también la rabia de no encontrar respuesta a tantas preguntas terribles.

Tierras de Penumbra


La segunda lectura se debió a otro libro, también de Lewis, “Cautivado por la Alegría”, en el que hace un repaso a su vida, desde la niñez a la madurez, y a cómo, con los años, fue capaz de abandonar el ateísmo y abrazar la fe cristiana, encontrar la felicidad y el júbilo en el amor a Dios, cuando toda la vida había pensado, y creído, que no había dios. Todo esto, claro, antes de encontrar el júbilo verdadero, el amor de su vida, y luego perderlo, al poco tiempo, así que decidí que era tiempo de volver a vivir la disección de su pena, para observar el contraste entre ese primer amar a dios, encontrar en él un sentido, y odiarlo después, sentirlo causa de la pérdida de lo único que en realidad había cobrado un auténtico sentido.

Cautivado por la Alegría


Ayer intentaba hablarle de él a Soledad, presentárselo en cierto modo, así que empecé a leer algunos de mis pasajes subrayados, y ya no pude parar; tuve que leerlo entero de nuevo.

No voy a engañarme, sé que si descubrí tantas cosas nuevas en el texto, o necesité descubrirlas, fue porque ahora hay algo en mi vida que no estaba en mis otras lecturas, esto es, el amor, increíble y terrible, las dos cosas, como el que Lewis sentía por Helen, o como él la llama en el libro, simplemente "H". De alguna forma estas reflexiones, lo sé, no han de ser sino una extensión de la larga carta que días le escribí, a ella, a MP… La identificación, mientras leía, fue, salvando las distancias, casi total. Mientras caminaba junto a Lewis, sentía mías su pena y su angustia, y sobre todo, muy míos también todos sus interrogantes sin respuesta. Últimamente me lo he planteado mucho, cómo sería un vivir sin ella, no porque, como a Lewis, me la hubiese de arrebatar una enfermedad, o la fatalidad, sino porque, sencillamente, nos hubiésemos perdido el uno al otro. No habría una muerte de por medio, pero sí, pienso, un morir, en los dos, espiritual e imborrable. ¿Cómo serían mis días; mis mañanas y mis noches? ¿Cómo afrontaría el tener que sacar adelante una vida, la mía; relacionarme con los míos, incluso conocer gente nueva, sin reparar a cada instante en lo que, voluntariamente o no, eso tanto da, perdí definitivamente? Resulta difícil no pensar que sería horrible, que acabaría destrozado, y que me revolcaría durante muchísimo tiempo en el sufrimiento y la autocompasión, sintiéndome víctima del más insoportable de los castigos.

Lewis y Helen


No deja de parecerse a una grave enfermedad, sentir y querer así, subir hasta tan alto mientras amas, para luego tener que bajar, y caer, dártela de bruces contra el dolor, y no saber reaccionar, y en cierto modo no querer reaccionar, porque secretamente albergas la esperanza de que vuelva, la felicidad, y prefieres esperar y anhelar en el sufrimiento antes que pasar hoja y empezar a rehacerte, renunciando así, piensas, a la resurrección de lo perdido.

A Lewis el cáncer le quitó a H, y enseguida clamó a Dios, en el que tanto creía, o esa había pensado: “Y, en el entretanto, ¿Dios dónde se ha metido? (…) vete hacia Él cuando tu necesidad es desesperada, cuando cualquier otra ayuda te ha resultado vana, ¿con qué te encuentras? Con una puerta que te cierran en las narices, con un ruido de cerrojo, un cerrojazo de doble vuelta en el interior. Y después de esto, silencio” La verdad es que uno no va a encontrar más respuestas que las que uno mismo se dé a sí mismo. No hay voces en el cielo, ni en la tierra, ni debajo de ella, ¡y mucho menos parlanchines arbustos incendiados! Si hay Dios, en cierto modo, lo encontrarás en ti, en esa respuesta que te regales, la que te ayude a seguir ahí, en la brecha de la vida, aun jodido, si crees lo suficiente en ella.

Los verdaderos Lewis y Helen


Lewis se puso a escribir porque no podía hacer otra cosa, necesitaba esa válvula de escape, echarlo todo fuera, vomitarlo, y de algún modo lo logró, pasando de la pena inconsolable y la rabia profunda a la serena aceptación de su desgracia, transformando el odio hacia un dios displicente en amor, de nuevo, hacia una deidad entre cuyos poderes no se cuenta regir el destino de los hombres, sino, antes bien, dignificar y divinizar la vida con la posibilidad de amores como el suyo, de almas como las de él y H, juntas, amándose mientras vivos, y amándose más si cabe después, en la muerte y la separación: “En este sentido H. y todos los muertos son como Dios. En este sentido, amarla a ella se ha convertido, dentro de ciertos límites, en amarle a Él (…) No mi noción de Dios, sino Dios. No mi noción de H, sino H”; “Cuando le planteo estos dilemas a Dios no hallo contestación. Aunque más bien es una forma de decir: ‘No hay contestación’ (…) ¿Puede un mortal hacerle a Dios preguntas que para Él no tengan respuesta? Fácil que sea así, creo yo”.

Clive Staples Lewis


Hay un párrafo precioso y brutal que pienso resume la idea general que he preferido extraer de mi lectura, más que nada porque se acerca a mis propias ideas, mis respuestas, aquello en lo que yo puedo creer, y a lo que en cierto modo, un día sí y otro también, doy cabida en mis textos: “Pero supongo que esto es simplemente vuestro [de Dios] gran experimento. O no; quizá no sea un experimento ya que no tenéis necesidad de confirmar nada. Mejor sería decir que es vuestro gran proyecto: crear un organismo que sea espíritu al mismo tiempo; crear esa formidable paradoja que es el ‘animal espiritual’. Coger a un pobre primate, una bestia con los nervios a flor de piel, una criatura cuyo estómago pide ser saciado, un animal reproductor que necesita a su pareja, y decirle: ‘Venga, y ahora conviértete en un dios’. No me cabe duda de que si hay un Dios, está hecho de infinitos Dioses, tan grandes en alma y luz como él, que somos nosotros, todos y cada uno de nosotros, al hacernos hombres; agotando nuestros posibles, tanto en júbilo como en aflicción.

Toda la “pena” de Lewis acaba por mostrarse “como un proceso”, que es también un progreso, hacia lo que es natural, que es al principio crecer y aprender, vivir, en lo alegre y en lo triste, amar, tal vez, y luego perder, antes o después, separarse, de aquello que quieres o sueñas, porque se va él, te deja, o eres tú el que abandonas a todos, y entras en la nada, en la muerte, que es en sí, un ser, un dejar de ser vida para pasar a ser muerte. Es “el proceso”, es la vida, y hay que estar a la altura de ella, al menos intentarlo, saber amar primero, como saber afrontar la pérdida, la carencia, la tristeza y la zozobra, después, cuando dos destinos se separan. Hay que buscar esas respuestas que te permitan seguir adelante, que no será un seguir adelante igual, porque ya no eres el mismo, ya no tienes aquello que perdiste, estás “tullido”, amputado de por vida, pero sigues siendo, vida y hombre, y divinidad, sangrante y doliente, sí, mientras vives, y también después, en la muerte, para los que quedan, en su recuerdo, y para ti mismo, en lo Oscuro y lo Enigmátco, que todos, antes o después, descubriremos, quizá...

Enamorados


Y en cuanto a mí, ¿qué puedo decir? ¿He sacado algo en limpio tras todo lo escrito? ¿Seré capaz de firmar estas mismas palabras de hoy tiempo adelante, cuando el curso natural de la vida me lleve hacia la pérdida o la tristeza? ¿Seré incluso capaz de volver a maravillarme con el libro de Lewis, como anoche, si en ese futuro ya tengo a MP junto a mí? Sería una dura prueba sin duda, y no puedo, ni quiero aventurar por el momento mis reacciones, todo llegará lo busque o no. Lo único que se me ocurre ahora mismo es que igual que no parece haber techo para la capacidad de amar, tampoco hay, al parecer, fondo para el dolor, la rabia, el odio o la tristeza; igual que no hay más respuesta que uno mismo, uno mismo es también el límite de sus brillos y sus tragedias, que a veces, todo y contenerse en la geografía de un simple cuerpo humano, pueden alcanzar para varios infinitos. Lo importante, supongo, reside en lo de ensayar aquello de la divinidad, en cada aliento, en el gozo y en el júbilo, pero también en la pérdida y el desamparo; buscar siempre, las respuestas y los límites, de uno mismo y en uno mismo, que acaso sólo eso se tiene, existe realmente, y lo demás, y los demás, adquieren carne, vida y muerte, en la medida en que somos, o luchamos por ser, en lugar de abandonarnos al pasar...

© JIP
06/04/2005 00:18

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Autor: Magdca

Creo que siempre sucede con las lecturas lo que aquí planteas. Nunca es igual la primera que la segunda o la tercera, la tercera lleva la ventaja que ya conocemos el argumento y ahora nos fijamos en los detalles. Aunque también creo que sucede lo que dices respecto a nuestras circunstancias emocionales.
Respecto al amor y la posibilidad de su pérdida creo que es según por lo que termine una relación. Si la otra persona te lastimara tanto y por ello terminara la relación, creo que se sufriria menos que si se terminara porque uno cometió un grave error. A mi no me gusta sufrir de amor, por eso jamás intento cometer graves errores, pero si los cometen conmigo (graves, por supuesto) no sufro, me quiero más yo que a la persona que me dañó que no merecería mi dolor.
Quiero felicitarte, que lindo que hayas encontrado el amor, que sea siempre hermoso para los dos.
Un abrazo

Fecha: 09/04/2005 03:58.



Autor: JIP

El caso de Lewis es, por supuesto, el extremo, perder a la persona amada en la muerte. Todo lo que no sea eso ha de ser, por supuesto, menos doloroso, y es verdad, como dices, que todo depende de las causas que hicieron acabar un relación y, también, quién hizo de los dos, el mayor daño... De todos modos pienso que, aunque se lleve bien, cualquier separación, siempre habrá momentos en los que se recordará aquello bueno que hubo entre los dos, feliz, y se ahogará uno en la nostalgia y la melancolía del pasado irrecuoperable, y también paradisíaco, precisamente por eso, por perdido ya, y por irrecuperable...

Gracias por dejar tu huella, Magda, un abrazo...

Fecha: 09/04/2005 08:37.


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Autor: pablo

Es la tercera vez que veo, la peli de attenborough, y también quedé embrujado, ahora pienso comprar el libro de la pena, para conocer mas este trance que estoy pasando.

agrego la poesia que recita la winger (esta bellísima)a hopkins...

NIEVE EN MADRID

suave, tan al azar,
tan bella, tan ligera, tan ligera.

el cielo cruel deja caer algo que no combates.

los hombres, antes de perecer, ven con ojos ilesos, por una vez, como algo suave cae del cielo.

saludos pablo

Fecha: 15/01/2006 01:45.


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