Pero ahora que caigo no os conté el sueño, y ya dudo que pueda porque me tuve que ir pitando, que me las pelaba, porque llegaba tarde al curro, una mañana más. Y es que uno es un desastre, lo ha sido siempre, pero sólo ahora vive solo, vivo solo, dependiendo de mí y sólo de mí, o sea; Eterna Maldición. En fin, que no sé hasta qué punto podré contar demasiado, del sueño quiero decir, pero lo prometido es deuda, al menos para mí, más que nada porque a mí me prometieron mucho y no me dieron nada y bien que me cabreó y me tocó los cojones, así que no es cuestión de contradecirse hasta tal punto, quiero decir, hasta el punto de ser un Auténtico y Contradictorio Cabrón Sin Palabra, aunque luego no haya forma de escapar a eso, contradecirse y ser inconsecuente, que hasta parece que más vivamos de eso que del aire, del primero al último, sin excepción, si es que ha venido de vientre de mujer. Conque explicaré las pocas impresiones que me quedan del sueño, que empezaba, creo, por que yo me había quedado dormido en el sofá, y empiezo a pensar que de ahí me vienen los pinchazos en la cabeza, de dormir en esta mierda de sofá, astroso y barato de verdad, que me está jodiendo las cervicales, y éstas a su vez la cabeza, y ésta a su vez, bueno, lo que sea sin nombre que fluye circunvoluciones adentro... Así que yo estaba dormido, pero eso no duró, porque algo me despertó, como un ruido extraño, y peligroso, cual si pavoroso, pero no del todo, a medias entre asustante y descorazonador. Difícil de explicar, sobre todo a estas horas, habría que estar aquí dentro y, la verdad, tampoco os lo aconsejo. La cuestión es que se oía en casa, en mi casa, lo cual era toda una putada, porque sonaba como una de dos, o se estaba quemando, o me la estaban desvalijando algunos hijos de la gran perra... o quizá el universo se acababa -coño, ya son tres-, y empezaba a terminarse precisamente por mi casa, ya es guarra casualidad, ¡y yo durmiendo! Suerte, querida, cuánto me quieres, perra... Conque me levanté y fui hacia la habitación donde todo sonaba. ¿Qué me encontré? Una jauría. De gatos pequeñitos y ardillas frenéticas, y hurones y tejones con epilepsia, los unos sobre los otros, destrozando y mordiendo, y arañando y arañándose, entre ellos y mis muebles, y mis alfombras, aunque no tengo, pero en el suñeo sí, que por algo es sueño y se puede uno amueblar el piso como le rote. Sí, habéis leído bien; ¡hurones! Con lo monos que son, ¡y lo que apestan los mamones! Cuántas veces la belleza huele mal y nos alejamos de ella, no queremos ni pedirle la hora, huímos expéditos, simplemente por eso, por las narices, las nuestras, que te dicen que largo de ahí que no lo soporto; pero ve tú a saber quién no apesta en este puerco mundo. Jamás para uno apesta su mierda. Ni su sobaquillo. Del aliento mejor ni hablemos. Por eso los anósmicos saben, saben algo distinto que nosotros, al menos de ciertas exóticas bellezas. ¿No? Bueno, a lo que iba, que me la estaban destrozando entera, la casa, aquellos animalejos dentudos e hiperactivos, monadas auténticas, pero viles con ganas, porque me estaban dejando hecho un asco la propiedad, más de lo que ya estaba por defecto, es decir, por mi causa -leáse indolencia, o vagancia, o dejadez suma-, aunque eso sí, de buena fe, prefiero suponer, porque si algo no me parece inútil todavía eso es el "National Geographic". No sé después qué hice, si cerré la puerta o llamé a los desratizadores o la emprendí a escobazos y a patadas con los vivarachos bichejos. El caso es que de ahí pasé directamente y de nuevo al sofá, el astroso y barato jodedor de vértebras, pero no estaba solo; estaban allí también Borges y Soledad. Y estábamos todos allí muy juntos y apretados, porque tres, ya se sabe, verdad, son siempre multitud, y yo no soy precisamente pequeño; de modo que era el que me sentía peor, más incómodo, porque estaba en medio y sintiéndome como chiquito, porque claro, a un lado estaba Borges, quiero decir, exactamente BORGES, y ya se sabe, Borges es siempre Borges, hasta cuando no lo conoces o no le has leído una puta línea, o incluso en sueños, que lo ves ahí, con esos ojitos ciegos y ese rostro arrugado como de eterna infelicidad. Y al otro lado estaba Sole, a quien no conocéis, sólo yo sé de ella, aunque tampoco demasiado, ni siquiera de vistas, aunque sí de oídas y leídas. Y bueno, Borges me oprimía porque era Borges, aunque no decía nada; simplemente estaba allí, quitándome porción de sofá. Y Sole me oprimía por otras razones, no por su nombre, está claro, Soledad, que es bien sabido que la soledad oprime e incluso ahoga y a mí hace tiempo que hasta me quiere matar, sino por otra cosa, o mejor dicho, cosas, un par, de buenas razones, de pechos, en suma, que los tenía aquí, justo en la cara, como llamándome, y yo con Borges al lado, callado él, agarrado a su cayado, y aquellos dos pechos, como sirenas, cantándome... ¡Púdrete de envidia, Ulises!... Pero Sole es mi amiga, o eso me gusta pensar, y la respeto, incluso en sueños, así que no hice ni dije nada, ni toqué, aunque ya me huebiese gustado; me quedé allí, como acongojado y casi muerto, mientras no pasaba nada, que al menos ahora recuerde. Y entonces pasó, algo oscuro, turbio, del todo desconcertante: que Borges se giró y me quiso besar, ¡Pero qué coño es esto! ¡QUÉ MIERDA DE SUEÑO ERA ESTE! ¡A ti te voy a besar viejo cegato infeliz, estando ahí la Sole, toda neumática y apatecible! ¡¡¡Innombrables morcillas de tripas de tigre para ti y tus labios besucones!!!... Y me giré, pero Soledad ya no estaba, es decir, que sí que estaba, la soledad, como ahora aquí, la que nunca se va, pero de la de carne y hueso y par de senos de impresión nada de nada. Así que desperté, no fuese que con haber más espacio en el sofá al porteño le diese por los arrumacos...