Sentado junto a una ventana, el espacio; más abajo asfalto, tránsito, rumor de civilización suavizado por la altura y la barrera de vidrio; más allá las montañas, lejanas, vagas, apenas algo más que sombra, aunque se distinguen un par de molinos de viento en casi la cumbre, blancos, avanzando. Se pregunta qué hora debe ser pero no quiere mirar el reloj, no quiere apartarse de la ventana, porque apartarse supondría afrontarse, decirse una vez más por qué transcurridas otras veinticuatro horas nada parece haber cambiado. Si el reloj corre entonces todo está muriendo alrededor; por eso unos ojos ciegos son tan valiosos. Permanece estático, todo pensamiento cobarde. Podría vivir así el resto de sus días, se dice, impregnándolo todo de pensamiento cobarde, como una larga araña tejiendo su hogar, hasta hacer de todo esto, de todo mí un mullido, sedoso sinsentido. Sí, eso, conque fuese capaz de convertirme en araña tanto de todo lo vería con otros ojos, los suyos, de arácnido, ignorancia, palpitante y orgánico no ser. Comer, cagar, reproducirme, pasar las muchas horas en espera de una nada no sabida. O mejor, como las plantas; me ahorro el derroche de fluidos. Luz, sólo luz y un algo de agua; sin terror, sin temblor, sin rubor. Un golpe súbito en el piso de arriba lo sacude, en un acto reflejo busca la causa, el corazón acelerado, fuera de sitio las manos. Exiliado de la ataraxia por cuenta ajena busca resignado el tiempo exacto en las manecillas. Después se levanta. Coge sus cosas. Resignado. Se marcha...
