Pienso en unas manos menudas y sin embargo ágiles, amantes de las tijeras y el pegamento, del papel de dibujo y el carboncillo. Tienen un cuarto secreto en el que jamás se filtra la luz, los ojos no son necesarios, sólo los dedos, el tacto sutil: eso y una sed loca de subvertir modelos. Pienso en esas manos y las pienso en escalofrío. Imagino esa oscuridad en la que se mueven, encerradas en ese cuarto como se encierran los adolescentes para tocar y ser tocados, atareadas, cortando aquí una pata, o las dos, aquí un brazo, pegándolo luego en otro cuerpo, ladeado e inservible; produciendo cientos de bocetos extraños, dibujando pequeñas deformes cabezas, miembros zancudos, todo hueso; narices de un solo ojo y ojos sin párpado; oídos maltrechos, ni siquiera aptos para escuchar la carcajada que provocarán; bocas torcidas de labios torcidos y torcidos dientes, negadas para la palabra pero perfectas para el balbuceo o el chillido innaturales. Terminan un boceto y luego hacen otro, luego otro más, así hasta que reúnen unos cuantos, luego los cuelgan de la pared o del techo: allí los revisan cuidadosamente, los palpan, auscultan, como padres amantes, como examinan su obra prohibida los escultures locos. Luego borran y rompen, redibujan, perfilan, manchan de tinta o cercenan de un tijeretazo... o de un golpe de ácido. Las piernas y brazos los sacan de una zarza profunda y nocturna, también a veces, cuando están de mejor humor, de los tallos de un rosal primigenio. Los troncos son bizcochitos escamoteados al desayuno, endurecidos y mohosos, por el tiempo y lo oscuro, por lo rancio de ese cuarto en el que tarde o temprano habrán de convertirse en torso. Las cabecillas deformes las excrementa un dócil conejillo biomecánico, rotos sus cuartos traseros desde hace años y encadenado a la mesa de dibujo, come pequeños pedazos de papel, el de los bocetos deshechados, y bebe zumo de blanca zanahoria helada a menuditas lengüetadas; antes o después acaban por surgir de su ano pelotillas negras ya provistas de deformes bocas y horribles ojos... aunque sólo a veces... Únicamente les queda encolar y dar pinceladas, de color y de vergüenza, darles vida y luz unos instantes, y luego, ya colmada su sed de atrocidad, abatido el aburrimiento, salir del cuarto, que a buen seguro la cena debe hacer ya un rato que espera... A veces, en un colmo de crueldad y sadismo, flemáticas y henchidas de orgullo dantesco, las manos graban algunos de éstos, “sus recreos”, filman a sus mejores monstruos en un robot de celuloide y luego lanzan la película al firmamento, a los cielos, para que caigan no sé dónde y tal vez algunos cualesquiera se diviertan y se echen unas risotadas a costa de sus tan amados abortos. De tanto en tanto, en alguna parte, un dedo uniforme aprieta un Play y los Freaks aparecen, toman la escena, en blanco y negro, grises pero importantes, las estrellas, empuñando sus cuchillos en la lluvia, acechando a la normalidad, haciendo valer la Ley de los Monstruos. Pero no dura mucho, apenas algo más de sesenta minutos. Después la luz se apaga, cesa el proyector, se detienen los rollos, y los deformes marginales se esfuman de la retina y el pensamiento, se ennadan en la oscuridad del cuarto, como se pierden los juguetes destrozados y mil veces recompuestos en el cajón de los desastres cuando apenas unos segundos atrás el niño ha escuchado a su mamá llamarle para la cena.