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VERSOS QUE NO SON VERSOS

<strong>VERSOS QUE NO SON VERSOS</strong> Leí "Ocnos" en una de esas fiebres devoralibros que a menudo me atacan, en el inicio de mi primer año en la Facultad de Psicología, a la postre el último, y ya entonces como ahora era para mí mucho más importante el dejarme embargar por el influjo de cualquier página elegida al azar más autodidacto, que aplicarme en las farragosas lecturas impuestas por los estudios; creo que siempre tendré un grave problema con eso... De la edición de "Ocnos" que me hechizó aquellos días apenas recuerdo más que su portada beige cremoso, su título en letras verde vivo, y la pequeña biblioteca municipal de la que lo saqué, pero de su lectura, en cambio, mantengo imborrables daguerrotipos mentales. Como escribió Ortega, "... citarnos el título de ciertos libros equivale a citarnos una ciudad donde hemos vivido algún tiempo; en seguida recordamos un clima, un olor peculiar de la ciudad, un tono general de su gente o un ritmo típico de existencia".

De aquello hace ya cerca de siete años y mi ritmo de existencia ha dado un giro radical, porque nos guste o no, siete años son una eternidad cuando se atalayan desde el presente, con esas asombrosas y a veces hirientes pinceladas de irrecuperable pasado con las que se nos presentan, y como todo libro ajeno cuya lectura disfruté, "Ocnos" volvió a mí, esta vez para alojarse definitivamente en mi biblioteca; yo me ocupé de ello. Tardó cierto tiempo, no obstante, pero cuando lo hizo, lo hizo en forma de una deliciosa y menuda edición del Ayuntamiento y la Diputación de Sevilla, del 2002, en conmemoración del centenario del nacimiento del poeta que, lo reconozco, me dolió mucho violar con mis apuntes manuscritos y subrayados... Se incluían además los poemas que componían "Variaciones sobre Tema Mexicano", el otro libro de poemas en prosa de Cernuda.

La relectura de "Ocnos" y la lectura de "Variaciones..." fue una experiencia mágica y, a decir verdad, sólo incluyendo el libro entero en este artículo podría hacer justicia a lo que fue para mí vivir sus versos, deslizarme por las visiones que el poeta compartía conmigo acerca de temas tan íntimos como su infancia, sus recuerdos, sus rincones secretos, o tan universales, como el amor, la naturaleza, la muerte, o el vacío de la nada, en poemas tan bellos como "El Miedo", "El Tiempo", "Belleza Oculta", "El Enamorado", "El Destino", "La Casa", "Los Ojos y la Voz", y tantos, tantos otros.

Gran parte de mi propia expresión, de la particular forma de acercarme al folio en blanco que desarrollé en aquellos tiempos, se la debo, por suerte o por desgracia, al ritmo, la cadencia sinuosa y la voz que estas prosas musicales me implantaron, y cuánto más paso por ellos -ahora que los tengo al alcance de la mano- más los siento como ambiguas esquirlas de espejo en los que reflejar tanto de mí mismo.

Cernuda incluyó este "ESCRITO EN EL AGUA " como poema final de la primera edición de "Ocnos", para eliminarlo posteriormente en las sucesivas reediciones del libro. Yo lo incluyo hoy aquí, como muestra de la capacidad de embrujo de la que estos “versos que no son versos” fueron capaces en mí y... ¿en cuántos otros más?... seguro que muchos...

ESCRITO EN EL AGUA

Desde niño, tan lejos como vaya mi recuerdo, he buscado siempre lo que no cambia, he deseado la eternidad. Todo contribuía alrededor mío, durante mis primeros años, a mantener en mí la ilusión y la creencia de lo permanente; la casa familiar inmutable, los accidentes idénticos en mi vida. Si algo cambiaba, era para volver más tarde a lo acostumbrado, sucediéndose todo como las estaciones en el ciclo del año, y tras la diversidad aparente siempre se traslucía la unidad íntima.

Pero terminó la niñez y caí en el mundo. Las gentes morían en torno mío y las casas se arruinaban. Como entonces me poseía el delirio del amor, no tuve una mirada siquiera para aquellos testimonios de la caducidad humana. Si había descubierto el secreto de la eternidad, si yo poseía la eternidad en mi espíritu, ¿qué me importaba lo demás? Mas apenas me acercaba a estrechar un cuerpo contra el mío, cuando con mi deseo creía infundirle permanencia, huía de mis brazos dejándolos vacíos

Después amé a los animales, los árboles (he amado un chopo, he amado un álamo blanco), la tierra. Todo desaparecía, poniendo en mi soledad el sentimiento amargo de lo efímero. Yo solo parecía duradero entre la fuga de las cosas. Y entonces, fija y cruel, surgió en mí la idea de mi propia desaparición, de cómo también yo me partiría un día de mí.

¡Dios!, exclamé entonces, dame la eternidad. Dios era ya para mí el amor no conseguido en este mundo, el amor nunca roto, triunfante sobre la astucia bicorne del tiempo y de la muerte. Y amé a Dios como al amigo incomparable y perfecto.

Fue un sueño más, porque Dios no existe. Me lo dijo la hoja seca caída, que un pie deshace al pasar. Me lo dijo el pájaro muerto, inerte sobre la tierra el ala rota y podrida. Me lo dijo la conciencia, que un día ha de perderse en la vastedad del no ser. Y si Dios no existe, ¿cómo puedo existir yo? Yo no existo ni aun ahora, que como una sombra me arrastro entre el delirio de sombras, respirando estas palabras desalentadas, testimonio (¿de quién y para quién?) absurdo de mi existencia.

Luis Cernuda
Ocnos
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2 comentarios

JIP -

Me alegro de que te embarguen mis palabras, y las de Cernuda, pues éstas últimas no son para menos.

Bienvenido a TannHäuser si es que decides volver por estas puertas.

un saludo cordial.

ricardo -

acabo de comprar el libro, me he sentado al sol y he leido un fragmento al azar: "escrito en el agua"
Dispuesto a colgarlo en mi bloc, leo embargado de emoción tus palabras.

...seguro que muchos...
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