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TRIUNFADORES

De Tomás F. todo el mundo decía que era un buen tipo, sus íntimos, sus amigos, incluso las gentes de hola y adiós, qué tal todo, yo bien, muchas gracias. Uno de esos tíos legales que siempre salen bien en las fotos, con porte, con saber estar, con lo que hay que tener.

Tomás F. tenía treinta y tres años, como jesucristo en la cruz, pero él era un triunfador; graduado cum laude en el extranjero regresó sólo para amasar dinero y más dinero, más del que usted o yo podremos gastar jamás, pero nunca hubo altivez ni petulancia en sus formas. Definitivamente era, con todo, un buen tipo.

Sus trajes fueron siempre los mejores, sus zapatos los más brillantes, sus chistes los más graciosos, tenía el poder de meterse a la gente en el bolsillo a las primeras de cambio, siempre lo tuvo, incluso desde niño, yo fui testigo. En el instituto empezó ya a acostumbrarse a las victorias, sobre todo en el catre. Se calzó las mejores chicas, estrenó sus entrañas, rompió sus corazones, fue de todas y de ninguna, porque tenía esa belleza que las vuelve locas: ojos azul cristalino, exótico; brillante pelo rubio; una sonrisa dulce, perfilada, decisiva… como un oficial de las SS de permiso en París en Mayo del 41.

Todo en él era fluido, sencillo, para los negocios y para las mujeres, sin mácula, pero la vida arrastra mucho polvo y todo lo acaba manchando antes o después.

Porque ese mismo Tomás F. era al que estaban despedazando ante mis ojos, golpe a golpe, encajando como un viejo boxeador de brazos cercenados. Era ya tan solo una masa informe de carne y sangre apenas palpitante, pero eso no importaba, porque Charles seguía pegando, pegando, pegando… Charles era un fulano alto y ancho, no gordo, sino ancho, como un armario vetusto, como una rueda de molino asesina, y su mandíbula era dura, terrible. Su misión en este mundo era quebrar huesos, y disfrutaba con ella, disfrutaba mucho. A Charles lo llamaban también el Dandy, o mejor, the Dandy, lo que no tenía sentido, porque Charles era cretino, burro, un verdadero andrajo humano que sólo servía para doblar almas con sus manos, pero algún estúpido borracho con ganas de cachondeo lo llamó Dandy, Charles the Dandy, allá en las islas, y eso debió hacerle mucha gracia a otros varios estúpidos borrachos ingleses, y así fue como a partir de aquello Charles, un necio idiota sin cerebro, fue conocido como el Dandy.

Al tal Dandy lo habían hecho bajar expresamente desde las islas hasta aquí para ocuparse del asunto Tomás F. Esto incluía romperle la cara y desgraciarle la vida. Esa misma cara bonita y esa misma vida de fábula que era la envidia de tantos y tantos perdedores y resentidos, chivatos hijos de mala madre… como yo.

Y ahora él, que siempre fue un tipo tan fenomenal, había bajado por fin a la tierra y ya era como jesucristo en su cruz, y yo sonreía, sonreía, y Charles, el Dandy, seguía haciendo eso que tanto le gustaba hacer, eso para la que vino a este jodido mundo de perros, sarna y traición, a pesar de que hacía muchos muchos golpes que Tomás F. se había roto para siempre.

© JIP

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