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tannhauser

EL TIEMPO DEL SUEÑO

Cuántos habían sido… ¿diez?… sí, diez años desde que se fue de casa, desde que abandonó esta pequeña ciudad que la vio nacer. Durante ese tiempo había vuelto de vez en cuando, claro, en Navidades, alguna Semana Santa, cuando murió la abuela… pero no se quedó nunca más de un par de días, tres a lo sumo cuando el entierro. Muy poco tiempo, lo justo para ver a la familia, sus padres, sus abuelos; besos, abrazos, carantoñas… comidas y cenas, todos reunidos de nuevo, o casi. Su hermano venía todavía menos y apenas llamaba. Convertirse en un hombre de provecho le había tenido siempre demasiado ocupado y la familia era algo que siempre iba bien, que funcionaba perfectamente sin él, hasta que un día, supongo, recibiese una llamada imprevista y todo se descolocase por un instante, y aun en tal caso, su mayor preocupación sería saber escoger el traje negro adecuado. La había visto, aquella foto, en su casa, hace unos años, encima de la chimenea, como un trofeo más, enmarcada en oro, todos juntos posando felices, ella y él, que ahora ni se hablaban, abrazados, y sus padres detrás, inmortalizados en su sonrisa. Aquella mentira ya era para él su única familia.

Pero no había por qué engañarse, ella no había sido una hija mucho mejor. Los recuerdos que guardaba de sus puntuales visitas eran tibios y pálidos, velados por el desinterés. En realidad lo único que quería hacer cada vez que volvía era dormir, horas y horas, en su habitación de toda la vida, aunque no quedase ya de ella más que una cama, cuatro paredes y diez años de vacío…

Diez años… Se preguntó si el tiempo corre más aprisa mientras estás durmiendo. Debía de ser así… sí, porque tenía la impresión de que todo había sucedido demasiado rápido y a sus espaldas, de que treinta y cuatro años la contemplaban ya y era incapaz de recordar en qué momento había empezado a dejar atrás sus ilusiones. Quizá había dormido durante demasiado tiempo.

Pero ahora estaba allí, en el puente, su puente, y tenía toda una semana por delante, siete días en los que recomponer olores y esencias, los retales amarilleados por el tiempo de toda una vida… Cuánto durarían aquellos siete días en tiempo de sueño… Prefería no pensarlo.

Muchas cosas habían cambiado, nuevos y altos edificios había crecido sobre las viejas casas, haciéndolas desaparecer, aquí y allá, en ambas orillas. Algunos de los más añejos caserones se arrimaban a ellos temerosos, rindiéndoles pleitesía con todo lo poco que podían dar de sí sus dos o tres plantas, como implorando tristones clemencia para sus cimientos. Pero su puente y su río seguían intactos, tal y como los abandonó… sí, porque abandonar era la palabra exacta, ahora lo sabía... No se hacía demasiadas ilusiones respecto a cuánto duraría aquello, pero al menos hoy podía apoyarse en las mismas piedras en las que tantas veces se sentó cuando niña, los pies colgando sobre el vacío, a contemplar el agua bajar. Intentó olvidarse de todo por unos segundos, dejar en blanco durante un tiempo sus pensamientos y disfrutar simplemente del placer de estar allí, sin preguntarse más nada.

Notó una fresca brisa deslizarse por su costado, cerró los ojos y ladeó la cabeza hacia ella para disfrutarla al máximo, como una afilada proa cortando salvaje el océano. El viento jugó con su cabello durante un rato y ella se dejó llevar. Luego la abandonó, sin duda ya aburrido, en busca de otros rostros y otras cabelleras con las que distraerse. Observó detenidamente aquel cielo plagado de nubosidad esponjosa, cómo el rastro de formas blancas seguía sinuosamente los suaves meandros del río, como si fuesen el reflejo del agua en el cielo, como si ambas fuesen la misma cosa. Recordaba el tiempo en que buscaba formas definidas en las nubes, era como ir de pesca al baúl de la imaginación, de allí podía salir cualquier cosa; dragones, castillos, cerdos, perros, gatos, coronas, manos enguantadas en blanco algodón… cualquier cosa. Pero ahora ya nunca conseguía ver nada en las nubes salvo las propias nubes, y de hecho se sentía incapaz de echarse la memoria a la espalda para intentar recordar la última vez que había pintado el cielo con sus pensamientos.

Pero las nubes seguían siendo las mismas, ¿no?... como el río, como el puente, como las cigüeñas que seguían también su curso como antaño. A ellas no les había importado que muchas casas se viniesen abajo, porque habían aprendido a anidar en los edificios que se levantaron sobre ellas, todavía más altos, y allí estaban, como todos los años, en sus grandes hogares de rama, volando de aquí allá, aterrizando un momento en las orillas y volviendo a despegar enseguida, rasgando el aire con el pincel de sus alas.

Volvió a notar esa presión en el pecho, la mordedura de la ansiedad, la ponzoña de la angustia que poco a poco había ido minando sus días. Quizá por eso había dormido tanto, porque en el sueño se sentía temporalmente a salvo de la horrible dentellada de la duda en su pecho. Se maldijo secretamente. Se preguntó a santo de qué venía traer algo como la duda al mundo… aunque, no… ahora que lo pensaba bien… no había duda en el mundo más allá del hombre, eso estaba claro. Acaso el río no sigue siempre su cauce… Sus aguas no se cuestionan jamás qué curso seguir, simplemente lo hacen, como las nubes, que se dejan conducir mansas y deslizantes por el viento, su pastor. Tampoco había visto jamás un mínimo asomo de duda en los animales, mira si no las cigüeñas, llevando la misma vida que han llevado siempre, la misma que llevarán mientras el hombre se lo permita.

No, todo aquello era un maldito invento nuestro, una lacra más a añadir a la larga lista de sinsentidos. De repente lo veía claro, allí plantada en mitad del puente, al abrazo del discurrir de nubes y aguas, se sentía la más pobre y mediocre creación. Para qué servían cosas como la razón, el espíritu, los sentimientos, todo eso que nos hace tan especiales, tan distintos, tan prepotentemente superiores… todas malformaciones, mutaciones malignas, estigmas de muerte e infelicidad. Acaso el amor no era una forma más o menos tardía de desengaño, acaso los recuerdos no eran poco más que prodigiosos instrumentos de tortura, acaso la inteligencia no era una especie de gran ojo que te permitía verte cara a cara con tu muerte… ¿Cómo es eso soportable?... No se puede vivir día a día en la muerte, los recuerdos, el desengaño y la mentira, sin que algo se vaya quebrando lenta pero inexorablemente en tu interior.

Se agarró el pecho. La sensación de vacío se desvanecía. Curiosamente, ahora que se sabía la criatura más tullida en todos los aspectos, sentía algo parecido a la liberación. Sabía que no sería tan fácil, que la dentellada de la angustia volvería a por más de su corazón, pero ahora mismo se sentía bien, como no se había sentido en mucho tiempo. Se le ocurrió algo. Algo terrible, mágico. Podía tirarse ahora mismo desde lo alto del puente. Eso una cigüeña jamás lo haría, ni las aguas saltarían de la tierra al aire, ni las nubes bajarían a fundir sus algodones en el río… Singular y única en su tragedia, ella era libre de acabar allí mismo. El río cuidaría de ella, pensaría por ella, la llevaría allí dondequiera que se escondiese su destino, porque él no dudaba, y si ella tendía hacía él sus brazos, esas mismas tibias aguas que la vieron crecer se encargarían también de ahogar todas sus dudas para siempre.

Reflexionó unos segundos sobre aquello, una parte de ella se hubiese lanzado con gusto al vacío en aquel instante, pero no lo hizo… y mientras abandonaba el puente se preguntaba si el no haber sido capaz de matarse allí mismo respondía a un arranque de cobardía natural y comprensible, instintivo, o bien a otro tipo de malformación espiritual, que se empeñaba en preservar la vida aun en la atonía, y cuyo nombre todavía se le escapaba.

De vuelta a casa, caminando solitaria, no hacía otra cosa que pensar en los siete días que le quedaban por delante y en lo volando que podrían pasársele si les aplicaba una buena terapia de sueño.

© JIP
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