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LA MUERTE DE ELÍAS

En ocasiones un texto, una necesidad de expresar determinados sentimientos o ideas, puede llevar germinando en tu interior desde mucho tiempo atrás sin que seas consciente de ello, incluso años, hasta que un buen día algo enciende la mecha y lo saca a flote; tal vez lo ves en algún sitio o lo escuchas por la calle en boca ajena, quizá se te presenta en el diálogo con un amigo o un conocido, las más de las veces lo lees en los libros, o simplemente lo piensas, así, de sopetón y sin venir a cuento; intempestivamente… y en ese instante sabes que tienes que ponerte a escribir…

Así, por ejemplo, estas líneas llevaban conmigo mucho tiempo, aunque no acertaría a decir cuánto exactamente, y sólo hoy me he topado con la espoleta que las ha hecho saltar. Debía tener 10 años, 11 a lo sumo, no lo sé muy bien, pero sí recuerdo que era noche entrada en un día normal, como cualquier otro. Acabábamos de cenar y mi padre había alquilado una película de vídeo… y yo la estaba viendo, allí, muy cerca del televisor, con mi padre y con mi madre, atento, embobado ante la magia de la pantalla, sin enterarme demasiado de qué iba todo aquello, pero increíblemente atento, con esa atención inmensa, con esos ojos enormes que sólo los críos pueden poner. Siempre se me permitió verlo todo en mi casa, desde niño, y no es este tiempo ni lugar para preguntarme sobre si es algo que debiera o no dejar de agradecer, pero lo cierto es que nadie me dijo que no mirase, que me tapase los ojos cuando asesinaron a Elías... y yo miré, y vi, la contemplé, entera, su muerte, la muerte de Elías... hasta el final…hasta hacerme saltar las lágrimas… y después de aquello ya no quise ver más…

En el curso de los años he vuelto a ver "Platoon" muchas veces, completa, de principio a fin, la he asimilado y la he entendido, si es que es eso posible, pero aun hoy la película de Stone, para mí, sigue reduciéndose única y exclusivamente a la Muerte del sargento Elías, marcada a fuego en mi recuerdo infantil como mi primera toma de contacto consciente, no con la Muerte, sino con la Guerra, que siempre me ha parecido mucho más terrible.

No sé por qué me atrae tanto, pero así es. Quizá mejor no saberlo, por lo mucho de odioso y execrable que puedo descubrir en lo hondo de mi alma. Porque lo cierto es que me atrae la guerra, lo bélico, ese matarnos los unos a los otros que optimizamos desde antiguo y que tan bien se nos da. Me atrae, sí, siempre lo ha hecho, supongo que desde que destriparon a Elías ante mis inocentes ojos, aunque probablemente esa atracción ya estaba antes, subrepticia, gestándose, pugnando por salir. Y sé que en esto no soy el único, que somos multitud. Para bien o para mal, dudo que haya vuelta de hoja en eso.

Quisiera pensar que me atrae como todas las cosas que no alcanzo a comprender, que se le escapan a mi juicio, que no encuentran cabida en mi corazón. ¿Cómo asimilar esa masacre? ¿Cómo afrontar que tienes que salir ahí fuera, a morir? ¿Cómo soportarte a ti mismo sabiéndote ejecutor de una vida ajena? Todos estos interrogantes poseen una erótica incuestionable, fluyen, quedan muy bien en los discursos, las lápidas, las novelas y las películas, incluso pueden llegar a ser buena lejía para las malas conciencias que ansían una redención barata. Pero no hay por qué engañarse. No he hecho el servicio militar, ni pienso hacerlo, y confío no tener que estar jamás bajo un fuego enemigo, pero sé que, cualesquiera fuese las causas y circunstancias que me pusiesen en una situación así, armado y soltado en un campo de batalla, yo, como cualquier otro, mataría... por mi vida, incluso por la de aquellos amigos de armas que, como yo, son también peones a sacrificar en el tablero de juego… Lo haría, sí, hasta que me derrumbase exhausto, o me poseyera la locura, o se diese el último disparo y todo terminase… o me diesen el último disparo y todo terminase… sólo para mí…

Es algo que está muy por encima de la política, el dinero o el poder: matarnos los unos a los otros está escrito en nuestros genes de bestia, esos que ni siquiera la ciencia, esa que tan bien y tan limpio mata, puede negar.

Yo en aquel entonces no lo entendí. Al fin y al cabo era un niño. Yo sólo veía correr a Elías , a un Elías herido, moribundo, que ya estaba muerto porque Barnes, un compañero, se había encargado de comprar su pasaje al otro barrio… pero seguía corriendo todo y no ser ya sino un cadáver… hacia los helicópteros, hacia sus amigos, hacia sus hermanos de sangre, hacia una imposible esperanza de salvación… y los vietnamitas corrían detrás de él… disparándole… una y otra vez… a él, a Elías, que ya estaba muerto, por mucho que corriese… muchos de ellos contra uno solo… y por la espalda… como los cobardes… disparándole… una y otra vez… y Elías recibiendo sus balas… una tras otra… al ralentí, en cámara lenta… mientras sonaban las maravillosas y trágicas notas del "Adagio for Strings" compuesto por George Delerue que tantas veces después he escuchado… salvaje… convulsionado… final… Elías encajaba... hasta que ya no pudo correr más y clavó las rodillas en tierra… pero hay que estar muerto del todo para no querer seguir viviendo… está en la sangre… en la de todos… también en la de él… y volvió a querer levantarse… ¿!Por qué!?... ¿¡Por qué lo hacía si ya estaba muerto!?... ¿¡Y por qué ellos seguían disparándole, agujereándole la espalda y el pecho!?... ¿¡Y por qué Barnes, traidor, lo había empezado todo!?... No, no lo entendía… pero tampoco podía dejar de mirar… de ver cómo al fin, arrodillado sobre la maleza, brazos clamando a un cielo vacío de dioses, encajando la última bala, aquel hombre duro caía, se precipitaba de una vez por todas y para siempre hacia la muerte, el descanso, la oscuridad… Y mis lágrimas cayeron con él…

Elías... el alma que no quería morir


Después de aquello ya no quise mirar, pero la gente siguió muriendo igual, fuera de plano, del pensamiento, y así hasta hoy… y así hasta el fin de los finales. Elías muere una y otra vez a cada momento y en todas partes… y de nada sirve no mirar, taparse los ojos, negar la esencia animal, reptil, que nos impregna hasta el tuétano… sólo hay que echarle un vistazo a las noticias para comprobarlo, cualquier día, cualquier año… Matar nunca va a pasar de moda…

Porque como reza la frase de Céline que me empujó a escribir estas palabras, recordar la Muerte de Elías... al fin y al cabo, “en el corazón de los hombres sólo habita la guerra.”

© JIP
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3 comentarios

Gorka Alonso -

Para que no hubiese Elias tendriamos que vivir en un mundo utopico en el que no hubiese Barnes.
Pero eso sería negar la naturaleza humana. Somos despreciables por naturaleza. Aunque alguna vez uno se encuentre a alguna persona distinta, decente, como debería ser la humanidad, y se de cuenta de algo...
La vida compensa. Hay buenas cosas y todo. Aunque haya Elias y Barnes (y Bush y Mussolini y Hitler y cabrones que mandan a prisioneros politicos en aviones y les hacen practicar paracaidismo sin chaleco salvavidas ni paracaidas).

Un saludo a todos y a todas.

JIP -

Y lo peor de todo no es que siempre habrá un Elías... sino que pegado a él, como una alimaña, vampiro ruin y cobarde, habrá siempre un Barnes...

un saludo Juan Carlos.

juan carlos -

Por desgracia, Céline tiene razón. Siempre habrá algún Elías muriendo en algún sitio. Y lo peor es que no son muertes heroícas, recordadas por todos, sino muertes sucias, ignoradas, a manos de cualquier imbécil, lejos de las cámaras. Y de algunos ni siquiera se sabrá que han muerto, porque nadie se preocupaba de ellos cuando vivían.
Tengo que volver a ver Platoon
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