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tannhauser

HUELLAS SIN ROSA

Sales a la calle para ir al trabajo. Mucho frío, un frío acojonador. Y también uno de esos vientos racheados y cabrones que te convierten en un auténtico pelele. La mañana es gris y el cielo oscurísimo, plomizo, como si la ceniza de un volcán vuelto a la vida muy lejos comenzase a llegar. Querrías maldecir todo eso, rebelarte por tener que empezar un día así, pero en lugar de ello te abrochas hasta arriba la cazadora y metes las manos en los bolsillos por miedo a que los nudillos resecos y cuarteados te empiecen a sangrar... Eso ya es en sí una primera derrota.

Avanzas con maneras de monolito, ovillado y cabizbajo para combatir mejor el viento que te empuja de aquí par allá, así que miras el suelo y tus pies caminar. Al poco la acera se llena de un sarampión de huellas húmedas -hay un gran charco de agua más adelante- y al instante reparas en una de ellas. Es singular, extraña, rara, y te recuerda algo. Pasas sobre ella y la buscas de nuevo un poco más adelante; ahí está otra vez... y enseguida caes... pequeñita y puntiaguda, apenas marca el talón, y deja en el piso un dibujo de anchos rombos horizontales. ¡Es la huella del Nombre de la Rosa!, igualita, te dices, calcada, sólo que le falta la nieve... e inmediatamente sonríes y mueves la cabeza resignado mientras piensas que necesitas urgentemente unas vacaciones.

Dejas atrás el charco y las huellas, aquella huella, y de paso también las tuyas, impresas sobre la acera; tus rastros de fantasmas sobre un instante que fue y ya no ha de volver jamás. Vuelves a contemplear el cielo parduzco. De repente te gustaría poder creer en profecías y apocalipsis, en trompetas y muertes que anuncian el fin, como en la película. De hecho, si la humanidad fuese a irse al garete por la ira de Dios, sin duda sería en un día como este, tiene toda la pinta. ¡Que exploten los fuegos artificiales y que empiece al baile!... El Día del Juicio Final... todos a tomar por saco... Se te antoja apetecible, te seduce, te pinta la piel de escalofrío, más que nada por lo mucho de maravilloso y fantástico que hay en él, también terrible y fatal, claro; ominoso... pero mágico, mágico de verdad... e irreal... porque en días como el de hoy darías lo que fuese por una mínima dosis de irrealidad inyectada en vena...

Al fin y al cabo, piensas, aquella huella no era la huella, y a este lado de la vida el ansia de misterio y el afán de maravilla siempre se lo cargan ciegos miserables de ojos blancos y lenguas y dedos negros cuyo único fin en este mundo bien parece ser echar a perder tus felicidades y sonrisas... La realidad siempre es más terrible que el más sanguinario de los apocalipsis...

Y entonces sigues caminando ovillado y cabizbajo, sin dejar huella... porque no agua en el suelo ni ganas de sueño en tus adentros... y de tu paso por este instante nunca más se supo...

© JIP

2 comentarios

JIP -

En ningún momento he dudado que eso es así, José Andrés, pero la intención de este texto es más reflejar la imposibilidad de la ficción y el misterio en momentos muy concretos, cuando la realidad te golpea con la maza de lo monótono y lo ordinario, y, acostumbrado a ella, te es difícil reaccionar...

Todos en nuestra vida tenemos, pienso, momentos sin huella, sin magia, de los que no podemos recordar nada, más que los vivimos, y eso por el simple hecho de que aún respiramos...

un saludo.

Anónimo -

Espero que haya salido el sol desde que escribiste eso.
Por aquí luce un sol radiante (de día, claro, porque ahora es de noche)
Recordemos que la realidad contiene a toda la ficción, y que a lo que solemos denominar realidad le cabría más el nombre de irrealidad

Buen día

Jose Andrés