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tannhauser

A SOLAS CON LA PALABRA

Lo tienes todo, te sientes bien, en forma, fluido; de puta madre, vamos... así que hoy debería ser un buen día ante la hoja en blanco. Hoy deberías ganar tú...

Miras el escritorio que te aguarda y la silla que espera tus posaderas, provocándote, "¡a ver si hoy te atreves, majete!"... Contemplas el teclado, la pantalla en blanco, esa bruja... seduciéndote con sus cantos de sirena, "¿a qué esperas?"... Pero los desoyes, simplemente pasas, porque piensas tomártelo con mucha calma, piensas saborear su vergüenza cuando los sometas a todos... y sonríes. Sí, sonríes...

Vas a la cocina y te preparas un café, descafeinado, pero de sobre, de máquina no que eres pobre y te dijeron que es pedante... Je... Vuelves al rato con el café humeante en tu negro mug de Max Shreck y te paras ante el escritorio, observándolo detenidamente. Das un sorbo, está rico, calentito, como te gusta, él también fluye. Pero hace frío, la estufa no chuta, el salón nunca acaba de caldearse. Quizá deberías hacerle caso y comprarte una de esas gordas de butano, una de esas armatoste total, pero no sabes por qué la idea nunca te acaba de convencer. Cierras del todo la puerta y das otro sorbo, calentito, calentito... pero basta ya de sonrisas complacientes. Lo del café está bien como excusa para darte algo de tiempo, pero tienes que ponerte, lo sabes, no puedes retrasarlo más. Si lo haces ellos vencerán y se te reirán en la cara, una noche más...

Robert Louis Stevenson


Así que tomas asiento y te enfrentas. Comienza el pulso. Haces planear tus manos sobre el teclado, como el pianista que prepara inminente su primera nota. Miras con fijeza la pantalla y ella te devuelve la mirada, igualito que le pasó a Nietzsche con el jodido abismo. No piensa hacerte la mínima concesión y lo sabes. Conoce su supremacía sobre ti, que siempre te ha podido, que nunca tus palabras han saltado a ella desde tu mente como tú querías, que siempre ha habido algo que te asfixiaba, una distancia invisible que te anulaba. Tú has sido siempre de bolígrafo y papel, de escribir, física, literalmente; escribir. Rápido, febril, ininteligible, tachando y retachando, emborronando, ensuciando definitivamnete, y volviendo a empezar, hasta la extenuación, hasta la frustración. Eso es escribir y no otra cosa, así lo han hecho todos desde antiguo, hasta que aparecieron las máquinas, los teclados... Te imaginas a Stevenson escribiendo a máquina... menuda estupidez, puro absurdo... Pero el papel y la tinta también tienen sus servidumbres, no son inocentes, todo lo contrario; te chupan la vida, te vampirizan, te descomponen... Sacan lo mejor de ti, sí, pero a un alto precio, a cambio de tus fuerzas, tu físico, a veces incluso a cambio de tu alma, que puede llegar a perderse en ese doliente ir y venir de líneas tortuosas... Así que al final te has resignado, intentas poco a poco hacerte a la máquina, aunque no te gusta, porque sabes que no puedes hacer otra cosa. Es más sencillo, menos sacrificado. Expones menos y menos es también lo que sacas, porque está ahí, esa distancia que incapacita.

Pero no haces más que perder el tiempo, disquisiciones sin objeto. Pasa el tiempo y no has escrito nada. En realidad es que no tienes sobre qué hacerlo. Ni una idea. Conjunto vacío. Todavía no puedes darle luz verde a tus manos y hacerlas caer sobre las letras. Piensas, piensas, piensas. Conjunto vacío. Una y otra vez. "Game Over"... "Insert Coin?". Te tiras hacia atrás, te retrepas sobre la silla, los manos tras la nuca. Mierda. Joder. Nada. Cierras los ojos. Allí está, cómo no. El conjunto vacío también te persigue en la oscuridad. ¡Qué cabrón! Necesitas algo, algo externo, ¡un sorbo de café!, sí, eso, más excusas para no pensar en el vacío de tu mente. Acudes al buenazo de Max Schreck... él tiene lo que necesitas. Y te lo da. Y lo saboreas. Pero el vacío sigue estando ahí, sonriéndote, devolviéndote la mirada.

Joseph Conrad


Piensas de nuevo en Stevenson, Tusitala, el hombre que cuenta historias, o las contó mientras tuvo aliento. No puedes imaginarte el conjunto vacío dentro de aquel hombre, que no tuviera siempre algo bueno que narrar. Piensas en él y automáticamente piensas en Long John Silver, y él te lleva al mar, al océano, y una vez recalas en el océano el viaje acaba invariablemente en Conrad, en él y en su "Tifón", su "Corazón de las Tinieblas", su "Línea de Sombra". Ese hombre dejó su lengua, cambió el polaco por el inglés para convertirse en uno de sus mejores y mayores novelistas. Se te antoja increíble, cambiar de lengua, cambiar de forma de pensamiento... Eso también lo hizo Cioran, pero del rumano al francés. Intentas imaginarlo, toda aquel cinismo, toda aquella angustia, toda aquella lucidez, agriando, corroyendo, ulcerando el francés hasta la raíz, toda su musicalidad y su belleza corroidas... pero a la vez encumbrado, dotado de una nueva vitalidad y hermosura, la de la Naturaleza Muerta...

Emil Cioran


Pero escribir qué, ¿¡qué?!... Te levantas enfadado. Paseas por el salón, das vueltas de brazos cruzados. De vez en cuando observas torvamente la pantalla en blanco. No sale nada, estás seco, o demasiado encrespado como para centrarte y buscar. De repente te preguntas si tendrás que cortarte la cabeza para encontrar al fin algo que merezca la pena, si habrá algo que destaque, que brille entre los chorretones de sangre de tu cuello seccionado. Quizá Mishima no intentaba más que eso, bueno, quiero decir además de llamar la atención, claro. Por eso se hizo el sepuku y se hizo rebanar el pescuezo. Se había quedado sin ideas, sin savia, y no podía soportarlo, así que decidió abrirse en canal, pero la cosa acabó chunga... Quizá simplemente estaba como una cabra, yo qué sé... La cuestión es que es una buena imagen, sí, esa de abrirse uno las entrañas a ver qué le corre de bueno por dentro, y luego cogerlo todo y echarlo sobre el papel, o la pantalla, y ponerla toda perdida de vísceras. No está mal como divertimento, pero no arregla tus problemas. Más bien los complica, porque tienes ganas de avanzar en esa idea, la de la escabechina, darle cuerpo, o cortárselo, jaja, pero no quieres hacerlo porque tienes cuentas pendientes esta noche, y necesitas saldarlas.

Yukio Mishima


Piensas en poner algo de música. Eso podría desatascarte alguna vía. Sí, decididamente. Buscas en tu disco duro algo bueno que escuchar, pero al instante te das cuenta de que no sabes qué escoger. La indecisión, siempre la indecisión. Castrándote, castrándolos a todos. No te apatece ningún tema, por demasiado escuchado o por demasiado poco. No te llama nada. Bukowski escribía escuchando música clásica, Stephen King escuchando Rock'n Roll, pero ninguno de esos estilos te sirve ahora mismo. No crees que el problema esté afuera, en el ambiente, no, está dentro, lo sabes, las cuerdas de tu mente están desafinadas y chirrían, asesinan tímpanos miserablemente...

Charles Bukowski


De dónde diablos salen las ideas, dónde coño crecen, las buenas ideas, claro, las fulminantes. Cuántas veces te lo has preguntado, si una buena idea puede llegar a ser humana, si realmente puede caber en tu seno, nacer de ti. Breton dijo todo aquello de las Corrientes del Arte, divinas, ultraterrenas, y todo aquello de que los hombres éramos bastos traductores al mundo físico de su esencia. Inmediatamente y por reacción caes en Céline, otro franchute, pero con mucha peor leche, de los que te gustan. Lo imaginas en las trincheras hediondas de la Gran Guerra, en la nocturnidad, pelado de frío, esperando el estallido, aguardando la muerte por venir, gestando lentamente el "Viaje al Fin de la Noche" en sus entrañas... Bueno, piensas, al fin y al cabo Breton dijo muchas tonterías a lo largo de su vida... o tal vez no, quién sabe... Y ya puesto a pensar en Céline en el lodazal, por qué no pensar también en Hemingway el día D, desembarcando con los americanos en Omaha Beach... ¡¿Qué coño se le había perdido allí al menda?!... Quizá se había secado también, como yo, como Mishima, y buscaba historias, savia nueva, o tal vez sólo leyenda; la jodida muerte de un balazo en la cabeza, y después eternidad y gloria en mármoles absolutos... Sí, te lo imaginas allí, bajo el fuego, con ademanes de héroe mítico al que no han de erosionar los años, ansiando titulares... y no muy lejos, perdido entre la sangre que salta y la víscera que estalla, anda también Robert Capa, cagado de miedo, temblando, volviendo rápidamente a retaguardia con locura en la mirada tras haber agotado sus dos cámaras cargadas... Demasiado para su body, toda aquella matanza... Al menos él pudo elegir.

Céline


Capa te cae bien, aunque huyese con el rabo entre las piernas, Hemingway en cambio te cae gordo, no te gusta, nunca ha conectado contigo, aunque casi lo consigue con "El viejo...", y con "Los Asesinos", ¡gran cuento, sí señor!... Hemingway salió con bien de todo aquello, tiró los dados y ganó, tuvo tiempo de preparar su posteridad. No así el bueno de Hogdson, a él también te lo imaginas, lo has hecho muchas veces desde que supiste de su fin, allí, en su último instante, pulverizado por una granada en 1918, borrado de la faz de la tierra, fulminado, convertido de repente, él y sus ficciones, en pura nada. ¿Qué estaría pensando un segundo antes? Probablemente no pensaba nada, estaba sumido en la fiebre del combate, sólo quería sobrevivir, no defraudar, pero a buen seguro con él estallaron muchos bellos fantasmas que ya jamás nadie podría leer... Las ideas están en ti, mientras respires, palpites. Después, tras el último parpadeo, nada... NADA... las balas no sólo matan carne o alma... las historias también sangran...

William Hope Hogdson


Tal vez si todo este invento no se basase en la palabra. Las palabras lo complican, lo infinitan, lo tornan innombrable, inabastable. Es como una obsesión enfermiza; encontrar las palabras adecuadas, dominarlas sin que te dominen. Imposible, siempre acabas sojuzgado. La palabra puede llegar a matar. A Philip K. Dick se lo llevó a la tumba, se lo comió enterito; su escritura era caníbal para consigo mismo. Lo supo siempre, desde el principio, y no pudo hacer nada al respecto. Solamente escribir, escribir y dejarse consumir poco a poco. Puede devorarte vivo, la palabra, hasta el tuétano; buscarla, hallarla, idolatrarla, subsume tu mente a un estado de ameba. Sencillamente no puedes hacerlo, no puedes ponerte a juntar palabras sin más, como el que acumula pinceladas sobre un lienzo, se te antoja mucho más complejo, maquiavélico, alienante. Te gustaría renegar de ellas, rebelarte, sacrificarlas definitivamente, pero te es imposible, porque su erótica es imparable, remueve tu hondura más irracional. Tarde o temprano necesitarás escapar de ti mismo y entonces acudirás a ella, la palabra, la jodida PALABRA que te tiene a su merced.

Quizá no puedes escapar de ella pero puedes probar a minarla, socabar sus podridos cimientos. Sí, eso estaría bien, otros lo han hecho antes que tú. Conoces a algunos de ellos, los has leído, aprehendido. Recuerdas a Kafka transformándose paulatinamente en escarabajo, fabricándole noche tras noche, en cada línea, sus negras patas y sus antenas negras a Gregor Samsa, alumbrando un nuevo verbo; vejado y transmutado. Recuerdas también a Henry Miller desintegrándolo todo desde su máquina de escribir, allí en Villa Borghese. Al Ballard de "Crash", de la "Exhibición de Atrocidades", abandonando la humanidad a travás del ultraje de cada letra.

James G. Ballard


Querrías, como ellos, romper, desbaratar, arrasarlo todo sin pulsar una sola tecla, sin mancharte, ¡bendito sueño!, la piedra filosofal del escribiente. Vuelves a esa hermosa imagen; cortarte la cabeza de cuajo, abrirte las entrañas en canal, y sangrar... verter sangre a raudales pero también ideas, historias, insultos, invectivas candentes contra la realidad y el absurdo... que el rojo de tu vida pintase en su derrame lo que corre por tu mente, el contenido de tu alma; aquello que la barrera de la palabra no te deja expresar... hacerla pedazos al hacerte pedazos...

Pero a la vez quieres escribir, quieres hacer el amor con la palabra, sí, calzártela, follártela, joderla viva, violarle hasta el último de sus viciosos recovecos. Eso lo sabes desde Stanislaw Lem, desde que te desveló la imposibilidad de COMPRENDER; no hay salida más allá de ti... así que escribes, bailas la danza de la muerte con esa perra del infierno, porque sí, porque es la única forma que tienes de crear un sentido, de ser dueño de algo en este calvario de absurdos. Obedeces sus designios, sí, te pliegas, pero en la medida en que te sometes a ella, tú mandas, y de la cópula de ambos, de ti, absurdo respirante, y de ella, signo bastardo, surge la ficción, ese homúnculo capaz de palidecer con su sentido el vacío del universo.

Stanislaw Lem


Es tarde, estás cansado, algo abatido. No has escrito, y pensar todo esto te agota y te frustra. Caes en la cuenta de que ya no tienes ganas de escribir, se evaporaron...

Observas la pantalla en blanco, casi puedes escuchar cómo se carcajea ufana, insolente... Estás hecho polvo y no puedes más, ansías irte a dormir, olvidar, pero no quieres darle esa satisfacción sin plantar batalla. Piensas en Henry James y en las vueltas de tuerca, en buscar el último nudo, que es el primero, bregar con el último retorcimiento y rebasarlo... Sabes que no estás en condiciones de dar demasiada guerra, que esta noche tampoco vas a ganar... pero sientes la necesidad imperiosa de vender muy caro tu pellejo... así que te pones a ello, sin pensar, te lanzas al abismo, ese que también te mira, jugándote el todo por el todo, suicida, con la esperanza de que te nazcan alas antes de estrellarte final contra el suelo... y así, tecleas la primera frase:

"Lo tienes todo, te sientes bien, en forma, fluido; de puta madre, vamos... así que hoy debería ser un buen día ante la hoja en blanco. Hoy deberías ganar tú..."

© JIP
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11 comentarios

Sole -

Gracias por la visita a 20000 leguas JIP!
Me gustó que apareciera entre las buenas lecturas algo latino... Y no lo digo por la evidente relación que tengo con Latinoamérica, sino porque hay grandes obras, latiendo por ahí, que muchas veces son desconocidas por meras cuestiones económicas. :)

JIP -

Todos tenemos que lidiar con ese tema. En cuanto encaramos la hoja en blanco, cogemos la pluma; en cuanto queremos contar algo, ya estamos, geniales o no, metidos de lleno en esa lucha.

un saludo, Sole ;)

Sole -

Una vez vi una entrevista que le hicieron a Jorge Luis Borges en la que él decía que sus obras eran 10% inspiración y 90% transpiración...
¿Qué menos puedo hacer yo si una genialidad hecha persona como él lidiaba contidianamente con este tema?

JIP -

Gracias por tus palabras Sole, y sobre todo gracias por leerme. Creo que eso que explicas, eso de lo que yo también hablo, nos pasa a todos más o menos, a todos los que nos enfrentamos con el folio o la pantalla en blanco, y lo único que se me ocurre para vencer eso es, unívocamente, enfrentarte una y otra vez con ella, hasta que al fin, alguna fría noche como la de hoy, seas tú el que ganes ese duelo.

un saludo. Nos leeemos.

Sole -

Pasé a conocer tu blog esta noche, tan fría como la que describes.
Muchas veces me he sentido como tú... Pero lo peor que me ha pasado (y aún continua siendo así) es sentir cómo las palabras se apretujan en el espacio que va de mi cerebro a mi mano, se empujan unas a otras y se desordenan tanto, pero tanto, que cuando quiero plasmarlas ya no sé ni lo que he pensado.
Me gustó mucho leerte.

JIP -

Gracias también a ti, Teresa :)

Teresa -

genial JIP, absolutamente genial.

JIP -

Charito, Quinn, Magda, gracias por vustros comentarios, son de mucha ayuda para volver a querer enfrentarme un día más con la pantalla en blanco.

Magda -

Podría decirte muchas cosas pero todo tendría una sola conclusión: ¡excelente mensaje!

Es un placer leerte...

Muchos saludos.

JQ -

Madre mía, magnífica reflexión. Me quito el cráneo.

charito -

estoy impresionada, que fuerza tienen tus palabras.
realmente lo tienes todo, literariamente ( que es lo que veo.
un beso
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