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tannhauser

¡Qué náusea!

Simone de Beauvoir, Diario de Guerra.- En puridad, todo un fiasco, diario de todo menos de guerra: en tanto nazis y rusos pasan Polonia a cuchillo Beauvoir se cuenta lo mucho que adora y añora a su Sartre y a su Bost, ambos movilizados, y lo bien que se lo pasa por las noches "haciendo tijeritas" con su alumna Sorokine. Esta última estampa contrasta vivamente con el relato de las púdicas noches de permiso que pasó junto a su maridito Sartre, en las que antes de rendirse al sueño la pareja sólo conversaba, de literatura y filosofía, supongo, quién sabe si no también de lo cara que se había puesto la lista de la compra. Qué gente extraña, ésta... 

También, por supuesto, puedes contar los cafés que la Beauvoir se ventilaba al día mientras trazas en el callejero parisino la ruta de sus distintos almuerzos, meriendas y cenas. Hoy día, en cambio, casi siete décadas después -alunizaje, sidazo, perestroika, Tamara y 8 larguísimos años de aznaridad-, no sé ustedes pero yo tres cafés y una cena fuera de casa y ya he dilapidado medio sueldo. Eran otros tiempos, ya sabe, 1939, Segunda Guerra Mundial, Hitler alzando el brazo, los judíos todos juntitos, a buen recaudo..., cualquier pasado fue mejor y todo ese rollo, ¿no?

El caso es que llega 1940, Francia cae fulminda ante la imparable blitzkrieg alemana -la línea Maginot se la pasaron los boches por el forro- y la Beauvoir se calla la boca, abandona su diario; no puede, no puede, estado de shock, qué terrible, Bost herido, Sartre prisionero, y demás excusas baratas para no afrontar el tiempo que le ha tocado en maldita la suerte. ¡Justo cuando había llegado el momento de dar el callo! Y cuando al fin lo reemprende apenas vagas alusiones a un pueblo francés derrotado, embrutecido y cabecigacho. En cuanto a los vencedores invasores, sí, son rubios y jóvenes, altivos, y algunos llevan un "precioso uniforme gris acero" que nada tiene que ver con el verde aborrecible que hasta ahora les había visto... ¡Menudo testimonio de su tiempo!

Eso sí, el servicio postal franchute funcionaba de puta madre aun en tiempo de guerra, lo constatas,  y no como el de aquí, que es de juzgado de guardia: la pasada semana me tiré media hora de reloj haciendo cola para poner un simple sello ordinario y hoy, siete días después, me comunican que la carta no ha alcanzado todavía a recorrer los apenas 800 metros de poblacho provinciano que deben separar la estafeta de Correos del buzón destinatario... ¡Si Sartre abriera el ojo bueno, amigos...! ¡Qué náusea, Dios, qué náusea...!

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4 comentarios

child in time -

Yo no las escribo por pereza, más que otra cosa.

Javi -

¿Nostálgico existencial?, bueno, child, supongo que ya te has paseado por aquí tiempo suficiente como para saber que me da asco el mundo que me ha tocado vivir. Mi antipatía para con la "correspondencia electrónica" es sólo una de las múltiples puntas del iceberg que da fe de dicho hastío.

En cuanto al final de la era de las cartas mi opinión es la siguiente: la gente ya no escribe cartas porque Correos funcione como el culo o sea mucho más práctico, rápido y fiable el email... La gente ya no escribe cartas, sencillamente, porque la gente ya no sabe escribir...

Un saludo.

child in time -

Quizás sea indicio del final de la era de las cartas ¿Has probado con un email? Eres un nostálgico existencial. Ya no se dice náusea, sino echar la pota.

Samuel -

Eso te pasa por la manía esa que tienes de leer, que te topas con ese tipo de cosillas de vez en cuando... deberías dejarte de tonterías y ver Gran Hermano, o chutartelo en vena, directamente.
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