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tannhauser

Letra Umbría

Lápidas

 

Dijo no sé quién,

que también está muerto:

‹‹quien planee vengarse, que cave dos tumbas››...

Tu sonrisa ensartada por la espada de Damocles;

he ahí mi sepultura...

 

MicroPoemos de la Era PostNocillar, 2008

 

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

Mocasines limpios

 

Shangai, Dresde, Guernica

la sangre de los poetas no mancha las calles

el haiku está sobrevalorado

 

 MicroPoemos de la Era PostNocillar, 2008

 

Marcadores a cero

Llegó al final de la avenida y se detuvo en la esquina, su espalda bombeaba aire contra la pared como un corazón en alerta nuclear. Estaba exhausto. Miró hacia atrás, ahora las manos sobre las rodillas, completamente derrengado. El camino recorrido, las calles desiertas atravesadas a la carrera, huyendo, aún no sabía de qué. Todavía no se había puesto el sol pero hacía días que el hormigón húmedo y el alquitrán manchado eran La Noche. Siguió devorando oxígeno como bestias acorraladas durante otro par de minutos. Al fin consiguió erguirse. Escudriñó de nuevo el paraje desolado. El naranja tiñoso de un atardecer en retirada desplazaba poco a poco hacia retaguardia a sus siempre transitorios ejércitos. Nadie a la vista. Nada a la vista. Recordó. O mejor, intentó recordar por qué había empezado a correr. Se dio cuenta de que no lo sabía. No conseguía recordar, de hecho, cuánto hacía que corría. Cuánto y desde dónde llevaba huyendo de las sombras. Torció el gesto y dio un par de pasos dubitativos. Enseguida se llevó la mano al costado; el bazo pidiendo más tiempo para la puesta a punto de sus maquinarias. Pero no había tiempo. Eso lo sabía. No recordaba nada más. Quizá “recordar” no fuese la palabra correcta.  Mejor “saber”. No sabía nada excepto aquello, que no había tiempo, apenas el justo para detenerse unos minutos, recuperar aliento y fuerzas, echar la mirada atrás, buscarle rostro y dientes a la oscuridad, calcular los posibles caminos, reorientar los pasos, decidir un nuevo plan de huída; la próxima vía de escape. Su única seguridad. Que no disponía más que de un estrecho segmento de tiempo, y aun aquél tan estrechísimo que parecían haberse cambiado las tornas: el segundero quien disponía de él. Su amo. Luego, antes de poder dar salida al siguiente pensamiento, la sensación: grados negativos y metálicos palpitando en la médula de su miedo. Enseguida supo.  Había llegado la hora de expiar sus faltas. Quiso darse vuelta y doblar la esquina, ver al menos qué ojos lo habían acechado durante tanto. No pudo siquiera iniciar el giro. Parapetado en la oscuridad, el tiempo, rémora de decisiones fallidas y encrucijadas soslayadas, descerrajó la última oscuridad sobre su nuca.

¡Sniper!


La escritura como herida, como miedo, como absceso. La escritura como pánico. Como tomahawk. Un arma arrojadiza.


“La literatura no es un oficio, es una enfermedad; uno no escribe para ganar dinero o caer bien a la gente, sino porque intenta curarse, porque está infectado, porque lo ha ganado la tristeza”. Le leo esta declaración a Ricardo Menéndez Salmón en el número de enero de la revista Quimera. Autor de una de las novelas revelación de la pasada temporada, “La ofensa”, que leí más o menos por estas fechas ahora hace un año, o eso creo, ahora no tengo en mente el mes concreto, pero sí que hacía frío, como hoy. “La ofensa” no es exactamente una “novela”, es lo que algunos gustan de llamar “novelette” y otros “novella”, tal vez Unamuno la hubiese calificado de “nivola”. Ni estoy seguro de que sea una “novela corta”, más bien se me antoja como un “largo cuento extraño”. Recuerdo que empecé a leerla en la cafetería de la estación, mientras esperaba el tren, luego, ya en marcha, no pude ni quise dejarla; pensé: “bueno, he aquí un tipo que sabe escribir”. Había mucho trabajo en cada línea, en cada párrafo, se notaba, pero no lo suficiente como para molestar. Fluías. No tenías que darte de cabezazos contra los párrafos para desbrozarlos y ver qué había detrás; no todas las escrituras ambiciosas pueden decir lo mismo. Y la de Menéndez Salmón lo es, qué duda cabe. Ambiciosísima.



Llegó el tren, llegué a Barcelona, Paseo de Gracia, encrucijada de un mundo en tránsito hacia mi interior apocalipsis. Coger el tren aquella mañana no había tenido ningún objetivo claro, como no fuese el de escapar, aunque no tuviese claro de qué. Había viajado desde una nada de provincias hasta una nada cosmopolita, regular y establecida. Sólo el tránsito de una a otra trasladaba a mis células cierta sensación de que mis pulmones seguían bombeando aire. Anduve por las calles rebotando como la última bola de una máquina de "pinball", mochila al hombro, cabeza gacha, encogido de frío porque nunca salgo de casa con la chaqueta adecuada. Acabé en un banco público, muy cerca de Arco de Triunfo, lugar que durante mucho tiempo significó la alegría, lo especial, una felicidad incombatible. Ahora, en cambio, sólo pensarme en ese mismo lugar aquella soleada mañana de domingo, cuando empezó la mascarada, cuando dejé inocularme el virus, siento cómo me suben en torrente las náuseas hasta la garganta. Lawrence Durrell dijo algo así como que “una ciudad es el mundo cuando la habita la persona amada”. Esa misma ciudad puede convertirse en el Dolor, así, inabordable y en mayúsculas, si la persona que concentra todo tu odio habita sus calles. Caminar por sus arrabales es sentir la muerte royéndote las entrañas con el doble filo del resentimiento y la remembranza. Poco más o menos lo que hoy día me ocurre cada vez que piso la ciudad condal.



Pero por aquel entonces, el invierno pasado, todavía era una errabunda alma en pena, un zombi con el corazón encerrado aún en el baúl de un prestidigitador sorprendido por la muerte a la hora del desayuno. Aguardando a que fuesen otros quienes hallasen el cadáver del mago y me sacasen de allí, porque tenía claro que yo no podría salir por mis propios medios. Relojes, alianzas, billetes de 50, vale, puedes conseguir otros… pero nunca hay que ofrecerse voluntario para los trucos de magia que ponen en liza el corazón.



Estaba, como digo, sentado en aquel banco, evitando preguntarme qué demonios hacía allí, ya que de hacerlo me preguntaría cómo diablos había llegado hasta aquello. Serían dos preguntas sin respuesta, me encontraría dos absurdos más cerca de mis sesos percutidos contra la pared… De modo que volví a “La ofensa”, encogido sobre el libro para ofrecer el menor blanco posible el viento predador. Me había quedado en la última parte, la tercera.


La terminé allí mismo, al cabo de media, una hora, no sé. Menuda cara de gilipollas se me debió quedar: “bueno, he aquí un tipo que no ha sabido acabar su novela”, o nivola, o novella, lo que os dé la gana.


Recomendé “La ofensa”, pese a todo, a varios amigos, a ver si era verdad o sólo cosas mías, que me estaba volviendo un viejo quisquilloso. Todos llegaron más o menos a la misma conclusión: comienza muy bien, pero… ¡¿Y el final?! Eso mismo todavía me lo ando preguntando yo. De todos cuantos había en el limbo de los finales, Ricardo, tuviste que rematar tu ofensa con el peor…


Desde entonces había querido escribir algo sobre Menéndez Salmón, sobre su ofensa –la novela, no su final–, pero acabé siempre postergándolo, así que aprovecho ahora, aprovecho ese estupendo aforismo que le leí días atrás en una entrevista, para quitarme la espina.


Ahora volvamos al principio. La escritura como herida, “como enfermedad” si es que seguimos al autor de “La ofensa”. Los escritores como “enfermos” que intentan curarse, que escriben para “autocurarse”. Yo estuve enfermo entonces y sigo enfermo ahora, todo y que la de ahora sea una variación, una evolución del mal de entonces. Lo que Menéndez Salmón se dejó en el tintero es que la escritura es un “mal incurable”, una suerte de “ébola hiperlaxo”, se lo toma con calma sabedor de que no habrá antiviral que lo subvierta. Antes o después te acaba destruyendo. Te acabas –auto– destruyendo. Es una quimera y una paradoja, una aporía; contradicción pura, sin adulterar. No hay más médico que uno mismo, la única vía la tan cacareada “automedicación”. Escribir para no sucumbir a la realidad, para sucumbir inmerso en la literatura; un fin sin duda harto más preferible.


Por eso, como cualquier habitante del corredor de la muerte, como todo infectado terminal, envidias la vida de la que careces, que ya no te pertenece. Proyectas hacia afuera tu mal, tu vasto poder de mortandad; anhelas la pandemia. Quisieras ver la entera humanidad agonizante, asediada por tus bubones, antes de irte al otro barrio… Es algo que está esencialmente imbricado en nuestras vísceras y que comparte con la guerra, la matanza, tantos litros de linfa como campos semánticos.


Un corazón enfermo es un corazón egoísta. Un corazón enfermo quiere vivir sobre la certeza del fin. Pretende seguir latiendo pese a la septicemia y los miasmas, pese a la gangrena que ya lo ha podrido hasta el tuétano. Porque la vida es el Polvo de los Polvos. El ubicuo placebo. Te engaña a la par que te engancha. Te engaña. Te engancha. Mucho más y mejor que el sentimiento amoroso, ese otro gran falsario. Te engaña. Te engancha. Te hace creer en la vida aun cuando apenas eres algo más que muerte.


Paralelamente y en contraposición, el cuerpo es sabio, el cerebro reptiliano sabe, que está enfermo, que se muere, que se hunde el barco; llega el tiempo de las ratas. No le queda otra que obedecer las órdenes de un general ciego, el corazón, ese Hitler alucinado que todavía sueña con bombardear Washington mientras el ejército rojo pasa Berlín a cuchillo, pero una vez fuera del búnker, a la sombra del dictador, el cerebro moribundo escribe sus propias contraórdenes: el virus, la epidemia, el odio, la rabia, el napalm, la guerra. Morir matando, la revancha, el desquite, llevarse por delante cuantos más mejor antes de que todo se apague: la termodinámica de las entrañas envenenadas funciona a la inversa que la Historia…

Por eso, la escritura como ajuste de cuentas con la realidad. Soy un enfermo terminal que se engaña, albergo esperanzas de un nuevo y rojo corazón. Espero que salgan de la nada las tropas que me salven de este hundimiento, cuando mis generales saben que éstas nunca llegarán, sencillamente no existen. Soy un condenado a la pena capital. Nada que perder y mucho que dañar. Me alisto voluntario a los cuerpos de élite de la wehrmacht de la rabia.


Pequeña y precisa máquina de odio. Soy un francotirador.


No aspiro a construir nada con mis palabras, sólo busco destruir, derribar, eso sí, selectiva, quirúrgicamente. No soy una bomba H, no soy un Auschwitz, no soy un pelotón de castigo. Soy un cirujano perverso. Un mad doctor con temporizador. La implosión de las Tinieblas. Trabajo solo. Me oculto y me hago uno con el paisaje urbano; desaparezco. Observo, sigo el movimiento de las siluetas a través la mirilla, apunto… disparo: blanco… Cambio de posición... Sé que tengo los días contados, tarde o temprano darán conmigo, entonces se acabarán, la enfermedad, el dolor, este rencor…


La escritura como apósito, compresa helada contra la fiebre del sinsentido y la lepra de la tristeza. No hay órgano humano más susceptible a la enfermedad, el corazón, enseguida evidencia síntomas de “tiranía”. Primero crónica, al fin mortal, devastadora entre medias, en los adentros y también en las afueras.


La escritura como herida. La vida como desquite. El corazón como tiranía. Soy un francotirador.

Un Fénix y sus cenizas

Todo es como recién estrenado cuando tardas diez minutos en llegar a casa desde el coche, cuando piensas que saliendo un cuarto de hora antes llegarás a tiempo a tu cita y acabas llegando quince minutos tarde, el tiempo se ensancha como un vientre en el noveno mes, como un globo de chicle tocado de la semitransparenica inerte del condón echado a perder, sepas o no quién coño fue Bergson y qué se le pasó por las mientes. Tiempo de leer mientras cojeas, de escrutar el rostro del prójimo mientras cojeas, de observar mientras cojeas cómo las ambulancias se hacen sitio más a base de empellones de acelerador que de cantos de sirena y luminarias. Coches montando las aceras, transeúntes espectantes, ávidas sus gargantas de ajena tragedia, y, siempre, insoslayable, el listillo de turno, el último de la fila, tremendo cabestro que hace de la ambulancia su particular lanzadera, transformándola en galgo, para ponerse detrás, el primero, a resguardo, para adelantar cuánto, ¿un semáforo?, tres minutos, y aun después, ya en casa, si es que no consiguió -matar y- matarse en el camino, lo contará a la familia en forma de batallita: ‹‹Si es que no se puede ser tan bueno, os lo digo yo...››

Tanto tiempo a tu disposición, en suma, a pesar de ser ten mortales, tan transitorios, que al final te hartas, agachas la cabeza para no tener que arrastrar tanto humano espectáculo de pupilas adentro. Contemplar tu cojera mientras cojeas... Un paso bueno, el izquierdo, y otro a medias, el derecho; Frapfratap. Sólo me faltan el bastón y la chepa. Frap, fratap. El resto más o menos lo tengo. Frap, fratap. La feúra congénita, la mala hostia reconcentrada. Frap, Fratap. Sería Marty Feldman en Young Frankenstein... ¿Es usted Aigor? ¿Es usted Frodoric? ¡Se pronuncia Frederick... Frederick Fronkonstin!

En fin, que observo mis pasos avanzar a duras penas, frap, fratap, porque mirar la humanidad me produce náuseas, más dañina que un fin de semana con los gastos pagados en el alegre corazón de Chernobyl, y no puedo quitarme a Kevin Spacey de la cabeza, Sospechos Habituales, me digo: ‹‹Bueno, y ahora voy a hacer como Keyser Soze... poco a poco, paso a paso mi cojera se irá convirtiendo en un caminar ágil y desenfadado y los habré dejado a todos con un pamo de narices, les habré dado bien por el culo... Ahora... Frap, fratap... no, ahora... frap, fratap... no, espera... frap... ¡Ahora!... fratap...›› No hay manera. Es como cuando aprendía a jugar al frontón. Me metían unos palizones del quince. Y después de cada punto perdido me decía: ‹‹Bueno, y ahora basta de tonter'ias; ahora vas a empezar a jugar››. Ni que decir tiene que todo eso no servía de una mierda. Me machacaban sin piedad.

A la gente le gusta machacar, aunque sea en silencio, aunque sólo sea a base de mirar, les pirra, ven tu tara y la comparan con su tara. Eso les hace sentirse mejor. Porque tu tara se ve, la suya en cambio pasa desapercibida. En el tiempo que tardas tú en llegar a la churrería, cojitranco de las pelotas, a mí ya me ha dado tiempo de comerme unos buñuelos rellenos de crema, reírme del ciego que vende cupones, llegar a casa lanzado, detrás de un camión de bomberos en misión especial, y decirle mecagüentuvida a la parienta, como es preceptivo.

Estaba en la biblioteca esperando mi turno para llevarme prestados unos libros. Delante mío una señora de una edad más que mediana, le toca, la cola avanza un paso y pone en el mostrador "Destino de Caballero": ‹‹me llevo esta››. A la gente le pone más el morbo que una mamada del infierno. ¿Que Heath Ledger se ha matado? Bueno, ni siquiera sé quién narices fue, pero vamos a ver algunas de sus películas, qué demonios... Al fin y al cabo, le he ganado. Él está muerto y tú sigues vivo. Reconfortante reconfortante. De todos modos esta tipa me suena, creo que también salió de su madriguera cuando lo de Umbral, quería uno de sus libros: ‹‹Del que se acaba de morir››; ¿Pero cuál, señora?; ‹‹Da igual, cualquiera...››

Umbral está fiambre y River Phoenix está fiambre y Heath Ledger está fiambre y Brandon Lee está fiambre y es curioso y casi estremecedor constatar cómo Ledger haciendo de Joker se parecerá a Lee haciendo de Cuervo, casi tan curioso como estremecedor comprobar que Umbral y Phoenix no se parecieron en nada, lo que sin duda añade cierta pizca de cordura al cosmos, falta le hacía, mas no impide que algunas ambulancias lleguen tarde antes incluso de haber recibido la llamada de auxilio...

Porque algunos vivos, sin saberlo, ya transparentan la calavera que han de ser en breve...

 

La senda equivocada



Justo una semana atrás escribía en una cafetería sobre un “yo” muy parecido a mí que cojeaba porque el día antes se había destrozado el pie jugando a fútbol en plan pachanga, y ahora, también desde una cafetería, aunque muy distinta de aquélla, escribo sobre cómo lo hice, lo de escribir sobre el dedo roto, quiero decir. Coincidencias como garfios de enganchar la carne… Borges se quedó corto, la literatura, por extensión la vida –nunca al revés–, es un jardín de senderos que “se trifulcan”, se yerguen sobre sus colas igual que cobras enfrentadas, se atacan alternativamente, una y otra vez avalanzándose eléctricas sobre su oponente, a base de flashes de colmillo y dentellada, y mientras nosotros fuera, del sendero y de la vida, espectadores, contemplando atónitos cómo fuerzas superiores a nuestro ADN, más vigorosas cuanto más quiméricas, prueban a matar sin matarse en el juego de la ruleta rusa, apostándose en la partida nuestras vivencias. Ya manda huevos el asunto, tener que pasar por taquilla para asistir a la proyección de nuestra propia película, interpretada por actores a los que jamás hemos de parecernos, tan guapos ellos, tan sin ruina la máscara de su rostro, ya antes incluso de la rigurosa sesión de Photoshop.

Patricia Highsmith dejó escrito algo así como que un escritor que no escriba cada día no llegará a ser nunca un verdadero escritor. Podrá llegar a ser un buen corresponsal, un audaz productor de cartas, por ejemplo, pero no “un escritor”, esto es, un novelista. Pienso que hay mucho de cierto en estas palabras, aunque no todo, porque al final a Patricia se le acaba viendo el plumero. Ella fue novelista. El siglo XX ha sido el primero en anteponer la novela a cualquier otro género literario, y hasta tal extremo ha sido así que hoy día poetas, dramaturgos, guionistas, ninguno parece merecer el calificativo de “escritor”. Hoy, más que nunca, escritor sólo es aquél que escribe novelas.

Pero a Highsmith le concedo la razón en todo el resto. De hecho, veo su apuesta y la doblo: cualquier escritor que no sea capaz de mentirse a sí mismo y a sus lectores, por bien que escriba –aunque escriba cada día– nunca alcanzará a ser un auténtico escritor. En cierto modo se trata de dejar de ser uno mismo para ser otro, para ser otros, todos cuantos existen, y aún más complicado, cuantos podrían existir; vampirizar la realidad para vomitar una realidad nueva, tan distinta de ti y a la vez tan infusa en ti que cualquiera que te conozca como si te hubiese parido ni le pase par la cabeza relacionar dicha realidad, ese mundo nuevo, con tu pluma. Eso es escribir. Eso es ser escritor –novelista o no–: no tanto convertirte en un hábil mentiroso, un pinocho compulsivo, como conseguir que tus mentiras sean verosímiles, y que nadie se atreva a señalarte como fuente de semejante engaño.

En este sentido, por ejemplo, quienquiera que me conozca un poco podría señalar con poco temor a equivocarse qué partes de mi relato fueron verdad y cuáles ficción, pura argucia. Por lo tanto, reconozco que en gran parte fue un texto fracasado: había en él demasiado de mí, de un yo, además, desprovisto de antifaces, ajeno a todo baile veneciano. Así pues, ¿cómo lograr que un lector quiera seguir sabiendo de las desventuras de un tipo del montón y su pie machacado? Sin duda es una buena pregunta que, no obstante, me guardaré mucho de intentar contestar…

En mi caso tenía un claro punto de partida, mi dedo roto, y contaba con poco más que mi dolor y mi supremo cabreo para llegar a alguna suerte de final. Me puse a escribir como muchas veces antes he hecho, como tantas otras se puso Stanislaw Lem, como Poe dijo que jamás debía hacerse, esto es, sin saber adónde me conduciría nada de todo aquello. Desde el principio me puse a escribir careciendo de un final. Es un mal sistema, estamos de acuerdo, pero es que realmente no pretendía llegar a ninguna parte. Me sentía puteado. En aquel momento me importaba un bledo el 99% de mi realidad. Sólo existían el folio en blanco y el dolor en la punta del zapato. Y de ahí, en aluvión, todo lo que arrastró el río desbocado de mi rabia y mi impotencia.

Si, como Highsmith, tuviese alma de escritor, de novelista, habría sido capaz de poner en escena a un tipo tan distinto de mí que nadie, ni la madre que me trajo, podría haber dicho que era hijo de mi esperma mental. Cojeando, con el pie hecho fosfatina debido a un accidente de esquí, de bolos o de petanca, hubiese cogido el autobús por primera vez en años, y allí una chica guapa, morena, ojos grises como la menstruación de un lingote de plata, leyendo a Céline, concretamente el “Viaje al Fin de la Noche”. Esta escena, si ya es prácticamente imposible en una gran ciudad, en un autobús público del provinciano y pequeñoburgués municipio de Reus, como comprenderéis, más que una ambiciosa ficción es toda una utopía. Entonces mi personaje, venciendo su legendaria timidez, decidiría abrir la boca: “Ese libro es muy bueno…”, y a partir de ahí, quién sabe, quizá una historia.

En lugar de esto decidí lo de siempre, no salir de mí, quizá porque tenía el pie hecho cisco y cualquier movimiento suponía una tortura, tal vez porque soy esencialmente un vago, muy probablemente porque no me siento ni me he sentido nunca escritor. Debido a esa incapacidad, la de mentir sin ponerme rojo, sin que todos, del primero al último, sepan, y acto seguido señalen con el dedo como ultracuerpos: “Ha sido él”.

Prefiero la bifurcación opuesta del sendero, la cobra que pierde la partida y paga la derrota con su vida, puede que porque, ingenuo de mí, me gusta pensar que el coraje siempre te honra, más aún en la derrota que en la victoria, y sobre todo en la muerte. Escogí la orilla oscura y deslucida, poblada de quienes no llenaremos nunca ni la más triste contraportada; la verdad, amarga y ácida. Escribir como si no hubiese de haber mañana, contra uno mismo y de rebote contra las afueras, desde el odio y la venganza, desde esta vesánica amargura. Convertir en inverosímil la cruda realidad porque muy pocos quieren recordar que el día a día se regodea en ser tan hijo de puta.

Todo sigue igual



El infortunio, la suerte perra, es el reverso tenebroso del dinero, su cara oculta de la luna, y como tal también crece exponencialmente, es decir, que igual que el dinero llama al dinero, la mala suerte atrae más mala suerte a tu alrededor, se extiende y ovilla sobre una vida humana como una plaga, hasta que llega el día en que te sientes tan rodeado de desgracia que empiezas a pensar que eres gafe o estás maldito. Ni que decir tiene que ambos elementos, dinero y fatalidad, como antagónicos que son, no congenian; y de ahí que quienes tienen mucho dinero escapen razonablemente bien a las zarpas de la mala pata del mismo modo que ésta impermeabiliza las vidas de sus desgraciados, impidiendo que el dinero en abundancia se filtre hacia sus bolsillos. De entre todo el amplio corolario de desgracias, no obstante, las hay mucho peores que tener un vivero de arañas por cartera; la de ser un abonado a los servicios de Urgencias, por ejemplo.

Me cuesta la media hora larga llegar hasta el quiosco desde mi casa, apenas separados por quinientos metros, seiscientos a lo sumo. Compro el bonobús y salgo, me acerco a la parada, consulto horarios y paradas; hace años que no viajo en autobús. Faltan algo más de diez minutos para que pase y de todos modos ahora mismo me urge más que ninguna otra cosa un café con leche, lo noto como un prurito sangrante en el alma, un ardor parecido al que debía sentir en los dedos Billy el niño segundos antes de desenfundar. ‹‹¿Perdón, cómo decís? ¿Un adicto al café con leche?...›› No, no exactamente, o mejor dicho, no del todo. Más adicto a las cafeterías que a la cafeína. No sabría cómo explicarlo... Mi mono es la necesidad de poner por escrito algo, lo que sea, todo esto en definitiva, este cúmulo de pensamientos y sensaciones, y en pocos lugares funciono mejor que en una cafetería.

El primer golpe de —buena— suerte en lo que va de año; hay una abierta —es domingo, once de la mañana— muy cerca de la parada de autobús, de modo que entro, enseguida mi ostensible cojera cosecha toda la atención del respetable; unos abandonan por segundos sus conversaciones, otros levantan la mirada del periódico, las camareras se quedan con las tazas en vilo, suspendidas a medio camino entre la máquina y la bandeja. Todos me miran, es decir, escrutan mi cojera, sondean mis piernas incapaces: ‹‹¿Esa es la cojera de un tullido o la de un subnormal?››, y acto seguido suben, miran la cara, mi rostro, que bien podría pasar por el de un tullido cualquiera, pero nunca por el de un disminuido mental, aunque más bien, por la barba de días y las profundas ojeras después de una noche muy larga y muy de mierda, debe parecerles más el de un yonki o un etarra.

—¿Qué le pongo? —los “Buenos días” en boca del servicio son ya fósiles esqueletos de brontosaurio varados en la playa terminal de la cortesía.

—Un café con leche y una palmera, por favor —la dicción relativamente inteligible la desconcierta, no soy un yonki, está claro, pero lo que acaba de cortocircuitarla es el “por favor”. Se lo piensa dos veces, no se acaba de fiar. De todos modos, aunque no sea un drogadicto, por educado que me muestre, aún podría llevar una bomba de relojería escondida en la mochila...

Me sirve lo mío y no le doy la oportunidad de decirme que ya le estoy dando dos euros, no sea que me vaya sin pagar. Al fin y al cabo, pongámonos en su lugar, el refrán dice que se coge antes a un mentiroso que a un cojo, pero nada dice de los cojos mentirosos:

—¿Qué te debo?

—Dos euros —ella en cambio sí que se ahorra la coletilla del “por favor”, quizá porque anda escasa de educación y economiza la poca que le queda, tal vez porque piense que ya me ha hecho favor suficiente sirviéndome el café y la pasta en lugar de correr a llamar a la policía.

Le pago, aquí tienes, me arranca el billete de cinco, no dice nada, se vuelve hacia la registradora, vuelve con las monedas: ‹‹y tres euros de cambio...›› Los dos nos ahorramos el “gracias” de rigor. Cojo mi bandeja y me hundo lento y cojitranco en la mesa más distante de cualquier masa de carne humana.

Azucarillos, muevo, saco la libreta, el bolígrafo, doy un primer sorbo, y no es precisamente igual que Robert Duvall en Apocalypse Now; quizá el napalm le oliese a victoria, a mí el café sólo me sabe a cierto regusto de hogar, lo que, visto lo visto, ni me atrevería a decir que es poco aunque diste mucho de ser algo. Ahora pienso en Ángel González, que murió ayer, o al menos fue ayer cuando me enteré de su muerte, tal vez fue la madrugada del viernes, no sé. En cualquier casó sé que a partir de ahora asociaré siempre a este poeta con mi dedo gordo del pie derecho: él dejó este mundo a los 82 años el mismo día que yo me destrocé el pie a los 29. Cada vez que el tiempo cambie y baje la presión, las viejas cicatrices óseas rememoren sus primeros pasos y la punta del pie comience a gritar, pensaré: Ángel González, y muy probablemente me recite aquellos versos suyos: “Hay mañanas en las que no me atrevo a abrir el cajón de la mesa de noche / por temor a encontrar la pistola con la que debería pegarme un tiro”.

No diré que me he despertado con ganas de levantarme la tapa de los sesos, pero sí que me siento cansado, muy cansado, y que éste amenaza con ser un domingo bastante cabrón. Me duele horrores el pie, mucho más que ayer, desde luego, y el doctor me dijo que lo peor estaba por llegar: ‹‹A partir del tercer o cuarto día sí te va a doler de verdad››. ¿Por qué nunca aprendo la lección?... Porque soy un cabezota irredento, por eso, y por estúpido, irredento también. Ni que me pagasen por ello, tuve que meter la pierna donde todos los demás hubieran saltado. Descuajaringarse el pie un sábado por la tarde en un partido de pachanga; ¿cabe ser más “loser”? Los cementerios y las plantas de traumatología están a rebosar de estúpidos como yo. Menos mal que no he tenido que vivir ninguna guerra, apuesto que me habrían abatido a las primeras de cambio, de la forma más estúpida, mientras atacaba solitario un nido de ametralladoras o retiraba de la línea de fuego el cuerpo muerto de algún compañero; después la nada, la oscuridad; forraje para los gusanos.

Lo único que saco en claro es que ya no volveré a jugar a fútbol, y no porque me arrepienta, sino porque cogeré miedo, a chutar, a golpear, a meter la pierna. Dejarte los huesos en el campo es una tocada de pelotas, qué duda cabe, pero mucho peor es jugar para no jugar, es decir, para no ganar. Si he de jugar a perder mejor me quedo en casa.

Y eso que aún no he pasado por lo peor. Mucho peor que el dolor y el mes y medio que me espera, de autobuses y cojeras. Lo peor vendrá ahora, cuando termine de escribir y coja el autobús hacia casa de mis padres: ¿por qué cojeas?; me he roto un dedo; ¡¿cómo?!; fútbol...; ¡¡¡No, si no aprenderás nunca, siempre tienes que andar haciendo el burro, cuando aprenderás que ya no tienes veinte años!!!; estoy bien, papá, sólo me duele cuando me río, pero, como de costumbre, gracias por preguntar... Y luego el silencio, y las malas caras por ambas partes, en ambos frentes, y mi madre en medio, en tierra de nadie, capeando mal que bien el temporal, inerme y sin casco...

Que todo cambie —y se rompa— para que todo —incluida tu mala pata— siga igual, ya lo dijo el fulano aquel, Lampedusa, sin duda desconociendo que acababa de formular una suerte de Verdad Universal.

"Carver y Yo": en cierto modo, decepcionante

Cuando termino de leer un libro apunto en la primera página la fecha en que lo acabo —si se trata de una relectura la apunto también, debajo de la primera— y, en ocasiones, según me venga, escribo algún comentario de lo que me ha parecido en general el libro, ya sea bueno o malo, brutal o luminoso. Esto pasa las menos de las veces, porque cuando un libro me entusiasma ya señalo y comento los pasajes que me llaman la atención en las propias páginas, muchas veces, ya finalizada la lectura, no es necesario agregar más; ya sea porque está todo en esas anotaciones a margen de página, ya porque, sencillamente, no se me ocurre nada que añadir.

En el caso de “Carver y yo” (Soul Barnacles: Ten More Years Whit Ray), recientemente publicado por Bartleby Editores, sí que hubo lugar para una apostilla final, por demás escueta. Escribí: “En cierto modo, decepcionante”.

¿Por qué? Puede que no tanto porque el libro me hubiese parecido malo como por las ganas de más con las que me quedé. Insatisfecho, sí, insaciado de cosas que esperaba y no encontré o encontré con cuentagotas. Cosas que esperaba de Tess Gallagher, no la poetisa ni la escritora, sino la esposa de Raymond Carver.

Y que conste que no me refiero a que eche en falta ese supuesto material de la edición original que los editores españoles han purgado, según sus propias palabras, “de acuerdo con Tess (...) al considerarlo de escaso interés para el lector español”. Ya estoy más que acostumbrado a las “purgas” de Bartleby, editorial que por otro lado, mucho ojo, publica obras y autores que me fascinan, pero que, sin embargo, no sé cómo se lo ha hecho -el porqué es evidente, por supuesto- para convencer a la crítica literaria de este país de que su hasta ahora buque insginia editorial, el volumen "Todos Nosotros", se trata de una Poesía Completa de Carver cuando sólo es una –eso sí, excelente— antología (The Collected Poems) de toda la obra poética del autor nacido en Oregón.

Los tiros no van por ahí, desde luego, y “en cierto modo, también puede ser decepcionante” –y lo reconozco- para cualquier lector que se acerque hasta aquí y no haya leído el libro o tuviere la intención de hacerlo. En cualquier caso aquí somos poco más o menos los mismos cuatro gatos de siempre y ya nos vamos conociendo; sabéis de sobra que todo lo que tengo de corrosivo lo tengo también de intempestivo...

De modo que “Carver y yo”, sí, en efecto, “en cierto modo, decepcionante”, porque me cuento entre los muchos fans de Carver, me encantan sus relatos y aún más su poesía, y por esa misma razón compré el libro. Por Carver. No por Gallagher. Y eso teniendo muy en cuenta que he leído –y me gustó“El puente que cruza la Luna”, su a día de hoy único poemario traducido al castellano. Pero el resto de su obra –dejando aparte ese poemario y el libro del que ahora estoy hablando- permanece hasta ahora intraducida. En consecuencia, no puedo todavía juzgar si Tess Gallagher me interesa o no como escritora, o mejor dicho, si me interesa como algo más que la mujer que compartió los últimos años de vida de Raymond Carver.

O lo que es lo mismo, que me ha encantado zambullirme en las palabras de Tess cuando me hablaba de lo que fue compartir parte de su vida con Ray, me fascinó al retratarlo, contándome qué fue perderlo y lo mucho que costó después seguir viviendo en su ausencia. El dolor de la pérdida. Que se lo digan a C. S. Lewis... De modo que me gustaron sus diarios de viaje a Europa, poco antes de aparecer la enfermedad que se lo llevaría; o los intercambios de impresiones y cartas entre Gallagher y Robert AltmanRay ya había desaparecido-, mientras se fraguaba ese proyecto de película que a la postre sería “Short Cuts”, pedazo de obra maestra.

En cambio me sobran las entrevistas –entrevistas de periodistas y críticos a la propia Tess-, precisamente por lo que antes decía; porque en dichas entrevistas se habla más de Tess, de su vida, sus libros, su papel de viuda de Carver, que del propio Carver, y yo lo dejé bien claro; quiero saber más, sí, pero de Ray. Porque ¿qué sentido puede tener para un mí, “lector español” —que no lee libros en inglés— la obra poética o crítica de Gallagher, si no puedo acceder a ella? Por eso, quizá, antes que un “Carver y yo”, hubiese preferido un “Yo, Carver” —con todo lo peligroso y peliagudo que ya de base implica semejante concepto—, pero nunca estuvimos a tiempo de eso; el cáncer se lo llevó pronto, justo en la cresta de la ola de su talento creativo, en lo mejor de su carrera. Mejor así, quién sabe —por macabro que sea pensarlo y más macabro aún escribirlo—, puede que la muerte llevándoselo tan pronto evitase que un Ray anciano y agarrado al clavo ardiente de una escritura –nunca sabremos si agotada— terminase defraudándonos, como tantos provectos y célebres autores, no hallando nunca el buen momento para colgar los guantes, nos han defraudado y nos defraudan —Paul Auster, ¿estás ahí...?—. ¿Hubiese Carver, con los años, perdido su frescura, su autenticidad? Nunca lo sabremos.

Porque no ocurrió, la muerte nos lo arrebató, nos privó —de eso sí estoy seguro— de un buen puñado de páginas de magnífica literatura. Al menos tuvo “tiempo, el suficiente...” para armar y acabar su último libro de poemas, “Un sendero nuevo a la cascada”. Un libro enorme y brutal; maravilloso. Según mi propia letra del día 12 de diciembre del año pasado, cuando lo terminé: lleno de “tantos poemas soberbios, magistrales, destructores...”. Un libro cuya confección, de paso, con Carver enfermo, terminal, sentenciado, pero trabajando en la mítica casa de Port Angeles, y a su lado Tess, ayudándolo, juntos luchando por sacar adelante una obra de arte y al tiempo desafiando a la muerte, albergando siempre pequeñas esperanzas de que ambos –porque llegaron a ser uno, se nota— saldrían al final con bien de todo aquéllo; escribió a su vez, pero esta vez en el Gran Libro de la Metaliteratura, una de las historias más hermosas de la realidad... En cierto modo, yo esperaba que este “Carver y yo” me mostrase parte de la película en palabras de esa historia; la de Ray y Tess y sus últimos meses y “Un sendero nuevo a la cascada”, y la vida, a pesar de la muerte –o precisamente gracias a ella-, de nuevo cobrando sentido...

Trabajaban contrarreloj, el tiempo se les acababa, la muerte se les echaba encima. Consiguieron sólo uno de sus dos objetivos: todos –los que queremos— podemos hoy disfrutar de “Un sendero nuevo a la cascada”, su último libro de poemas, pero Ray, en cambio, y muy a su pesar, tuvo que dejarnos. Por eso, y esto ya es un criterio del todo subjetivo, hubiese preferido más fragmentos de diarios –si es que los hubo-, más fotos, más instantáneas en palabras de esos últimos años –o aún peor, de los momentos postreros- entre Tess y Ray, palabras de la propia Tess, que fue quien al fin y al cabo, tal y como Carver reconoció, fue la semilla de esos 10 años de felicidad y fructífera escritura de los que habla en su increíble poema titulado “Propina”.

No me interesaban tanto esos diez años más sin Ray –pero con su espíritu- como los “Ten years with Ray”, los de vida conjunta y felicidad y literatura, que apenas si aparecen en el libro; años que ella pudo compartir con Carver, el hombre, el escritor que tanto admiro, y que durante esos “diez años de propina” que pudo vivir junto a Gallagher, alejado de la bebida y centrado en su arte, fue capaz de escribir libros como “Catedral”, “¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?”, “Si me necesitas, llámame”, “Bajo una luz marina” o  el mencionado “Un sendero nuevo a la cascada”.

Tal vez el error fue mío. Si lo que quería era ante todo y sobre todo la vida de Carver quizá debí darle también una oportunidad al muy reciente libro de Circe, “Así fueron las cosas”, una biografía escrita por su primera mujer, Maryann Burk Carver, que a buen seguro retrata el reverso tenebroso del artista; una relación difícil y tormentosa, probablemente dando pábulo a verdades –o mentiras, cualquiera sabe- nada agradables sobre Ray. Hubiera tenido al menos las dos caras de un mismo rostro...

 

En cualquier caso, no sé si este “debe”, personal e intransferible, se lo debo recriminar a Tess o a los muchachos de Bartleby, supongo que más lo primero que lo segundo. Así que “Carver y yo”: “una decepción, en cierto modo”, sí, pero no completa, desde luego, y lo que es más importante, para nada dinero y tiempo mal invertidos.

 

El Sobrado

Decidí retirarme todo lo rápido que quisieron mis piernas, la tarde se me había echado encima como un águila y no me quedaban muchas ganas de quedarme por allí pateando, pasando un frío del copón. Intenté cruzar; dos coches pasaron salpicándome toda el agua marrana que les fue posible, los muy hijos de perra, a toda hostia, buscando joder al personal a toda costa. Tuve que apartarme y aun así no lo hice a tiempo: el segundo, más pasado de vueltas, consiguió rebautizarme de rodillas para abajo. La lluvia había cesado cerca de una hora antes y hasta entonces había estado metido en una cafetería, esperando que escampara. De modo que casi lo consigo, llegar a casa impoluto, sí, pero no..., ahora tendría que cambiarme nada más llegar, y todo esto a la lavadora. De subida, maldiciendo, me crucé con una niña bien, arreglada y pizpireta, toda risueña, de camino a alguna fiesta y posterior polvo sin goma. Luego un inmigrante latinoamericano, la prisa en los ojos, cabizbajo por la presión de saberse un marginado en todas partes. Seguí calle arriba, sólo buscaba llegar y tirarme en la cama, poner el cartel de vuelvo en cinco minutos durante doce horas de sueño, largas como tentáculos. Desaparecer, en definitiva. Fue entonces cuando lo vi a mi espalda, aproximadamente a mis 4 -mis 4 y media-, recién escapado de cualquier novelucha barata de principios del siglo pasado, sombrero de ala, gabardina beige, zapatos negros, relucientes como un ojo vengativo. La jeta no se la vi pero seguro que era como para decirle cuatro cositas bien dichas a la madre... ¿De dónde había salido tamaño anacronismo? ¿Cómo encajaba la sombra de aquel tipo con la rubia de bote y el colombiano o peruano de instantes atrás?... ¿Y conmigo mismo? Y ya que nos ponemos, ¡¿por qué coño me estaba siguiendo a mí?! Porque si algo estaba claro era eso, que me estaba siguiendo, precisamente a mí, que no debo un duro a nadie y me meto en casa mucho antes de que den las once de la noche. ¿Quién le había dado vela en el entierro a este reverso tenebroso de Mike Hammer? Seguí a lo mío, calle arriba, cada paso más aprisa, con un ojo adelante y el otro atrás, vigilando al fulano... y el tercer ojo, a qué negarlo, bien apretado, de puro miedo, que uno de héroe tiene lo justo para ir tirando, alzar algo la voz cuando te han dado de menos en el cambio y poco más. Pero sus pasos me siguieron, rítmicos, certeros, atronadores como el tensarse de la soga de la que pende tu cuello. Empecé a ponerme muy nervioso, y ya se sabe, con los nervios en tu equipo no se puede llegar nunca a jugar en primera división. Malos consejeros y peores compañeros, pierden a posta los balones en el centro del campo, te dejan vendido a las primeras de cambio... De modo que muchas opciones no tenía. Tal vez algunos ustedes se piensen más listos, creen que lo habrían hecho mejor, y tal vez hubiese sido verdad, pero ya no habrá manera de confirmar sus sospechas, puesto que empecé a correr. Sí, desesperado, calle arriba, hecho un portento, corriendo así, cagado de miedo, que no sé si un Carl Lewis dopado me hubiese dado alzance... Sé que ahora mismo deben estar pensando que soy estúpido, que mejor si hubiese seguido mi paso como si nada, como si toda aquella cabrona película no fuese conmigo, al menos hasta confirmar si al tipo aquél le habían pagado o no a cambio de convertirme en fiambre mojado. Pero qué quieren que les diga, cada uno es como es y yo soy como me ha tocado, es decir, que no nací con madera de Sam Spade ni nada remotamente parecido... Supongo que ahora esperan que les cuente lo siguiente, qué sucedió después de que emprendiese las de villadiego a la carrera, pero me temo que se van a quedar con las ganas, no va a ser posible, ni que me pagaran, vamos, que también, ahora que caigo, maldito el servicio que me iba a hacer aquí su pasta... Es lo que tiene hablar desde la nada, o desde la muerte, como prefieran, sobre todo cuando se te cuela un matón en mitad de la trama cotidiana y te mete, literalmente, un balazo mortal entre pecho y espalda; que te la convierte en drama, la vida, sobre todo para los que se quedan aquí, tus padres y familiares, los amigos -chica no, ¡joder!, espiché sin catarla- y demás gente del mundo... Ahora al menos estoy tranquilo, y no tengo que ocupar mi tiempo en cosas tan prosaicas como  cagar o poner lavadoras. Hasta tengo tiempo, fíjense, para leer novelas, como ésta misma que tengo ahora en las manos y comienza así: "Kurt había contratado para aquel trabajo sucio a un tal Malone, al que llamaban "el Sobrado", porque no llevaba nunca más que una bala en la recámara..." 

Desrumbado

Es este un poema para preguntarme

(a la par que preguntarse)

por qué como ese río de Ángel González

avanzo de espaldas,

ni miro adelante ni atiendo

a mi Norte -que es el Sur-

de la vida, como todos,

finalmente,

almas hacia la muerte,

y tras éste último incendio,

cada ascua; ceniza candente,

tienda sutil,

indolora a su fuente.

* * *

Es este un poema de primeras horas de la mañana

tras una noche de escupir cerveza y maldiciones,

en la que preguntarse

(a la par que preguntarme)

por qué este mío es un fluir tan desrumbado,

todo oblicuos meandros,

panzas al sol mueren en mi centro las truchas

por no saber dónde diablo queda el río arriba.

* * *

Es este un poema, en fin,

y finalmente,

para cerrar el día antes incluso

de haberlo comenzado,

que todo a partir de su punto y final

ha de ser cuesta abajo;

seguir a la deriva, contra natura,

vuelto hacia dentro como calcetín sucio,

fuera espoleta, granada en el estómago,

preguntando en lugar de reir,

escribiendo en lugar de vivir...

dando pávulo, en suma, a versos como estos,

que sólo oxidan la superficie de la cordura,

exhuman las ganas y arrestos de volverte implosivo,

y poco más

-menos quizás esto sagrado, aquí adentro,

en lo hondo; la escritura, la gloria-,

nada aportan al ser

salvo llamarlo "perdido"

y hacerlo desgraciado.

* * *

Es este  en definitiva un poema que tras tanta pregunta

tan poca respuesta alcanza,

suelen ser así todas las sumas de palabras:

llegan al Sur de su Norte y se colman,

se copan,

arriban al mar periclitadas,

ansían la muerte, en fin,

y finalmente;

el amplio y profundo,

insensible blanco de la página...

* * * 

Para cuando quieres darte cuenta cayó la noche

y toda la savia, luz, agua que bajaste,

desrumbadas,

ni fluyen ni encienden ni sacian...

echadas a perder contra la playa,

apenas valen nada.

 

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Playa terminal

Domingo en la cafetería,

ayer el Barça-Madrid:

empate a tres.

Ganar o perder ya no me importa,

sólo que el tiempo me devuelva bien el cambio;

ni un segundo de propina.

Se acabaron la fe,

los buenos modos.

Y aun así lo pierdes,

como un motor desajustado

te desangras por las calles,

cementos que no han de volver a ser asfaltados,

y tu sangre negra como aceite viejo

salpica estas pistas de surf rocoso

que han de superar en temblores y altura a tu pervivir.

Los goterones de un Pollock sombrío, ubicuo y cierto nos murmuran su hermandad... 

Eiger

La cosa hoy va de escaladas, está visto, aunque bien mirado cuándo demonios ha dejado de ir de otra cosa.

Pero es así, la escritura no es un grano purulento de repente una mañana ante el espejo, en plena napia; la literatura no es un lunar amorfo en la espalda, de color rojo, que ¡ay rediós, juraría no estaba ahí la semana pasada! No. Uno no se levanta un buen día por la mañana resacoso y rejodido, retarde, por supuesto, y lo piensa, o se siente, y se lo dice: "¡Coño! ¡¡¡Soy escritor!!!... Ya sé escribir".

Y una leche.

Cuesta horrores, no, infiernos, no, vidas enteras, ardidas e invivibles, escribir. Me refiero a escribir bien, claro está. Ya no digo escribir literariamente, ni mucho menos escribir correctamente, es decir, sin puñeteras faltas; no, me refiero a escribir bien, a que lo leas o te lean, lo escrito, y el lector, quien sea, se deje llevar, caiga hechizado antes las líneas; que nada cruja o rechine, que fluya, que sólo esté lo justo en su justo lugar; no sobre ni falte nada, y que encima diga algo, sea lo que sea, aunque sea una parida, pero bien contada, qué cojones.

Y es a la vez un aprendizaje que nunca se acaba porque en su misma raíz lleva la simiente de lo imposible, pero hay que escalar esa montaña escarpada, mientras vivas y puedas, hasta que no puedas más, que revientes o te rindas, o desaparezcas; pero ahí, allá arriba, habrá quedado tu fita, tu cuerpo cadáver de montañero de la palabra, pendiendo, agarrado a una firme cuerda hecha de sinceras palabras.

Una escalada imposible y mortal a la que sólo se llega a través de la mucha lectura y la mucha escritura. Leer y leer, hasta saltársete los ojos de las órbitas de puro locos; leer a los otros grandes escaladores que te precedieron, pero también a los pequeños, los mediocres, los malísimos, que de todos sus errores algo queda. Y escribir, por supuesto, llenar folios y pantallas, y recibos de la luz y Teléfonica, como hizo Wasler, hasta que gastes todos los lápices, y después, si cabe, cómo no, llenar la hoja blanca con tu vida, con tu sangre...

Por eso, tal vez, todos los escritores leen demasiado, porque mientras leen no escriben, no escalan el muro imposible de la perfección, no nos regalan nuevas fitas, jalones, libros que disfrutarles y con los que agrandar su microuniverso, en el cual, al tiempo meternos, lectores, y a la vez agrandarnos y expandirnos, entrenarnos en tanto potenciales trepadores. Y por eso mismo, supongo, los lectores escribimos demasiado, porque el tiempo que utilizamos en escribir no lo invertimos en lectura, en el atento y mágico estudio de las escaladas y vidas anteriores que nos precedieron, y que están ahí, bien a la vista, colgadas a ras de muro, alineadas a ran de estantería, aguardando...

Y en le medio de todo, la paradoja, o lo que es lo mismo, la vida, o el tiempo, que para el caso es igual, pues sólo hay un tiempo, una sola vida para todo, leer y escribir, vivir y escalar, y te ves en la tesitura de hacer una cosa y la otra, y entre medias la otra de más allá, y además comer, y además cagar, y además, si es que hay suerte, tal vez follar. Así que escribes si es que tienes que hacerlo, si te llama, y si te llama leer, pues lees, uno y lo otro a la vez, y mientras también todo lo demás; y vas subiendo, poco a poco, ganándole metros a la cima inasible; de modo que comienzas antes de haber acabado y te acabas antes de haberte iniciado, y ahí está: ¡el uoróboros!, quemándote el culo y arañándote los huevos, y tú, desesperado, respirando, soñando, luchando...

Y es así la vida -escrita o no-, imposible y circular...

 

Tic-Tac

Preso de una cierta sombra de desposeimiento, como si me hubieran arrebatado un par o tres de cosas íntimas, pequeñas. Pero sagradas. Ese tipo de cosas a las que está uno tan apegado todo y no ser vitales para la supervivencia, el día a día; no como el bastón para el ciego o las gafas para el miope, desde luego. No, más bien como el reloj de pulsera viejo y rallado, siempre atrasando, o el anillo que te quitas para lavarte las manos y al cabo de días lo encuentras ahí, en la repisa del fregamanos, de repente preguntándote por qué no tuviste el impulso de volvértelo a poner. No es exactamente sentirse robado: no buscas puertas ni ventanas forzadas. Es al revés, te preguntas si ese que entra día a día por tu puerta es más o menos el mismo que antes, que siempre... es decir, si no serás tú el extraño en casa ajena, el ladrón en cierto modo, aunque tengas la llave y sea en efecto tu llave. No, definitivamente no es como si te hubieran entrado en casa al trapo y te la hubieran desvalijado. Se trata más bien de una degradación. Perdiste el rango o no hiciste suficientes méritos, quién sabe, y el caso es que ya no eres digno de esas pequeñas cosas que ahora de repente tanto echas en falta. ¿Qué hiciste mal?, o mejor dicho, ¿qué hice o dejé de hacer para sentirme tan echado de mí mismo?

También me cuesta horrores subir las escaleras, antes eran camaradas, aliadas, se portaban bien conmigo, pero de un tiempo a esta parte me aborrecen, me niegan el saludo; se empinan, se empinan, quieren hacerme sudar la gota gorda, y a fe que lo consiguen. Será el tiempo, digo yo, que al fin y al cabo (cuántas veces, por Dios, habré dicho y escrito esto) "no pasa en vano". Pero es verdad, todo el mundo con el tiempo en la boca y aun asi no se les llena del todo.  Sobre todo los escritores, siempre glosándolo, versándolo, mentándolo, maldiciéndolo una y mil veces, y nos quedamos tan anchos. Le escupes a la cara y sonríes, miras el poema, te sientes ufano: "He aquí mi obra, Tiempo... He aquí tu jaula, Tiempo... ¡Tú me has de matar pero yo he conseguido retenerte aquí preso!"... Idioteces.

La fiebre de las cámaras digitales, todos como locos fotografiando tiempo que no han de volver a recuperar más que cuando se les quiebren los huesos de puro viejos o un diagnóstico fatal les clave la prisa y el miedo en el alma, y eso sólo si para etonces sus discos duros no han hecho de sus preciadas fotografías fosfatina. Pero el tiempo no necesita siquiera ser el último de la fila para reír mejor, ni ser el más listo de la clase, le basta con ser un buen fantasma, porque no hay jaula, poema, recuerdo o foto que lo atranque.

De repente un día te sientes desposeído de tanto que fuiste, subes tres escaleras y estás sin aliento, haces proyectos y proyectos, magros castillos en el aire, y un súbito sablazo de dolor en el abdomen te baja de golpe a la tierra. El tiempo te ha estado pasando por encima desde siempre, como pisando uva a pie descalzo, en plan masaje, y tú ahí, mal que bien, contemporizando con la vida, tironeando del hilo, jugueteando como los gatos, hasta que una medianoche caprichosa el fantasma se cansa, se saca los guantes igual que tú te sacaste el anillo y te pega el zarpazo. Es el momento de los lamentos, los arrepentires, los venga elucubrar "Y si hubiera... si hubiera", y soñar con imposibles máquinas de tiempo.

Vuelves a pensar en la oscuridad... Sí, exacto, ésa oscuridad. Como cuando niño. ¿Recuerdas la primera vez que te imaginaste silente oscuridad por toda la nada? Casi pierdes el conocimiento de puro vértigo. Por un segundo vuelve a ocurrir, sientes que te vas a desmayar. Cómo enfrentarse a semejante cantidad de inexistencia, de inerte oscuridad. Pero enseguida vuelves, justo a un pie de la caída vuelves, aventas el fúnebre pensamiento e intentas retornar como si nada. Todavía queda tiempo, te dices: "todavía queda algo de tiempo", te engañas. Ya ni siquiera pensar tu muerte te asusta tanto como imaginabas, porque en cierto modo no eres ya más que otro de tantos doblegados: la vida te ha trabajado bien y ahora hasta el más leve soplo te tumbaría, cuando hubiesen hecho falta toneladas de muerte para arañar tu coraza mientras tu ilusión de vivir se mantuvo intacta... Intentas recordar de cuándo data la primera fisura: en qué aniversario la primera renuncia, en qué invierno te ganó para sí la amargura. Parece mentira que hayas dejado que tan pocos años hayan hecho de ti este patético muñeco desbrozado...

Sí. Se siente uno cada día más cansado y más desposeído, más indigno e incapaz de todo lo bueno, y no hay amanecer que no sea menos gris que el precedente. Conservo el reloj pero ya no llevo el anillo, no lo merezco, me lo quité un día para lavarme las manos; me sabía demasiado reventado como para sentirme humano, de modo que lo olvidé, lo dejé allí, y al día siguiente ya no valía, todo en él se había perdido y yo sin darme cuenta había menguado. Los escalones murmurarían tras mi paso y a la primera que pudiesen habrían de ponerme la zancadilla.

En un poema de Pavese: "Pero un cadáver es un resto de demasiados despertares", y el segundero atrasado sigue imparable, tic-tac, tic-tac, agotando mi tiempo...

 

Mínima Victoria

Carver. Tantos poemas soberbios, magistrales, destructores... Si tuviese que escoger sólo uno preferiría quemarlos todos, entregar el libro a las llamas y cerrar los ojos, llorar por dentro y profundo.

Pero navegamos este barco, este mundo tan imperfecto que la muerte,escultora obsesiva, a cada segundo se siente en el deseo compulsivo de modelarlo a golpe de guadaña: mondar la manzana del hombre que es como el hígado prometeico, ni va más allá ni tampoco se acaba. Tan pronto eres, tan pronto tu barro sobra, pero la rueda no se detiene nunca, aun sin ti todo este tinglado gira, gira, gira...



Mi Muerte

Si tengo suerte, estaré conectado

a una cama de hospital. Tubos

por la nariz. Pero intentad no asustaros, amigos.

Os digo desde ahora que está bien así.

Poco se puede pedir al final.

Espero que alguien telefonee a los demás

para decir, "¡ven rápido, se está yendo!"

Y vendrán. Así tendré tiempo

para despedirme de las personas que amo.

Si tengo suerte, darán un paso adelante

para que pueda verles por última vez

y llevarme ese recuerdo.

Puede que bajen la mirada ante mí y quieran echar a correr

y aullar. Pero, al menos, puesto que me quieren,

me cogerán la mano y me dirán "Valor"

o "Todo va a ir bien".

Y tienen razón. Todo va a ir bien.

Me basta con que sepas lo feliz que me has hecho.

Sólo espero que siga la suerte y pueda mostrar

mi agradecimiento.

Que pueda abrir y cerrar los ojos para decir

"Sí, te escucho. Te entiendo".

Incluso que pueda llegar a decir algo así:

"También yo te quiero. Sé feliz".

¡Así lo espero! Pero no quiero pedir demasiado.

Si no tengo suerte, si no la merezco, bueno,

me tendré que ir sin decir adiós ni darle la mano a nadie.

Sin poder decirte lo mucho que te quise y lo mucho que disfruté

de tu compañía todos estos años. En cualquier caso,

no me guardes luto mucho tiempo. Quiero que sepas

que fui feliz contigo.

Y recuerda que te dije esto hace tiempo, en abril de 1984.

Pero alégrate por mí si puedo morir en presencia

de mis amigos y de mi familia. Si es así, créeme,

salí de mi vida por la puerta grande. No perdí esta vez.

 

Raymond Carver,   "Donde el Agua se Une a Otras Aguas".


 

Lo reconforta a uno, sobre todo en noches como esta, tan callada y fría, tan ajena el alma, tan acabándose la vida, saber que a veces ocurre, que en ocasiones pasa, ser expulsado a la nada con una mínima victoria, la cabeza alta, sonriente la última mirada.

"El mundo es un puente; crúzalo, pero no levantes tu casa en él"

De 1977 a 1988 van 11 años: entre su última grave hospitalización por alcoholismo y su prematura muerte en cama a los 50 mediaron 11 años. Once años que Raymond Carver siempre contempló como una segunda oportunidad que el destino le brindaba para enmendar su camino, aprovechar toda la vida que hasta entonces sólo había derrochado... Fueron los años de sus mejores cuentos y poemas, de libros como "¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?", "Catedral", "Donde el agua se une a otras aguas" o "Bajo una luz marina". Años en los que conoció de nuevo el amor, quizá el verdadero. Años de felicidad y paz consigo mismo, lejos de los fantasmas autodestructores que casi acaban con él. Once años de prórroga y respiro, de vida buena y mejor escritura, que, como todo lo bueno, no pudieron durar... Tras meses de lucha contra un tumor cerebral Carver empieza a perder la batalla de la vida, asume que su tiempo de prórroga se está agotando, pero ahí quedan esos once años, ¿no?: la vida, las páginas, la felicidad... ¿Cuántos no abandonan en este mundo sin nada de todo eso?

 

El 2 de agosto de 1988 la luz de Carver se apaga en su casa de Port Angeles, a su lado en todo momento estuvo Tess Gallagher, la mujer detrás de todos esos años de tiempo añadido. Gallagher, a su vez poeta, nos ha dado un libro, "El puente que cruza la Luna", que es a la vez íntimo homenaje y profunda remembranza del marido muerto, y del que os dejo este "Poema Sordo":

 

Poema Sordo

No leas éste en voz alta. No está hecho

para ser escuchado; ni siquiera en las zonas sónicas

de la mente debería tropezar la palabra "explosión",

y detonar en la habitación silenciosa. Mi amor

necesita palabras ajenas a

la boca y las cuerdas vocales. Sin vibraciones, por favor.

Necesita concentrar la reciente capacidad inhumana de su alma

en dispersarse por lo más espeso

del bosque. Forma parte del plan que los pájaros

se coman las migas. Está bien. No volverá por

ese camino. Le gusta donde está. Pero, aunque

no le guste, nada puedo saber al respecto. Que

canten los pájaros. Le gustaba escucharlos

a cualquier hora del día. Que este poema alcance

su sordera. Presta atención de otro modo, como

cuando inclino la cabeza y apoyo la frente

en la errónea creencia en el poder del amor

para manisfestarse, a pesar de la distancia, la alegría que nos hermanaba.

Dondequiera que esté, sabe que sigo teniendo dos pies

y que me he roto uno bailando.

Vendría a mí si pudiera. Es agradable estar seguro

de algo cuando hablamos de los muertos. A veces

me olvido de lo que estoy haciendo, y le llamo. ¿Soy yo! ¿Cómo

pudiste marcharte así? Justo cuando las cosas se estaban

poniendo bien. Lo recuerdo, malhumorada, su promesa

de llevarme en un trineo tirado por caballos

con campanillas. Vuelve la vista atrás en su sueño, igual

que miraría un violín a su arco, a punto de convertirse en astillas,

al otro lado de la habitación. No intenta

detener nada. Ni el baile. Ni la sordera

de mis poemas cuando llegan como un saco de piedras

mojadas. Sí, puede volver a la vida el tiempo suficiente

como para que la eternidad lo aprese, hasta que uno de nosotros

pueda velar y escribir el poema sordo,

un poema al que le falte hasta el lenguaje

con el que no está escrito.

 

Apnea

Cuánto tiempo alejado de este lugar en cierto modo, como si el "Endurance" de Shackleton, torcido y varado, acosado por la presión: los hielos eternizándose en mi torno, prefigurando el fin. Sus lenguas filosas andan buscándome y antes o después me encontrarán: el que escapa tiene siempre las de perder. Hubo días que estuve mucho más tiempo fuera de aquí, de este páramo franqueado por agua asesina, silenciosa, atemporal, pero aquél fue otro "yo", uno que estaba más vivo, menos frío. Más ligero. Cualquier acto se antoja ahora más que nunca una derrota, una impotencia; inutilidad. Utilizamos la palabra "impotencia" sin apercibirnos que lleva consigo intrínseca y completa la "potencia". Nos lastramos con carga a sabiendas. Nos lanzamos al abismo con las alas enfundadas, a las profundidades abisales con más peso del que nos ha de permitir volver a la superficie: cada día que pasa un fallido entrenamiento para la apnea final. ¿Dónde hallar el neopreno del alma? ¿Cómo no sucumbir a este gélido zumbido?, este vacío que no se siente como oquedad o habitacíon cerrada, que es dolor, un sordo dolor día tras día, todos los días, incluso durmiendo, inconsciente, conduciéndome hasta la pesadilla. ¿Cuánto ha de tardar el hielo? Aún es demasiado pronto y tengo abiertas a fuego y sal todas las llagas... Hay que ver a veces cuánto cuesta acabar con una vida humana... Los vecinos escucharon como tantas otras veces, ya estaban de nuevo..., no hubo motivos para pensar que esta vez fuese a ser diferente. Pero lo fue. Ella recogió sus cosas, salió del piso con una mochila y un par de bolsas, la vió desde arriba, en el balcón, esperando en la acera el taxi, que al poco llegó y la recogió, luego desapareció en la noche. Pero a la mañana siguiente en su casa la madre no sabía nada de la hija. Encontraron sus cosas tiradas en mitad del puente, su cadáver río abajo, varado, hinchado, azul, con la melena muerta y deslabazada tapando a medias un rostro sin vida y de ojos asustados: quién sabe, quizá en el último momento decidió vivir. Pero estaba ya demasiado lejos de cualquier todo, tan allende esa ninguna parte... A los dos días el cuerpo ahogado ya había sido incinerado. Y él ni siquiera se atrevió a pasar la prueba del tanatorio: al contrario que ocurre con la "impotencia" la palabra "cobarde" no encierra en sí la "valentía", tampoco la "entereza". Desde entonces el mundo sigue su marcha, los días su curso, el mar conduce diligente sus olas, y el hielo, egoísta, sigue haciéndose esperar: "Tendrás que venir a mi encuentro", como un amante, encendido, buscando, anhelando, suplicando mi beso. Mi beso. El último beso. Esa apnea final.  Tantas veces una vida humana no vale nada...

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Esa Piedra de la Locura

"Ella es una prueba más de que la libertad absoluta de la criatura humana es horrible".

Con esta frase terminó Alejandra Pizarnik su texto en prosa sobre Erzébet Báthory, La Condesa Sangrienta, palabras que no dejan de ser irónicas a la par que certeramente reveladoras sabiendo como sabemos que siete años después de escribir esas líneas, el 25 de septiembre de 1972, Pizarnik, en el uso extremo de su "libertad como criatura humana", se quitaría la vida con una sobredosis de barbitúricos.

Poeta de la noche y de la muerte, novia de la alucinación y amante entregada a la pesadilla hecha verso y espejo, Pizarnik aprovechó un fin de semana fuera de la clínica psiquiátrica en que estaba internada para echarle un último vistazo a este mundo antes de abandonarlo. Quizá pensó que no tenía remedio, que sus médicos jamás serían capaces de extraerle esa piedra de la locura que la tenía enferma y postrada, o quizá todo lo contrario; tenía miedo, un terror pavoroso a que se la extirpasen, la "curasen", negándole en cierto modo tanto de la vida alucinada que ella necesitaba, no ya para subsistir, sino sencillamente para existir. Porque qué sería en adelante de Alejandra, debió pensar, sin su locura..., mi locura: loca Alejandra sin loca piedra ya no sería loca ni sería Alejandra, más bien nada. Entonces, ¿mejor morir?... Sólo ella lo supo.

 

 

Os dejo aquí uno de sus, en mi opinión, mejores poemas:

 

NOCHE

Quoi, toujours? Entre moi sans

                    cesse et le bonheur!

                            G. de Nerval

Tal vez esta noche no es noche,

debe ser un sol horrendo, o

lo otro, o cualquier cosa...

¿Qué sé yo! Faltan palabras,

falta candor, falta poesía

cuando la sangre llora y llora!

***

¡Pudiera ser tan feliz esta noche!

Si sólo me fuera dado palpar

las sombras, oír pasos,

decir "buenas noches" a cualquiera

que pasease a su perro,

miraría la luna, dijera su

extraña lectescencia tropezaría

con piedras al azar, como se hace.

***

Pero hay algo que rompe la piel,

una ciega furia

que corre por mis venas.

¡Quiero salir! Cancerbero del alma.

¡Deja, déjame traspasar tu sonrisa!

***

¡Pudiera ser tan feliz esta noche!

Aún quedan ensueños rezagados.

¡Y tantos libros! ¡Y tantas luces!

¡Y mis pocos años! ¿Por qué no?

La muerte está lejana. No me mira.

¡Tanta vida Señor!

¿Para qué tanta vida?

***

El Pintor de Batallas

Hobbes y Rousseau se encuentran en un garito,  deciden tomarse unas birras y echarse unas risas. Luego se juegan a los dardos quién paga la consumición. Gana Hobbes, por supuesto. Clava la diana en su justo y perfecto centro, no ya por aquello de que el hombre es un lobo para el hombre, sino más porque la humana raza, ya se sabe, es el más hujoputa ente que ha parido este cosmos cabrón. Rousseau empieza a abrir su ilustrado monedero con triste mohín... ¿Y si en lugar de cervezas a los dardos se hubiesen jugado la vida, el honor, la integridad filosófica a un par de pistolas y veinte pasos de distancia? Entre otras cosas, probablemente, Pérez-Reverte habría escrito mucho antes "El Pintor de Batallas", y ésta, su novela, habría llegado a mis manos otro día distinto del 2 de marzo, y de muy distintas manos...

 

A estas alturas de panorama narrativo Pérez-Reverte sabe que si pegara un cagarro a un pegote de folios y si lo presentase mismamente así a su editor éste lo entregaría a las imprentas sin ni siquiera detenerse a olisquear. Sólo unos muy pocos están en este país de ilectores a tiempo de eso y Reverte no desoye todo lo que ello tiene de ventaja: puede escribir lo que le venga en gana y como le venga en gana, acabe o no desviándosele el lanzamiento del centro de la diana.

"El Pintor de Batallas" se me antoja un mal lanzamiento, difícil y escorado, pero de bella ejecución, lo que no deja de ser bastante. Para empezar ni siquiera es una novela, o como novela es del todo fallida. Si acaso es un monólogo con apariencia de diálogo platónico entre un hombre muerto y su fantasma, y el recuerdo de un amor al que asesinó. Y entre medio, lo mejor, es decir, lo que el autor tan bien domina porque lo tiene por la mano; estuvo allí y nadie mejor que él para recrearlo fresco, duro y cabrón en tu sinapsis: la guerra, la muerte, la sangre... la íntima y terrible desolación del superviviente entre cadáveres...

 

En el fondo, antes que pensar que sencillamente no llega como narrador, prefiero pensar que es que no le dio la gana, se la sudaba: Reverte sólo quería escribir un nuevo "Territorio Comanche", esta vez desde la orilla de la ficción: se lo pedían el cuerpo y la memoria, así como, tal vez, una poderosa náusea interior de volver a ajustar cuentas, girarle la cara a hostias al hombre y su estúpida naturaleza. Lo necesitaba.

 

 

Eso y pintar un cuadro, y hablar de pintores, por supuesto, darse un baño de lienzo y cultura, y a fe que lo consigue, y esto, después de las descripciones de la muerte y la barbarie, es lo segundo mejor con lo que se puede uno topar en el libro.

"El Pintor de Batallas" es, si se fuerza, una novela de tesis, tiene lo justo y necesario para ello, a saber, una tesis que apoyar y unos personajes planos, apenas algo más que sombra y boca, para representarla. ¿Y de qué tesis estamos hablando? De la ecuación del horror, supongo...

Faulques es el pintor de batallas, el hombre muerto encerrado en el ouróboros circular de pintar la foto de guerra que jamás pudo hacer en treinta años de turismo de muerte y destrucción: busca la cuadratura del círculo del horror justo antes de dejar de ser sombra, pues su cuerpo murió años atrás, en la carretera de Borovo Neselje, afueras de Vukovar. Markovic es el fantasma del pasado, el muerto de aquélla guerra, o de ésta, o de la otra de más allá; la memoria de Faulques está llena de Markovics de ojos desorbitados, las tripas fuera, tirados en cualquier cuneta. Olvido Ferrara es el fantasma del presente, está todos los días ahí, en su corazón muerto, arañando, preguntando... ¿Por qué, Faulques?... ¿Por qué?...

 

Faulques desoye sus preguntas, y por eso pinta la guerra circular; inacabable e infinita. No quiere escuchar a sus fantasmas y por eso se engaña buscándole matemática y geometría al horror, cuando ya hace tanto tiempo Conrad, o Kurtz, como prefiráis, dijo tan alto y claro y turbador de qué corazón provenía... y luego, años después, vino Céline, otro gran iluminado de la entraña apuñalada, y soltó aquello: "Porque en el corazón de los hombres sólo habita la guerra..."

Faulques lo sabía, Reverte lo sabía, en su fuero interno ambos, los dos uno, lo sabían desde buen principio, que el caos nada tiene que ver con lo largo de la línea de la vida. Que no hay destino. Que una mariposa bate alas, sí, pero que eso nada tiene que ver con que a ti, de repente, un francotirador apostado y criminal decida concederte un nuevo telediario. Que no hay línea más recta ni más corta, cual nudo corredizo, que la que liga una vida aniquilada con otra despuesta a aniquilar.

 

Como el mismísimo Einstein, pegado a la barra, observador,  hubiese dicho tras ver la diana Hobbesiana: "El Horror no juega a los dados..." 

 

 

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