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tannhauser

VIDA SIN LUNA

Mientras el barco baila de arriba abajo al son del oleaje, cabeceando rítmicamente al compás marcado por el mar, y el sol empieza a declinar, fundiéndose azafranado y final en la lejana línea del horizonte, contemplo sentado en cubierta el devenir de este manto de aguas móviles que me envuelven tranquilas, oscuras, cuasi eternas. Esta paz que sólo el océano puede dar, inexpresable e inaprensible, me llama a cerrar los ojos, abandonarme a los rumores del agua, bucear, abismarme en las profundidades de mis recuerdos, mis secretos guardados a cal y canto en la hondura de mi mente, los más de los cuales no son ya sino estampas de un pasado tintado en grises y ocres de ajado daguerrotipo. Son todo postales sin vida, historias sin color, como si fuesen las ficciones de un novelista o los juegos de un dios aburrido, y no el álbum fotográfico de los años de un ser humano; el recuento de mi vida.



No alcanzo a encontrar entre mis recuerdos un solo destello de alegría o esperanza, invadidos como están por el silencio y la melancolía. Creo que ni siquiera quiero dar con esa luz en las tinieblas de mi pasado.

Precisamente vine aquí huyendo de ese pasado, del tremendo dolor del mirar atrás y quedar cegado. Pensaba entonces que la vida se había vuelto vieja y achacosa, que cualquier ilusión nueva sería tan estéril como arrojar un puñado de azúcar al mar, pero me equivocaba, porque soy yo el que ha envejecido prematuramente, el que me he arrugado de manera irreversible. Soy yo el que todo lo oigo lejano y distorsionado, como desde la tumba, como si mi hogar fuese ya el fondo del océano… que todo me sabe igual, a puro cieno, como si la tierra húmeda del cementerio hubiese empezado a consumirme desde la boca… que tengo los ojos tan duros y quebradizos que todo lo veo opaco y distante, como filtrado en un grueso folio de papel vegetal… Seguramente por eso hace tanto de mis últimas lágrimas, tan seco estoy, como desierto, y tan raída tengo el alma por del dolor.

Sólo ahora sé que mi fracaso es total y definitivo. Fallé donde no debía, donde no se podía fallar, y de entre todos los errores que pude cometer escogí aquél del que no había posible vuelta atrás. No supe amar cuando pude hacerlo y ahí se acabó su vida, por supuesto también la mía. Cuando quise enmendar mi error ya era tarde, todo estaba perdido. No habría esperanzas de ningún tipo, tampoco segundas oportunidades. Eso quedaba para los demás, para aquellos que todavía no habían tenido la oportunidad de escoger… y fallar.

No supe tomar el camino de la vida y nos arrastré al sendero de la muerte. Ella fue inteligente y llegó antes, buscó un atajo. Yo en cambio, aunque no estoy menos muerto que ella, me veo en la obligación de amanecer día tras día.

Lo único que me mueve ahora es recuperarla en mi memoria; su rostro, su esencia, su aroma, toda ella redibujada exacta en los cuadernos de mi recuerdo, todo y ser consciente de que jamás la lograré. Se me antoja tan irrecuperable como el pecio que busco en el lecho marino desde hace tanto, por el cual buceo cada día más hondo todo y saber que nunca lo he de encontrar. Esas ruinas fantasmales ganadas por las algas y el coral me llaman incesantemente, me buscan desde lo profundo, desesperadas, como si anhelasen mi llegada para saberse completas, como si guardasen con celo el que ha de ser mi lugar final en el todo. Por eso he de seguir buscando, sin importar lo lejos, lo hondo que esté enterrado, porque tal vez junto a los restos de ese naufragio estén también los pedazos con los que recomponer su retrato. Quizá por esa misma razón no tarde en tirarme al agua en una búsqueda última y final, y descienda, descienda sin parar, sin mirar atrás, y llegué allí de donde no se puede volver, allí donde sé que a pesar de la oscuridad abisal, encontraré el pecio que la luz jamás me dejaría ver, y una vez representado mi pequeño y derrotado papel en la trama del cosmos, sólo me quedará aguardar que el cosmos tenga a bien abatir su telón sobre mí.



El sol fue dejando una noche sin luna, como sin luna ha sido mi vida desde que se extinguió su luz y ya no pude volverla a ver, ni tan siquiera retratada en ese ocre y ajado daguerrotipo de la memoria. Miro a mi alrededor: las negruras de cielo y océano son una y la misma, infinita; no hay horizonte, ni tiempo ni lugar a los que escapar…

Imagino el barco desde fuera, desde muy arriba, conmigo dentro, solitario y silencioso en la oscuridad ubicua del océano y la noche eternos. Perdido, sin rumbo, aguardando que la próxima tormenta se lo lleve al único lugar al que puede ya dirigirse, allí donde reposan para siempre tantos y tantos naufragios.

© JIP

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1 comentario

charito -

siempre hay algo por lo que vivir, no te puedes dejar llevar toda la vida por la oscuridad... quieras o no la luz acaba entrando.
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