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tannhauser

Neural



Empiezo a preocuparme: de nuevo un sueño esta noche, o una pesadilla, ¿cuál es la diferencia? Licenciados abstenerse, porque si la respuesta es que los sueños son películas neurales con elefantes rosa y nubes de tormenta de algodón de azúcar, bien, podéis ahorraros la parrafada conmigo, para eso ya le encargo a Bradbury que me escriba un anuncio de compresas.

La cuestión es que durante gran parte de la noche, removiéndome intranquilo y en algún momento hasta sabiéndome con los riñones al aire, tanteando la pulmonía, y mientras, en mi cabeza, dentro de “The Night of the Living Dead”, de Romero; hasta era en blanco y negro el asunto; el sueño, la pesadilla, quiero decir. Estaba el negro y todo, sólo que no era tan valiente como en la peli, me mandaba a mí a buscar ayuda, el tío mierdas, y yo, gilipollas, voy y salgo… En fin. Los sueños sobre muertos vivientes siempre acaban como tienen que acabar, es decir, sin salida, porque ellos son mayoría; te acaban atrapando antes o después. Leí no sé dónde que en no sé qué año de no sé qué siglo, se calcula que a este ritmo de penetraciones sin condón que llevamos –si un meteorito con forma de conejo no se nos lleva antes por delante–, ha de llegar el día en que sean más los vivos que son que los vivos que fueron, esto es, la suma total de muertos desde que el hombre es hombre, es decir, que es Sapiens, o mejor dicho, se lo cree –Sapiens–, porque hay que ver qué cantidad de descerebrado suelto por ahí. Es salir a la calle, un par de miradas, y ya echas la mano al cinto comprobando fastidiado que, ay, te has vuelto a dejar la Mágnum 44 en casa… Dirty Harry querido, muchos te echamos de menos.

Ahora unos pinchazos fuertes en la cabeza, inusitados y preocupantes. Numerosos y molestos a lo largo y ancho de mi hemisferio izquierdo cerebril. Quizá dolor reflejo de la pesadilla, de cuando me atraparon y se me empezaron a zampar, comenzando por los sesos, que para ellos son el caviar de la ultratumba. Después pasan al hígado, su particular jamón pata negra… A ver si al final va a pasar como en “Phenomenon”, el truño aquel del Travolta, ¿os acordáis? –si os acordáis, hacéroslo mirar– en el que toda su metamorfosis en SuperHombre –nada nietzscheano, por otra parte– se debía a un tumor cerebral que acabaría a la postre con sus días –¡y menos mal!, también con la película–. Pero yo sólo tengo los pinchazos en la chola, ningún poder digno de recensión por el momento, aunque tal vez un tumor cerebral sólo te otorga poderes cuando eres cienciólogo...

También me molestan la costilla volante derecha, la rodilla izquierda y el pie siniestro, en ese orden. Cosas del hacerse viejo, la mala vida. Y de quedarme por las noches frito en el sofá, por qué negarlo –al menos en lo que respecta al costillamen y el espaldamen, anquilosado y pidiendo la hora–. Me quedo dormido con el libro entre las manos, o viendo una película, la estufa en marcha, combatiendo a duras penas este invierno, no todo lo apocalíptico que cabría desear. Luego me despierto a las seis, a las cinco de la madrugada, hecho una mierda, me duele todo, me cago en dios; ese rollo: “Tendría que irme a la cama”, me digo; pero debo decírmelo con más bien poca convicción porque nunca me hago caso.

Empiezo a verme un poco como los borrachos que han durado lo suficiente como para poder contarse batallitas: “Ya no aguanto como antes, ahora sólo bebo… vino”. Sí, también como Lugosi, por qué no: reventado y pisoteado hasta el día final. Él con los pinchazos en las venas y yo en la calvorota. Recuerdo una conversación que tuve con cierta persona. Durante seis meses estuve medicándome, para la depresión, no he tenido sueños más bonitos en mi vida, dijo. Drogas, pensé. Las pastillas, dijo. Las drogas, pensé. Lo que volvería a dar por volver a tener aquellos sueños, dijo. Yo también quiero de esa mierda, pensé... Si escuchas más que hablas, en el entretanto puedes darle al botón de centrifugar de la mente.

Y además el cuento; me he quedado atascado, atrapado, sin salida, como con los zombis, se me está comiendo. Soy una carótida obstruida. Un impulso neural y ballardiano estampado contra el vaginal muro del bloqueo.

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