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tannhauser

Marcadores a cero

Llegó al final de la avenida y se detuvo en la esquina, su espalda bombeaba aire contra la pared como un corazón en alerta nuclear. Estaba exhausto. Miró hacia atrás, ahora las manos sobre las rodillas, completamente derrengado. El camino recorrido, las calles desiertas atravesadas a la carrera, huyendo, aún no sabía de qué. Todavía no se había puesto el sol pero hacía días que el hormigón húmedo y el alquitrán manchado eran La Noche. Siguió devorando oxígeno como bestias acorraladas durante otro par de minutos. Al fin consiguió erguirse. Escudriñó de nuevo el paraje desolado. El naranja tiñoso de un atardecer en retirada desplazaba poco a poco hacia retaguardia a sus siempre transitorios ejércitos. Nadie a la vista. Nada a la vista. Recordó. O mejor, intentó recordar por qué había empezado a correr. Se dio cuenta de que no lo sabía. No conseguía recordar, de hecho, cuánto hacía que corría. Cuánto y desde dónde llevaba huyendo de las sombras. Torció el gesto y dio un par de pasos dubitativos. Enseguida se llevó la mano al costado; el bazo pidiendo más tiempo para la puesta a punto de sus maquinarias. Pero no había tiempo. Eso lo sabía. No recordaba nada más. Quizá “recordar” no fuese la palabra correcta.  Mejor “saber”. No sabía nada excepto aquello, que no había tiempo, apenas el justo para detenerse unos minutos, recuperar aliento y fuerzas, echar la mirada atrás, buscarle rostro y dientes a la oscuridad, calcular los posibles caminos, reorientar los pasos, decidir un nuevo plan de huída; la próxima vía de escape. Su única seguridad. Que no disponía más que de un estrecho segmento de tiempo, y aun aquél tan estrechísimo que parecían haberse cambiado las tornas: el segundero quien disponía de él. Su amo. Luego, antes de poder dar salida al siguiente pensamiento, la sensación: grados negativos y metálicos palpitando en la médula de su miedo. Enseguida supo.  Había llegado la hora de expiar sus faltas. Quiso darse vuelta y doblar la esquina, ver al menos qué ojos lo habían acechado durante tanto. No pudo siquiera iniciar el giro. Parapetado en la oscuridad, el tiempo, rémora de decisiones fallidas y encrucijadas soslayadas, descerrajó la última oscuridad sobre su nuca.

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2 comentarios

Javier -

Qué no daría yo, señor cuvric, porque sólo me pasase los lunes por la mañana...

cuvric -

Exactamente eso me pasa a mi los lunes por la mañana, cuando suena el despertador.
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