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tannhauser

Te veo

La noche pasada, un sueño: tú estabas en mi puesto de trabajo. Y diciendo esto no sólo pretendo decir que estuvieses haciendo mi trabajo, este nuevo trabajo que desarrollo desde hace poco más de tres meses. Quiero decir también que tú estabas dentro, en mi lugar, siendo yo en cierta manera, mientras yo estaba fuera, en la calle. ¿En lugar de quién? No sabría bien qué contestar a eso... Desde allí miraba cómo te desenvolvías haciendo de mí, se me hizo difícil durante un segundo imaginarme allí dentro, haciendo todo aquello, llevando a cabo todos aquellos gestos y movimientos: visualizar en tu lugar mis ademanes y miradas, mis brazos, mis kilos; mi alta sombra proyectada en el suelo, casi doblando la que tú estabas proyectabas en aquél mismo momento. Deseché enseguida ese intento de dibujarme, mejor no pensar demasiado; como cuando escuchas tu voz grabada o te contemplas la expresión en una foto para la que no posaste, de la que, es probable, nada sabías hasta que te la enseñaron. Ridículo; rubor. Volví a centrarme en ese tú sustituyéndome. Te vi ir de acá para allá, toda prisas y atolondramiento, lo mismo que yo los primeros días, que andaba pez fuera del agua y no sabía bien cómo hacer para hacerlo bien. Subir las escaleras, luego bajarlas: reconocí tus gestos, tus caminares, eras tú, sin duda, aunque no me miraras... Porque no me mirabas: no me miraste una sola vez. Yo estaba fuera, cierto, pero bien a la vista, eso era indiscutible. Plantado en mitad del escaparate no había nadie más allí que no transitase, que no fuese carne y traje en movimiento de arriba abajo. El único rostro el mío, los únicos ojos mi par, apuntando hacia dentro, hacia allí. Hacia ti. Si hubiesen sido haces de luz te habrían fulminado. ¿Cómo no me viste? O sencillamente no quisiste, que todo radicaba en tu intención; hacer como si no existiese, convertirme en vacío, llenarme de daño. Te vi pasar hasta tres veces tan cerca de mí..., ¿cuánto habría desde la punta de tu nariz hasta el vidrio del escaparate? Apenas los dos metros..., ¡y miraste!, ¡vaya si miraste hacia mí! Tuviste que verme por cojones. Y aun así el menor cambio en tus facciones. Impertérrita pasó a ser tu nombre. Tenías, eso sí, los ojos rojos, estabas ojerosa, como de haber llorado hace nada, quizá poco antes de haber entrado a trabajar, que apenas debían pasar minutos de las cinco. O al contrario, de haber estado llorando un poco cada día. O cada noche. De todos modos, aunque fuese verdad, que fuesen lágrimas, las noté frías, es decir, no las supe mías. Sabiendo como sé que ya no ocupo el primer puesto en tu lista de heridas se me ocurren varios motivos para esos ojos rojos, todos ajenos a mí... Pensé en forzar la situación, obligarte a ceder: golpear el ventanal, llamarte a gritos... Ni siquiera ahora sé porque en momento alguno se me ocurrió abrir la puerta y entrar allí. ¿Cómo se había derivado hasta aquello? ¿Qué hacías tú en mi lugar? ¿Tan mal me las había ingeniado? Tan mal lo hice que no sé cómo demonios ya me habían despedido... Claro está, esto lo pienso ahora, que ando escribiendo, a duras penas transcribiendo a palabras las imágenes -hinchándolas hasta cierto punto, a qué engañarte-. Porque entonces sólo recuerdo estar obsesionado, mejor dicho: soñarme obseso; ser obsesión de que no me mirabas, no me querías ni ver. Me lo repetía. "Ni me mira; no me quiere ver". Una y otra vez, como un mantra; sólo me faltó darme de cabezazos contra el cristal. Y a medida que hacías la tuya y hacías como que no existía esa obsesión crecía, se hacía más obsesión, más terrorífica. Crecían también, por tanto, el miedo, el pavor, el sudor. La desesperación. Se borraron las gentes y los tramos de las calles, se redujo la parcela de sueño a mis ojos, el escaparate adentro..., y dentro tú. La textura de los fotogramas empezó a criar tentáculos, algodones negros y cenizas plateadas como melena de bruja. Pensé, como te he dicho, llamar tu atención, liarme a hostias con la barrera de vidrio, que todos allí diesen cuenta de mi cuerpo y mi cabreo, y te mirasen luego, y roja esta vez de vergüenza tuvieses que agachar la cabeza. Entonces no tendrías más remedio que rendirme cuentas... Sí, sí, eso mismo iba a hacer, sí... iba a hacerlo, por dios que casi lo hago... a esto estuve, a punto, puedo jurarlo, lo haría si es que jurase..., pero ya sabes por qué y desde cuándo no he vuelto a jurar nada en toda mi vida... Así que no lo hice, me quedé allí sin hacer nada. Un rato largo. Esto último parece que rima, tiende hacia cierto tipo de musicalidad. Y no debería, porque este es un texto serio que describe un serio sueño que vino a mi mente, supongo, debido a una crisis seria en el ínterin de mi seria cabeza: un trauma serio, en definitiva. El que me creaste. Tú a mí. Quizá tan grande como el que te dejé yo a ti. Al final es eso quererse: palabras y afectos y miradas todos estigmas en la piel y llagas alma adentro... Pero he decidido no tomarme esto que escribo demasiado en serio, tampoco el sueño, ya que de lo contrario puede que fuese un paso más allá, me volviese cinco minutos más loco, y de seguir así cualquier noche de estas no vuelvo, no lo cuento; despierto empapado en sudor, también cagado de miedo, justo como ayer, pero sin ser ya dueño de mi cordura: entero loco... Poco después lo vi todo claro y meridiano, cristalino. Comprendí qué hacías tú allí, llevando a cabo un trabajo para el que jamás te escogerían; entendí por qué no me mirabas, por qué, de hecho, no me veías...; supe toda la sangre incolora que derramabas cada tarde en casa, cada noche en casa, en tu habitación, cuando te quedabas al fin sola. La librería era efectivamente la librería; mi librería. Tú eras también tú, por supuesto -aunque me cuidaré muy mucho de correr un tupido velo sobre el posesivo que muchos aquí en referencia a ti esperarían-. Y el sueño estaba justo allí, en mi mente dormida. Mi mente dolida. Mi mente anémica de tan malherida. Todos estábais y eráis allí. Pues sólo yo fui convidado de piedra de mi propia pesadilla... Sólo yo estaba muerto.

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