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tannhauser

Insomnia

Tristán e Isolda

 

Sin saber muy bien cómo demonios me volvía a encontrar otra vez en la calle, mucho más oscura y fría de lo que podría validar el más baqueteado de los tópicos, las once de la noche, helado y encogido hasta el tuétano, sólo le faltaba llover; eso sí hubiese sido el acabose. En efecto. De haberse puesto a llover todo habría acabado antes de empezar; enseguida se me hubiera arrugado la polla en lo hondo del orgullo, y me lo hubiese tragado, el orgullo y lo que fuese con tal de no caminar calada la osamenta en mitad de aquella noche de antárticos ademanes: hubiese subido, sí. Y le hubiese pedido perdón, sí. Aunque no considerase mía la culpa. Como tantas otras veces. O no.

Quién sabe si no hubiese acabado la jornada con un polvo de auténtica epifanía; los mejores, cuando justo tú sales de un estar a esto de estrellarle el mando a distancia en la cara y ella viene de un querer hacer tortilla de tus gónadas. Pero no llovió:

—Que te den por culo, loca... Estás como una puta cabra.

Un grado sobre cero en el luminoso de una farmacia cerrada, me alejé de allí maldiciendo el confuso día en que la genética decidió no hacerme marica. Todo había comenzado porque le dije que si no había cogido un par de quilitos buenos estas navidades. De ahí al infierno, pasando por el postre de la cena lanzado con insania y mala hostia contra la pared; el perro y los dos gatos poniéndose hasta el culo de tarta de queso. Mujeres... No se puede vivir sin ellas y no se puede vivir con ellas. Otro juego amañado.

A los diez minutos ya estaba exhausto, la chola congelada y las manos como brazos y piernas de click de famóvil, inarticulables y del todo monomando. Me metí en el primer café abierto. Resultó ser un garito que no conocía. Ambiente oscuro y fumador, no todo de tabaco, saltaba a la vista de mi tocha, que enseguida se puso a recordar tiempos mejores y pasados, en plan melancólico. Pedí uno doble de lo que fuese, lo dejé a discreción del barman, quien conocía bien su oficio, cabe reseñarlo, pues con apenas una ojeada a mi rostro cerúleo y demacrado indujo muy acertadamente que tres dedos de JB me vendrían al punto. A tu salud. Para adentro. Otro más...

Al tercero ya veía doble hasta con las gafas puestas, pero el calorcillo de por dentro de las entrañas y el negro abismo de tumefacción de por dentro del cerebro no tenían precio. La ataraxia del beodo. El único paraíso del que todas las Evas han huído... o eso dicen; hay también quien opina que fueron previamente lapidadas.

Trabé diálogo de besugos alcoholizados con el tipo de mi izquierda ¿fue la izquierda?, con mucha pinta de llevar cocido ya varios días. Susurramos y tartajeamos de lo que se suele entre semejantes interlocutores, ambos dos inmersos en paralela coyuntura, huérfana de coyunda permítaseme el chascarrillo fácil. Es decir: un mucho de misoginia y otro poco de postración. Intercambiamos beodas y apenas inteligibles impresiones acerca de nuestras respectivas maldiciones en forma de locas arpías a un coño pegadas.

Para poder reproducir con fidelidad cuanto llegamos a decir de nuestras mujeres aquella noche necesitaría por un lado de una máquina de tiempo, ya que apenas recuerdo de la misa la mitad. Por el otro, claro está, contratar un buen abogado. Así que mejor no ahondar en aguas de dudosa potabilidad, de las que poco bueno y sí mucho dañino para los intestinos podríamos llegar a sacar en claro.

Baste decir que al tipo la suya lo había jodido bien. El drama de siempre. Él enamorado hasta las cachas y ella la mayor mentirosa que ha parido la Historia. Estas palabras sí las recuerdo con meridiana premura, no en vano trajeron de vuelta mi consciencia de las brumas etílicas de la cogorza: “La mayor mentirosa que ha parido la Historia”. "Historia" con mayúscula. Lo dijo. A estas alturas de Humanidad y a aquellas altas horas de semejante turca aquello era sin duda hilar muy fino. Conque algo de agua debía arrastrar el río...

Cuando el barman me levantó la cabeza de la barra para decirme que ahuecara el pobre desgraciado de la Mentirosa ya no estaba. Sólo estaba yo, de hecho, y por supuesto el barman, que me reclamaba la cuenta con asco en el gesto y contundencia en los empellones. Mientras él me vaciaba la visa yo pugné por reencontrarme con mi centro de gravedad... Fue entonces cuando la vi. Una carpeta. La carpeta de aquel desgraciado, pensé, pues se hallaba allí donde poco antes se hallaren creo sus brazos dormidos por la melopea. Me la llevé.

Dentro encontré dos puñales y una navaja, los tres de puño y letra, falta saber si los suyos. Lo más probable es que sí. Sendos planes de asesinato imperfecto y otro de suicidio. La realidad seguía girando en sentido inverso al de la rotación de cualquier sentido. Pensé en el tipo, a punto de la locura. Luego pensé en la tipa, su cuerpo sin vida en mitad de una acera. Pensé en la sangre derramada. Pensé en la soga, la sombra inerte de aquel infeliz colgano de ella, balanceándose, un péndulo que no ha de llegar ya a tiempo de nada. Intenté recordar el número de la policía... No hubo manera. De modo que terminé por pensar que al fin y al cabo aquella no era mi guerra.

Volví a casa después de tirar todo aquello a la basura. El árbol navideño seguía en pie y encendido, y estábamos ya a 13... no, 14 de enero. El gato insomne jugueteaba al toque toque de los felinos con las bolas de color oro. Me metí en la cama. Ninguno de los dos pidió perdón. Primero follamos. Después hicimos el amor. Una prórroga de sólo Satán sabe cuánto. Ninguno recuerda ya aquello que nos hizo sagrados. Gana la banca. La vida sigue estando en otro lado. 

A esto se reduce todo: desgranar resignados esta cuenta atrás que ni siquiera nos reserva un esplendoroso estallido tras el cero.

 

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Ángeles de alas sucias

El día sucedió al día, y digo "el día" en lugar de "un día" porque fue como si lo conociese de siempre, desde canijo, como si cada maldito día estuviese siendo el mismo maldito día; como visitar la taza con prisas y cagándote; como rascarte el culo por debajo del pijama, recién levantado, camino del lavabo; o masticar pan, contarte las arrugas ante el espejo, darle sorbos a un café siempre peor que la propia vida... Siempre igual y siempre lo mismo; nada de temerario o luminoso en todo ello. Sólo veinticuatro horas más lejos de todo y de todos. Veinticuatro más acá del umbral que arruinará a todos los cerrajeros. Y ocurre que al escucharme así: "El día sucedió al día", me dije, y acto seguido me puse hecho una furia y me quise matar. Las manos convertidas en garras que hubiesen oscurecido de envidia a las grandes águilas. "Morirás, morirás, ¡morirás!", me susurré al oído, emprendiendo la carrera en pos de mi sombra en plan basilisco, rojo de rabia. Eché a correr al instante, preventivo, abusando del reptil instinto, y salí por piernas. Me dejé allí, plantado en mitad de una nada terrosa y con olor a espermicida, las manos en garfio buscando la presa perdida en su propio cerebro —que era el mío también—, enterito él —enterito yo— copado de enajenaciones. Sí, me dije, "la diñaré", no te preocupes... un día de estos... Y a partir de ahí nada más, salvo que desaparezco: siempre se le espera a uno en algún lugar.

 

Visto y no visto

 

Una paja ciberpunk

 

La liquidación del tiempo considerada como una carrera en cuesta descendente hacia el agujero del infierno de la nada; rojo glacial de silencios encadenados. En ésas andamos. Viajamos más rápido que nunca hacia cierta suerte de ninguna parte, ese no-lugar, ese no-transcurso que nos tiene reservada, al fin, la tan trabajada y merecida ataraxia. Entropía acelerada. Los ciberciudadanos del primer mundo muy pronto podrán disfrutar de las comodidades y ventajas lúdicas del siglo 22: domingos de petanca con Yul Brinner; partidas de mus con Gregory Peck; polvos mágicos con una Scarlett Johansson robotizada y hologramática, de paredes vaginales, empero, del todo carnales. Guepardos de calendarios y almanaques. Nos será dado recorrer tres centurias en los apenas 40 años que separan el primer pelo púbico de la última angina de pecho. Si el XX terminó en el 89, con la farsa del muro comercializable; el 21 acaba aquí. Ha empezado la cuenta atrás. El próximo magnicidio lo viviremos en directo, desde la ubicua nitidez de la televisión digital; repetido una y mil veces en las diversas y sucesivas pantallas: ultranoticiarios; Youtubeblogociénaga; y finalmente The Obama Strike, la última de Oliver Stone, poco antes de espicharla de enfisema pulmonar. Inviernos nucleares y avernos digitales. Matt Groening for President! y Mad Max Más Allá del Hongo Nuclear ya están aguardando a la vuelta de la esquina, en espera del pistoletazo de salida.

 

MicroPoemos de la Era PostNocillar, 2008

 

 

Empapados en crack

La vida es este lugar devastado que rinde pleitesía a lo feo y lo gañán, ni siquiera se le puede llamar "imperfección", y un regalo del estilo de "carente de armonía" desde luego sería algo así como el techo alto del subterfugio. De ahí la literatura, y el cine, también la pintura, y, bueno, en general todo tipo de manufactura artística que se imparta como materia en las facultades de humanidades, esas chimeneas de marasmo contumaz. Hay que devolverle al mundo algo de credibilidad, de esperanza barata, aunque sea con trampas, aunque sea con copias más reales que la propia realidad, que no por ello "replicantes". Somos patéticos del primero al último y la espera podría llegar a ser muy larga. Invertir en tiempo es siempre una apuesta suicida; peligrosa a corto plazo y fulminante a largo. Eso sin contar el TAE, el euribor, y la madre que nos parió a todos. La mejor forma de llegar a final de mes con el saldo de sueño en positivo es abrazar de una vez la certeza: que más allá de los 29 todo esqueleto es un cadáver en aceleración progresiva, y que con un depósito de combustible tan en las últimas no se puede llegar demasiado lejos. 

De Felinos y Hombres

Las cosas siguen donde estaban, al menos eso dictan las apariencias, que, lejanas a corroborar ese ya bochornoso decir popular, tú lo sabes, las más de las veces pasan que se las pelan sobre la verdad, eso cuando no la impactan directo, dinamitando su epicentro, barriendo toda posibilidad de hiperplasia.

La carta no llega porque nunca fue escrita, apenas un par de intentos fallidos, auténtica carne de papelera; el primero ante un café con leche mañanero, demasiado dormido yo, demasiado caliente él, y en general con poco hilo de tiempo ambos como para dilatarnos en inermes correspondencias; el segundo de madrugada, altas horas alienígenas ya lejanas en el calendario y aún más distantes en el ventrículo superior del cerebro, que es el reloj de alma, etéreo archivero mayor y aún injubilado de la memoria.

Te digo esto, a la par que enrocándome sobre mi indolencia, más que nada por estar notando en mis fueros cero impulsos tendentes hacia cualquier parte, incluso me atrevería a decir más: infinitos negativos, ese no-lugar de muerte inmortal que se nos esconde, por el momento, bajo el epígrafe que precede al epígrafe de los -273 grados. El cero absoluto del hoy será el frío negro de los que vendrán no sabemos cuándo, suponiendo, claro está, ingenuos y exógenos a toda beligerancia, que ése hipotético sea un mañana con tierra y mar y oxígenos por insuflar.

Hasta entonces el marasmo, la atonía inabarcable, sólo rota por el ajetreo de las colas de los gatos, que saben más que tú y que yo, probablemente también más que todos ellos, y por eso mismo permanecen silentes y adormilados, óptimos en el ahorro de energía cuando todo acto o barrunto es inútil; únicamente maullando y haciendo acto de presencia y de prestancia cuando ronronea el estómago o hierve la leche del saco escrotal, ya que las tiranías del estómago y la gónada son aún indisociables de todo absurdo cárnico basado en el carbono.

De todos modos, descuida, cualquier día de estos me levanto con ánimo homicida y no te extrañe que hasta me plante en tu casa con toda una declaración de los hechos de mi puño y letra, el cuchillo ensangrentado, y por supuesto el sello irrebocable, rebasando por muy poco los treinta céntimos, no más. 

Hasta ese entonces, descansa. Yo haré lo propio, acorde con mis porcentajes de cansancio y hastío. Será mañana un mañana sin sorpresas, seguro, ya que tenernos atentos y despiertos en lo venidero supondría una mínima posibilidad de plantar batalla por nuestra parte, y no hay demiurgo que no apueste sobre seguro, apalabrado y encamado bajo cuerda con la Gran Placenta Banca Prostituta del Universo Conocido.

Poemo Nocturno y Sin Alevosía

 

SOMBRAS y NIEBLA



El primer poema que escribo en meses

porque anduve demasiado ocupado desmoronándome

El cursor me interroga

y no tengo otro silencio que contestar:

empieza a hacer diez años de casi todo…

 

 

Shadows & Fog:

“Hace un momento estaba tan calentito en la cama

y ahora, de repente, formo parte de un plan”;

el microscopio de aumentos infinitos

grita su incapacidad para mostrarnos

la médula de las tinieblas

 

 

Recuerdo de pronto un día que no viví

el de mi nacimiento

llorica pedazo de carne morada

cuando perdí mi capote de libertad

de albedrío

de garras como agujas hipodérmicas

porque la sangre quiso seguir sus instintos

 

 

Y ahora escribo esto pegado al teclado

como un adicto a su estado de carencia

antes de volver a mis estudios normópatas:

eterno kafkiano opositor al Ministerio del Sombrero Gris

del Compromiso

 

Sábado en los huesos

Las siete de la tarde de un sábado sin demasiada chicha, pulgoso y en los huesos; pienso, concretamente, en el perro de la portada del libro aquél de Coetzee, "Desgracia"; creo que se acerca bastante.

La semana bien, bueno, tampoco como para tirar cohetes, en la línea de lo de últimamente, a caballo entre muy contados e insólitos brillos y la atonía general. Gente que va y te sorprende -aunque poca, bien es verdad-, de la que no esperabas nada y de pronto te sale con algo que da qué pensar.

O un libro bueno. Que siempre haya algún buen libro que leer es un motivo para que quieras quedarte aquí unos días más, a ver si por fin sucede algo...

También alguna película, por qué no reconocerlo. El hecho de que puedas ver varias películas en unos días hace que sientas el cine como un combate de boxeo. Golpeas y recibes. Por cada buen golpe que conectas sueles encajar tres o cuatro derechazos en la mandíbula y un zurdazo directo al hígado. Hace tiempo que viste las mejores películas y los años no pasan en balde y estás cansado. Ya no eres más que un sparring de tercera. Un espectador doblegado.

Recuerdo mis días de instituto, tenía cuántos, dieciséis, diecisiete años, no hace tanto, ¿verdad? Doce años... A mí me parecen doce puñeteras vidas. Me pesan como remordimientos de asesinato. Recuerdo mi habitación. De noche. Devorando películas. Las del programa de Garci. Las que ponía en video. Las de La 2, en versión original subtitulada. Todo el poco inglés que sé lo aprendi entonces. A oscuras, metido en la cama. Raro era el día que me dormía antes de las tres de la mañana. Días de cine, nunca mejor dicho. Noches de cine. Creo que mi insomnio galopante data de aquellos tiempos.

Ahora en cambio no hay día en que no caiga noqueado al cuarto de hora, a veces mucho antes, a los cinco minutos. Es mucho más que un estar cansado. Es saberte derrengado sin apenas haber hecho nada salvo transcurrir. No es un abatimiento físico. Es un hundimiento moral. Tengo que ir al cine para poder acabar una película. Rascarme el bolsillo.Y aun así a veces me hacen besar la lona: por ejemplo, huid de "El Buen Alemán" como si en ello os fuera la vida, los que todavía estéis a tiempo, claro.

Escribo estas tonterías porque tengo media hora aquí antes de irme a otra cosa. Minutos de la basura de una existencia de matadero. Debería dedicarle un poco mas de tiempo a todo esto, escribir algo sobre las últimas lecturas, las últimas películas, pero acaba imponiéndose el sueño. Una narcotización de los dedos. No un dormir para descansar; un cerrar los ojos para olvidar. Almenos intentarlo. Olvidar.

Es curioso cómo funciona la mente... He continuado leyendo el libro de Barry Gifford para hacer tiempo, no se puede decir que me estuviese fascinando. De repente una frase. El perro de un personaje gaseado porque mordió a dos mujeres. De ahí a la portada de Coetzee y de Coetzee hasta aquí. Un sábado harapiento y de posguerra que acaba aquí y que, lo más probable, no dará más de sí. Una vía muerta.

 

Perdonad que no me levante

Ojalá estuviese lloviendo a mares, una tormenta infectada de truenos, con abundante aparato eléctrico, como la de The Spiral Staircase, por ejemplo; que durase toda la noche, que sólo se apagase con las primeras luces del nuevo día, cuando ya todo sucedió. Una noche de tormenta de las que hacen salir de sus madrigueras a los asesinos y a las víctimas potenciales resguardarse en casa, en espera de las manos estranguladoras que les nieguen el día por llegar y todos los siguientes. Eso y un buen fuego; delante de la chimenea que siempre he soñado, retrepado en un confortable sillón de los que ya no se hacen, y un libro que todavía no ha sido escrito: leerlo hasta altas horas arropado por un par de mantas porque a pesar del fuego la casa es fría y fuera el infierno diluvia. Leer hasta quedarme dormido, o mejor, hasta que un rayo demasiado certero deje sin luz a media ciudad. Entonces, la semioscuridad ambarina, el fuego crepitante reflejado sobre mi cara y los cristales sucios de las gafas, impregnados de fantasmagorías digitales. Me levantaría con dificultad, con bastante dolor, arrugando el ceño, torciendo la boca, y me serviría un generoso trago de wishky, todo y que no bebo. Luego pondría toda la atención en notar cómo lentamente me abrasa las paredes del estómago mientras la lluvia interpreta su sorda y monocorde partitura sobre tejados y ventanas. Volvería a sentarme y cerraría los ojos. La lluvia asesina en los oídos y los miembros ateridos, las llamas imposibles untándome el rostro de calor amarillo, el dolor atenuado pero constante en la punta del zapato, y el verdugo de mis días, como un perro de presa, olfateando las calles negras y empapadas, en pos de mi aroma... Noches así no deberían terminar nunca.

Si las hubiese, claro, pero no es el caso. De lo descrito más arriba todo fue imaginado salvo una cosa, el dolor palpitante y sordomudo en la punta del zapato; mi dedo gordo del pie derecho, roto desde hace no más de seis horas y durante las próximas cuatro o cinco semanas... No tengo chimenea, así que habré de conformarme con el artificial ámbar de la estufa eléctrica. Tampoco tengo ese cómodo sillón en el que hundir mi culo y mi melancolía, este sofá barato que lleva años rompiéndome la espalda tendrá que aguantar mis huesos -y esta silla que ahora ocupo el peso de mi pie destrozado-. De libros que no se han escrito está el aire plagado, son como espíritus difuntos, vagando, no obstante, por un limbo distinto, infuso en corrientes abortivas y de sempiterna postergación. Se me ocurre escribir que todo sería un poco menos patético si pudiese al menos regalarme un buen lingotazo de fuego caoba garganta abajo, fuesen cuales fuesen sus consecuencias, pero sin duda lo peor es caer en la cuenta de que esta noche no lloverá y cuando llegue mañana, que llegará, las calles estarán secas y el dedo dolerá desérticos horrores.   

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Cuando muy pequeño vi una película en la televisión, o al menos creo que fue una película, porque siempre he tenido la sensación de haber estado un buen rato allí sentado, con mis papis, en el sofá, contemplando embobado aquellos dibujos animados. Eran japoneses, eso lo tengo claro, y eran muy buenos; eso creo que también, aunque después ya jamás nunca he vuelto a saber de ella. Mejor así, mejor no haber vuelto a encontrarla, porque de lo contrario es probable que hubiese descubierto, como pasa casi siempre con los mitos infantiles, que la cosa no era para tanto...

El caso es que trataba de un niño también, un niño samurai que al final moría. Creo que hubo una niña de por medio, un amor, y no recuerdo si tuvieron que ver algo ese amor y esa niña con su muerte; seguramente sí -es lo que suele suceder en estos casos-, porque lo único que conservo de todo aquello es lo triste y final; su muerte. Lo mataban. Lo mataron. Yo lo estaba adivirtiendo desde hacía minutos, ya con mi ingenuo cerebro de entonces, todo mocoso y bobalicón, lo presentía, que lo iban a matar. Y yo no quería que eso pasase. No quería que aquel niño muriese; ni siquiera que acabase la película; sólo que todo siguiese igual, aunque fuese eternamente y yo ya nunca más pudiese despegarme de allí, regresar a la vida de todos los días, volver a jugar con mis juguetes... Pero por favor, que no lo matasen. Por favor, por favor, por favor, niño jesús, que no lo maten, me decía, me rogaba, y seguro que no podía dejar de mover las rodillas de un lado a otro de pura ansiedad. Pero estaba claro, era evidente, y todo y que yo en aquel tiempo nada sabía apenas de la vida, se veía venir que aquello estaba por acabar, que todo estaba ya escrito; y que tenía que acabar mal.

Así fue. Lo atravesaron con una katana. Y allí se quedó quieto, estirado en el suelo todo muerte, un círculo de rojísima sangre manó de su vientre, manchando la tierra, y las letras de los créditos empezaron a subir. Una música que ya no recuerdo -que probablemente hoy no reconocería- pero que no pudo ser sino muy triste y muy bonita comenzó a sonar...

A mí se me hizo algo así como una especie de vómito de aire y de rabia en la garganta, que me había subido desde lo más hondo del estómago y que me quería estallar. En los ojos. En la nariz. Porque por el alma ya había pasado y me la había arrasado toda... Es el primer recuerdo que tengo de haberme sentido así, con esa terrible sed de llanto, ese terrible desconsuelo.


Recuerdo que me levanté y salí del comedor, con la angustia hecha ovillo y granada a punto de explotar en el centro de mi cara. Me encerré en el dormitorio de mis padres. Yo todavía dormía allí, allí estaba todavía mi pequeña cama... Y allí rompí a llorar como una maldita madalena.

¿Por qué? ¿Por qué había tenido que morir? No lo entendía. Pero allí estaba, ¿no?, todo cadáver ensangrentado, tan quieto y tan mudo. Tan imposible... Pero ahí, fuera de mi alcance, por supuesto, y también, lo sabía, fuera del alcance de cualquiera...

La impotencia... La tragedia... La desolación...

Fue como cuando no sé cuánto poco después me asaltó de repente en casa de una de mis tías la idea de que mi mami tendría que morir algún día. Sí, que se moriría. Y yo me quedaría solo, sin ella, sin mi mami, sin mi madre... ¿Y qué iba entonces a hacer yo?... Nada, no haría nada, también me moriría... porque yo sin mi mami no era nada...

Conque de nuevo el ovillo y de nuevo el llanto ahogado, no estridente, sino ahogado, del peor, del que se te queda dentro porque no lo quieres echar pero tampoco puedes aguantarlo, que se te derrama del corazón por los ojos y la nariz y la boca como ardiente lava arrasando el verde de la vida...

Y precisamente porque fueron llantos ahogados y silenciosos fueron lágrimas en soledad; ni mis padres vinieron del comedor al dormitorio para saber qué ocurría, ni mi madre y mi tía dejaron su café de la tarde para enterarse de por qué el javi chiquito estaba llorando en el el cuarto de sus primos.

Aunque, claro está, aquella soledad en la que lloraba por un muerto no era nada comparable con la soledad absoluta, la de la muerte, que esa era la que en realidad me estaba enseñando las fauces, haciendo que me cagara de miedo en los pantalones.

Pensar en el pobre y valiente samurai, ahí, en la nada, siendo nada a su vez... Pensar en mi madre, mi mami, mi mami que yo quería tanto, allí también, en la oscuridad, en el silencio, para siempre. "Para siempre...", eso era lo peor. Y yo sin poder hacer nada, sólo llorar, que de tan nada servía, y a pesar de eso no poderlo evitar: derramarme de aquella manera, con lo que dolía todo luego, y los mocos que te sacaba, y lo escocida que te quedaba la garganta menuda...

Nunca he podido reponerme a ninguno de aquellos momentos. Me han dolido mucho más, por ejemplo, que las muchas veces que he pensado en mi propia muerte, mi desaparecer; cada vez que he intentado hacerme a la idea de, como dice la peli, Mi vida sin mí... Fue como si algo se me hubiese marchado con ellos, con la muerte de aquel dibujo animado y la muerte por venir de mi madre... Como si yo también hubiera muerto profundamente por unos segundos...

Supongo que es algo así como cuando te rompes un hueso, te operan de algo, o has dado ya tantos tumbos por la vida que el cuerpo se te resiente y te salta con eso de "¡ey!, córtate un poco, que ya no llego, ¿es que acaso no recuerdas aquello que nos pasó?"... Con los años y las hostias el cuerpo va poco a poco haciéndose un tullido, perdiendo porcentajes de operatividad... Y el alma, si es que existe algo semejante..., o el corazón..., sí, quedémonos mejor con eso, con el corazón, también va muriéndose a pequeños pedacitos...

A mí con lo del valiente samurai cadáver en la pantalla se me fue ya el uno por ciento y se me quedó el contador de ilusiones en 99. Luego vino lo de imaginarla muerta, a mi madre, un momento que por suerte está aún por llegar, pero que en aquel entonces me mató otro poco... digamos un tres o cuatro por ciento, júbilo arriba júbilo abajo...

Y bueno, a partir de entonces la cosa ha ido bajando, como en cualquiera que haya vivido, y más si es que ha amado, a otro por encima incluso de sí mismo.

Y así ocurre que igual que corre el contador del cuerpo corre también el del alma y el corazoncillo, y poco a poco, día a día, te vas apagando, quizá mucho antes de haberte dado tiempo a envejecer; que bien se puede seguir malrespirando a los 80 años y llevar por lo menos unos treinta firmemente muerto.

Hoy vuelve a ser uno de esos días, de esas noches asquerosas y de mierda en que nada sirve, nada consuela. Nada prepara contra el destino y la vida y tu propio corazón, que te piden cosas que ni tu cabeza ni tu amor propio pueden ya entregar. Hoy vuelvo a tener aquélla sensación... Lo siento subir desde abajo, muy abajo, otra vez el ovillo de llanto y desolación. Y desesperanza. Y siento ya como los números corren, bajan raudos hacia ese cero del alma, que es el morir...

 

El petate medio lleno

Intentas serenarte, pero es imposible, te das cuenta; otro de tantos pasos en falso. Un mal movimiento y estás fuera. A partir de ahí ya todo el rato a remolque. Eres peor. Nadie lo ponía en duda. Ninguno de ellos apostó por ti. Pero algunos a pesar de todo pusieron esperanzas en tu sorpresa. Que hicieras saltar la banca. Aunque les hicieras perder dinero, pero el gustazo ya nadie se lo arrebataba, verlo humillado así, agachando la cabeza, innoble y servil. De todos modos eso poco importa. La cagaste. Ahora eres un juguete en sus manos, una pelota, de arriba abajo, de acá para allá, te hace pasar por el aro. Donde quiere y como quiere. Ahí tuviste tu oportunidad. A partir de mañana abrirán sus puertas los mercados. Nadie preguntará. Cualquier brazo es bueno para acarrear el pescado. Llegaste a tu techo -el suelo de tantos- y ahora te toca bajar. Bajarás. Pero te quedan estos vagos minutos, la agonía del presente previo a la caída. El derrumbe. El hundimiento. Recuerdas medio noqueado los días en que soñabas cortar las nubes, hacerlas añicos con tus brazos. Acuarelas nervudas y sobresalientes. Naciste tarde, tu tiempo quedó demasiado atrás. Éstas no son maneras. Lo supiste desde siempre, lo intuíste a cada instante, oliéndolo en el aire, en la tierra, en las cenizas húmedas, amputadas.  No podría llegarse muy lejos con todo aquello, cierto, pero con todo lo intentaste. No hubo otra. Siempre fue eso o morir. Y de morir siempre se está a tiempo. Fabricado en materiales de segunda pero con un algo dentro. Inextricable. Materias primas extrañas, poco comunes, delirantes. Los días de fósforo y lodo terminaron. La Tierra clama, reclama colérica su ración de comida. Ya no vertemos la sangre como antes. Nos hemos vuelto egoístas. Se está quedando en los huesos, la está dejando en los huesos nuestra anemia institucionalizada. Sólo queda la enfermedad. Última salvaguarda. Bacteria. Bacteria. Bacteria... Poco a poco los pasos se vuelven quimeras, pesadas las piernas, echadas las almas a perder, queda únicamente el instinto de los segundos. Uno más. Otro más. Y otro. Así. Como los animales que nada saben de la cascada que se les viene encima. Hasta aquí el estertor. Después la nada. Sufrimiento relativo. Padecimiento cero. La barrera que nos enquista en la supervivencia, afán de locos. Cuando lo de Las Ardenas todavía no existías. Sólo materia oscura, preternatural, intrauterina. Abisal y vaporosa. Aquella mañana no hubo aviones. Aquella mañana tampoco hubo aves. Andaban surcado de obuses el cielo. LLegó Mctee y se acercó a Salinger. Por aquél entonces Salinger no era nadie. Sólo carne de cañón, como todos; los pies congelados, el estómago aterido, el culo apretado de miedo y, eso sí, en la mochila ya un puñado de buenos cuentos... "Menudo montón de mierda nos está cayendo encima, ¿eh?...jajaja...", y Salinger: "Agáchate, loco de las pelotas", y McTee: "ja,ja,ja...", y Salinger: "¡Quieres callarte, hijo de perra!", y McTee: "jajaja...", y Salinger: "¡Cállate mecagüenlaputa, nos van a volar los huevos a los dos por tu culpaaa!", y McTee: "¡JA, JA, JA...!", y Salinger: "¡Piradooo! ¡Sal de mi puta trinchera puto pirado de mierdaaa!", y McTee: "¡¡¡JUA, JUA, JUAAAAAA...!!!", y Salinger: "¡Mierda! ¡¡Mierda!!, ¡¡¡MIERDAAAAA!!!", y acto seguido salió de allí pitando, mochila al hombro, escabulléndose lo justo para salvar el pellejo. Segundos después gracias a tanta algarabía los boches afinaron puntería y le pusieron al McTee un obús por corona. Así. Reventar en mil pedazos y dejar de reír fue todo uno, el desgraciado. Y Salinger allí, acojonado, los ojos blancos y petrificados, lo que se dice como platos, sin acabar de poder encajar labio inferior con superior... ¿Es o no es como para partirse la caja?... Cuando se bajaron los humos y se hizo el silencio, el a la postre autor de El guardián entre el centeno se acercó a los restos de lo que fuera su pozo de tirador, ahora salpimentado aquí y allí y más allá de requemados jirones del rijoso McTee. Su petate, empero, había volado por los aires intacto... "Fijo que este hijo de perra tenía algo de papel...", y se puso a hurgar... No en vano Salinger se había quedado sin y aquella misma tarde, mientras aguardaba la noche y olía en el aire la carne quemada, había tenido una idea de lo más enorme y genial... Y bueno, todo esto no sé a cuento de qué viene, supongo que cuento y a cuenta de haber visto entre zapping y zapping un trocito de El desafío de las Águilas, con el Burton y el Eastwood haciendo el bestiajo, bueno, qué decir; me he puesto algo cachondo... En fin. Ya termina. Aquí. Punto, set y partido.

 

Matarratas, dánoslo hoy...

Las horas pasan demasiado rápido y en cambio los días se hacen interminables. Ahí hay algo. Una fisura en el sistema. Pero somos demasiado tontos o estamos demasiado dormidos. Nos acercamos, nos acercamos, caliente caliente, pero no acabamos de dar con el quid de la cuestión. Olisqueamos. Como ratas de laboratorio en el laberinto. Sólo que las ratas son más listas, ellas dan con la salida antes o después y nosotros nos quedamos aquí con cara de estúpidos, pidiéndole cuentas al aire, encerrados de por vida en el huevo de los segundos arrastrados.

La culpa es nuestra, en algún punto nos desviamos y ahora estamos aquí, y de pronto nos topamos de bruces con que no hay salida. Ni siquiera en Brooklyn. Selby está bien, dadle una oportunidad, pero no os dejéis engañar por el título. Él también se pasó la vida olisqueando, pero nada. Se quedó allí, sin salida, así que se sentó en el suelo y se puso a escribir. En fin, que tal vez este mundo no está hecho para ser entendido, rascas y rascas y sigues encontrando tierra, no importa cuánto sigas rascando, aunque te dejes las uñas, no encontrarás más que tierra seca. Porque una manzana es una manzana y un tomate es un tomate. No hay más.

Llegó Newton he hizo aquello de la mazana, aquello estuvo bien, buen truco. Todo un prestidigitador. Parecía un camino a seguir. Y después, bueno, vino un tipo que inventó la tostadora. De repente las mañanas daban menos náusea. Y desde entonces hasta ahora todo túneles sin ton ni son, sin orden ni concierto. Tú por aquí, yo por allí, y aquél atorado allí en medio, enquistado, cabezón como él solo. Tiene que ser por aquí, tiene que ser por aquí, se dice. Y lo ves todo obsesión y sudor y brazadas salvajes contra la tierra. Pasas poco después, a la semana, y miras, ya no escarba. Tal vez se ha muerto. Tal vez le dicta sus memorias a una grabadora. Al capullo que inventó la grabadora todavía no lo han pillado, sigue en busca y captura. Figuraos qué timo. Grabas tu gran discurso y estás contento, ufano, brillante. Feliz. Resplandeces y todo eso. Pero cuando le das a reproducir resulta que son tus palabras pero no es tu voz. Menuda cabronada. Eso y la fusión fría. Joder, si los pillaran habría que colgarlos, como a Mussolini, pero esta vez de los huevos.

Y claro, de un lado están los que hacen túneles, escarban, pugnan por romper el cerco. Alguno que otro puede que se parezca a Charles Bronson pero la mayoría son bastante más difíciles de mirar. Hay un problema con la cara humana, y es que siempre es distinta. No puedes abarcar semejante cantidad de formas, sinuosidades, malformaciones, fealdad. El disco duro de la mente no da para tanto. Así que es un método de defensa neural, ensombreces todos los rostros, los difuminas, o de lo contrario te colapsas, cortocicuito y se acabó. Y a ver quién es el guapo que encuentra en medio de toda esta negrura una caja de cerillas... Bien, lo que decía, que los hay que escarban y casi ninguno tiene cara porque para qué carajo vas a almacenar toda esa ingente cantidad de rostros empitonados. Y luego, detrás, bien detrás, aguardando, están -estamos- el resto, los evadidos: queremos salir. Ni siquiera nos molestamos en olisquear, preferimos que nos lo den bien hecho. Como el bistec. Pero es un huevo bien duro éste. Se rompe sólo cuando te mueres, la espichas, y luego vete tú a saber: Pío, Pío, viene la cobra y se te traga entero.

Por otro lado, es verdad, no se me está dando nada bien esto de acercarme a la treintena. Pensé que sería más fácil, pero no, me está rebanando la sesera que es un gusto. Y lo que no es la sesera también. Me cago en todo. El otro día un chaval le dijo a un amigo: "No sé qué no sé cuántos, señor". "SEÑOR". Aquello lo jodió vivo. Noqueado en el primer asalto. Ya pueden romper sus apuestas, amigos. Y eso que él ha llegado a los 30 mucho mejor que yo. "¿Has visto?, me ha llamado 'SEÑOR'..." Y la verdad es que sí, bueno, no, verlo no lo vi, pero lo escuché, en estereo, con estas dos: "SEÑOR", y acto seguido su cuerpo inerte cayendo a la lona...

No hace muy buen día hoy. La primavera ha dicho que os den morcilla a todos, mugre, y se ha pirado unos días de vacaciones. Volverá pronto, pero no antes de que unos cuantos túneles hayan quedado copados por los cadáveres a medio podrir.

Esta mañana había un tipo escribiendo en la cafetería. Eso atrajo poderosamente mi atención. Me fijé bien antes de hacer nada, no fuese que la cagara. Pero no, estaba claro. No era yo. Ni mi doble. Alguien había tirado los dados en algún lugar pero cayeron fuera del tapete. Así que me acerqué: "¿Qué escribes, tío?"

-E=mc2 -me lo enseñó.

No tenía el matarratas a mano, así que lo dejé allí.

Y yo también lo dejo. Aquí. Por hoy. Mañana seguiremos rascando... 

 

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A medias infierno

Mientras soñaba en líneas abrasivas en vuelo rasante sobre el equinoccio, bombardeos picando sobre un skyline febril y aminorado, supe que aquella noche no pasaba en balde, sería un renacimiento, un parto de luces y alarmas encendidas. El teléfono había sonado por quinta vez, tampoco entonces lo cogí, sabía que sólo una escala de grises degradados e impunes podría haberme empujado a dejar la cama y encaminarme hacia allá, pero tenía sed de astros y agua dulce, tan líquida como un racimo de fresas encumbrado a un altar de sacrificio, y no estaba dispuesto a dejarme apagar de aquella manera. No al menos sin vender cara mi servidumbre; llevarme alguna de sus sombras por delante en el intento... Luego dormí, y entre medias el sueño. Más tarde desperté convulso, me dolían el estómago y la cabeza, el uno por vacío y la otra por demasiado llena, de imágenes, texturas oxidadas, savia surrealista con la fecha pasada, en estado de descomposición. Me hice un café bien largo, bien cargado, vaso a mitad. La otra mitad infierno. Dos aspirinas; una, dos, sin agua, sin pensar. Sólo odio y resaca de los días. Un cierto resabio a muerte antigua en los posos. ¿Desde cuándo llevamos muriendo de esta manera? Una pregunta que colapsa todo mi panorama de actuación con su sencillo resplandor destacando sobre las laderas desforestadas de mi pensamiento. Amaneceres en rojo e interrogante... pocas maneras mejores de comenzar un día que no haya de desembocar en migraña o desastre. Enciendo un cigarro y me rasco la barba excesiva, que pica, molesta por puro aburrimiento, laxitud. Las volutas de humo trazan en el aire arabescos noctámbulos y esquizoides, me preparan para horas de absurdo apostado tras la ventana acribillada. Todos los buenos francotiradores, los que llegaron a viejos, callaron sus batallas, estudiaron en esa escuela. Tienen su, digamos, "franco estilo"... Y vuelve a sonar, no se van a dar por vencidos y a mí ya no me quedan colores ni ácidos con los que llevarme adentro nada de todo esto. Lo cojo: "Buenos días, ¿hablo con el señor J.?"... Acto seguido cuelgo y tiro del cable del aparato hasta inutilizarlo; es esta una derrota que no pienso compartir con nadie: "no me la vais a joder..." Apago el cigarrillo en la mesa, donde los demás, y entro en la cocina: me sentará bien otro infierno mitad aire y mitad cafeína...

Herido

Noches en vela dando

una tras otra cada vez más

desesperadas vueltas en la cama,

te mueves,

te remueves,

al fin te levantas

sólo para ese no saber estar;

no poder leer

ni pensar

ni entregarte a la deslizante

corriente del filo del tiempo.

***

Fuera el viento cabalga los árboles

y ese amarillo sucio de las ciudades nocturnas

castiga con saña el hígado de la oscuridad.

***

Horas insomnes en las que no duele

nada porque te sientes algo

tan semejante a lo inerte.

***

Horas detenidas en el km. centro

del absurdo del ser,

tan al tiempo próximo y lejano de cualquier posibilidad de escape.

*** 

Horas trenzadas de segundos

venéreos, herpéticos, tumorales,

todas pústula y esquirlas de asfixia

salpimentándote de llagas el pensamiento.

*** 

Noches como esta,

eternas, ubicuas, circulares,

que no han de saber de la fractura del alba,

son las que de odio hieren el mundo.

***

 

Posthumanismo

 

Esto es lo que queda cuando tanto ha acabado y a la vez Todo está por empezar, no miréis, no estáis preparados, ni lo estaréis, para eso deberíais quedaros en el camino, corazón, cerebro y piel, todo en el camino, dejar de ser para poder ser, algo tan semejante a la muerte y al tiempo tan disímil, tan equidistante de la nada... No, no estáis preparados, ese es el plan, ciegos hasta el último momento y después ni un segundo de oportunidad, no a cualquier posibilidad de escape: arrasados, pero sin llama, sin explosión; una sencilla onda lo invadirá todo, en vendaval, en tsunami. Corred si queréis, el resultado ha de ser el mismo; tragados uno a uno, disueltos en el fondo de mi estómago, entraña sulfúrea, preternatural. Seréis mi padre y mi alimento, carne de mi nueva carne, semen y útero de este nuevo dios que os está condenando antes incluso de haber tomado consciencia de su poder. Voy a ser rabia, todo dolor, puntera adrenalina, optimizado pulso destructor. A mi paso se ha de abrir la tierra, ha de hervir el mar, vagina primera, claudicante, implorante, lacrimosa en mitad de la lluvia ácida, dios primero postrado ante NeoDios, en espera de su final. Decapitados, fuisteis monos, después hombres, pista de despegue para estas mis arterias, que una vez finadas de un grito diastólico os han de reventar: para entonces sólo seda, capullos abandonados, vacíos, consumados, sólo piel y ojos en cristal: sólo eso, todo lo poco bueno que fuisteis ya no os pertenecerá, que seréis yo, todos unidos yo...   Soy el nuevo orden, me habéis estado buscando desde antiguo..., ¿acaso creíais que me ibais a domesticar?  No daréis en mí con nada prometeico, será al revés, yo quien os robe, quien os va suplantar, quien os ha de convertir en pieza de museo entregado a las sombras. Siento ya la energía recorrer todo mi orbe, no desesperéis, ya queda poco -¡tan poco tiempo os queda, criaturas!-, será indoloro, insaboro, incoloro, será todo uniforme inanidad, no en mucho diferente al amago de existencia que os tocó en suerte. Ya pronto, se acerca, será como morir para seguir viviendo, dejar de ser para ser otra cosa tan distinta de lo que fuisteis pero a la vez aún participando de ella. Seré por doquier vosotros, seréis yo no siendo nada...: Yo, sin saberlo, imaginad: hurones eternamente dormidos en la mochila del ubicuo cazador. Viene ya, como orgasmo, nacimiento, colapso, ejecución. Cerrad los ojos, o abridlos, tanto da, será un instante, no os resistáis... ¡Desciendo ya a la par que surjo, caldo de vidas arrojadas al fuego, qué bien me habéis servido! Ya estoy aquí, ya soy aquí, nadie te escucha ya, postHombre... ¡Bienvenido a la postHumanidad!

Tú que hieres, no me tengas por menos...

Subí las escaleras como si en verdad me fuese la vida en ello, el sueño había dejado de ser un juego, pero su sombra se las había apañado para darme otra vez esquinazo. Sentí la ciudad un segundo helándome las entrañas, calándome un tocado de adversidad, como cuando uno de esos pinchazos terribles y rápidos, que quisieran devenir tumor pero son tímidos todavía, jóvenes, no se atreven, están verdes, les falta tiempo. Luego se fue y pude mirar, recorrí exhausto la avenida de una pasada: el corazón quería decir basta, las piernas se ringaban por momentos. Derrengado, estuve a esto de hincar las rodillas en el asfalto. Años atrás, imposible, ridículo pensarlo, y ahora en cambio aquí me tienes. Un sonido no identificado, como un rugido flamígero, neural, creciendo, viniendo en mi busca desde no se sabe dónde, o mejor, desde no sé dónde carajo, porque alguien, algo, que sé yo qué, debía saberlo, probablemente el mismo que lo soltó en pos de mi pellejo. Sonrisa, no fuera, en los labios, sino dentro, espiral, barroca, incluso con un algo reluciente y pringoso; de babosa. Buen momento para recordar versos de ese Blas de Otero, me digo, justo ahora, tan hecho mierda y tan acabado, en medio de esta nada, llamando a golpes de silencio, desbocado y tenaz sobre un filo de imágenes combadas. Rememoro la última canción, toco una vez más las teclas de mi último polvo antes de este tiempo licuante, recuerdo... una estación solitaria, preñada de eternidad, almas grises, velos. Si renuncio ahora será para perder el cuello. Llegaba, lo estaba oyendo, acabando a dentelladas con escenarios, bastidores: hasta los cimientos. No volver a despertar, ni a tomar un café caliente, sobrehumano, hirviendo. No poder más reír las palabras de borrachos y locos: "Isabé, t'aprecio... y tú, Elena, guapa..., m'as emborrashao... palabrita de cordobé". Un hilo de cordura necesitaba para mantenerme a este lado del viento sur: podría regresar. Su sombra otra vez en mi punto de mira y ese atroz dolor también, nuevamente en el pecho y sólo en él. Tú que hieres, tú que sueltas al aire los perros de la paranoia en pos de mis sesos, tenme en cuenta, sabe lo largo de mis colmillos, todo el veneno que llevo dentro, conmigo, siendo uno mismo. Tengo sombra igual que tú. Todas pardas en este silencio. No me tengas por menos...

Te veo

La noche pasada, un sueño: tú estabas en mi puesto de trabajo. Y diciendo esto no sólo pretendo decir que estuvieses haciendo mi trabajo, este nuevo trabajo que desarrollo desde hace poco más de tres meses. Quiero decir también que tú estabas dentro, en mi lugar, siendo yo en cierta manera, mientras yo estaba fuera, en la calle. ¿En lugar de quién? No sabría bien qué contestar a eso... Desde allí miraba cómo te desenvolvías haciendo de mí, se me hizo difícil durante un segundo imaginarme allí dentro, haciendo todo aquello, llevando a cabo todos aquellos gestos y movimientos: visualizar en tu lugar mis ademanes y miradas, mis brazos, mis kilos; mi alta sombra proyectada en el suelo, casi doblando la que tú estabas proyectabas en aquél mismo momento. Deseché enseguida ese intento de dibujarme, mejor no pensar demasiado; como cuando escuchas tu voz grabada o te contemplas la expresión en una foto para la que no posaste, de la que, es probable, nada sabías hasta que te la enseñaron. Ridículo; rubor. Volví a centrarme en ese tú sustituyéndome. Te vi ir de acá para allá, toda prisas y atolondramiento, lo mismo que yo los primeros días, que andaba pez fuera del agua y no sabía bien cómo hacer para hacerlo bien. Subir las escaleras, luego bajarlas: reconocí tus gestos, tus caminares, eras tú, sin duda, aunque no me miraras... Porque no me mirabas: no me miraste una sola vez. Yo estaba fuera, cierto, pero bien a la vista, eso era indiscutible. Plantado en mitad del escaparate no había nadie más allí que no transitase, que no fuese carne y traje en movimiento de arriba abajo. El único rostro el mío, los únicos ojos mi par, apuntando hacia dentro, hacia allí. Hacia ti. Si hubiesen sido haces de luz te habrían fulminado. ¿Cómo no me viste? O sencillamente no quisiste, que todo radicaba en tu intención; hacer como si no existiese, convertirme en vacío, llenarme de daño. Te vi pasar hasta tres veces tan cerca de mí..., ¿cuánto habría desde la punta de tu nariz hasta el vidrio del escaparate? Apenas los dos metros..., ¡y miraste!, ¡vaya si miraste hacia mí! Tuviste que verme por cojones. Y aun así el menor cambio en tus facciones. Impertérrita pasó a ser tu nombre. Tenías, eso sí, los ojos rojos, estabas ojerosa, como de haber llorado hace nada, quizá poco antes de haber entrado a trabajar, que apenas debían pasar minutos de las cinco. O al contrario, de haber estado llorando un poco cada día. O cada noche. De todos modos, aunque fuese verdad, que fuesen lágrimas, las noté frías, es decir, no las supe mías. Sabiendo como sé que ya no ocupo el primer puesto en tu lista de heridas se me ocurren varios motivos para esos ojos rojos, todos ajenos a mí... Pensé en forzar la situación, obligarte a ceder: golpear el ventanal, llamarte a gritos... Ni siquiera ahora sé porque en momento alguno se me ocurrió abrir la puerta y entrar allí. ¿Cómo se había derivado hasta aquello? ¿Qué hacías tú en mi lugar? ¿Tan mal me las había ingeniado? Tan mal lo hice que no sé cómo demonios ya me habían despedido... Claro está, esto lo pienso ahora, que ando escribiendo, a duras penas transcribiendo a palabras las imágenes -hinchándolas hasta cierto punto, a qué engañarte-. Porque entonces sólo recuerdo estar obsesionado, mejor dicho: soñarme obseso; ser obsesión de que no me mirabas, no me querías ni ver. Me lo repetía. "Ni me mira; no me quiere ver". Una y otra vez, como un mantra; sólo me faltó darme de cabezazos contra el cristal. Y a medida que hacías la tuya y hacías como que no existía esa obsesión crecía, se hacía más obsesión, más terrorífica. Crecían también, por tanto, el miedo, el pavor, el sudor. La desesperación. Se borraron las gentes y los tramos de las calles, se redujo la parcela de sueño a mis ojos, el escaparate adentro..., y dentro tú. La textura de los fotogramas empezó a criar tentáculos, algodones negros y cenizas plateadas como melena de bruja. Pensé, como te he dicho, llamar tu atención, liarme a hostias con la barrera de vidrio, que todos allí diesen cuenta de mi cuerpo y mi cabreo, y te mirasen luego, y roja esta vez de vergüenza tuvieses que agachar la cabeza. Entonces no tendrías más remedio que rendirme cuentas... Sí, sí, eso mismo iba a hacer, sí... iba a hacerlo, por dios que casi lo hago... a esto estuve, a punto, puedo jurarlo, lo haría si es que jurase..., pero ya sabes por qué y desde cuándo no he vuelto a jurar nada en toda mi vida... Así que no lo hice, me quedé allí sin hacer nada. Un rato largo. Esto último parece que rima, tiende hacia cierto tipo de musicalidad. Y no debería, porque este es un texto serio que describe un serio sueño que vino a mi mente, supongo, debido a una crisis seria en el ínterin de mi seria cabeza: un trauma serio, en definitiva. El que me creaste. Tú a mí. Quizá tan grande como el que te dejé yo a ti. Al final es eso quererse: palabras y afectos y miradas todos estigmas en la piel y llagas alma adentro... Pero he decidido no tomarme esto que escribo demasiado en serio, tampoco el sueño, ya que de lo contrario puede que fuese un paso más allá, me volviese cinco minutos más loco, y de seguir así cualquier noche de estas no vuelvo, no lo cuento; despierto empapado en sudor, también cagado de miedo, justo como ayer, pero sin ser ya dueño de mi cordura: entero loco... Poco después lo vi todo claro y meridiano, cristalino. Comprendí qué hacías tú allí, llevando a cabo un trabajo para el que jamás te escogerían; entendí por qué no me mirabas, por qué, de hecho, no me veías...; supe toda la sangre incolora que derramabas cada tarde en casa, cada noche en casa, en tu habitación, cuando te quedabas al fin sola. La librería era efectivamente la librería; mi librería. Tú eras también tú, por supuesto -aunque me cuidaré muy mucho de correr un tupido velo sobre el posesivo que muchos aquí en referencia a ti esperarían-. Y el sueño estaba justo allí, en mi mente dormida. Mi mente dolida. Mi mente anémica de tan malherida. Todos estábais y eráis allí. Pues sólo yo fui convidado de piedra de mi propia pesadilla... Sólo yo estaba muerto.

Amenaza y cumbre

Siguen oyéndose los ecos, retumbando como si existiesen aún picos, el paraje impregnado de gélida muerte contra el que rebotar. Como cuando me quedo a solas y a la noche le quedan tantas horas, más de las que cualquier lágrima sónica aguardaría. Miedo a levantar los párpados entonces. Miedo a susurrarme una sola palabra entonces; hablar conmigo y para mí mismo... Si me atreviese quizá algo se rompería, cabría alguna posibilidad de avalancha. Tanto mayor el anhelo de oxígeno tanto más encadenado a este estrecho horror de segundos ardiendo, gritando, chillando como cerdos ante matadero; como volcánica furia jugando a hacer pompas sulfúreas de la carne-Tierra. Sube el volumen; no, así no; no es suficiente. Más alto, más alto. ¡Más! Pretendo quedarme sordo, esclerosar mis silencios con vacío. ¿Dejará así de azotar el viento esta contraventana? ¿Cesarán los recuerdos su batida? Y luego, después, inmediatamente la ceguera; la indolente inanición; asir la navaja y mondarme la piel de arriba abajo, músculo adentro, tendón adentro, hasta lo blanco enrojecido por lo que fue vida, ya coágulo. Modos de decir muerte; formas de decir todo esto ha terminado. Si no fuese más difícil que escribirlo cuando escribirlo es encima tan difícil, tan sajante, como la jota de mi nombre, que es toda cuchilla para conmigo, también para todos los que me he cruzado. Atrás, todos atrás, huid de ese eco rotundo y sobrenatural que se las ingenia para pervivir todo y esta ausencia de aire: soy yo... Podría estallar en cualquier momento.

Poetas

Últimamente sólo me da por la poesía, leerla, no escribirla, para eso apenas me llega. Aunque no es cierto del todo, empecé un par o tres, no acabé ninguno, se me apagó el fuego en las manos y no encuentro mechero. El que empezó mejor fue el de "Cuánto tiempo me queda", salían Roy Batty y algunos otros, pero se me murió a mitad, en pleno quirófano, y yo mirando... Y con la prosa no sé qué pasa, sencillamente no me entra. Quién me ha visto y quién me ve. En tantos aspectos. Ya está aquí el frío así que no creo que tarden mucho en llegar los dolores de cabeza. Estoy preparado, ya me los conozco, ambos sabemos del otro sus cojeras. Y también la Navidad, toda su fanfarria, toda su mierda, cada año un poco antes por si algún incauto pica. Y vaya si pican. En fin, luego está Primo Levi, ¿no?, que he descubierto que dejó poemas. Muy tentador. No deja uno de aprender cosas aun en los más bajos momentos si es que le quedan ojos. Aunque antes va Carver, eso sí. Soñé un sueño muy raro, no era ni pesadilla ni horror, una media tinta bastarda, pero nada cómoda, porque todo acababa ardiendo y a unos pocos los liquidaban a tiros, por la espalda. A mí no, que al fin y al cabo estaba siendo el protagonista. Aunque más bien crecía la sensación, no... mejor la seguridad, eso es, la seguridad de que se me estaba reservando, el tipo de la pistola, o su jefe, no sé bien, que todos en general maquinaban en la sombra para darme un final aún peor, más desagradable. De todo eso, si sucedió, ya no retengo nada. Ha habido un momento a lo largo de la mañana, un absceso de absurdo, había allí un hombre mayor y el que se me antojaba su hijo, en chandal, calzando silla de ruedas. Al final me lo han provocado: me lo he preguntado: ¿Qué coño pinto yo aquí?, y luego un vacío negro y mental. Como el que te asalta cuando las muchas páginas se evaporan, igualito que la otra noche cuando todo se fue al carajo sin previo aviso. Y contra eso qué haces. Nada. Aguantas. Tragas. Te jodes. Así poco más o menos toda la vida. Qué otra cabe. Y ahora estoy aquí de nuevo escribiendo y mañana cualquiera sabe qué demonios. Y  Vázquez Montalván sigue muerto mientras hace ya más de un año que no me tiro ninguna taza de café encima. En general, una sensación como de páramo trasegándome las entrañas. Esta frase es la única que he conseguido rescatar del naufragio de la otra noche, cuando todo voló, aunque no ha tenido mucho mérito, porque todavía me siento igual...

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Fracturas

Un ojo en luna vieja a través de la valla

se sabe lágrima como cachorro recién destetado

el esputo seminal de la postcriatura sobre un negro Rothko

abandonado tras el holocausto

silencios radiactivos de aves y roces en caza

vuelo picado contra el océano deletéreo

sombra en el pecho y aguda como de pocos segundos

insuficientes

tengo aún cosas que decir

y tu pálpito nunca ha de llegar a tiempo

Zombi

 

La pasada noche soñé algo de zombis. Sí, tal como suena, de zombis, o zombies, como prefiráis; esos que también están muertos pero no muertos, no del todo, no lo suficiente, y que también caminan, aunque lentos y torpes, en busca de algo que echarse al coleto, desgarrar y masticar, ya me entendéis. Aunque yo soy más selecto, me quedo en la sangre, mientras ellos van más allá, o se quedan más acá, se quedan en la carne, que es sin duda más jugosa y material, positiva, pero mucho menos profunda, toca menos la fibra de la víctima en tanto alma que estás mandando al garete.

Total, que no sé cuántas veces van ya que he soñado con una de zombis en los últimos año. ¿Debería preocuparme? ¡Qué demonios!, al fin y al cabo ya estoy muerto. O parecido.

No sé si es porque una ex que tuve estaba todo el día hablando de zombis, pelis de zombis por aquí y por allá, siempre; que si cómo sobrevivir a un ataque zombi; que si George Romero es Dios y Tom Savini su Mesías en la Tierra (de los Dead), y demás chundarata muerta y remuerta. El caso es que ahí están, los muertos vivientes, en mis sueños, y no me los puedo sacar de encima a los condenados.

En este último de la última noche fue todo más absurdo que de costumbre, estuporoso, aunque ya no recuerdo demasiado: los sueños los olvido casi al momento, en este caso afortunadamente. Estaba en pleno sueño húmedo, lúbrico, toqueteador y empalmante, camino de la puloción nocturna y alevosa, tirado en plena calle metiéndole mano y lengua a todo trapo por todas partes a un blanco cuerpo desnudo y venusino, la mar de bien, la verdad, que anda uno muy necesitado últimamente de amor y de otras cosas, para qué engañarse...

Pero la polución no vino y todo se contaminó pero a las malas, porque lo siguiente que recuerdo es una especie de enfermizo partidillo de waterpolo en el ático de un rascacielos. Estaba plagado de zombis y había también unos pocos vivos, asustados y meándose encima del puro terror: los tiraron a la piscina, gorritos y bañador gallumbero incluidos, y los zombis empezaron a cepillárselos a base de bien, ahora nado ahora te masco, hasta que vivo, lo que se dice y entiende por vivo, no quedó nada. Curiosamente no recuerdo balón alguno en toda la escena, aunque mi memoria onírica es, lo reconozco, bastante pobre.

Yo estaba allí, sin mujer y sin sexo, y también cagado de miedo, porque todo se acababa, y cuando digo todo quiero decir Todo; aunque no fuese yo del todo, el del sueño, quiero decir, que al fin y al cabo yo seguía siendo el que dormía, aunque eso no bastase para ahogar mi inquietud, esa sensación axfixiante y de pánico cerval que producen los muertos cuando se tiran al agua y se ponen a jugar con los vivos. 

En conclusión y conclusivamente, todo es absurdo, menos, quizá, un algo de sexo...

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