Blogia
tannhauser

"Carver y Yo": en cierto modo, decepcionante

Cuando termino de leer un libro apunto en la primera página la fecha en que lo acabo —si se trata de una relectura la apunto también, debajo de la primera— y, en ocasiones, según me venga, escribo algún comentario de lo que me ha parecido en general el libro, ya sea bueno o malo, brutal o luminoso. Esto pasa las menos de las veces, porque cuando un libro me entusiasma ya señalo y comento los pasajes que me llaman la atención en las propias páginas, muchas veces, ya finalizada la lectura, no es necesario agregar más; ya sea porque está todo en esas anotaciones a margen de página, ya porque, sencillamente, no se me ocurre nada que añadir.

En el caso de “Carver y yo” (Soul Barnacles: Ten More Years Whit Ray), recientemente publicado por Bartleby Editores, sí que hubo lugar para una apostilla final, por demás escueta. Escribí: “En cierto modo, decepcionante”.

¿Por qué? Puede que no tanto porque el libro me hubiese parecido malo como por las ganas de más con las que me quedé. Insatisfecho, sí, insaciado de cosas que esperaba y no encontré o encontré con cuentagotas. Cosas que esperaba de Tess Gallagher, no la poetisa ni la escritora, sino la esposa de Raymond Carver.

Y que conste que no me refiero a que eche en falta ese supuesto material de la edición original que los editores españoles han purgado, según sus propias palabras, “de acuerdo con Tess (...) al considerarlo de escaso interés para el lector español”. Ya estoy más que acostumbrado a las “purgas” de Bartleby, editorial que por otro lado, mucho ojo, publica obras y autores que me fascinan, pero que, sin embargo, no sé cómo se lo ha hecho -el porqué es evidente, por supuesto- para convencer a la crítica literaria de este país de que su hasta ahora buque insginia editorial, el volumen "Todos Nosotros", se trata de una Poesía Completa de Carver cuando sólo es una –eso sí, excelente— antología (The Collected Poems) de toda la obra poética del autor nacido en Oregón.

Los tiros no van por ahí, desde luego, y “en cierto modo, también puede ser decepcionante” –y lo reconozco- para cualquier lector que se acerque hasta aquí y no haya leído el libro o tuviere la intención de hacerlo. En cualquier caso aquí somos poco más o menos los mismos cuatro gatos de siempre y ya nos vamos conociendo; sabéis de sobra que todo lo que tengo de corrosivo lo tengo también de intempestivo...

De modo que “Carver y yo”, sí, en efecto, “en cierto modo, decepcionante”, porque me cuento entre los muchos fans de Carver, me encantan sus relatos y aún más su poesía, y por esa misma razón compré el libro. Por Carver. No por Gallagher. Y eso teniendo muy en cuenta que he leído –y me gustó“El puente que cruza la Luna”, su a día de hoy único poemario traducido al castellano. Pero el resto de su obra –dejando aparte ese poemario y el libro del que ahora estoy hablando- permanece hasta ahora intraducida. En consecuencia, no puedo todavía juzgar si Tess Gallagher me interesa o no como escritora, o mejor dicho, si me interesa como algo más que la mujer que compartió los últimos años de vida de Raymond Carver.

O lo que es lo mismo, que me ha encantado zambullirme en las palabras de Tess cuando me hablaba de lo que fue compartir parte de su vida con Ray, me fascinó al retratarlo, contándome qué fue perderlo y lo mucho que costó después seguir viviendo en su ausencia. El dolor de la pérdida. Que se lo digan a C. S. Lewis... De modo que me gustaron sus diarios de viaje a Europa, poco antes de aparecer la enfermedad que se lo llevaría; o los intercambios de impresiones y cartas entre Gallagher y Robert AltmanRay ya había desaparecido-, mientras se fraguaba ese proyecto de película que a la postre sería “Short Cuts”, pedazo de obra maestra.

En cambio me sobran las entrevistas –entrevistas de periodistas y críticos a la propia Tess-, precisamente por lo que antes decía; porque en dichas entrevistas se habla más de Tess, de su vida, sus libros, su papel de viuda de Carver, que del propio Carver, y yo lo dejé bien claro; quiero saber más, sí, pero de Ray. Porque ¿qué sentido puede tener para un mí, “lector español” —que no lee libros en inglés— la obra poética o crítica de Gallagher, si no puedo acceder a ella? Por eso, quizá, antes que un “Carver y yo”, hubiese preferido un “Yo, Carver” —con todo lo peligroso y peliagudo que ya de base implica semejante concepto—, pero nunca estuvimos a tiempo de eso; el cáncer se lo llevó pronto, justo en la cresta de la ola de su talento creativo, en lo mejor de su carrera. Mejor así, quién sabe —por macabro que sea pensarlo y más macabro aún escribirlo—, puede que la muerte llevándoselo tan pronto evitase que un Ray anciano y agarrado al clavo ardiente de una escritura –nunca sabremos si agotada— terminase defraudándonos, como tantos provectos y célebres autores, no hallando nunca el buen momento para colgar los guantes, nos han defraudado y nos defraudan —Paul Auster, ¿estás ahí...?—. ¿Hubiese Carver, con los años, perdido su frescura, su autenticidad? Nunca lo sabremos.

Porque no ocurrió, la muerte nos lo arrebató, nos privó —de eso sí estoy seguro— de un buen puñado de páginas de magnífica literatura. Al menos tuvo “tiempo, el suficiente...” para armar y acabar su último libro de poemas, “Un sendero nuevo a la cascada”. Un libro enorme y brutal; maravilloso. Según mi propia letra del día 12 de diciembre del año pasado, cuando lo terminé: lleno de “tantos poemas soberbios, magistrales, destructores...”. Un libro cuya confección, de paso, con Carver enfermo, terminal, sentenciado, pero trabajando en la mítica casa de Port Angeles, y a su lado Tess, ayudándolo, juntos luchando por sacar adelante una obra de arte y al tiempo desafiando a la muerte, albergando siempre pequeñas esperanzas de que ambos –porque llegaron a ser uno, se nota— saldrían al final con bien de todo aquéllo; escribió a su vez, pero esta vez en el Gran Libro de la Metaliteratura, una de las historias más hermosas de la realidad... En cierto modo, yo esperaba que este “Carver y yo” me mostrase parte de la película en palabras de esa historia; la de Ray y Tess y sus últimos meses y “Un sendero nuevo a la cascada”, y la vida, a pesar de la muerte –o precisamente gracias a ella-, de nuevo cobrando sentido...

Trabajaban contrarreloj, el tiempo se les acababa, la muerte se les echaba encima. Consiguieron sólo uno de sus dos objetivos: todos –los que queremos— podemos hoy disfrutar de “Un sendero nuevo a la cascada”, su último libro de poemas, pero Ray, en cambio, y muy a su pesar, tuvo que dejarnos. Por eso, y esto ya es un criterio del todo subjetivo, hubiese preferido más fragmentos de diarios –si es que los hubo-, más fotos, más instantáneas en palabras de esos últimos años –o aún peor, de los momentos postreros- entre Tess y Ray, palabras de la propia Tess, que fue quien al fin y al cabo, tal y como Carver reconoció, fue la semilla de esos 10 años de felicidad y fructífera escritura de los que habla en su increíble poema titulado “Propina”.

No me interesaban tanto esos diez años más sin Ray –pero con su espíritu- como los “Ten years with Ray”, los de vida conjunta y felicidad y literatura, que apenas si aparecen en el libro; años que ella pudo compartir con Carver, el hombre, el escritor que tanto admiro, y que durante esos “diez años de propina” que pudo vivir junto a Gallagher, alejado de la bebida y centrado en su arte, fue capaz de escribir libros como “Catedral”, “¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?”, “Si me necesitas, llámame”, “Bajo una luz marina” o  el mencionado “Un sendero nuevo a la cascada”.

Tal vez el error fue mío. Si lo que quería era ante todo y sobre todo la vida de Carver quizá debí darle también una oportunidad al muy reciente libro de Circe, “Así fueron las cosas”, una biografía escrita por su primera mujer, Maryann Burk Carver, que a buen seguro retrata el reverso tenebroso del artista; una relación difícil y tormentosa, probablemente dando pábulo a verdades –o mentiras, cualquiera sabe- nada agradables sobre Ray. Hubiera tenido al menos las dos caras de un mismo rostro...

 

En cualquier caso, no sé si este “debe”, personal e intransferible, se lo debo recriminar a Tess o a los muchachos de Bartleby, supongo que más lo primero que lo segundo. Así que “Carver y yo”: “una decepción, en cierto modo”, sí, pero no completa, desde luego, y lo que es más importante, para nada dinero y tiempo mal invertidos.

 

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

2 comentarios

Javier -

Carver fue tan grande que ni parecía escritor, más bien cazador de osos o estibador del puerto...

En otro orden de cosas, creo que en un post no demasiado distante en el tiempo ya dije la mía sobre lo que suelen hacer los editores -herederos y albaceas- con tu legado literario cuando ya eres pasto de los gusanos... Si Kafka hubiese seguido mi consejo y hubiese quemado todos sus archivos hoy el Adrien Brody ese sería una singularidad pituitaria difícilmente soportable...

Un abrazo, Sam.

Samuel -

Carver era muy bueno, sin duda...
El otro día me topé con varias noticias que comentaban que, quizás, sus obras fueron manipuladas hasta el hartazgo por su editor, Gordon Lish... No sé, me parece todo muy novelesco.
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres