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tannhauser

ESCUCHANDO "THIN RED LINE" (2)



4. LIGHT (7.19)

¿Qué hacemos en este recóndito Edén envuelto en tinieblas? ¿Cómo llegué hasta aquí desde aquel lejano hogar mío, todo cementos, civilización? ¿Podré algún día volver a ver a los míos? ¿O serán estos mis últimos días, transcurridos en recuerdos y añoranzas, entre verdes tapices, aullidos salvajes, tambores de muerte, tableteos de sangre? ¿Acaso no es este lugar, recóndito, felino, el más bello del mundo…? ¿Acaso contemplé jamás mayor paraíso que este que me arropa tal que si quisiese acunar mi último sueño, como queriéndome tragar a cada instante? Y si tal vez caigo… y clavo las rodillas en tierra… y ya no me levanto más… y las lianas me amordazan… y las hojas me amortajan… y los finos granos de arena me abrazan para siempre… ¿No habré tenido entonces la más bella sepultura jamás cavada… hecha del polvo del que vine, del que formé parte hasta el inicio de mis días…? Esos mismos que parecen ya tocar a su fin…

Añorando el Hogar Perdido... Presintiendo el Infinito por Llegar...


5. BEAM (3.44)

Un susurro cavernoso siluetea en el aire, entre palmeras infinitas, vagabundea alrededor de nuestras almas. Se oyen a lo lejos las maquinaciones del enemigo, tan asustado como nosotros, tal vez más, pero con igual determinación; no dar un paso atrás… Tan locos, alienados, los unos como los otros, sentimos ceñirse sombras de tormenta sobre nuestras horas de descanso, ennegreciéndolas, como boca de cañón hambriento.

Enloqueciendo... segundo a segundo...


6. AIR (2.21)

…TAM, TAM… tambores… TAM, TAM… tambores de guerra… en mis sueños… mis pesadillas… en las paredes de mi mente enajenada… no hay salida… ni reposo… un espíritu salvaje viene a mi encuentro… me busca… me halla… y me ordena… TAM, TAM… mata… TAM, TAM… ¡mata!... TAM, TAM… ¡MATA!

Completamento Loco... Convertido en la Peor Arma...


7. STONE IN MY HEART (4.28)

La niebla oscura todo lo cubre y apelmaza, y todo hiede a muerte. Caminando, rastreando, patrullando en mitad de la nada selvática, oigo acercarse la muerte por los flancos, por mi frente, por mi espalda, rápida, confiada, segura de su éxito… siento el pánico crecer… siento un dolor paralizante que me atenaza… qué hacer… dónde escapar… no hay señales que distingan el camino que conduce a la luz negra, esa misma que lleva escrita mi muerte en su boca de fuego…

Exhasutos... Mirando Cara a Cara a la Muerte


"THE THIN RED LINE" . HANS ZIMMER. 1998.

© JIP

ESCUCHANDO "THIN RED LINE" (y 3)



8. THE VILLAGE (5.52)

Instantes de asueto, minutos en los que tomar asiento, recuperar el resuello. Un trago de agua ya caliente que, no obstante, sabe a felicidad cristalina. Observo a mis amigos, mis compañeros, sus risas, sus bromas, sus ojos de una brillantez frágil y líquida, rebosantes de vida a pesar de la tristeza…
¿Cuántos de ellos verán el día de mañana?
¿Cuántos de ellos volverán algún lejano día al hogar?
¿De cuál de ellos tendré que recoger el casco, el fusil, su individualidad hecha placa?
Míralos reír, parece imposible… queda lugar en este infierno para mostrar un pedazo de alma, todavía pura y fértil, sin manchar por el barro de la sangre… el odio… la furia…

Felices en la Tragedia...


9. SILENCE (5.06)

¿Oyes eso?... es tu vida pasando lentamente ante tus ojos… como una película cien veces vista de la que siempre te perdiste el final… confeccionada en memorias, recuerdos. Ya no habrá más aquellos sabores de antaño, aquellos perfumes de entonces, cuando fui niño, porque aunque mis huesos no se queden aquí, aunque mi carne no se pudra entre estos bosques primigenios, ya no seré el mismo, porque lo que aquí he visto… lo que aquí he sufrido… lo que aquí he hecho… no lo podré borrar de mis ojos, mucho menos de mis garras teñidas de sangre,,, y mientras siga vivo, por viejo que sea, el rumor del caimán vendrá por mí, recordándome que yo también, todos nosotros, somos caimanes… verdaderos lobos para nosotros mismos… hasta que la oscuridad discurra eterna derramándose sobre nuestras calaveras.

Totalemente Envilecido, Arrastrado por el Odio...


10. GOD U TEKEM LEAF BLONG MI (1.58)

Coros infantiles nos preceden, despidiéndonos. Ignorantes de la civilización, de la infamia y la ignominia, mas inmersos en un averno que no comprenden… que no han buscado.
En el calor de sus voces lloro y mis lágrimas son saladas como este mar que nos encierra… saladas, oscuras, terribles como el mismo Océano que entonará susurrante… imperturbable… abisal… mediante sus vastos ejércitos de olas… una triste balada por los que fuimos… aun cuando la raza de los hombres reptiloides haya desaparecido para siempre jamás.

Contagiados de Inocencia, Atravesados por el Júbilo...


11. SIT BACK AND RELAX (2.06)

Abandonando el infierno verde, respiro, veo, siento, aunque no dolor. El agua vuelve a ser fresca y la brisa tierna. Quisiera reconstruir las caras de mis hermanos muertos, sus rostros cuando tenía vida, cuando la luz fulgía en sus ojos, pero no puedo... Quisiera llorar a mis hermanos muertos, sus tumbas de barro y sus cruces de bambú, sus condecoraciones de aire, bruma y montaña, pero no quiero. Quisiera de nuevo sentir dolor... como entonces, como en la selva asesina, cuando creí ser cadáver viviente... Insensibilizado para siempre por el horror, busco inconscientemente en la espesura que se aleja, los jirones de mi alma humana... entera reventada...

Aun Vivo, pero Roto, Quebrado... Vacío...


"THE THIN RED LINE" . HANS ZIMMER. 1998.

© JIP

ESCUCHANDO "THIN RED LINE" (1)



1. THE CORALL ATOLL (8.00)

Del rumor a tormenta de la nada surge el caimán a contemplar el circo, la tragedia de los hombres, remembrando el instinto reptiloide que se esconde en nuestras mentes.
La naturaleza, el paraíso verde ácido y virgen, se pasea lánguida, parsimoniosa por mi oído, consciente de que no hay forma ya de eludir la amenaza, tan cercana. Lentamente, las aguas cristalinas, los cantos sinfónicos, las luces ambarinas, tiñen su esencia de negro cieno, temblor de explosión lejana, rubro de sangre… sangre humana derramada.

Perdidos en la Selva Temerosa...


2. THE LAGOON (8.36)

Campanas y cantos orientales me gritan desde la oscuridad del panteón de los muertos, tañendo tristes nuestro horror. Violines de sangre lloran notas de desesperanza desde la noche de los tiempos acompañando las botas negras y embarradas, cansadas, desgastadas de tanto machacar la hierba, quemar la tierra. ¿Hay acaso algún destello de ilusión para ellos…? Para estos niños que tiemblan, que mueren de horror pensando en su ausencia de mañana, que recrean el hogar perdido cada instante como si fuese un sueño, inalcanzable, áureo, bañado en júbilos de felicidad inaprensible, como si el volver a casa fuese ya poco más que una quimera, como si estas junglas, estos lodos, estas lluvias, fuesen ya su única posibilidad de mundo.

Jóvenes Sin Futuro...


3. JOURNEY TO THE LINE (9.21)

El tiempo pasa… corre… se degrada y desintegra ante mis ojos… y no lo puedo frenar… y no lo quiero mirar… porque cada segundo transcurrido me arrastra al rugir de la colina negra, esa que me atenaza, que me observa fijamente con cañones repletos de asesinas… ¿Cómo podré levantarme y correr hacia la muerte cuando me lo ordenen…? ¿Cómo podré vencer el miedo, el pánico que me asfixia, me destroza…? El reloj galopa desbocado y con él mi corazón palpitante que me grita ¡NO LO HAGAS!, ¡NO AVANCES!, ¡TEN MIEDO!, ¡AHÍ ESTÁ LA NADA!, ¡SÓLO TE AGUARDA LA MUERTE!... y de repente la realidad se desata… cae el telón de la guerra… y todos mueren en torno a mí… y avanzó colina arriba sin saber por qué, fusil en mano, al encuentro de esquirlas de eterna oscuridad… por un instante creo morir, subir muy alto, hasta capiteles de columnas de luz y universo… puedo casi tocar a dios, no me importa haber dejado atrás la maldad, el odio, la inconsciencia… todo está hecho de un resplandor almibarado que me envuelve sensual, delicado, desbocado… y no hay pena… y no hay dolor… por un instante, tan solo, soy poseedor de la felicidad, dueño de un sinsentido de paz y silencio.

Aguardando la Hora del Último Horror...


"THE THIN RED LINE" . HANS ZIMMER. 1998.

© JIP

UN PAR DE CAFÉS

Un bar cualquiera en la nocturnidad de una ciudad tranquila, de esas pequeñas que no quisieron todavía renunciar a su condición de pueblo, y dentro de él todas las mesas llenas de gente; chicas, chicos… gente. Y en una de ellas –las mesas-, un par de sombras silenciosas, cabizbajas, confeccionando secretamente pequeños y particulares vacíos. Una con un amor recién roto, la otra temiendo el suyo prontamente ceder. Esta y no otra me parece la mejor forma de describirlos a los dos, pintar sus rostros, dibujar su temblor de espíritu. Podría además añadir algo, que ninguno de los dos tiene los ojos claros, y que sólo a uno, el más bajo, le gusta en realidad el café.

Mientras alrededor los demás, esos todos que no son sombras, ríen, charlan, se divierten, ellos siguen callados, muy callados, haciendo con la mirada prácticas de tiro sobre su postración. Él le dijo a él que su amor había acabado, que ella lo terminó. Él le contestó que lo sentía. También que tenía miedo, porque el suyo –su amor- lo sentía zozobrar, próximo al abismo, jugando equilibrista, demencial, a la ruleta rusa con el tambor entero cargado de balas. Sin posibilidad de escape, vamos… chaval…

Él ríe. Él ríe también. Coraje de vencidos en el último anochecer. De nuevo silencio.

¿Otro café? dice el que se quedó sin sueño. Otro café responde él, aquel que presiente su sueño caer.

La camarera dice que lo siente, que es tarde, que apagó la cafetera y que por esta noche no habrá ya más café…

Mierda, dice el uno. Bueno, en realidad a mí no me gusta el café… Es el más alto el que habla. Y por qué siempre lo estás tomando le pregunta él…

Qué mejor negro que el suyo –el del café-, en el que disolver estos temores que tengo de sentirme destrozado, con el corazón deshecho y el alma toda ahogada en lágrimas… Qué mejor amargura que la suya –la del café-, sobre la que aprender ese insoslayable camino del morder el polvo…

Silencio de nuevo. Nuevas prácticas de tiro, cada vez más aceradas, sobre un transcurrir desazonado…

Quizá el problema somos nosotros, no crees… Locos, inconscientes, por vivir la vida en ese extremo terrible del vivir para amar, del amar demasiado…

Locos por amar a ultranza... tú crees…

Quizá…

Mierda… Se acabó el café, dice él... -¿o ha sido Él...?

© JIP

"VÉRTIGO"

VÉRTIGO: Entrada en pérdida del techo de tu mente, caída en barrena del cielo de tus ojos, tifón de humores en el pecho de tu espíritu, que hasta la negrura más acerada adquiera matices en tu agonía, que incluso el tiempo se detenga devoto de tu náusea, y no anhelar más que el no sentir, el no ser ni estar así; heterónimo de final.

Arrollado, quebrante, desbastado, óptimo en padecimientos, qué mejor glosar de tu vértigo que aquel magistral que rezaba "...De Entre los Muertos".

© JIP

A Bursting Shell, C. R. W. Nevinson, 1915

"LIBÉRRIMO"

LIBÉRRIMO: Desmenuzado en lo negro, ardido, recompuesto en tus cenizas, iniciado en las servidumbres de la mónada, alzar el vuelo postrero hacia lo Absoluto, que es el ápice jugoso de un ensueño de, al fin, no ser nunca jamás...

Sin miedo, aéreo sobre el Interrogante.

© JIP

Birdman, Frank Frazetta, 1972

"LUZ"

LUZ: Ya no hay luz, sólo llama…

© JIP

No. 14, Mark Rothko, 1960

ECTOPLASMA

ECTOPLASMA

¡Vuélvete y mira!
cómo se apaga la llama,
cómo se escapa el ayer,
cual un hilo de luz abismada
en los bríos ciegos de mi hiel.

¡Vuélvete y mira!
estos, mis ojos, enlagrimados,
líquidos en febricente sargazo
de penas profundas,profundos vacíos,
huracanados soñares de tu piel en delito.

¡Vuélvete y mira!
mi ascua en tu piedra, descabezada,
mi aliento en tu tierra, emasculado,
abrupto cesar de oleaje sin playa,
sajado vuelo de pulsos alados.

¿Ves estos ojos, los míos, cariño,
de hervor cristalino y aéreo pintados?
¡¿Los ves?!...

Por sed de tu olor escarchados,
de este extrañarte fatal, fríos, acerados,
tal que un delirio de espejo crudo, todo desecado.
¡¿Los ves?!...

¡Mírate en ellos, cariño mío!
¡Vuélvete y mira!
el dúctil juego de sombras en que te arrastras,
tu ausencia etérea aromándome el alma,
ese pálido e ignoto fulgir de sábana;
aliento doliente de secreto fantasma
con que noche tras noche me aúllas, me llamas...

© JIP

Amor Ectoplásmico

DOS PALABRAS

DOS PALABRAS

Si supieras cómo duele
sentirte ausente,
saberte lejos,
tenerte sólo en mi pensamiento.

Si supieras cuánto sufro
contemplándote los ojos,
a medio camino,
en la suave, dulce encrucijada,
entre el verde vida
y el perláceo platino…
los dos del color de los mares
sembrados de musgo y oro.

Si supieras que en mis noches
no hay sino insomnio o sueño;
no dormir horas, lunas enteras,
por estar dibujándote,
recreándote completa en un lienzo de deseo,
dudando si incluirme cerca,
borroso, tímido, deslustrado,
como un niño ansioso y suplicante;
soñándote día tras día,
a todas horas,
locuaz, risueña, alegría toda,
cristalina y aromática,
perfecta en tus hechuras,
ideal en ademanes,
hasta rozar la locura más insana.

Si supieras la feliz, rica tortura,
pero tortura al fin y al cabo,
que es vivir desde que te conozco,
desde que tu rostro,
tus labios,
tu alma,
tú toda,
penetraste en mi más hondo mí,
justo allí dondequiera que se guardan
los tesoros del anhelo y la pasión…

Quizá entonces…
Sólo quizá entonces…
Querrías tal vez oír de mis labios
dos únicas palabras ungidas de amor sincero.

© JIP

"SALVACIÓN"

SALVACIÓN: El último rechazo…

© JIP

Agony, Egon Schiele, 1912

DONNIE DARKO O LA MENTE DESGARRADA COMO MÁQUINA DEL TIEMPO.

¿Cuántas veces en la vida nos hemos dejado seducir por el ejercicio del “What If"?, ¿y si hubiera hecho esto o aquello, o hubiese dejado de hacer esto otro o lo de más allá? Sabemos que es un absurdo, que no tiene sentido porque lo hecho, hecho está y no se puede cambiar, pero aun así seguimos cayendo en esa erótica profunda y mesmerizante de la máquina del tiempo que tanto, desde antiguo, hemos anhelado y que siempre nos fue esquiva.

Nuestra mente, el cerebro humano, que tantas potencialidades ignotas alberga todavía y tan desconocido se nos presenta a estas alturas de Humanidad -¡y por cuánto!- es, si lo miramos bien, una singular máquina de tiempo.

A través de la memoria nos conduce al pasado, a nuestros recuerdos, a esos pedazos de vida dejados atrás, dulces y agrios, de todos los colores, y sobre los que muchas veces volvemos voluntariamente, pero que también muy a menudo, nos asaltan de forma insospechada, como una pantera emboscada en pos de su presa. Incluso llega un momento en la vida, cuando los años se amontonan embarullados sobre nuestros huesos, como platos sucios en un fregadero viejo, en que el alma no hace sino ejercitar sus debilitados músculos en la máquina del tiempo de la remembranza, sin duda intuyendo el advenimiento del ocaso.

Disfrazado de su Destino, Darko cambiará su vida por la de Greychen


El futuro, o mejor dicho, los futuros, se encuentran en cambio en nuestra imaginación, en nuestra capacidad de elaborar hipótesis de porvenir. A cada instante construimos enteros y altos edificios en torno al futuro según los concretos cimientos del presente, tirando líneas potenciales sobre el firme de nuestro camino en la esperanza de direccionar nuestros pasos hacia el mejor de los destinos posibles. Y cada una de las decisiones que tomamos, cada uno de los actos que llavamos a cabo, derriba todos esos edificios menos uno, y al mismo tiempo levanta otros tantos… infinitos, como estrellas -¿cómo universos?- Y con lo frágil que es nuestra vida, cualquier vida, con la cantidad de cosas y fenómenos menudos que serían capaces de acabar con nuestro sueño de aliento en un instante, seguimos, mientras nos es dado vivir, pedaleando incansables en la maquinaria mental manufacturadora de múltiples e hipotéticos futuros.

Pero existe una posibilidad menos explorada, incógnita, a todas luces terrible, pero reveladora, en su condición de loca teoría, de una turbadora verdad. ¿Y si nuestra mente tuviese el poder de viajar al futuro concreto?, es decir, no a ninguna hipótesis de porvenir sino al porvenir mismo, que nos aguarda en la distancia. La insólita película de Richard Kelly, Donnie Darko, explora esta posibilidad proporcionándonos algunas claves el respecto a través de su protagonista, Donald Darko, un adolescente preunivesitario de mente, en apariencia, desequilibrada. Retraído, apocado, extremadamente inteligente y sensible, también sonámbulo, Donnie presenta tendencias netamente esquizoides y paranoicas. Y tanto es así que, desde hace bien tiene poco tiene alucinaciones con un extraño e inquietante personaje, Frank, una silueta ataviada con un disfraz y una extraña máscara, plateada y siniestra, de conejo, en las que le anuncia el fin del mundo para el día de Todos los Santos de 1988. La misma noche en que Donnie recibe tan funesta revelación, se salva de morir aplastado por el motor caído desde un avión en su propia habitación, precisamente por haber salido de casa sonámbulo, acudiendo a la llamada de su alucinación. He aquí un dato vital; ¿un punto de inflexión?

Un raro film de ciencia ficción


Porque a partir de aquí y hasta el día del anunciado Juicio Final, Donnie entrará en una espiral de alucinaciones constantes con Frank, cada vez más peligrosas, mientras su comportamiento consciente muestra una insociabilidad creciente. Bajo el mandato de Frank, su nuevo amigo, Donnie inundará el colegio y quemará la casa de una especie de telepredicador sectáreo y pornófilo infantil, pero conocerá también el amor, mientras elabora, gracias al libro publicado años atrás por una vieja loca del lugar, la Abuela Muerte; "La Filosofía de los Viejes en el Tiempo", su particular teoría acerca de la posibilidad de viajar físicamente en el tiempo, actuar sobre el futuro o incluso sobre el pasado.

Darko, su novia, y Frank, eje de la historia


Tras el acelerado y sincrético desenlace del film, uno podría pensar que, durante todo el metraje, al igual que ya pasaba con el dickiano "Desafío Total" de Paul Verhoeven, no hemos estado contemplando sino el desarrollo de un sueño, o, en este caso, de la alucinación paranoide de una mente, la del chaval Darko, totalmente desquiciada, por entero disociada de la realidad y que precisamente ésta, la dura y pura realidad, es que él murió 28 días antes del 1 de Noviembre de 1988, aplastado en su habitación por el motor de un avión caído misteriosamente del cielo. Pero también podríamos, en cambio, llevar hacia delante la posibilidad contraria. ¿Y si Donnie, en su enfermedad, en su esquizofrenia alucinada, no fue testigo a lo largo del film más que de su propio y concreto futuro? ¿Y si su mente enferma, a través de mecanismos desconocidos, esquivos a la medicina y la psiquiatría modernas, hizo las veces de máquina de tiempo y sirvió a nuestro personaje sus próximos 28 días de vida al completo? Y en tal caso, sabedor de lo que le esperaba, decidió terminar voluntariamente su vida, quedándose esa noche en su habitación a morir, pensando así, no sólo que cerraba cualquier posibilidad de Apocalipsis, sino, mucho más importante, que salvaba la vida de su enamorada al abrir una nueva posibilidad de realidad en la que su ausencia, su propia muerte, posibilitaba la de ella y cambiaba sensiblemente la del resto de seres del Universo.

El cerebro humano, en su increíble secreto, escondería, pues, la clave de actuar sobre nuestro futuro, modificar un destino que, al tiempo, ya no sería tal, pues habríamos pasado de tener una vida escrita -inexistente, vivida y fenecida al mismo tiempo y en todos los instantes del Universo-, como la que ideó Kut Vonnegut para su "Matadero Cinco", a tener un libre albedrío maleable y voluble, moldeable y transmutable, no ya por nuestras acciones y decisiones presentes, sino por nuestra capacidad para ver el porvenir. En este sentido, si dicha potencialidad sería sólo adquirible a través de la enfermedad mental, la esquizofrenia, o incluso si, en lugar de ser un efecto colateral de ésta, sería, antes bien, su finalidad intrínseca, es una cuestión que abordar más adelante, quizá en otro lugar, y sobre la que podríamos discutir no poco.

En cualquier caso, tomando esta hipótesis como cierta, suspendiendo nuestra incredulidad hacia este lado de la balanza, podríamos derivar, por ejemplo, que el todo continuo que denominamos Realidad podría no ser más que una película proyectada en nuestra mente solipsista que, dotados de las herramientas mentales adecuadas, podemos montar a nuestro antojo. Dichas herramientas, durmientes en todos nosotros como potencialidades a aflorar, podrían, no sólo permitirnos actuar a voluntad sobre nuestro destino, sino quién sabe cuántas cosas más y cuánto más increíbles para la ciencia y el pensamiento contemporáneos. Finalmente, incluso elogiando, como hizo Erasmo, a la Locura, deberíamos tal vez reflexionar sobre si las enfermedades mentales que nos azotan son, antes que males, incipientes e incontroladas afloraciones de esos poderes, esas herramientas ocultas que tanto nos habrían de permitir, tal vez incluso superar la humanidad… Al fin y al cabo, siempre se ha dicho que no hay nadie más sabio que los locos…

¿Alienado o Ilumindao?


Finalizando este hilo en un razonamiento casi enervante y del todo intempestivo, no puedo por menos de aventurar jocoso que tal vez, en algún universo paralelo en el que un adolescente decidió esperar la muerte caída del cielo y alguien exactamente igual a mí NO está escribiendo este artículo, todos los manuales y estudios que en nuestro mundo tratan de psicología y psiquiatría, que intentan abordar, contener y explicar las estructuras de nuestro cerebro, allí abordan sin embargo la fisiología y la tipología de nuestros mentales viajes temporales, y existe en verdad, y se estudia en los colegios, ese libro fantástico y fantasioso titulado "La Filosofía de los Viajes en el Tiempo" de Roberta Sparrow, alias Abuela Muerte.

© JIP

Darko con Sparrow, la filósofa del tiempo
"

"YACENTE"

YACENTE: Final vencido en tus fantasías de vuelo y promesas de mañana, como bosque descabezado por ácida lluvia o vela rota por niebla negra; entero desarbolado, amar el suelo en tu caída, lamer la tierra complaciente.

Derramado, tal que ballena moribunda ansiando coral, arena; sepultura... aguardar tranquilo, inmóvil y silente, la orgásmica venida del inexistir.

© JIP

The Lament for Icarus, Herbert James Draper, 1898

GRANJA DE LOCOS (BOUTADE DE SOBREMESA)

Es una de esas, cómo las llaman, granjas, es decir, una extraña simbiosis entre panadería y cafetería en la que, a falta de poder ponerte tibio a carajillos, sí puedes, por contra, embotarte las arterias a base de la más fina, rica y diversa bollería.

No me gusta ese tipo de sitios, suelen estar a reventar de mujeres mayores y cuchicheantes, con sus enormes gafas de pasta, sus rizosas y teñidas permanentes, marujeando todo el rato, cloqueando, como gallinas… en una granja… ¡Perfecto! Cómo era aquello… “Gallina vieja hace buen caldo”... ¡Jodido refranero popular!… El caso es que tengo el mono, necesito un café, pero ya, ipsofácticamente, vaya...

De modo que entro, es un corral pequeño, las mesas están todas ocupadas, la mayoría por gallinas con permanente, cloqueando, cloqueando, hasta llenarlo todo de un rumor vulgar y ensordecedor. Hay un par de estudiantes al fondo, quiero decir estudiantas, pero demasiado al fondo, demasiado lejos del olor a cafetera…

Tomo asiento en la barra y espero mi turno:

- Me pones un café con leche descafeinado de máquina, por favor.
- ¡Bufff! Eso es terriblemente pedante…

Perplejidad…

- ¿¡Perdón!?
- Que es pedante, lo que me has pedido… Mucho…

Joder…

- Perdona, pero no te comprendo. Yo sólo quiero un café…
- …Terriblemente pedante, lo sé… Casi tanto como pedir un Trinaranjus de Maracuyá…

¡¿Qué está pasando?!...

Miro alrededor. Cara de póker, es decir, de mal jugador de póker. ¿Cámaras ocultas? ¿Bromazo? No es diciembre, ni veintiocho, ni mi cumpleaños… Nada sospechoso en lontananza. Vuelvo la vista, y ahí está, mirándome fijamente, sonriendo… no, riéndose, de mí, no conmigo, ¡eso por descontado! Ojos verdes, muy verdes, bonita de verdad, ¿rubia?, eso parece, lleva el pelo recogido bajo una inmensa gorra de panadera, como de panadera es el resto de su uniforme. Una panadera que no sólo no hace pan, sino que no quiere servirme el maldito café con leche descafeinado de máquina… y se está riendo de mí, no conmigo, ¡faltaba más!...

- Muy graciosa tú, oyes… pero… ¿me lo vas a poner o no?
- Tú verás… si te gusta ser pedante…

Rojo como tomate. Más perplejidad. ¿Más aún? Sí, más. Joder. Se te está riendo en la cara. ¡Sin duda!, pero… es una bonita sonrisa, no crees… ¡A tu costa!... ¡¿Qué?!... Yo todavía no he soltado un duro… No, imbécil… hablo de tu orgullo… ¡Ah, sí!, cierto, ¡ciertísimo!... Y si te digo que me traigas el libro de reclamaciones… y si te digo que quiero hablar con tu encargado, eh, monina, entonces qué… ¿también te parecerá eso pedante?...

- Esto… ¿Me das tú teléfono?...

¿¡Pero qué haces?! ¡Desgraciado! ¡Insensato!... ¡GIILIPOLLAS!... No he podido evitarlo, ha sido como sin querer… Ahora sí que se va a reír a gusto… ¡Se van a reír!... porque ésa te ha oído, y la de al lado también, escucha, escucha cómo cloquean… Joder, sí, mierda… pero es que me ha hecho algo, fijo, hipnotizado o algo así, has visto bien esa sonrisa; ¡es mesmerizante!... ¿¡Mesmerizante?! Tú lo que tienes es una tontería encima que no te la aguantas, tú necesitas un buen par de hostias, chaval… Por qué no para de mirarme fijamente, y de sonreír, y de llamarme pedante… ¿Qué le costaba ponerme el dichoso café?... Si no fuese por esa sonrisa ya la había mandado a la mierda…

- Por supuesto que no… no me atraen los pedantes…

Y se va, hacia la máquina de café, sonriendo, es decir, riéndose, de mí, claro… Las dos gallinas no se ríen, cloquean y me miran, luego la miran a ella, y vuelven a cloquear. ¡Que les den!, pienso... ¡Qué malo!, con chistes así no me extraña que se reían de ti, capullín… Que te den pienso a ti también, a ver si así te callas… Ya vuelve con el café, me lo sirve.

- Uno con diez…

Pago. Va hacia la registradora. Miro el café, me sumerjo en él como en un abismo. Me siento totalmente fuera de juego. Todavía se le ve la rechifla en el rostro cuando vuelve con el cambio, y aun así está bonita. Esto no puede ser justo. Exijo la repetición del partido… que alguien rebobine la cinta, ¡pero ya!...

- Sabes… tu forma de atenderme ha sido Terriblemente Impertinente . Aunque no me des el teléfono, creo que merezco al menos que me digas tu nombre…

- Tal vez… pero nadie dijo que la vida fuese justa. Quizá deberías rezar para que la próxima vez que nos escriban, el Altísimo esté de mejor humor… y además, yo acabo ya mi turno, y tengo mucha prisa… Así que adiós… disfruta tu café... ¡Ciao!...

Y se va de nuevo, esta vez hacia una puerta interior, y luego desaparece tras ella. Desaparecen las dos, ella y su sonrisa, y yo me quedo a solas con mi café intacto y las dos gallinas, cloqueando, tal vez todavía de mí y de ella, de los dos… que les den… a las dos. Miro arriba, no veo ningún bolígrafo, ninguna estilográfica, tampoco manos tecleando letras invisibles, sólo está el techo, bastante sucio, por cierto. Aquí estoy, bien jodido, ¡¡¡buscando escritores en el techo, escribiéndome!!! Dicen que la tendencia a la literalidad es un rasgo esquizoide, y yo me he pasado la mayor parte de este relato hablando conmigo mismo, es decir con un yo mismo que no era yo, un otro yo que no era yo, eso lo tengo más que claro, entre otras cosas porque no paraba de meterse conmigo, el muy cerdo, y eso es algo que no suelo hacerme… Así que no sé si me han escrito o no, o si me estoy volviendo loco. Pienso que tal vez estoy durmiendo todavía, que no me he despertado; que, un día más, voy a llegar tarde al trabajo y estoy empezando a ganarme a pulso que me echen a la calle de una vez. De ser así, me gustaría despegar los ojos ahora mismo, y ver si esta granja existe tal que así, como ahora la veo, y en ella trabaja una chica como ella, con esa misma increíble y preciosa sonrisa. Si no existe, desde luego alguien, ¡maldita sea!, debería escribirlas… ¡pero ya!, ¡Ipsofácticamente!

Miro el platillo que me dejó con las monedas del cambio y el tique de caja, que, ¡qué extraño!, está del revés; hay algo escrito… SUSANA…

Sonrío y vuelvo a mirar arriba, a ese techo sucio encima del cual, seguro, ha de estar ese Altísimo que teclea letras invisibles y sueña vidas invivibles. Le doy las gracias, exultante... Luego pruebo el café… lo imaginaba… de descafeinado nada de nada… y además está condenadamente frío… ¡como un témpano!... Seguro que ahora mismito se está riendo, la muy descarada... ¿pero de mí, o conmigo?...

Mañana mismo, si es que antes no despierto de este sueño irreal, me planto aquí de nuevo y ¡vive Dios! que consigo su teléfono... o mi maldito café con leche descafeinado de máquina, oyes…

© JIP

DIARIO DE MI HYDE 11

Que desciendan las Tinieblas. Apaga el interruptor. ¡Penétrame de una jodida vez, oscuridad! Soledad; impericia en el susurro… Perdición; abismo de voces… Asfixia; temerario en el aliento… Palabras clavadas en la piel, sangrándome como pequeñas oscuras alimañas, bebiendo mi calvario, vaciándome, con rumor de hiena, deshinchándome, tal que un pulmón necroso atacado de finales estertores. Siento en lo más hondo, con ojos y oídos de entraña, el lacerar de su silencio, su desesperación, su angustia, el zumbido nauseabundo de un gato de eternas colas abrasantes mordiéndome la espalda. Exhausto, noto el romperme, el caer en piezas desmoronado, el saber la vida en tus adentros, de repente, algo indigno de conservar. Pagando el castigo, terminal… expiando el pecado, descarnado…de un lejano e impropio sueño de prometeica lucidez.

Crucifixión, Egon Schiele, 1907


Ya no hay luz; sólo llama… ¿Escribí yo eso? ¡No!... No fui yo, ¿¡Cuándo!?... No hace mucho, fui yo, tu mente disociada… ¡NO!... Ya no hay salida; sólo nada… ¡Nooooo! Ya no es que no haya respuestas, es que ni siquiera hay unos malditos porqués… ¿Quieres significado? ¡Toma este, amortájate con él!... Qué más da todo, a qué conduce… a la Nada, indefectiblemente, cualquier sendero lleva hasta allí, un allí que no es allí, porque es nada y no existen él, ni sus senderos, ni tus malditos pies. Por qué negarlo. Vomita ya esas nieblas románticas, no sirven, estética viciada. Esputa ya esas morales falsarias, podrida fe en podridos altares. Dirige tu mirada helada al frente, si eres capaz. Abre los ojos, sájate los párpados si es preciso, límpiatelos de toda esa basura pegajosa que te vendieron desde que aprendiste, o creíste que habías aprendido, un solo significado, una maldita y mínima verdad, del ruedo de la realidad. Verás que la nada es el todo y que éste no existe porque, salvo en el interior de tu propia paranoia, que es el vivir cada día pensando que existe un objetivo, la negrura fuliginosa inunda la vastedad, esa misma en la que tú, yo, nosotros, vosotros, él… somos espasmos… ni tan siquiera eso, porque no somos… creemos, pensamos, necesitamos saber que somos. Si no, qué salida cabe…

Pero no hay salida, ni luz, que todo es llama, fuego frío, muerto en la nada. A qué engañarse, que no hay puertas, que no hay ventanas, ni tan siquiera un cuarto en el que llorar, o reventar… ni tan siquiera un suelo sobre el que estirarse a agonizar. Que todo está en nosotros… todo lo que existe, que es; la realidad… los otros… tú mismo… Tú mismo eres todo, un todo que no es más que película en inquebrantable reproducción levantada desafiante en mitad de la nada. Un rollo de película de los de usar y tirar, que no se rebobina. Un solo visionado, y luego la eternidad, en espiral…

Estudio de Retrato, Francis Bacon, 1953


Infinitud. Cuánta crueldad y horror resumidos, contenidos en una palabra tan hermosa, líquidamente bella, bella como la orquídea caníbal en mitad de una amazonia de fuertes anhelos, que no son sino sueño; nada saben de ellos, de tus sueños, ni los libros de historia, ni las bibliotecas circulares del infierno. No puedo pensar en la infinitud sin sentir un escalofrío terebrante recorriendo mi infinita finitud, hasta matar el último de mis átomos, hasta convertir en masa pulposa y putrefacta mi misma antimateria. No hay esperanza, sólo llama, sólo ausencia, sólo nada… ¿Cuánto quieres que dure esta impostura?... Dueño de tu destino, puedes apretar el botón ahora mismo, finiquitar, fulminarte aquí y ahora, dejar de ensuciar tu espíritu con esta bazofia… Alcanzar la eternidad, vacía de sinsentidos y preguntas y malditos dolores… de maldita y maravillosa y asesinante duda… o bien puedes aniquilarte día tras día, transcurriendo, sufriendo, interrogándote… Ser valiente, ser cobarde… ¿Dónde la diferencia?… No la hay, que todo es Nada, recuérdalo bien cuando Caronte venga por su tributo. No la olvides, la única seguridad que tendrás en tu vida, tu única posesión verdadera sobre la que edificar, estructurar, almidonar, dulcificar tu sufrir…

El Grito, Edvard Munch, 1893


Si decides alargar tu tortura puedes entretenerte en la sala de espera del verdugo, rellenando crucigramas, quebrándote a trabajar, dormir tu cuerpo, ensoñar tu mente, alquitranarte los pulmones, pulirte el hígado, hasta que todo tu alrededor sepa a almizcle y te parezca que, al menos así, toda esta mierda parece más llevadera. Puedes también sumirte en las aguas del sexo, placenteras, abisales, sin duda tu mejor opción… y esperar, aguardar ignorante la venida del ocaso, como el animal que, de improvisto, se convierte de un zarpazo en muerta presa a digerir… O incluso, tal vez, emborronar papeles y mentes con mentiras en verso, farsas en prosa, esparciendo la podredumbre de tu alma a los cuatro vientos, como un mesías-redentor de tres al cuarto, quizá con la fútil excusa de que el compartir tu miseria en el papel, en los que te escuchan, en los que tal vez incluso creen que te comprenden y te aprehenden, va a exorcizar en algo tu mal congénito; la grandeza de tu pequeñez…

El sueño de la razón produce monstruos; nosotros, todos virus, bacterias mortales, desesperadas, inmersas en una pesadilla de significados y duda. Estigmas de muerte palpitantes, harapientos, malditos por la excrecencia tumoral del espíritu, la terrible sarna de la conciencia... las acarreamos penitentes, cuales cruces espinosas infinitas, llevándolas con nosotros hacia la nada primigenia, ya con los huesos rotos, los dientes esquirlados y vacíos, los ojos pétreos, el alma y la mente locas, sucias, repletas de los tatuajes famélicos de la esencia; excoriadas, emponzoñadas…

Number 1 (Lavender Mist), Jackson Pollock, 1950


Y en el último segundo lo sabes… la nada viene… no a lugar a un paso más… tan sólo unos segundos y estará aquí… como el tren que al fin llega después de tanto retraso… como el tren que al fin parte después de tanto esperar… y lo único que quieres es dormir, al fin, echar una cabezada, sellar tus párpados, sellar tu mente, sellarte, tú todo… y no querer saber más de la luz, de la esperanza, que todo sea al fin llama insensible, gélida Nada… que el revisor pique tu billete sin despertarte, que lo arda en mil tinieblas… que te dejen entrar en paz en ese penetrar las fronteras; arribar finalmente, terminalmente, al reino irreal de la inconsciencia hecha de negros "parasiempres"…

© JIP

NAUFRAGIO



NAUFRAGIO

Sediento de horizonte,
ahíto de silencio,
ansío, quiero, pido
¡VIENTO!
Vendaval, tifón, huracán todo,
que desarme mis velas de piel
como himen primero
de amor penetrado,
soplándome lejos,
muy lejos de aquí.

Si cabe,
incluso al fondo del abismo,
donde noche y día son
negros
y húmedos
y huelen a muerte.

Si cabe,
anegando mis pulmones,
como valle muerto por presa rota
cuyos bronquios de madera y hoja y verde
bailan finados al son de la corriente.

Islote de antártica melancolía
al fin del continental cemento desgajado,
glauco iceberg declarado en rebeldía,
naufrago desrumbado hacia el ocaso,
ese sol rubicundo, pupila crepuscular,
que ha de licuarme,
disolverme,
silenciarme,
ennadarme eterno en el cosmos oceánico.

¡Ven a mí ola GIGANTE,
furia SALVAJE de aguas abisales!

¡Ven a mi encuentro ahora que soy YO
y puedo verte
y oponer a tu empuje mortal todo mi rostro!

¡Ven a tragarme!
¡Aquí te espero!

¡Y que del estrépito del morir
de tus hielos y mis odios
libérese el GRITO que haga
zozobrar la tierra,
apargarse el sol,
escorar el universo!

© JIP

DESALIENTO

DESALIENTO

Si el frío fuese mayor, si fuese océano,
podría sajarme las venas con mis pupilas petrificadas.
Si el calor fuese más alto, hirviente como el odio,
podría saborear el fundirse de mi alma.

Mas no es posible, porque la muerte
siendo inmanente está aún lejana.
¿Cuánto más desear en vano mi crepúsculo?
¿Cuántas lágrimas más en vano derramadas?

Ya no hay color en el lienzo del aliento,
todo él gris y ceniza,
ni ilusión, ni pasión, ni sonrisa,
ni el valor suficiente para ser cobarde.

Sólo cabe esperar,
asfixiado por el subrepticio dolor,
la juguetona voluntad del sinsentido;
ese divino y trucado danzar de dados.

© JIP (Noviembre 2000)

HUELLAS SIN ROSA

Sales a la calle para ir al trabajo. Mucho frío, un frío acojonador. Y también uno de esos vientos racheados y cabrones que te convierten en un auténtico pelele. La mañana es gris y el cielo oscurísimo, plomizo, como si la ceniza de un volcán vuelto a la vida muy lejos comenzase a llegar. Querrías maldecir todo eso, rebelarte por tener que empezar un día así, pero en lugar de ello te abrochas hasta arriba la cazadora y metes las manos en los bolsillos por miedo a que los nudillos resecos y cuarteados te empiecen a sangrar... Eso ya es en sí una primera derrota.

Avanzas con maneras de monolito, ovillado y cabizbajo para combatir mejor el viento que te empuja de aquí par allá, así que miras el suelo y tus pies caminar. Al poco la acera se llena de un sarampión de huellas húmedas -hay un gran charco de agua más adelante- y al instante reparas en una de ellas. Es singular, extraña, rara, y te recuerda algo. Pasas sobre ella y la buscas de nuevo un poco más adelante; ahí está otra vez... y enseguida caes... pequeñita y puntiaguda, apenas marca el talón, y deja en el piso un dibujo de anchos rombos horizontales. ¡Es la huella del Nombre de la Rosa!, igualita, te dices, calcada, sólo que le falta la nieve... e inmediatamente sonríes y mueves la cabeza resignado mientras piensas que necesitas urgentemente unas vacaciones.

Dejas atrás el charco y las huellas, aquella huella, y de paso también las tuyas, impresas sobre la acera; tus rastros de fantasmas sobre un instante que fue y ya no ha de volver jamás. Vuelves a contemplear el cielo parduzco. De repente te gustaría poder creer en profecías y apocalipsis, en trompetas y muertes que anuncian el fin, como en la película. De hecho, si la humanidad fuese a irse al garete por la ira de Dios, sin duda sería en un día como este, tiene toda la pinta. ¡Que exploten los fuegos artificiales y que empiece al baile!... El Día del Juicio Final... todos a tomar por saco... Se te antoja apetecible, te seduce, te pinta la piel de escalofrío, más que nada por lo mucho de maravilloso y fantástico que hay en él, también terrible y fatal, claro; ominoso... pero mágico, mágico de verdad... e irreal... porque en días como el de hoy darías lo que fuese por una mínima dosis de irrealidad inyectada en vena...

Al fin y al cabo, piensas, aquella huella no era la huella, y a este lado de la vida el ansia de misterio y el afán de maravilla siempre se lo cargan ciegos miserables de ojos blancos y lenguas y dedos negros cuyo único fin en este mundo bien parece ser echar a perder tus felicidades y sonrisas... La realidad siempre es más terrible que el más sanguinario de los apocalipsis...

Y entonces sigues caminando ovillado y cabizbajo, sin dejar huella... porque no agua en el suelo ni ganas de sueño en tus adentros... y de tu paso por este instante nunca más se supo...

© JIP

CAROLINA

CAROLINA

El coral vive en tu nombre,
agazapado, visible pero esquivo; camaleónido,
frágil almíbar,
sencillo rojo de
sangre fresca
que hierve nueva
en tus azures submarinos.

La magia, toda cristal
-dulzor, ¡cómo no!, coralino-,
vive en tus ojos,
como un recuerdo infantil de fresa,
cual añejo sabor a jazmín perdido.
En esos dos tragaluces tuyos,
extensos, encerados, líquidos,
como lagos de invierno helados
en los que deslizar la hoja de tus sueños,
y cuyos marcos brillan, perfuman
a barniz marrón y azafranado
de cielo en suave retirada.
Son de vidrio, de espejo tierno,
y en ellos veo el reflejo multiforme
-caleidoscopio en veladuras de tu alma-
de contrastes frescos, limpias armonías,
formas de infierno y cielo,
modos de sol y fantasía,
en hondos violetas levantinos,
sublimes cremas areniscos,
rubros envolventes,
de pasión embadurnados,
en la tersa tela de tu mente cincelados
-entera blanca y primordial-,
por tus dedos en pincel;
tus manos en cristálida paleta.

Y el arte está en tu pecho,
en corazonadas palpitante,
circulado de salvajes oleajes de deseo,
recorriéndote entera en fulgente crecida,
ora en titánicos fluires;
arrebatados…
ora en tranquilas corrientes;
serenas, nocturnales,
tal que un río anochecido
salpicado en vivas llamas
que navegan titilantes, inflamadas,
en pos de un ignoto estuario
pintado de irreales playas
y aguas tibias de espuma abstracta.

© JIP (Diciembre de 2003)

ORFANDAD DESHOJADA



ORFANDAD DESHOJADA

Noche negra hediendo a sepulcro,
silencio oscuro, putrefacto,
amortajada de hollados cuerpos la tierra:
fango descarnado, polvo encarnizado,
una sombra en vientos serpea
aguda cosechando almas.

Cesados del combate sus aullidos,
siento aún latido en el aliento;
todavía vivo, respirante…
La nada… Quizá mañana...
Seguramente…

Este silencio atronador me
azota de insomnio los oídos,
y mis ojos, desencajados de puro locos,
gimen secas lágrimas por los que fueron,
y no son ya sino pieles en ruinas
sobre fondo de ilusión descabezada.

Yertos muñecos de astillada madera,
entreviéndoseles los huesos,
derramándoseles los sueños,
goteándoles los recuerdos,
tal que instantáneas heridas de llama,
por las mordeduras fatales de la desesperanza.

La Chaqueta Metálica, Stanley Kubrick, 1987


¡Mírales bien el rostro convulso!
¡Esculpido final en los mármoles del vacío!
¡Esta es tu mano, tu cruel voluntad!

¿Por qué la muerte?
¿Por qué la vida?
¿Por qué este absurdo?
¿Quién tú para decidir
quién explota, quién se arrastra?

He visto tanto horror
bajo tu consentimiento impune,
tanto sordo dolor que tus manos desoyen,
que me resisto a concebir tu carne.

Desesperado y débil acudo a ti,
la Última Mentira,
pues este hervor de odio a que apestamos
no puede ser hijo sino de tu divina inquina.

¡Oh Dios!, si es cierto que respiras,
que tus pupilas pueden todavía llorar,
tus venas sangrar a violentos borbotones,
vomitar tu boca ante el horror más absoluto,
¡ayúdanos ahora!, ¡ayúdanos a todos!...

A esta orfandad deshojada
que consentiste en crear,
toda ella a mis pies fenecida,
a afrontar su último vuelo,
a palpar con sus nuevos dedos el sendero
que lleva a la paz del no ser…
confortable…
tranquila…

Ayúdame también a mí,
a todos los que aquí aún somos sufrir,
danos valor, aquí y ahora,
pues hemos de salir ahí fuera,
tu circo,
tu ruedo,
tu juego,
a morir matando, matar muriendo...
Tan sólo esto te pido...
que la negra insensibilidad
corra más rauda que el mirar de mi consciencia...

© JIP (2001)

Iwo Jima, 1945

REESCRIBIENDO...

Reflexionar acerca de la Reescritura siempre me retrotrae a Isaac Asimov. Aquel hombre de patillas trasnochadas y ego inabarcable era capaz de reescribir sus cuentos y relatos una y cien veces, las que hiciese falta, con tal de venderlos a las revistas de género de la época. Durante algún tiempo de su juventud, cuando muy joven, llegó a tener que depender de estas ventas para poder subsistir, así que en cierto modo es comprensible; todo el mundo -incluidos los escritores de ciencia ficción- necesita comer... No obstante, con los años y el éxito, publicar todo cuanto escribiese o hubiese escrito, por el mero hecho de haberse tomado la molestia de escribirlo, por el mero hecho de llamarse Isaac Asimov, llegó a convertirse en una obsesión bastante insana, y hasta tal punto fue así, que, por ejemplo, no le importó nunca escribir sobre cualquier tema, lo dominase o no, con tal de añadir un volumen más a su bibliografía, como tampoco tuvo reparos en dar a publicar sus primeros cuentos de juventud, aquellos que habían sido sistemáticamente rechazados por todas las revistas a pesar de sus múltiples reescrituras, y que eran en su gran mayoría verdaderamente infumables. Su nombre vendía, él lo sabía, y su enorme ego no pudo sustraerse jamás a la erótica profunda que encerraba contemplarlo en una portada, quizá porque conscientemente sabía que no era un buen escritor, uno de los grandes narradores, pero vender y publicar más que todos ellos juntos llenaba el hueco que dejaba esa carencia.

Isaac Asimov


Bueno... y todo este rollo a cuento de qué venía... ah, sí... de la reescritura y esas hierbas... En fin, que Asimov reescribía, todos los escritores, grandes o pequeños, buenos y malos, reescriben, unos más que otros, pero todos lo hacen, y el que diga que no es un embustero... o al menos yo no me lo creo. Otra cosa muy distinta es que, como autor, disfrutes o no reescribiendo tus textos... Yo, por ejemplo, lo odio...

Porque reescribir no es corregir, ojo... corregir, dentro de lo que cabe, puede ser incluso divertido; aguzar la puntería, afilar el estilo, filtrar, limpiar, pasar tu texto por el cedazo del máximo espíritu autocrítico... optimizarte en las formas... Pero reescribir implica meterse en las tripas de tu relato y averiguar dónde le duele. Significa también, y por efecto, que la cagaste, que algo no fue bien, que una gran parte de lo que escribiste te chirría de mala manera y no lo puedes soportar. No hiciste bien tu trabajo cuando tocaba, la pifiaste en los cimientos, la estructura, el encofrado de tu edificio narrativo, y ahora hace aguas por todas partes. De modo que te toca calzarte el mono de trabajo y, hablando en plata, ponerte de tu propia mierda hasta las cejas... si es que en verdad crees en ese texto.

De entre todas las reescrituras la peor sin duda, la más sangrante, es la de un texto antiguo, uno de esos que se ha pasado su buen tiempo aguardando en un cajón a que quisieses volver a darle una oportunidad, porque nada más ponerte a leerlo de nuevo empiezas a plantearte en serio si no te equivocaste de oficio, si esto de juntar letras no te queda definitivamente grande. Me gustaría pensar que esto le pasa a la mayoría de escritores, que incluso las grandes voces se arrepienten en gran medida hasta de sus mejores libros, aun los publicados, porque su alma hipercrítica siempre les ha encontrado taras, y siempre lo hará, con cada nueva relectura. No sé hasta qué punto será así con ellos pero a mí me ocurre. Siempre acabo diciéndome, ¿¡cómo demonios pude escribir semejante bazofia?!... y entonces nada de lo que lees te parece bueno, querrías prender fuego a todos esos folios y dedicarte simplemente a vivir dejando volar tu imaginación en el coto cerrado de tu mente.

Resulta muy difícil sentirse padre orgulloso de cualquiera de tus textos, porque eso es lo que son, hijos preciosos y queridos, las más de las veces traviesos, esquivos y desagradecidos, pero hijos tuyos al fin y al cabo, que te cuesta horrores traer a este mundo, y cuyo parto te duele y te sangra la mente hasta la extenuación. Pero no importa cuánto te haya costado su alumbramiento, nunca estás contento, siempre te parecen insuficientes y quieres pedirles más, pero ellos sólo tienen la vida que tú les has dado y si quieres que cambien has de ser tú el que vuelva a moldearles el alma. Y esa es a veces una tarea insufrible, ardua, y muchas veces terrible, porque esos textos, esos hijos, son un reflejo de ti mismo en el pasado, dicen mucho de lo que eras cuando los escribiste, pero eso no tiene por qué coincidir con lo que actualmente eres, o crees que eres. Los hombres cambian, crecen, mutan, menguan, se ensombrecen y agrian definitivamente; el tiempo y la vida se ocupan de ello, pero los textos no cambian, siempre son los mismos mientras tú, tú que eres hombre y cambias y a tu alcance está el divinizarte o el ensombrecerte, no les des un nuevo aliento. Reescribir es reescribirte, y si no tienes cuidado, corres el riesgo de negarte, mentirte, falsearte, ficcionar tu sentir.

Hace unos días repasé algunos textos antiguos, pequeños relatos y poemas, y me asaltaron todas estas sensaciones. Estaba atónito. No podía creer que alguna vez hubiera podido estar conforme con todo aquello, darlo por acabado. Encontraba taras en todas partes y a cada instante me decía, aquí sobra esto y falta esto otro, y se podía añadir esto un poco más allá. La persona que soy ahora ya no coincidía con la que escribió todo aquello y quería derribarlo entero y volver a empezar. Pero al mismo tiempo pensaba en la persona que fui, la que escribió esas páginas, el espíritu y la ilusión que movieron su afán de escritura. Todo aquello estaba allí, en aquellas líneas, participando de ellas aun en la imperfección. Debía elegir entre reescribir salvajemente negando tanto de lo que fui, falseando desde el presente una manera de sentir del pasado, o bien renunciar a tocarlo todo, asumir mis carencias como narrador, y seguir trabajando.

Empecé a seleccionar textos, algunos se perderían para siempre, eran irrecuperables, meros abortos, inviables, sin posibilidad de escape. Para estos sólo quedaba el silencio. Otros, los menos, me parecieron rescatables por diferentes motivos, pero tampoco me sentí con ánimo de reescribirlos, desestructurarlos y volverlos a montar; me parecía que era como añadir hiperbólicas ortopedias a un cuerpo tullido y deficiente; error sobre error. No, no los reescribiría. Puliría si acaso aspectos formales, estilísticos, tampoco demasiado, lo justo para no tener que sonrojarme... y tal vez los publicaría, aquí, en TannHäuser...

Uno de ellos es mi anterior post, "Vida Sin Luna", una historia que no es demasiado antigua, apenas un año y unos meses, pero cuya esencia, ahora mismo, dista diametralmente de la persona que soy. Mientras lo releía, el escritor no hacía más que apuntar aquí y allí, diciendo lo que se podía mejorar, dónde se tenían que tirar tabiques y levantar otros nuevos; recreándose en el arte del parcheado, pero el hombre, en cambio, yo... no quería volver a saber nada de la manera de sentir que impulsó aquellas líneas. Habían cumplido su labor en su momento, me había servido de ellas para sacar fuera lo que me atenazaba por dentro, y al fin lo había parido todo, mal que bien, con todas sus indudables taras.

No podía ni quería volver sobre aquel relato, pero tampoco negaría lo que me empujó a escribirlo ni lo que fui y sentí mientras lo hacía. Si a alguien pudiese interesar, gustar o repulsar lo que en el quise expresar, pues ahí queda para el que quiera darle una porción de su vida y su tiempo. La relación entre padre e hijo acaba aquí; yo miro hacia adelante, germinando en mi interior nuevas ficciones, y él despliega sus contrahechas alas emprendiendo el vuelo entre los lectores, en busca de una oportunidad...

© JIP