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tannhauser

VIDA SIN LUNA

Mientras el barco baila de arriba abajo al son del oleaje, cabeceando rítmicamente al compás marcado por el mar, y el sol empieza a declinar, fundiéndose azafranado y final en la lejana línea del horizonte, contemplo sentado en cubierta el devenir de este manto de aguas móviles que me envuelven tranquilas, oscuras, cuasi eternas. Esta paz que sólo el océano puede dar, inexpresable e inaprensible, me llama a cerrar los ojos, abandonarme a los rumores del agua, bucear, abismarme en las profundidades de mis recuerdos, mis secretos guardados a cal y canto en la hondura de mi mente, los más de los cuales no son ya sino estampas de un pasado tintado en grises y ocres de ajado daguerrotipo. Son todo postales sin vida, historias sin color, como si fuesen las ficciones de un novelista o los juegos de un dios aburrido, y no el álbum fotográfico de los años de un ser humano; el recuento de mi vida.



No alcanzo a encontrar entre mis recuerdos un solo destello de alegría o esperanza, invadidos como están por el silencio y la melancolía. Creo que ni siquiera quiero dar con esa luz en las tinieblas de mi pasado.

Precisamente vine aquí huyendo de ese pasado, del tremendo dolor del mirar atrás y quedar cegado. Pensaba entonces que la vida se había vuelto vieja y achacosa, que cualquier ilusión nueva sería tan estéril como arrojar un puñado de azúcar al mar, pero me equivocaba, porque soy yo el que ha envejecido prematuramente, el que me he arrugado de manera irreversible. Soy yo el que todo lo oigo lejano y distorsionado, como desde la tumba, como si mi hogar fuese ya el fondo del océano… que todo me sabe igual, a puro cieno, como si la tierra húmeda del cementerio hubiese empezado a consumirme desde la boca… que tengo los ojos tan duros y quebradizos que todo lo veo opaco y distante, como filtrado en un grueso folio de papel vegetal… Seguramente por eso hace tanto de mis últimas lágrimas, tan seco estoy, como desierto, y tan raída tengo el alma por del dolor.

Sólo ahora sé que mi fracaso es total y definitivo. Fallé donde no debía, donde no se podía fallar, y de entre todos los errores que pude cometer escogí aquél del que no había posible vuelta atrás. No supe amar cuando pude hacerlo y ahí se acabó su vida, por supuesto también la mía. Cuando quise enmendar mi error ya era tarde, todo estaba perdido. No habría esperanzas de ningún tipo, tampoco segundas oportunidades. Eso quedaba para los demás, para aquellos que todavía no habían tenido la oportunidad de escoger… y fallar.

No supe tomar el camino de la vida y nos arrastré al sendero de la muerte. Ella fue inteligente y llegó antes, buscó un atajo. Yo en cambio, aunque no estoy menos muerto que ella, me veo en la obligación de amanecer día tras día.

Lo único que me mueve ahora es recuperarla en mi memoria; su rostro, su esencia, su aroma, toda ella redibujada exacta en los cuadernos de mi recuerdo, todo y ser consciente de que jamás la lograré. Se me antoja tan irrecuperable como el pecio que busco en el lecho marino desde hace tanto, por el cual buceo cada día más hondo todo y saber que nunca lo he de encontrar. Esas ruinas fantasmales ganadas por las algas y el coral me llaman incesantemente, me buscan desde lo profundo, desesperadas, como si anhelasen mi llegada para saberse completas, como si guardasen con celo el que ha de ser mi lugar final en el todo. Por eso he de seguir buscando, sin importar lo lejos, lo hondo que esté enterrado, porque tal vez junto a los restos de ese naufragio estén también los pedazos con los que recomponer su retrato. Quizá por esa misma razón no tarde en tirarme al agua en una búsqueda última y final, y descienda, descienda sin parar, sin mirar atrás, y llegué allí de donde no se puede volver, allí donde sé que a pesar de la oscuridad abisal, encontraré el pecio que la luz jamás me dejaría ver, y una vez representado mi pequeño y derrotado papel en la trama del cosmos, sólo me quedará aguardar que el cosmos tenga a bien abatir su telón sobre mí.



El sol fue dejando una noche sin luna, como sin luna ha sido mi vida desde que se extinguió su luz y ya no pude volverla a ver, ni tan siquiera retratada en ese ocre y ajado daguerrotipo de la memoria. Miro a mi alrededor: las negruras de cielo y océano son una y la misma, infinita; no hay horizonte, ni tiempo ni lugar a los que escapar…

Imagino el barco desde fuera, desde muy arriba, conmigo dentro, solitario y silencioso en la oscuridad ubicua del océano y la noche eternos. Perdido, sin rumbo, aguardando que la próxima tormenta se lo lleve al único lugar al que puede ya dirigirse, allí donde reposan para siempre tantos y tantos naufragios.

© JIP

"AJENARSE"

AJENARSE: Marchar definitivamente de tu esencia para no volver, partiéndola, fundiéndola, subiendo su temperatura hasta disolverte la última molécula, y a partir de ahí habitar un tránsito, una sombra que escapa, un no ser tú, que fuiste averno, sin tampoco ser los demás, que son infierno; reedificarte pulsátil en tinieblas de purgatorio.

Transformado en carne de espejo, desposeerte completo, deshabitarte en este lado del reflejo, y transmigrar tu absurdo al doppelgänger fatal que prospera en tus miedos.

© JIP

Terroríficamente Muertos, Sam Raimi, 1987

LA MUERTE DE ELÍAS

En ocasiones un texto, una necesidad de expresar determinados sentimientos o ideas, puede llevar germinando en tu interior desde mucho tiempo atrás sin que seas consciente de ello, incluso años, hasta que un buen día algo enciende la mecha y lo saca a flote; tal vez lo ves en algún sitio o lo escuchas por la calle en boca ajena, quizá se te presenta en el diálogo con un amigo o un conocido, las más de las veces lo lees en los libros, o simplemente lo piensas, así, de sopetón y sin venir a cuento; intempestivamente… y en ese instante sabes que tienes que ponerte a escribir…

Así, por ejemplo, estas líneas llevaban conmigo mucho tiempo, aunque no acertaría a decir cuánto exactamente, y sólo hoy me he topado con la espoleta que las ha hecho saltar. Debía tener 10 años, 11 a lo sumo, no lo sé muy bien, pero sí recuerdo que era noche entrada en un día normal, como cualquier otro. Acabábamos de cenar y mi padre había alquilado una película de vídeo… y yo la estaba viendo, allí, muy cerca del televisor, con mi padre y con mi madre, atento, embobado ante la magia de la pantalla, sin enterarme demasiado de qué iba todo aquello, pero increíblemente atento, con esa atención inmensa, con esos ojos enormes que sólo los críos pueden poner. Siempre se me permitió verlo todo en mi casa, desde niño, y no es este tiempo ni lugar para preguntarme sobre si es algo que debiera o no dejar de agradecer, pero lo cierto es que nadie me dijo que no mirase, que me tapase los ojos cuando asesinaron a Elías... y yo miré, y vi, la contemplé, entera, su muerte, la muerte de Elías... hasta el final…hasta hacerme saltar las lágrimas… y después de aquello ya no quise ver más…

En el curso de los años he vuelto a ver "Platoon" muchas veces, completa, de principio a fin, la he asimilado y la he entendido, si es que es eso posible, pero aun hoy la película de Stone, para mí, sigue reduciéndose única y exclusivamente a la Muerte del sargento Elías, marcada a fuego en mi recuerdo infantil como mi primera toma de contacto consciente, no con la Muerte, sino con la Guerra, que siempre me ha parecido mucho más terrible.

No sé por qué me atrae tanto, pero así es. Quizá mejor no saberlo, por lo mucho de odioso y execrable que puedo descubrir en lo hondo de mi alma. Porque lo cierto es que me atrae la guerra, lo bélico, ese matarnos los unos a los otros que optimizamos desde antiguo y que tan bien se nos da. Me atrae, sí, siempre lo ha hecho, supongo que desde que destriparon a Elías ante mis inocentes ojos, aunque probablemente esa atracción ya estaba antes, subrepticia, gestándose, pugnando por salir. Y sé que en esto no soy el único, que somos multitud. Para bien o para mal, dudo que haya vuelta de hoja en eso.

Quisiera pensar que me atrae como todas las cosas que no alcanzo a comprender, que se le escapan a mi juicio, que no encuentran cabida en mi corazón. ¿Cómo asimilar esa masacre? ¿Cómo afrontar que tienes que salir ahí fuera, a morir? ¿Cómo soportarte a ti mismo sabiéndote ejecutor de una vida ajena? Todos estos interrogantes poseen una erótica incuestionable, fluyen, quedan muy bien en los discursos, las lápidas, las novelas y las películas, incluso pueden llegar a ser buena lejía para las malas conciencias que ansían una redención barata. Pero no hay por qué engañarse. No he hecho el servicio militar, ni pienso hacerlo, y confío no tener que estar jamás bajo un fuego enemigo, pero sé que, cualesquiera fuese las causas y circunstancias que me pusiesen en una situación así, armado y soltado en un campo de batalla, yo, como cualquier otro, mataría... por mi vida, incluso por la de aquellos amigos de armas que, como yo, son también peones a sacrificar en el tablero de juego… Lo haría, sí, hasta que me derrumbase exhausto, o me poseyera la locura, o se diese el último disparo y todo terminase… o me diesen el último disparo y todo terminase… sólo para mí…

Es algo que está muy por encima de la política, el dinero o el poder: matarnos los unos a los otros está escrito en nuestros genes de bestia, esos que ni siquiera la ciencia, esa que tan bien y tan limpio mata, puede negar.

Yo en aquel entonces no lo entendí. Al fin y al cabo era un niño. Yo sólo veía correr a Elías , a un Elías herido, moribundo, que ya estaba muerto porque Barnes, un compañero, se había encargado de comprar su pasaje al otro barrio… pero seguía corriendo todo y no ser ya sino un cadáver… hacia los helicópteros, hacia sus amigos, hacia sus hermanos de sangre, hacia una imposible esperanza de salvación… y los vietnamitas corrían detrás de él… disparándole… una y otra vez… a él, a Elías, que ya estaba muerto, por mucho que corriese… muchos de ellos contra uno solo… y por la espalda… como los cobardes… disparándole… una y otra vez… y Elías recibiendo sus balas… una tras otra… al ralentí, en cámara lenta… mientras sonaban las maravillosas y trágicas notas del "Adagio for Strings" compuesto por George Delerue que tantas veces después he escuchado… salvaje… convulsionado… final… Elías encajaba... hasta que ya no pudo correr más y clavó las rodillas en tierra… pero hay que estar muerto del todo para no querer seguir viviendo… está en la sangre… en la de todos… también en la de él… y volvió a querer levantarse… ¿!Por qué!?... ¿¡Por qué lo hacía si ya estaba muerto!?... ¿¡Y por qué ellos seguían disparándole, agujereándole la espalda y el pecho!?... ¿¡Y por qué Barnes, traidor, lo había empezado todo!?... No, no lo entendía… pero tampoco podía dejar de mirar… de ver cómo al fin, arrodillado sobre la maleza, brazos clamando a un cielo vacío de dioses, encajando la última bala, aquel hombre duro caía, se precipitaba de una vez por todas y para siempre hacia la muerte, el descanso, la oscuridad… Y mis lágrimas cayeron con él…

Elías... el alma que no quería morir


Después de aquello ya no quise mirar, pero la gente siguió muriendo igual, fuera de plano, del pensamiento, y así hasta hoy… y así hasta el fin de los finales. Elías muere una y otra vez a cada momento y en todas partes… y de nada sirve no mirar, taparse los ojos, negar la esencia animal, reptil, que nos impregna hasta el tuétano… sólo hay que echarle un vistazo a las noticias para comprobarlo, cualquier día, cualquier año… Matar nunca va a pasar de moda…

Porque como reza la frase de Céline que me empujó a escribir estas palabras, recordar la Muerte de Elías... al fin y al cabo, “en el corazón de los hombres sólo habita la guerra.”

© JIP

EL PESO DE LA SOMBRA

Hay días que arrojarías la toalla, que claudicarías nada más despertar, alzando los brazos, utilizando el blanco de tus sábanas en señal de rendición, porque sabes positivamente que esa mañana has amanecido para perder.

Te duele la espalda con ganas, como hacía tiempo que no te dolía, y además estás mareado. Sabes que lo último que deberías hacer es levantarte, y no quieres hacerlo, pero aun así lo haces, porque sí, porque es lo que hay que hacer. Te pones en pie, notas la náusea adherirse a la base de tu garganta, y empiezas a notar que la humanidad te abandona, que te inicias abruptamente en los senderos del guiñapo. Para colmo sientes esa ligera presión en la cabeza, esa que tan bien conoces, que tan bien te conoce, y entonces cierras los ojos y te dices no, por favor, eso no, aguantaría todo el resto... ¡pero eso no! Rezas sin ser creyente por que la migraña no quiera ser hoy tu "mejor amiga". Te tomas rápidamente un par de aspirinas, sin desayunar, te da igual, porque el pánico que has desarrollado a ese infierno insoportable en tu cabeza te domina. Sólo quieres que esa amenaza en tu cerebro desaparezca. Que no crezca. Que no te inhabilite una vez más con su atroz punzada.

Así que estás para el arrastre. De pronto sientes tu vida como el más grande y crudo de los Stalingrados... y no tienes ganas de luchar por un palmo de tierra más; sólo quieres rendirte... caer preso... dormir... dejar de ser única y exclusivamente dolor y malestar...

Te gustaría poder desplomarte sobre la cama y olvidarte del mundo, llenarte los bolsillos de inconsciencia parafraseando la muerte del buenazo de Porthos en el El Vizconde de Bragelonne, de Dumas , susurrando aquello de "Es demasiado peso"... y precipitarte final en la negrura...

Pero no. No puedes. No debes. En lugar de eso das comienzo al día.... uno más, uno de tantos; te duchas, te vistes, no desayunas por miedo a echar la pota, y te dispones a salir por la puerta dejando atrás tu casa, tu cama, tu posibilidad de un sueño reparador... Por un momento te paras a pensar en ello; no vales una mierda, estás hecho una auténtica piltrafa y puede que lo peor aún esté por llegar... y en lugar de quedarte guardando cama, acabas de cerrar la puerta, te largas a trabajar, a lo que hay que hacer, vamos... y lo peor de todo es que no recuerdas haberte planteado el no hacerlo... De repente lo sabes; cada nuevo atentado a tu mente te aproxima peligrosamente al Autómata...

Sí, te gustaría poder decir que todo es demasiado peso y dejarte caer... como el héroe cansado de Dumas, pero Porthos tenía papel por carne y tinta por sangre, y ya era viejo cuando pronunció su último parlamento; había vivido y combatido mucho... todo; había bregado ya todo lo que estaba a su alcance, así que tenía bien merecido ese descanso. Pero tú, en cambio, no has hecho más que comenzar, eres todavía un principiante en esto del vivir y del sufrir... y un final así, una muerte así, no se consigue gratis. Ni tu carne es de papel ni tu sangre de negra tinta, tu dolor es todo rojo y víscera, y la sombra de tu enemigo no se refleja en la hoja de un sable...

Tu enemigo, lo sabes, es la sombra misma, la que te dehumaniza y poco a poco, día a día, te petrifica las venas, esclerotiza tu pensamiento; te transforma en máquina aniquilando tus sueños...

Y tú quieres vivir... y soñar... y por eso no te quedas durmiendo todo y que estás totalmente inutilizado... porque quieres huir del metal...

Así que haces de tripas corazón, y aguantas la náusea mientras bajas las escaleras, afrontando mal que bien un día más; uno de esos en que sabes que sólo te va a tocar perder... pero antes eso, piensas, que rendirte a la sombra y dormitar... dejar que sea ella quien decida cuándo has llegado al límite del peso que tus huesos, tu vida, tu alma, pueden soportar...

© JIP

HERENCIA

HERENCIA

De Machado,
del Lorca ejecutado,
de Hernández,
del Salinas enamorado,
de Blas,
¡cómo no!, de Blas,
querido hermano reencontrado.

De todos ellos que me
enseñaron no hace tanto,
pero tanto en el recuerdo,
a cantar la vida por
boca de una pluma,
recogeré el testigo.

E insultaré a Dios y
su vacío de insustancia.
Y del amor lloraré
su llama derrotada.
Y cantaré a la tempestad verde,
a la naturaleza brava.
Y avivaré el fuego de
los corazones que al fin aman.
Y crearé del silencio inerte
el frágil retrato de una sonrisa helada.

Y que no cesen jamás
sus voces,
sus poemas,
sus baladas…
¡Que son prueba de aliento!
¡Dolor de vida!
¡Clamor de garra indoblegada!

© JIP

"INTEMPESTIVO"

INTEMPESTIVO: Ausente de todo destello, fugado de todo rielar, contemplar la línea de sombra desde la orilla de los abismados, con ojos sin pupilas, labios sin aullido, y no querer volver pese a tener todavía piernas; libertad. Como el agua de un lago sin ríos, ex profeso mantenerse ínsula de mar entre tierras; "involuntad" de desbordar.

Ahíto de insomnio, soñar despierto que el dormir es un posible por llegar...

© JIP

La Noche, Léon Spillaert, 1908

DAMERO INVISIBLE

Quisieras poder empezar por algún sitio, porque sí, porque es lo justo y natural, lo normal, vamos, igual que empiezas el día abriendo los ojos, invitándote involuntariamente, un día más, a la consciencia, dándole los buenos días al averno de la incertidumbre... ¡porque todo tiene un principio, joder!... pero en seguida te das cuenta de que no hay cuerdas, que no hay más suelo que el que estás pisando, que crees que estás pisando, que no eres más que uno en el vacío, el vacío mismo, y como tal no requieres mayúsculas ni puntos finales, ni tan siquiera aire que respirar, porque es tan hondo, tan enorme, tan inaprensible tu silencioso hueco que en él no cabe otra cosa que la nada, esa ególatra convulsa que todo lo echa fuera. Miras atrás y no ves los escalones que creías superados, han desaparecido. Miras enfrente, tampoco están aquellos a los que hoy tenías previsto sobrevivir. La escalera de la vida se siente aburrida, juguetona, caprichosa, y está muy dispuesta a joderte. Se quita las ropas, se desnuda, te hace partícipe del atroz streaptease del interrogante. Te abre sus carnes impúdica, aniquilándote, mostrándote unas entrañas regordetas, voluptuosas, henchidas de la savia acre de la duda de todos los que como tú, imbécil, piensan que todo ha de tener alguna suerte de principio.

Cierras los ojos, no quieres mirar, tal vez gritas, tal vez te pones a cavar, cavar con las manos desnudas esa tierra que no existe, ese damero diabólico de cuadrados invisibles en los que siempre eres peón, de esos que primero entran en juego... de los de sacrificar. Te preguntas si hubo alguna vez algún peón de carne que consiguiese llegar al final de la escalera, al último cuadro, coronarse Reina, y enseguidas sonríes, no; te ríes, no; revientas en sonoras carcajadas. Y el eco de tu locura regresa al punto, retumbando como tifón, quemándote el cielo de la boca, haciéndote añicos las costillas.

Pero aun así perseveras contumaz en la razón, en el uno más uno son dos y toda esa farsa que sólo funciona en lo que está más allá de la vida, exterior al pálpito. Porque no te queda otra salida, porque no se puede cuadrar el círculo, no, no se puede, ni se pueden pintar líneas en el aire, ni lienzos en el agua, porque tu piel y tu carne están hechos de la ceniza y el gusano y nada excepto eso son en potencia. Aprehender la vida te hace sentir como una pedazo de bistec en una nevera abandonada, en un piso abandonado, en un planeta abandonado, en un cosmos abandonado, simplemente esperando tu fecha de caducidad... y a partir de ahí, pudrirte, descomponerte, morir, desaparecer... como las cucarachas del anuncio pero en más nauseabundo...

Imposible salirte de ti mismo, empatizar con el sinsentido, así que te vuelves al interior, a tus entrañas, ansiando una luz, aunque sea roja de sangre, roja de fatalidad, roja de náusea. Un brillo sólo en ti sumido que te empuje a perseverar en el existir. Sabes que buscas lo imposible, o mejor, lo improbable, lo indemostrable. Estás buscando fe, creándola de cero, desde tus vísceras y tus circunvoluciones, el único credo en el que podrías depositar tus esperanzas; ni cruces yertas, ni libros vacuos, ni espinas muertas. Sólo tú y tu interioridad hecha de sueños, y tu nuevo dios de ámbares resplandores, ese que es tu reflejo vivo y unívoco en el espejo de la eternidad, que te guardará tal cual eres incluso allá, en el gélido purgatorio del no ser.

Quisieras saber cuándo terminar, porque el final siempre parece más creíble que cualquier principio, y no quieres llegar tarde, pero tampoco irte antes de tiempo. Ahora un rumor de lava gris, esclerótica, se avecina, viene en tu busca, la sientes, la estabas esperando. Un volcán sólo es él en la medida en que vomita ascuas homicidas, y tu vida existe y es única y exclusivamente para ser ardida...

Pero ahora sientes llamear tus pupilas, tus manos son olas flamígeras que incendian la vastedad. El fuego con el fuego no arde; se hace más grande, omnímodo, multiforme. Tu alma destructora, vengadora, crece salvaje e imparable. Por segundos alcanzas la divinidad en lo doliente, en lo mortal. Y todos los absurdos encuentran sentido en tu Absurdidad.

Quisieras saber por dónde empezar... Tal vez sería buena idea abrir los ojos, estos ojos nuevos que tanto queman, que tanto arden dentro y fuera de su propia llama... Abrirlos, sí, y una vez abiertos, desplegados... dejar atrás el último escalón, traspasar la última frontera, destrozar el damero mezquino, coronarte... y reinar...

© JIP

"AULLANTE"

AULLANTE: Expulsado del pensamiento, regurgitado en el reptil, regresado al lobo que es un lobo para el Orbe; sable de voz intempestivo, desgarrar en bramidos las esferas, excoriar la tierra con tu grito, y en el negro de tu alma desatar rabias de colmillo.

Fuera de tiempo, traspapelado, insostenible en la humanidad, ovillarse, recrudecerte, cerras apuestas... y estallar...

© JIP

Un Hombre Lobo Americano en Londres, John Landis, 1981

SÁBATO Y LA CAVERNA

Sábato cambió la Caverna Platónica por un Túnel, "oscuro y solitario", para la historia de una tragedia, la del propio ser humano, terriblemente consciente de su absurdo:

"A veces creo que nada tiene sentido. En un planeta minúsculo, que corre hacia la nada desde millones de años, nacemos en medio de dolores, crecemos, luchamos, nos enfermamos, sufrimos, hacemos sufrir, gritamos, morimos, mueren y otros están naciendo para volver a empezar la comedia inútil.
¿Sería eso, verdaderamente? Me quedé reflexionando en esa idea de la falta de sentido. ¿Toda nuestra vida sería una serie de gritos anónimos en un desierto de astros indiferentes?"




Un desierto árido y seco, solitario y oscuro, como el túnel en el que transcurre su vida el pintor Juan Pablo Castel, quien a través de la ventana de uno de sus cuadros cree de pronto entrever la luz, la vida, el sentido de la existencia en el amor hacia María Iribarne. Un amor idealizado, extremo, hiperbólico, totalmente irreal, que poco a poco se va convirtiendo en un infierno de celos, desconfianzas, heridas y malquerencias. Así hasta desembocar en la fatalidad, el asesinato de ésta a manos de aquél; el soñador, una vez alcanzado su sueño, fue incapaz de aprehenderlo y controlarlo, y terminó por perderlo... y perderse con él.

El pintor, encerrado en su túnel, agitándose, desgarrándose impotente al no ser capaz de conservar un significado que internamente sabe falso, temporal, insuficiente, termina por matar su propia ilusión, su propio sueño de amor, cerrando así la única ventana a la esperanza, el único punto de luz en ese túnel de amargura y sinsentido, que es el vivir.

La historia del ser humano, según Sábato: una lámpara de sueño que ya encendida empieza a agonizar en mitad de la oscuridad grutesca del absurdo...

Quizá por eso la novela empieza y casi termina con la misma cita, cerrando circular el ciclo de una vida más que arde en la nada, como todas las que fueron y todas las que serán:

"...en todo caso había un solo túnel, oscuro y silencioso: el mío, el túnel en que había transcurrido toda mi infancia, mi juventud, toda mi vida"

© JIP

Ernesto Sábato

WELLS, VISIONARIO

Herbert George Wells


Despertó bañado en sudores y miedos... los fantasmas volvían de nuevo...

Miró los folios manuscritos en su regazo. Se había dormido escribiendo una vez más. Fue al baño y se lavó la cara. Luego se miró en el espejo: "Soy Herbert George Wells... y los fantasmas vuelven de nuevo..." Se sentía viejo y cansado. Todo aquello empezaba a pesar demasiado. Lo había intentado, había escrito páginas y páginas, para negarlos, para alejarlos definitivamente, y no sólo de él, de todos. Había cantado la utopía, confiado en el hombre, ante todo y sobre todo, en el hombre y su razón... Incluso había escrito esa película a partir de uno de sus propios libros... "Cosas por Venir"... Le aterrorizaba pensar en esa vida futura, ese horror por venir… No podía seguir engañándose más, ellos habían vuelto, y esta vez para quedarse…

El Jugador de Croquet


Volvió al estudio, a su manuscrito, su nuevo libro, "El Jugador de Croquet", le estaba saliendo agrio, pesimista, impropio, pero los años y sus sueños no pasaban en balde. Releyó lo escrito antes de quedarse dormido, y en la última línea, el escalofrío. Se estremeció. Dominado por el arrebato necesitó escribir aquella frase que significaba su derrota, la rendición incondicional. Después de tantos años de lucha, al fin abdicaba: "Niños pequeños muertos por ataques aéreos en la calle"... Sus lectores las tomarían por las vacías palabras de un personaje loco en una extraña novela, pero sólo él sabía...

Se extinguía el año 1935; quedaban dos para Guernica, y diez para Dresde e Hiroshima... y él, Herbert George Wells, ya lo había visto TODO...

© JIP

Dresde tras los bombardeos

A SOLAS CON LA PALABRA

Lo tienes todo, te sientes bien, en forma, fluido; de puta madre, vamos... así que hoy debería ser un buen día ante la hoja en blanco. Hoy deberías ganar tú...

Miras el escritorio que te aguarda y la silla que espera tus posaderas, provocándote, "¡a ver si hoy te atreves, majete!"... Contemplas el teclado, la pantalla en blanco, esa bruja... seduciéndote con sus cantos de sirena, "¿a qué esperas?"... Pero los desoyes, simplemente pasas, porque piensas tomártelo con mucha calma, piensas saborear su vergüenza cuando los sometas a todos... y sonríes. Sí, sonríes...

Vas a la cocina y te preparas un café, descafeinado, pero de sobre, de máquina no que eres pobre y te dijeron que es pedante... Je... Vuelves al rato con el café humeante en tu negro mug de Max Shreck y te paras ante el escritorio, observándolo detenidamente. Das un sorbo, está rico, calentito, como te gusta, él también fluye. Pero hace frío, la estufa no chuta, el salón nunca acaba de caldearse. Quizá deberías hacerle caso y comprarte una de esas gordas de butano, una de esas armatoste total, pero no sabes por qué la idea nunca te acaba de convencer. Cierras del todo la puerta y das otro sorbo, calentito, calentito... pero basta ya de sonrisas complacientes. Lo del café está bien como excusa para darte algo de tiempo, pero tienes que ponerte, lo sabes, no puedes retrasarlo más. Si lo haces ellos vencerán y se te reirán en la cara, una noche más...

Robert Louis Stevenson


Así que tomas asiento y te enfrentas. Comienza el pulso. Haces planear tus manos sobre el teclado, como el pianista que prepara inminente su primera nota. Miras con fijeza la pantalla y ella te devuelve la mirada, igualito que le pasó a Nietzsche con el jodido abismo. No piensa hacerte la mínima concesión y lo sabes. Conoce su supremacía sobre ti, que siempre te ha podido, que nunca tus palabras han saltado a ella desde tu mente como tú querías, que siempre ha habido algo que te asfixiaba, una distancia invisible que te anulaba. Tú has sido siempre de bolígrafo y papel, de escribir, física, literalmente; escribir. Rápido, febril, ininteligible, tachando y retachando, emborronando, ensuciando definitivamnete, y volviendo a empezar, hasta la extenuación, hasta la frustración. Eso es escribir y no otra cosa, así lo han hecho todos desde antiguo, hasta que aparecieron las máquinas, los teclados... Te imaginas a Stevenson escribiendo a máquina... menuda estupidez, puro absurdo... Pero el papel y la tinta también tienen sus servidumbres, no son inocentes, todo lo contrario; te chupan la vida, te vampirizan, te descomponen... Sacan lo mejor de ti, sí, pero a un alto precio, a cambio de tus fuerzas, tu físico, a veces incluso a cambio de tu alma, que puede llegar a perderse en ese doliente ir y venir de líneas tortuosas... Así que al final te has resignado, intentas poco a poco hacerte a la máquina, aunque no te gusta, porque sabes que no puedes hacer otra cosa. Es más sencillo, menos sacrificado. Expones menos y menos es también lo que sacas, porque está ahí, esa distancia que incapacita.

Pero no haces más que perder el tiempo, disquisiciones sin objeto. Pasa el tiempo y no has escrito nada. En realidad es que no tienes sobre qué hacerlo. Ni una idea. Conjunto vacío. Todavía no puedes darle luz verde a tus manos y hacerlas caer sobre las letras. Piensas, piensas, piensas. Conjunto vacío. Una y otra vez. "Game Over"... "Insert Coin?". Te tiras hacia atrás, te retrepas sobre la silla, los manos tras la nuca. Mierda. Joder. Nada. Cierras los ojos. Allí está, cómo no. El conjunto vacío también te persigue en la oscuridad. ¡Qué cabrón! Necesitas algo, algo externo, ¡un sorbo de café!, sí, eso, más excusas para no pensar en el vacío de tu mente. Acudes al buenazo de Max Schreck... él tiene lo que necesitas. Y te lo da. Y lo saboreas. Pero el vacío sigue estando ahí, sonriéndote, devolviéndote la mirada.

Joseph Conrad


Piensas de nuevo en Stevenson, Tusitala, el hombre que cuenta historias, o las contó mientras tuvo aliento. No puedes imaginarte el conjunto vacío dentro de aquel hombre, que no tuviera siempre algo bueno que narrar. Piensas en él y automáticamente piensas en Long John Silver, y él te lleva al mar, al océano, y una vez recalas en el océano el viaje acaba invariablemente en Conrad, en él y en su "Tifón", su "Corazón de las Tinieblas", su "Línea de Sombra". Ese hombre dejó su lengua, cambió el polaco por el inglés para convertirse en uno de sus mejores y mayores novelistas. Se te antoja increíble, cambiar de lengua, cambiar de forma de pensamiento... Eso también lo hizo Cioran, pero del rumano al francés. Intentas imaginarlo, toda aquel cinismo, toda aquella angustia, toda aquella lucidez, agriando, corroyendo, ulcerando el francés hasta la raíz, toda su musicalidad y su belleza corroidas... pero a la vez encumbrado, dotado de una nueva vitalidad y hermosura, la de la Naturaleza Muerta...

Emil Cioran


Pero escribir qué, ¿¡qué?!... Te levantas enfadado. Paseas por el salón, das vueltas de brazos cruzados. De vez en cuando observas torvamente la pantalla en blanco. No sale nada, estás seco, o demasiado encrespado como para centrarte y buscar. De repente te preguntas si tendrás que cortarte la cabeza para encontrar al fin algo que merezca la pena, si habrá algo que destaque, que brille entre los chorretones de sangre de tu cuello seccionado. Quizá Mishima no intentaba más que eso, bueno, quiero decir además de llamar la atención, claro. Por eso se hizo el sepuku y se hizo rebanar el pescuezo. Se había quedado sin ideas, sin savia, y no podía soportarlo, así que decidió abrirse en canal, pero la cosa acabó chunga... Quizá simplemente estaba como una cabra, yo qué sé... La cuestión es que es una buena imagen, sí, esa de abrirse uno las entrañas a ver qué le corre de bueno por dentro, y luego cogerlo todo y echarlo sobre el papel, o la pantalla, y ponerla toda perdida de vísceras. No está mal como divertimento, pero no arregla tus problemas. Más bien los complica, porque tienes ganas de avanzar en esa idea, la de la escabechina, darle cuerpo, o cortárselo, jaja, pero no quieres hacerlo porque tienes cuentas pendientes esta noche, y necesitas saldarlas.

Yukio Mishima


Piensas en poner algo de música. Eso podría desatascarte alguna vía. Sí, decididamente. Buscas en tu disco duro algo bueno que escuchar, pero al instante te das cuenta de que no sabes qué escoger. La indecisión, siempre la indecisión. Castrándote, castrándolos a todos. No te apatece ningún tema, por demasiado escuchado o por demasiado poco. No te llama nada. Bukowski escribía escuchando música clásica, Stephen King escuchando Rock'n Roll, pero ninguno de esos estilos te sirve ahora mismo. No crees que el problema esté afuera, en el ambiente, no, está dentro, lo sabes, las cuerdas de tu mente están desafinadas y chirrían, asesinan tímpanos miserablemente...

Charles Bukowski


De dónde diablos salen las ideas, dónde coño crecen, las buenas ideas, claro, las fulminantes. Cuántas veces te lo has preguntado, si una buena idea puede llegar a ser humana, si realmente puede caber en tu seno, nacer de ti. Breton dijo todo aquello de las Corrientes del Arte, divinas, ultraterrenas, y todo aquello de que los hombres éramos bastos traductores al mundo físico de su esencia. Inmediatamente y por reacción caes en Céline, otro franchute, pero con mucha peor leche, de los que te gustan. Lo imaginas en las trincheras hediondas de la Gran Guerra, en la nocturnidad, pelado de frío, esperando el estallido, aguardando la muerte por venir, gestando lentamente el "Viaje al Fin de la Noche" en sus entrañas... Bueno, piensas, al fin y al cabo Breton dijo muchas tonterías a lo largo de su vida... o tal vez no, quién sabe... Y ya puesto a pensar en Céline en el lodazal, por qué no pensar también en Hemingway el día D, desembarcando con los americanos en Omaha Beach... ¡¿Qué coño se le había perdido allí al menda?!... Quizá se había secado también, como yo, como Mishima, y buscaba historias, savia nueva, o tal vez sólo leyenda; la jodida muerte de un balazo en la cabeza, y después eternidad y gloria en mármoles absolutos... Sí, te lo imaginas allí, bajo el fuego, con ademanes de héroe mítico al que no han de erosionar los años, ansiando titulares... y no muy lejos, perdido entre la sangre que salta y la víscera que estalla, anda también Robert Capa, cagado de miedo, temblando, volviendo rápidamente a retaguardia con locura en la mirada tras haber agotado sus dos cámaras cargadas... Demasiado para su body, toda aquella matanza... Al menos él pudo elegir.

Céline


Capa te cae bien, aunque huyese con el rabo entre las piernas, Hemingway en cambio te cae gordo, no te gusta, nunca ha conectado contigo, aunque casi lo consigue con "El viejo...", y con "Los Asesinos", ¡gran cuento, sí señor!... Hemingway salió con bien de todo aquello, tiró los dados y ganó, tuvo tiempo de preparar su posteridad. No así el bueno de Hogdson, a él también te lo imaginas, lo has hecho muchas veces desde que supiste de su fin, allí, en su último instante, pulverizado por una granada en 1918, borrado de la faz de la tierra, fulminado, convertido de repente, él y sus ficciones, en pura nada. ¿Qué estaría pensando un segundo antes? Probablemente no pensaba nada, estaba sumido en la fiebre del combate, sólo quería sobrevivir, no defraudar, pero a buen seguro con él estallaron muchos bellos fantasmas que ya jamás nadie podría leer... Las ideas están en ti, mientras respires, palpites. Después, tras el último parpadeo, nada... NADA... las balas no sólo matan carne o alma... las historias también sangran...

William Hope Hogdson


Tal vez si todo este invento no se basase en la palabra. Las palabras lo complican, lo infinitan, lo tornan innombrable, inabastable. Es como una obsesión enfermiza; encontrar las palabras adecuadas, dominarlas sin que te dominen. Imposible, siempre acabas sojuzgado. La palabra puede llegar a matar. A Philip K. Dick se lo llevó a la tumba, se lo comió enterito; su escritura era caníbal para consigo mismo. Lo supo siempre, desde el principio, y no pudo hacer nada al respecto. Solamente escribir, escribir y dejarse consumir poco a poco. Puede devorarte vivo, la palabra, hasta el tuétano; buscarla, hallarla, idolatrarla, subsume tu mente a un estado de ameba. Sencillamente no puedes hacerlo, no puedes ponerte a juntar palabras sin más, como el que acumula pinceladas sobre un lienzo, se te antoja mucho más complejo, maquiavélico, alienante. Te gustaría renegar de ellas, rebelarte, sacrificarlas definitivamente, pero te es imposible, porque su erótica es imparable, remueve tu hondura más irracional. Tarde o temprano necesitarás escapar de ti mismo y entonces acudirás a ella, la palabra, la jodida PALABRA que te tiene a su merced.

Quizá no puedes escapar de ella pero puedes probar a minarla, socabar sus podridos cimientos. Sí, eso estaría bien, otros lo han hecho antes que tú. Conoces a algunos de ellos, los has leído, aprehendido. Recuerdas a Kafka transformándose paulatinamente en escarabajo, fabricándole noche tras noche, en cada línea, sus negras patas y sus antenas negras a Gregor Samsa, alumbrando un nuevo verbo; vejado y transmutado. Recuerdas también a Henry Miller desintegrándolo todo desde su máquina de escribir, allí en Villa Borghese. Al Ballard de "Crash", de la "Exhibición de Atrocidades", abandonando la humanidad a travás del ultraje de cada letra.

James G. Ballard


Querrías, como ellos, romper, desbaratar, arrasarlo todo sin pulsar una sola tecla, sin mancharte, ¡bendito sueño!, la piedra filosofal del escribiente. Vuelves a esa hermosa imagen; cortarte la cabeza de cuajo, abrirte las entrañas en canal, y sangrar... verter sangre a raudales pero también ideas, historias, insultos, invectivas candentes contra la realidad y el absurdo... que el rojo de tu vida pintase en su derrame lo que corre por tu mente, el contenido de tu alma; aquello que la barrera de la palabra no te deja expresar... hacerla pedazos al hacerte pedazos...

Pero a la vez quieres escribir, quieres hacer el amor con la palabra, sí, calzártela, follártela, joderla viva, violarle hasta el último de sus viciosos recovecos. Eso lo sabes desde Stanislaw Lem, desde que te desveló la imposibilidad de COMPRENDER; no hay salida más allá de ti... así que escribes, bailas la danza de la muerte con esa perra del infierno, porque sí, porque es la única forma que tienes de crear un sentido, de ser dueño de algo en este calvario de absurdos. Obedeces sus designios, sí, te pliegas, pero en la medida en que te sometes a ella, tú mandas, y de la cópula de ambos, de ti, absurdo respirante, y de ella, signo bastardo, surge la ficción, ese homúnculo capaz de palidecer con su sentido el vacío del universo.

Stanislaw Lem


Es tarde, estás cansado, algo abatido. No has escrito, y pensar todo esto te agota y te frustra. Caes en la cuenta de que ya no tienes ganas de escribir, se evaporaron...

Observas la pantalla en blanco, casi puedes escuchar cómo se carcajea ufana, insolente... Estás hecho polvo y no puedes más, ansías irte a dormir, olvidar, pero no quieres darle esa satisfacción sin plantar batalla. Piensas en Henry James y en las vueltas de tuerca, en buscar el último nudo, que es el primero, bregar con el último retorcimiento y rebasarlo... Sabes que no estás en condiciones de dar demasiada guerra, que esta noche tampoco vas a ganar... pero sientes la necesidad imperiosa de vender muy caro tu pellejo... así que te pones a ello, sin pensar, te lanzas al abismo, ese que también te mira, jugándote el todo por el todo, suicida, con la esperanza de que te nazcan alas antes de estrellarte final contra el suelo... y así, tecleas la primera frase:

"Lo tienes todo, te sientes bien, en forma, fluido; de puta madre, vamos... así que hoy debería ser un buen día ante la hoja en blanco. Hoy deberías ganar tú..."

© JIP

"DESAMPARO"

DESAMPARO: Ese terrible sentirse acunado por las tinieblas de Dios o, en su defecto, el helado flagelar tu espíritu, día a día -hasta adquirir piel de roca-, por las corrientes del vacío, si es que eres alérgico a la Impostura.

© JIP

El Cristo de San Juan de la Cruz, Salvador Dalí, 1951

diciembre, siete, cero-cuatro

Hay una imagen que me encanta, por mágica a la vez que terrible, que es la del reloj de arena desgranando el tiempo en su caída de minúsculos pedazos de tierra. Mágica por su movimiento constante, su imparabilidad, su eterno retorno fugaz; siempre distinto pero siempre, a nuestra mirada, igual. Terrible por esos segundos que pintan, esos minutos y horas y días que se van... No se me ocurre un reloj más cruel que este, como tampoco más hermoso.

Y en este, mi particular reloj de arena, intentaré dejar constancia de aquello mágico y terrible, aquello extraño y exótico, incluso lo banal, que les ocurra a mis horas. Intentaré cartografiar mis melancolías, radiografiar mis tristezas y esculpir mis alegrías. Pintar con la palabra en lo posible los destellos de mi oscuridad.

Más que nada porque un día que se pierde sin una palabra, o sin el sabor de un beso o ni tan siquiera el de su recuerdo, o incluso sin el olor de un pensamiento fuerte, uno de esos que te hacen vibrar, no es un día vivido; son sólo horas transcurridas que se pierden en lo oscuro de tu tiempo acabado para no volver jamás.

No será un diario, o al menos no espero que lo sea. Tampoco un recuento de días. Será, tal vez, un diálogo conmigo mismo, con mi mente y mis entrañas, en un afán hirviente de no dejar caer ni un grano de arena más sin pedirles cuenta a mis vidas por vivir y a mi muerte por llegar.

© JIP

diciembre, nueve, cero-cuatro

"Un día más, un día menos... ¿Por qué siempre tenemos que hacer algo con el tiempo?"

¿Por qué?... ¿Y por qué no?... Nada estalla cuando dudo, nada silencia mis labios ni me ata los pensamientos. No pasa nada. Como tampoco pasa si no lo hago. Tienes razón. El tiempo no ordena, no impone, sólo transcurre. No hay misión en la vida salvo transcurrir con él. Al fin y al cabo tal vez uno no sea otra cosa que su propio tiempo.

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NOSHES PSYCHOTRÓNIKASH: AQUELLA CASA AL LADO DEL CEMENTERIO

Que alguien quiera vivir en una casa que se levanta al lado de un cementerio, toda solitaria, sombría, y rodeada de siniestros árboles de retorcido ramaje sin hojas, ya dice mucho de lo pirados que están todos los personajes de esta entrañable peliculilla.

Una de Fulci


Lucio Fulci, gran capo del gore italiano, se apuntó al carro del éxito del "Resplandor" de Kubrick pergeñando esta copia sinvergüenza llamada "Aquella Casa al Lado del Cementerio" (Quella vila accanto al cimitero, 1981), y cabe decir que la cosa le salió bastante cutrilla. En lugar de hotel de lujo en la montaña tenemos caserón feúcho en el cementerio de un pueblo de tres al cuarto; el padre de familia en lugar de novelista es investigador de alguna extraña rama de la ciencia que nunca se nos llega a desvelar; su hijo en lugar de moreno y con triciclo es rubiales y con coche teledirigido; y del par de gemelas fantasma del hotel Overlook pasamos tan solo a una niña bocazas con muñeca rota -y fea de cojones-. El bueno de Fulci metió en la batidora un poco de todo; enigmas lovecraftianos, conjuros alquímicos, casas encantadas, niños con resplandor, llantos en la noche y fotografías con fantasma incluido... pero la verdad es que la mezcla no acabó de salirle demasiado, entre otras cosas, porque al hombre, limitadillo de talento, no nos engañemos, lo que en verdad le gustaba era darle rienda suelta a la sangre. Así que eso y no otra cosa, gore a secas, es lo único que funciona en este film.

Gore gratuito, sucio, torpe y muy autocomplaciente. La escena del murciélago atacando la mano del padre de familia es un buen ejemplo. Pura caspa. ¡Así no hay manera de meterse en atmósfera inquietante ninguna! Aunque, claro está, si uno anda avisado de cómo se las gasta Fulci pues ya sabe a qué atenerse. Lo suyo son las gargantas cercenadas, la sangre chorrenado a borbotones de la yugular y los gusanos purulentos... Ahora bien, no le pidas una mínima coherencia argumental o cierta tensión narrativa porque entonces ya le puedes... ¡¿Qué coño pintaba en todo el asunto la niñera?!... ¿¡Cómo se puede tener la cara dura de repetir la escena de la bajada al sótano y la puerta que ¡nyiiieeeccc! se cierra a tus espaldas hasta tres veces con tres personajes distintos?!... ¿Alguien se atreve a explicarme la empanada final con la vieja y los niños, todos felices, y cómo narices se conecta eso con el momio asqueroso que se había estado cargando a todo quisqui?... Bueno, yo sé a qué viene... es una excusa barata para citarme al final a Henry James, así, en plan culto, y quedarse tan pancho, pero de sentido, lo que se dice sentido, ná de ná...

Fulci es uno de los grandes nombres de la caspa fílmica y la psicotronía, así que tampoco hay que pedirle peras al olmo. Si te gusta este tipo de cine, lo disfrutarás, quizá con alguna reserva, pero lo harás. Si no te gusta... bueno, si no te gusta seguramente ni siquiera te pondrás a ver esta u otras de sus pelis, como "Nueva York Bajo el Terror de los Zombis" o "Miedo en la Ciudad de los Muertos Vivientes", y probablemente tampoco habrás acabado de leer este insufrible post...

Algunas Posdatas Psychotrónikash:

- Si queréis verle el careto al Fulci buscad en las primeras escenas tras los créditos de inicio, es el doctor Müeller o Muller, ¡yo qué sé!... y tiene un diálogo con el tío al que luego se le come la manita el murciélago, jejeje...

- La intención de plagiar a Kubrick es tan descarada que, como podéis comprobar, en el la carátula salía un pavo igualito al Nicholson del Resplandor... aunque luego el asesino no se parecía ni de lejos, jajaja...

- Aquí, como en el Resplandor, también al pater familias le da por reventar una puerta con un hacha, pero el hacha es tan minúscula y ridícula y la puerta tan de verdad, una Señora Puerta, o sea, que el tío se está como tres cuartos de hora dándole que dándole con más bien escaso éxito, con lo cual la escena/plagio de Kubrick termina antojándose de lo más patética, jujuju...

- Al principio se ven un par de tetas, pero se las cargan rápido -a ellas y a su dueña-, y luego nada de nada, ni pechos ni parruses ni toqueteos carnales de ultratumba, de modo que onanistas y oligofrénicos de toda ralea abstenerse, jijiji...

© JIP

diciembre, dieciséis, cero-cuatro



Ayer noche, Lucy, de Caleidoscopik, me hizo un pequeño gran regalo, la foto que corona este escrito, y lo hizo después de leer mi último Reloj de Arena, así que hoy, no puede ser de otra forma, he de hacer honor a dicho regalo y andar a vueltas con Dios, o dios, o como narices se escriba…

Bueno, ahí está, míralo bien, brazos abiertos, rostro plácido, acogedor, desde la altura, un buen padre, ¿no?, pero no deja de ser un dios de piedra; su carne, su corazón, su alma, todo en él de dura piedra. Resulta difícil imaginarse un tumor creciendo en su roca, que pueda salirle un herpes, o sufrir de hemorroides. No, definitivamente. Él está ahí, un buen padre… de piedra, pero un buen padre, aunque tú siempre estés abajo, lejos de su alcance, de sus manos. Míralo, demasiado alto, siempre demasiado arriba, no puedes llegar a él, por mucho que saltes. Si quieres su ayuda has de dar el gran salto, que siempre es hacia abajo, hacia el infierno; morir y esperar a ver qué pasa. O vender tu alma a la impostura, tener fe ciega en lo improbable, y también ponerte a esperar… Resulta difícil creer en un Dios externo a uno mismo porque con él todas son siempre distancias demasiado grandes, insalvables, y el que apuesta siempre has de ser tú; el propio pellejo en el empeño.

Realmente, ¿qué sé sobre Dios? Lo cierto es que no sé mucho de prácticamente nada. Sócrates sigue triunfando aún hoy. Después de tantos siglos de palabrería y chundarata te das cuenta de que todo estaba ya en él, porque no sólo sé que no sé nada, sino que, quizá lo peor –o lo mejor- es que no puedo aspirar a saber mucho más. Bretona me dijo ayer que ella prefería seguir pensando que Dios y nosotros somos Uno y el Mismo. Y tiene razón. Ella sabe de él tanto como yo, es decir, lo sabe todo, lo sabemos todo… y a la vez no sabemos absolutamente nada. Ahí está la gracia. A cada opción corresponde otra igual y opuesta, su antítesis, y ambas son igualmente válidas. De modo que no sé demasiado, ni de Dios ni de tantas otras cosas, ni podré saberlo, pero eso no implica que no pueda hipotetizar. Ayer se lo decía, a Bretona, le decía, sí, tienes razón, quizá, me gusta lo que dices, pero también me gusta seguir jugando, seguir tirando los dados mientras me quede aliento.

Quiero decir que es divertido. Un día dices que Dios tiene cáncer o un forúnculo, lo que sea, y que ese forúnculo se llama Humanidad. Al día siguiente en cambio puedes decir que Dios es un viejo archivero con mala memoria, o con Alzheimer, es igual: hace tiempo nos archivó en una oscura carpeta con la etiqueta de "Pendientes" o "Transiciones", y después se olvidó. Ahora, aunque quisiera, no podría recordar donde nos guardó, y mientras, aquí andamos, apolillados y espectantes. Para mí es divertido, todo ese juego terrible. Hoy escribo una cosa y mañana escribiré la opuesta, contradiciéndome miserablemente, porque no tengo una idea clara de Dios en mi cabeza, no la tengo de demasiadas cosas. Me limito a articular pensamientos alrededor, constantemente, y sólo cuando los escribo o los verbalizo, los explicito, adquieren uno u otro aspecto, siempre ridículos, es cierto, pero ahí están.

Al fin y al cabo pensar en Dios es como pensar en la Vida, así, en mayúsculas, como si realmente tuviera una gran importancia, pero no la tiene. Buscar a Dios… ¡qué gran empresa¡, el gran desafío… es como buscar el Santo Grial o ir en pos del Horizonte. Al uno jamás lo vas a encontrar, porque no existe o porque alguien lo empeñó para poder llegar a fin de mes y ya nada más se supo. Y al otro tampoco has de llegar, porque cuando llegues habrá un nuevo Horizonte al que tirar, allí, justo a la misma distancia que estaba cuando emprendiste la marcha. Pero has de querer jugar a eso, aunque vayas a salir derrotado, porque cuanto antes asumas lo infructuoso de tu lucha, cuando antes aceptes que nada tiene sentido y que nada realmente importa demasiado, antes podrás ponerte a caminar. Porque lo importante acaba siendo, no es el encontrar, sino el buscar; vivir buscando constantemente, tirar los dados siempre, una y otra vez, hasta el último aliento.

Porque todo es absurdo, sí, terriblemente, si te pones a buscar significados allá afuera. Más vale que tengas sentido del humor y seas capaz de reírte de todo y de todos, pasarte el absurdo por el forro de los cojones, porque de lo contrario caerás en la cuenta de que en el fondo de todas las cosas siempre habita el Horror… Hay quien no lo soporta…

Así que mejor buscar el sentido en uno mismo, sentirse Dios uno mismo, mientras sea capaz de vivir y amar, de luchar, de buscar, de seguir tirando los dados una y otra vez. Quizá seamos dioses menores, sólo quizá, porque no somos tan altos ni vamos siempre con los brazos abiertos, todo bondad. Podemos ser la mar de cabroncetes, sí, de modo que tal vez nos sobra la mayúscula, esa terrible "D". Pero hay otras cosas... Puede Dios amar, quiero decir AMAR, a él o a ella, amar arrebatadamente, la única forma de amar verdadera... Puede acaso matar, u odiar, o incluso hacer el amor hasta el éxtasis supremo… más aún, puede Dios echar un buen polvo, un polvazo, y después fumarse un pitillo y quedarse tan ancho… Creo que no. Seguro que tampoco se ríe demasiado, con lo bueno que es echarse unas buenas risas. ¿Y escribir? Puede escribir poemas, cuentos, novelas, canciones, insufribles peroratas como la que yo tecleo ahora mismo… Tampoco. Fijo que no. ¿Y morir…? Puedes tú morir, Dios… Sabes acaso qué es vivir en la angustia y la magia de la muerte… Me parece que para ser tan alto, tan ubicuo y todopoderoso, tampoco sabes demasiadas cosas…

En fin, que yo también tengo mis poderes, aquí, todo mortal y finito como soy, sobre todo el de la duda, que es el más divertido de todos, mi más preciada libertad. Preguntarme el PORQUÉ de todo en todo momento, y a partir de ahí, elucubrar… Nada ni nadie puede contra mi duda. La gente no duda, no se pregunta el porqué de las cosas. Viven dormidos y, la verdad, no lo entiendo… Con lo hermoso que es derribarlo todo con ella, hasta los cimientos; demostrar que no hay nada inamovible, inmutable, que todo se puede cambiar, y asumir por extensión que, todo, absolutamente TODO, es posible en algún lugar…

© JIP

IV-uno

Paradójico
Imposible
Deletéreo e Hipostático
Tal que agua de invierno hirviente en un ártico
Todas tus noches YO
En el tuyo
TU regazo

© JIP

diciembre, catorce, cero-cuatro

Pelándome de frío, la estufa no chuta, aquí de nuevo, y no hay mucho más. Todo está dormido. Eso sí, me duele el culo, bastante, sobre todo cuando me siento... lógico. Ayer me clavé un freno de mano en el culo al bajar de una furgoneta, en la nalga izquierda para ser más exacto, y todo porque a un ingeniero de los cojones se le ocurrió poner el freno de mano ahí, a la izquierda, en lugar de a la derecha como a cualquier hijo de vecino. Todo está dormido, sí, pero me duele el culo, por el ingeniero de los cojones y por mí, que vivo despistado. Es triste, sí, pero por el momento no hay mucho más.

Así que mejor me vuelvo al pensamiento de ayer, lo del cáncer de Dios y todo ese rollo. Bretona dice, "Dios también es cáncer... ¿Cómo erradicar el cáncer del cáncer?" Si eso fuese verdad no haría falta erradicar nada, todos estaríamos en el mismo bando, la misma orilla, y luego vendría todo eso de las perdices, pero no es así, él sabe cosas y nosotros no, y eso marca; distancias insalvables. Sabe cosas, sí, muchas, pero puede que no todas, porque quizá no es Dios, sino solamente dios, no sé si me explico, porque muchas veces se lo ha imaginado jugando a los dados con nosotros, en plan tahúr, o haciéndonos las una y mil perrerías, en plan demiurgo cabrón, con cuernos y todo, o simplemente allá arriba, observando, mirando la película de nuestro drama, comiendo palomitas, pasando de todo y de todos... ¡Angelito! Eso está muy bien, sin duda, es divertido. Pero por qué no pintarlo de otra forma, en plan, me pica algo y no me puedo rascar o me duele el culo y no se por qué narices... Quiero decir que Dios podría estar ahí, donde sea, y de repente sentir ganas de ir al lavabo, y entonces se levantaría del sillón con esfuerzo, todo pesado y gordo, entrado en carnes de constelación y polvo cósmico, e iría a mear. Y una vez allí, descargando la vejiga, le sobrevendría un pinchazo terrible en la próstata o algún insoportable y súbito dolor por el estilo; en ese momento acabamos de hacer explotar una bomba atómica, o algún perturbado ha asesinado a alguien, o el odio y la rabia de un niño ha provocado un huracán en las Filipinas. Dios no lo sabe todo, no nos sabe, en realidad nos contiene pero no nos conoce, cree que lo tiene todo en orden, todo en regla, pero algo maligno crece en él... el hombre. En fin, el tío acaba de mear y se retrepa de nuevo en el sillón, tal vez hace zapping interestelar, y no le da importancia a la cosa. Es un descuidado, no mira por su salud divina, o simplemente es subnormal, y no es capaz de racionalizar sus dolores, advertir su enfermedad... Sí, eso, ¿¡Por qué no puede ser Dios subnormal?! Eso me parecería incluso más lógico que lo de los dados o las perrerías. El pobre no llega y por eso nosotros podremos prosperar contumaces. Si estuviese en condiciones haría tiempo que nos habría borrado del mapa, pero no, seguimos aquí, su enfermedad, crecemos, y él ni siquiera se da cuenta, porque es tonto, o porque no es hipocondríaco, tanto da. Su absurdo explica el nuestro, lo posibilita. Todo encuentra su sitio aunque sea en el sinsentido.

Por suerte para él ni siquiera como tumor somos gran cosa, puede que no seamos malignos; simplemente hiperplasia benigna de próstata. Para ser tan condenadamente hijos de perra no se nos da demasiado bien la metástasis. Apenas hemos llevado la vesania más allá de la luna, así que mejor no temer nada. Quizá sólo somos un quiste de grasa en su inflada entrepierna, escondido en sus pliegues de carne cósmica, apenas suponemos una molestia; ni un simple prurito.

Puede que algún día este buen dios decida pasarse por su médico de cabecera, hacerse un reconocimiento, unas radiografías, o lo lleven de la mano sus sufridos padres, preocupados porque pone una cara rara cada vez que mea, y al fin se haga algo al respecto, le receten unos antibióticos y le apliquen bisturí, y entonces un meteorito gigante nos aniquilará o una lluvia de radiación nos freirá y nos mandará por fin a todos a tomar por saco.

© JIP

diciembre, trece, cero-cuatro

Idea Recurrente: La humanidad como cáncer de Dios, tumor de lo Creado, gangrena de lo Omnímodo... ¿A qué espera la Ubicuidad para someterse a quimioterapia?

© JIP

diciembre, dieciocho, cero-cuatro

Diez de la mañana, en la estación, esperando un tren. Faltan quince minutos aún, así que me da tiempo. No he desayunado, algo en el estómago no estaría de más. Antes en las estaciones había cafeterías y había quioscos, ahora sólo hay franquicias. Por todas partes. "Un café con leche". Me atiende un tío, rondando los cuarenta, ningún chaval. "Sí, ¿con un cruasán?" No. "¿Con una caña tal vez?" No. "Sólo el café con leche, gracias". Aquello es como un Pan's, o como un Bocata, o como un Macdonals, tanto da, porque todos son iguales; tentenpiés para rebaños...

Quiero decir que tu mañana empieza bien, estás en la estación, vas a ver a tu amor, y decides tomarte un café mientras esperas que llegue, pero siempre tiene que haber alguien que se encargue de repatearte los higadillos. No es tan difícil. Un café, con leche, nada más. Si aquello fuese una cafetería como dios manda me habrían puesto el café y adiós muy buenas. Pero no, tienen sus grandes carteles, con todos sus productos, del primero al último, todo detallado, también con todos sus precios, siempre abusivos... y grandes fotos mentirosas, grandes ofertas mentirosas, la felicidad de tu estómago en mentiras multicolores... y también, cómo no, tienen sus dos empleados uniformizados de payaso, intentando colarte un jodido donut a toda costa. Me pregunto cuántos primos caen al día en la trampa del donut, lo aceptan, dicen sí, de acuerdo, pónmelo, por no hacer el feo, por puta timidez, maldita cobardía. Miseria de mundo. Y ellos, los camareros, seguro que cobran una mierda y aun así lo hacen, te intentan vender la moto, metértela hasta el fondo en cada café. A ellos ni les va ni les viene ¿Acaso cobran comisión por cada bollo, cada cruasán? No lo creo. Pero sus jefes, sus encargados, son todos unos cabrones, como en casi todas partes, están podridos, sí, apestan. Yo no podría, vender así mi alma al diablo cada vez que tuviera que servir un maldito café. Pero claro, yo soy un asocial, y por eso trabajo con coches, máquinas insensibles, inórganicas, porque el mundo de los vivos y su gente me agotan.

Bueno, el café ya está, pero no me lo sirve el mismo de antes, lo hace una mujer, treintena, gastada, antes de tiempo, muy triste. "¿Su café... quiere alguna pasta?" Lo que yo digo, todo está podrido, hasta los cimientos, y no hay donde escapar. Le digo que no, que gracias, que sólo el café, ¡joder!, bueno, lo del joder no lo digo porque uno es asocial pero tiene educación, pero lo pienso, mecagüentodo, me habéis jodido la mañana, ya lo vuelvo a ver todo negro... así que cojo mi café con leche, sin cruasán, sin donut, sin alma...

Podría haber ido a una de esas mesas a tomármelo, sentarme allí, beberlo, y esperar. Ya cada vez faltaba menos. Pero no, me habían tocado las narices, repateado miserablemente. Así que me quedé allí, de pie, a un lado del mostrador, estorbando a los clientes por venir, consumiendo perezosamente mi café con leche sin donut y sin alma. En realidad quería ese desafío, lo necesitaba, ver si tenían huevos, cualquiera de los dos, de decirme que por qué no me iba a una mesa y dejaba ya de tocar las pelotas... o de ofrecerme por enésima vez una jodida pasta... Mi educación también tiene sus límites.

Pero no. Nadie dice nada. Me miran mal, eso sí, pero no dicen nada. Porque todo está dormido, y podrido, y jodido, cada día más... y a veces tienes la impresión de que todos los trenes tardan siempre demasiado en llegar...

© JIP