A ver, por donde empiezo
¡ah, sí!... por ejemplo, por el Castillo de Frankenstein, que ahora está en Transilvania porque sustituye al de Drácula -que ese ni siquiera nos dicen dónde narices está-. Ambos edificios parten de serie con las típicas y malsanas atmósferas goticoides; húmedos, nubosos, y oscuros, muy oscuros, para que no se noten demasiado los efectos especiales. Como Arquitecturas Imposibles no están mal del todo, aunque a mí me sigue gustando más el castillo de Coppola con su entrada patrocinada por Gas Natural.
Allí nos encontramos con el
Conde Drácula, que lleva coleta y pendiente -¿dónde se quedó el
piercing?- y todo el rato habla con acento ucraniano y se hace el chistoso, me parto de risa cada vez que hace acto de presencia; siempre me pasa con aquellos que intentan sobreactúar cuando ni tan siquiera son actores... También está
Frankenstein padre, o sea
Víctor, pero dura muy poco, se lo cargan a la primeras de cambio, entre otras cosas, porque tiene pinta de ser bastante tonto. Y no nos olvidemos de
Igor -¿o era
Aigor?- que es algo así como una vil mezcla del
John Merrick lynchiano y la
Máscara de
Bodgdanovich, y, todo sea dicho, da bastante grima verlo. La disputa entre estos viene por
Frankenstein hijo, o sea
La Criatura, que es a todas luces más listo -y feo- que su padre, quizá porque lleva un
condensador de fluzo verde en la calvorota. Todos se van corriendo al poco tiempo hacia el Molino, que está allí mismo, cerquita del Castillo, a
tres patás, seguidos por la turbamulta enfebrecida que en realidad lo único que quiere es chupar plano para hacer publicidad gratuita de su fábrica de antorchas transilvana. Al final todo se va al garete en una gran
supermegahiperextravitaminada explosión, un
BOUM! de la hostia vamos, que ni Hiroshima, y es que ya se sabe que la Absenta da más de sí que la mismísima dinamita. Mientras tanto, fuera de plano, el señor
James Whale que hace ya un tiempo que es fiambre, se revuelve en su tumba implorando que le dejen de una vez descansar en paz.
R.I.P, o lo que es lo mismo,
Requiescat In Pace, o lo que es lo mismo, la frase favorita de
Van Helsing, nuestro hombre, que esta vez ni es doctor en ciencias, ni detective de lo sobrenatural, ni
ná de ná... ni tan siquiera buen actor, que este
Hug Jackman no da para mucho; acaso para alzar todo el rato la ceja en plan
"¿Lo dices en serio?" o fruncir muy mucho el ceño, totalmente iracundo, en plan
"¡Ahora sí que me has cabreado, tío!". El tío va por la vida en plan muy
dark porque el misterio y el terror lo acompañan allá donde va, con altas botazas negras, su negro abrigo
matrixero, y su sombrero de ala ancha, por supuesto también negro; termina por parecerse bastante al
Solomon Kane de
Robert E. Howard, pero me cuesta horrores pensar que hayan podido ser tan audaces... Lejos quedan en cualquier caso -¿por fortuna?- el
Peter Cushing de
Terence Ficher, el
Carnacki de
Hope Hogdson, o el
John Silence de
Algernon Blackwood... ¡Qué más quisiéramos!...
En fin, por dónde iba, no nos diluyamos... ¡Ah, sí!... por el fulano este,
Van Helsing, que no es gran cosa. Por no saber no sabe ni quién es -¡pobre!-, lo cual le produce un grave trauma emocional, y por eso se dedica a asesinar monstruos y fantasmas para el
Vaticano que, atención, no sólo reúne en su seno todas las religiones del orbe -¡gallifante para el guionista por tan brillante hallazgo argumental!-, sino que además es como una especie de
MI-5 jamesbondiano, sólo que más cutre y estúpido.
A
Van Helsing nos lo encontramos por primera vez en París, en vías de cargarse a
Mr. Hyde -a la sazón, también bastante tonto- quien, por aquello de acumular refencias de forma vergonzosamente gratuita, hace también las veces de
Cuasimodo. Entre los dos casi echan abajo una
Nôtre Damme infográfica que no acaba de dar el pego, porque al
dire, al
Sommers este, le pone cantidad derribar muros y romper vidrieras... y si no al tiempo...
Tras este suculento aperitivo difícilmente calificable,
Sommers traslada la acción a Transilvania de nuevo bajo una premisa argumental sobre la que es mejor correr un
estupido velo, que es poco más o menos lo que debería hacerse con el resto de la película. Resumiento, la cosa quedaría tal que así;
Drácula lleva ya unos años echando casquetes ultraterrenos con sus tres novias, tres, pero la cosa no acaba de despegar, algo falla, o él no da la talla o ellas son demasiado frías -lo cual no sería de extrañar, teniendo en cuenta que están muertas, y vista la mala leche que se gastan-. Así que después de tantos años de infructuoso fornicio lo único que el ínclito cuarteto ha conseguido es una cantidad indecente -e incontable- de asquerosas huevas sin vida -¿quién las pare?... ellas o él... es de vital importancia para el que esto escribe que resuelvan esta incógnita en la secuela, por favor...- Aquí es donde entra en juego
Frankenstein, la Criatura, que por lo visto debe ser muy
machote, ya que es el factor clave en la
electrificada ecuación que proporcionará vida a los
hijitos de Drácula.
Primero lo probó con un
Hombre-Lobo pero no resultó, no era un tipo lo suficientemente pelo en pecho, de modo que tras este fracaso
Frankenstein hijo era la única solución viable para
Drácula y su sed de paternidad -¿Probaste la Viagra, Conde?... dicen que revive hasta los miembros más muertos...
Y precisamente eso es lo que debe impedir que ocurra el trío bueno de protagonistas, a saber,
Van Helsing carapalo, su particular
Sancho Panza, un curilla cachondo y trotón que, como subterfugio cómico no funciona del todo mal, y la
Beckinsale, quien, a fuerza de meterse en
costrosuperproducciones como esta o las mismas
"Underworld" o
"Pearl Harbor" lleva camino de convertirse en la auténtica
"Shit Queen" del moderno cine basura de alto
stánding. ¿Has pensado en cambiar de agente,
Kate...?
Este trío calavera se las verá y se las deseará para salir indemne de los múltiples ataques a los que son sometidos a lo largo del -también demasiado largo- metraje, corriendo todo el rato de aquí para allá, llegando siempre en el momento justo y preciso, saltando alto, muy alto, más de lo sanamente verosímil, y encajando constantemente unas santas hostias que dejarían al resto de mortales hechos añicos en el suelo. Decididamente estos chicos están hechos de otra pasta... aunque me guardaré mucho decir de cuál
Así, tras soportar una demencial persecución de carruajes -¡¿qué era eso que volaba por encima del puente, la carroza de
Jack Skeleton?!- y un postrer homenaje/ultraje
ulcero-vesánico, esta vez a costa de
Polanski y su
Baile de los Vampiros, nos vamos acercando al final -¡aleluya!-. Resulta que nos encontramos en el castillo de
Drácula, que tiene dos torres -como la peli de
Jackson-, y en él, al Gran Vampiro, que está a punto de ver cumplidas sus aspiraciones; va a ser padre, ¡menos mal!, porque
Van Helsing se ha ido cargando sistemáticamente a sus novias con su
gadgetoballesta, La de las Mil Flechas, y si no consegue ahora su propósito entonces ya no le va a quedar al buen Conde con quién hacer cosas feas bajo las sábanas. A todo esto, sabemos más cosas de
Van Helsing, por ejemplo, que ahora también es el
Arcángel San Gabriel y que, en el pasado mató a
Drácula -el hombre, no el vampiro- para cortarle un dedo y llevarse su anillo -¡ladronceteee!-, también sabemos que puede convertirse en un
Hombre-Lobo mu grande, mu grande, y que cuando la luna llena se esconde y se
desconvierte, se parece sospechosamente al
Tarzán de la
Disney, con cara de pánfilo y taparrabos que tapa lo justo -o sea el rabo-, incluido. Ah, y por último sabemos también que se ha enamorado de la
Beckinsale -¡qué novedad!- así que ya tenemos servido el drama... Por si les quedaba alguna duda, un
Hombre-Lobo es -casualidades de la vida- la única criatura capaz de matar al Vampiro... ni ajos, ni estacas, ni crucifijos, ni leches... ¡Esto sí que es originalidad y lo demás son tonterías!
Pero antes de de que la cosa acabe con el típico e hipermusculado duelo final entre las dos bestias, del cual ya podemos intuir la conclusión, debemos torturar nuestras pupilas y nuestras mentes un poquito más; quedan aún por presenciar muchos mamporros, y muchos rayos y muchas centellas, por aquí y por allá, así como insoportables diálogos de relleno, a cuál más vomitivo e infecto
Ah, y no nos pasemos por alto la muerte de
Igor que
fiuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu, como el
Coyote, se va por el barranquillo -¡malo, malo!- para no volver jamás, así como la sucesiva e irritante incineración de
duerguis. Para los no iniciados cabe reseñar aquí que un
duergui o
kuergui o
muermi o como demonios se escriba eso, es un sirviente enanoide de
Drácula que, en la escala evolutiva, supone un desafortunado eslabón perdido entre los enanos cabrones de
"Phantasma" de
Don Coscarelli y los
moradores de las arenas de
Lucas. El hecho de que estos sirvientes se muestren tan sumamente patosos e inútiles en el cumplimiento de sus quehaceres diarios no dice mucho acerca del criterio del buen conde a la hora de contratar al servicio.
Como era de esperar, en la hondonada de hostias final entre el licántropo y el vampiro, muere el malo -¡sorpresa!- y el sol vuelve a brillar y los pájaros a cantar y sin duda todos hubiesen sido muy felices y hubiesen comido muchas perdices si no hubiese sido porque el burro de
Van Helsing, en un arrebato de desenfrenada pasión, se tiró sobre su amada
Beckinsale con tanta furia que terminó matándola por aplastamiento en el diván justo cuando parecía que había opciones reales de consumar...
Mala suerte chaval, tendrás que seguir a base de manivela mientras buscas otro amor, aunque supongo que tu
fraile-inventor de gadgets siempre te podría fabricar una muñeca hinchable a vapor que te aliviase esos irrefrenables instintos caninos que tienes...
Lo cierto es que
"Van Helsing" no ofende demasiado si uno se la toma como lo que es, una soberana mierda. Era mucho peor a mi juicio su hermana y madre,
La Liga de los Hombres Extraordinarios, que se tomaba en serio a sí misma y a la historia que pretendía narrar lo justo como para hacerla definitivamente execrable. Yo propondría el nombre de
"Steamfuck" para este nuevo subgénero que ambos films inician y que, a buen seguro, vistos sus resultados en taquilla, no tardarán en traer a nuestras pantallas más bastarda descendencia, ya que al fin y al cabo lo que estas películas hacen no es otra cosa que
joder, una tras otra, todas las mitologías e iconografías fílmico-literarias del fantástico más añejo, para reírse, no con el espectador, sino
del espectador... ¡y con no poca saña!. Porque aunque el señor
Stephen Sommers intente despistar jugando las cartas de la autoparodia, el sincretismo posmoderno, y el sagaz homenaje mulirreferencial, sus imágenes acaban por ser poco más que un espectáculo bilioso y purulento, que tiene ya que ver mucho más con el videojuego que con el cine, y cuya máxima, también como pasa con el videojuego, no es otra que aquella que reza:
Insert Coin, Please...Todo esto sería más o menos perdonable si no se hubiesen gastado la pasta que se gastaron en ella o, si como dice
Pumares, no fuese tan condenadamente aburrida; pero es que el invento ha costado una pasta gansa y aburrida, aburrida lo es... y un rato largo... Así que mejor haríamos en revisitar
"Una Pandilla Alucinante" de
Fred Dekker, que era mucho más humilde, más sincera, y mucho, mucho más divertida... ¿O no?...
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