Blogia

tannhauser

LAS FELONÍAS DE ULISES

- ¡Oh, Verdad, tu destino me apena! Has muerto antes que yo.
Palamedes de Eubea en las playas de Troya, antes de ser ejecutado...

Palamedes de Eubea, el injustamente ajusticiado


Estás fueron las últimas palabras de Palamedes antes de ser ajusticiado por crímenes que no había cometido. Según Robert Graves las aventuras y desventuras que de Ulises se narran en la Odisea de Homero son consecuencia del castigo que los dioses infligieron al rey de Ítaca por sus felonías y conjuras durante el asedio de Troya. A decir verdad, si hemos de creer a Graves, alejándonos bastante por tanto de las caracterizaciones clásicas que la cultura nos ha ido mostrando, Ulises debió ser un tipo sagaz e inteligente, pero también un hábil intrigante y un terrible conspirador, también algo cobarde... un pedazo de cabrón, en suma, que tan malo era tenerlo de amigo como de enemigo. De entre todas sus malas artes durante la larga campaña de Troya la más vil y rastrera, así como la que más repercusión tendría a la postre, fue su traición a Palamedes de Eubea. Envidioso del talento y las brillantes invenciones e ideas del Príncipe de Eubea, Ulises terminó por quedar en ridículo por su culpa ante las huestes griegas, tras lo cual decidió vengarse, y a través de medidas y siniestras artimañas e intrigas terminó por demostrar que Palamedes se había dejado comprar por los troyanos traicionando así a los suyos. Todas sus acusaciones eran inciertas pero aún así Palamedes -y con él la Verdad- fue condenado a morir apedreado y Ulises, ufano, llevó a buen puerto se terrible mezquindad.

Palamedes simboliza la muerte injustificada por excelencia y sus últimas palabras han sido desde entonces reformuladas hasta la saciedad, explícita o implícitamente, día a día, y hasta hoy... y aún han de volver a serlo, cada día por venir, mientras existan hombres.

Ulises... se te cayó la nariz de puro mentiroso...

SEMILLAS DE TINIEBLA

<strong>SEMILLAS DE TINIEBLA</strong>

NOSFERATU, EINE SIMPHONIE DES GRAUENS, 1922
Friedrich Wilhelm Murnau

Cual río de de aguas negras que tiende natural a un estuario de sombras, se alza desde la negrura la garra muerta en pos del corazón atrapado, allá indefenso en la penumbra quieta; ahíto de maligno embrujo, ardiente de roja pulsión, terso de dulce caricia. Y los dedos engarfiados del no-vivo aprietan su aliento, devoran su sangre, negocian su alma en un desesperado intento por saciar un hambre preternatural e inagotable cuyas raíces arden en fuegos divinos. Y sus linfas rotas germinan de cieno las blancas entrañas, y sus tactos de hiena laceran las pieles níveas, y su beso de muerte marchita el sexo núbil. Y en el éxtasis él vive, una vez más. Y en el éxtasis ella muere de placer terrible. Y en la atemporal e imposible textura de unos blancos y unos negros, unos grises que jamás fueron y jamás pudieron dejar de ser, muerte y vida, sangre e infernal ascua fueron Uno y Todo y Desafío inabarcable de almas pecadoras... luz inmortal y maldita abismada en sueños...

© JIP

DIARIO DE MI HYDE (8)

Mi casa está infestada de libros. Libros nuevos, libros viejos, bonitos, feos, decididamente horribles, libros ajados y amarillentos que apenas se tienen en pie, de tapas astrosas, podridas, más antiguas que el más viejo de mis recuerdos. Dondequiera que miro, en cualquier habitación, ellos mandan. Más libros de los que podré leer jamás, pero aun así sigo comprándolos, acumulando vacías esperanzas de inmortalidad. Otros fuman, se emborrachan, se envenenan las neuronas con pastillas y ácido y televisión basura. Yo compro libros. De vez en cuando también los leo.

Nuestro Quijote sí sabía dónde se cocía la buena locura...


En esa pesadilla irreal e hipertrófica que suelo llamar mi mundo ideal, habría Cafés Librería y Bares Librería, ojo, no cafés ni bares literarios. Es decir, locales con bebidas, camareros, barra, mesas, sillas, gente, café -mucho café-, y libros –muchos libros-… nada de sabihondos intelectualoides charlataneando sus mierdas escritas, sus mierdas leídas. Los libros no mienten; los hombres en cambio no paran de hacerlo. De modo que en mi mundo ideal de Tabernas y Tascas Librería podrías entrar en uno de esos antros, abierto hasta endiabladamente tarde, pedir un café descafeinado de máquina y mirar los estantes rebosantes de libros, escoger uno y empezar a leer mientras tomas tu café recién hecho, o tu cerveza, o tu agua sin gas, o lo que maldita sea que bebas en las noches de insomnio… y más tarde, cuando te marchases, todo te sabría a gloria y probablemente llevases a Cortázar en la cabeza o bajo el brazo, y la eternidad se sentiría mucho más cerca, sea eso lo que demonios sea… Para abstemios y anticafeiníticos existirían Librerías de Guardia abiertas las 24 horas…

¿Tal vez halláis visto esa deliciosa película, "Shadowlands"? Difícilmente… es cine del bueno y ya se sabe, da pereza pensar, dejarse acariciar el alma por buenas historias, mejor comer hamburguesas, doble con queso, el pepinillo me lo quitas por favor, y embozarse las arterias de escoria y palomitas, mientras ¡zam!, ¡bum!, ¡crash!, ¡uauuhhh, viste la textura de ese zombi verde…!, el cerebro se te licua en tintura de ensueños infográficos… En fin, tanto da, porque todo viene a cuenta de una de sus frases: “Leémos para saber que no estamos solos” Es bonita, fluye, una suave lapidaria con la que coronar tu requiescat por venir, y a la que no le falta razón, porque en efecto leo para saber que no estoy solo y cada página que leo me confirma lo solo que estoy, lo poco que hay ahí afuera que valga la pena, aparte de las páginas que paso… la pescadilla que se devora la cola, los huevos, las entrañas, hasta morir… somos poco más que eso… trágicos ouróboros de cíclicos sinsentidos...

Pero yo hablaba de libros, qué demonios… Deberían crear Librófilos Anónimos, eso estaría bien… aunque yo jamás iría. Los habría no obstante que quizá sí querrían curarse esa enfermedad, tan mal visto está hoy día ese vicio asqueroso de la lectura, mucho mejor, ¡dónde va a parar!, dejarse el sueldo en el bingo, el fútbol, las tragaperras, unas putillas de fin de semana, o el apartamento entero maqueado al IKEA style...

V-8 Interceptor... el último grito en ataúdes motorizados... ¡Cómprelo ahora y llévese un perro vagabundo de regalo...!


Allá cada cuál con sus locuras, porque si no me gastase los cuartos en libros probablemente me los gastaría en uno de esos coches pequeños, potentes, auténticas tumbas volantes, con alerones y spoilers y luces de neón, "tuneao" que lo llaman, y probablemente también iría a todas partes con deportivas blancas de marca y sunglasses ultrafashion, y escucharía música tecnomaquinera, ¡chunta! ¡chunta! ¡chunta! a todo trapo, y en el interior de mi cabeza sólo silbaría el aire, y probablemente también me habría encastado ya con mi carro Mad Max V-8 Interceptor en cualquier árbol, cuneta o rotonda, segando de paso la vida de algún pobre desgraciado que había cogido el coche para comprar pipas. Me irían recogiendo en pedazos de entre el amasijo de hierros como el que monta un puzzle, y entonces un "Mosso" pijete o un “guardia siví” trotón, según latitudes, haría latrocinio de mis sunglasses hiperfashion que, irónica, paradójicamente, habrían sido lo único que sobreviviera intacto al siniestro. Seguramente no tardaría en dejarse caer por allí un tío, montado en un volskwagen gris descascarillado, tan enfermo y friki como yo, mi William Wilson espiritual, que contemplando mi muerte exclamaría: ¡Ey, ese choque es realmente ballardiano!...

El Teatro de la Muerte Cotidiana según Cronenberg


Menos mal que existen los libros, que te tapian por dentro la mente impidiendo que se cuele el viento aullador…

© JIP

FULGIRES DE DESEO

Magdalena Penitente


Magdalena Penitente, primera mitad del s. XVII
Atribuido a Trophime Bigot

Torrente de llama rielante en volutas de arrebato, cascada de fuego en sedosos cabellos declarada, perdida, abismada, caída doliente al blancor de unas caderas de miel y azucena, todo el ardor de esa luz que te trae de la sombra a mi sed de pecado es incendio mortal en mis bajos instintos, grutescos, subterráneos. Y en esos tiernos ojos no veo más que infierno desatado. Y en esos delicados dedos más y más promesas de mimos soterrados. Y en esa frágil vaina de piel nevada que te pinta de dulzura ensabanada todo desata en mis adentros los férvidos gritos de una pulsión obscena, salvaje, brutal, indomeñada. Y esos huesos muertos de calavera que abrazas a tu regazo, tal que si acunases una vieja muñeca tullida y contrahecha, no son sino mis torvas carnes; negras, podridas, ardidas para siempre en el cielo inconcebible de tus labios aferrados a mi alma.

© JIP

VERSO TRAICIONADO

¿Qué fuerzas rigen las leyes de la creación? ¿Qué tipo de química hierve en los sentimientos de alguien que ama, o cree que ama, capaz de conducirlo a las más grandes locuras, también a las mayores tonterías? ¿Qué queda después de la decepción, del desengaño, que pueda ser digno de recuerdo? ¿Pueden acaso unos versos traicionados llegar a significar alguna cosa cuando ya de aquello que los impulsó no queda sino desidia y rencor? Quién sabe... quizá los poemas posean tanta fuerza como las personas que los crean, como las que los matan, y por lo tanto, también como aquéllas, están destinados a vivir, persistir, seguir significando mucho más allá del ya destruido aliento que los trajo al mundo... O tal vez no... tal vez no son sino palabras vacías, sentimientos asesinados, imágenes sin sentido que no merecen otro destino que las llamas...

VERSO TRAICIONADO


Tal es el tamaño de tu vacío,
de este no estar tú que me dejas,
cual roto recuerdo de fulgor ambarino,
que siento en mi pecho todo un mar que deshiela,
rezumante de agujas, escarchados cuchillos,
caricias de sal que de mi piel hacen quiebra.

Tal el ardor en tus labios mecido,
vesubial en el roce, infernal en su abrazo,
dulce prisión de barrotes lúbricos, muros carnales,
en los que encerrarme entero, para siempre,
mortal y enroscado a la deslizante condena que tu boca
[encierra,
allí donde nacen y mueren tus más tiernos suspiros.

Tal el tremor de tu rojo latido,
cuando me añoras, me amas, me extrañas.
recreándome amante en tus sueños de lava;
el cuello mordido y sangrante en mis ávidos labios,
el negro cabello, ondulante y líquido, de tu frente huido…
que tengo el sentir detenido, congelado en el nevar de tus
[entrañas.

Tal la luz que arde en tu nombre,
que el alma me pierdes en tintura de hechizos,
y cual vida nueva que nace en tinieblas,
que empuja doliente ansiando el primer albur,
busco en tus ojos ese suave brillar del deseo…
encuentro en tus brazos ese frágil rielar de lo eterno…

© JIP

DIARIO DE MI HYDE (7)

Dolor de cabeza. Creo que sé un par de cosas sobre el dolor de cabeza, y una de ellas es que cuando el muy cabrón se empeña en ganarte la partida hay realmente pocas cosas que puedas hacer, literalmente hablando. Es tan brutal y demoledor el dolor que se te adhiere ahí arriba que tienes la viva impresión de que el cerebro entero se te está desintegrando, que después de algo así será imposible volver a pensar, a razonar, que por fuerza has de acabar subnormal para siempre tan grande es el número de neuronas que deben estar quedándose en el camino. Pero no. Cuando el dolor desaparece vuelvo a ser yo, el de siempre, ni mejor ni peor, o al menos no peor de lo que ya era antes del dolor... tan Hyde como me es posible...

Es como si el apocalipsis se cerniese sobre las circunvoluciones, licuándolas, algo que de ordinario no sólo no me parecería mal en absoluto, sino que colmaría temporalmente la sed de mis más sádicas pulsiones, todo ello, claro está, si es que estuviesemos hablando de las circunvoluciones y el cerebro de cualquier otro diferente de ...

Sentado en el coche, la mirada perdida en el dolor, considerando seriamente los pros y contras de un choque frontal como medida analgésica radical y definitiva, un enorme gato blanco y velludo decide hacerme objeto de un privado pase de modelos. Primero se acerca lentamente, ufano, devolviéndome la mirada con altivez, luego gira sobre sí y vuelve a pasearse, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, trazando pequeñas diagonales que se acercan poco a poco a mi puerta abierta. Sigue observándome atento, es como si supiese que podría subirse a mi cara, arrancarme los ojos, destrozarme a zarpazos la cara, y yo ni tan siquiera sería capaz de alzar un brazo en mi defensa; soy una presa fácil, lo sabe... y sabe que sé que lo sabe... Sería algo rápido y anónimo, doloroso, pero fugaz, una pequeña venganza de la naturaleza contra el reino de los hombres a un coste realmente risible, apenas mi pellejo... Pero no ocurre nada, ni siquiera llega a acercarse lo suficiente como para sentir cierta aprensión, se limita a pararse frente a mí y lamerse durante unos minutos, slurp por aquí, slurp por allí... Nada más, le aburro, soy patético, así que acaba marchándose en busca de unos ojos más interesantes que arrancar, y yo me quedo allí, a solas con el dolor de cabeza, meditando si aquel muro a 100 km/h podría ser dosis suficiente.

Bukowski escribió que sería bueno poder ser gato, porque duermen 20 de cada 24 horas y se pasan el día lamiéndose el culo. Decididamente, si los hombres fuesen capaces de lamerse el culo la humanidad jamás habría superado su fase anal… conscientemente. Pero no pueden… no se llegan, así que tal vez eso explique que, por lo común, los hombres miren el culo de las mujeres y viceversa. En este sentido, pienso, resulta todo un enigma que la civilización no haya aspirado al pancontorsionismo.

Si fuese gato podría lamerme la cabeza, tal vez así se atenuaría el dolor, seguro que a los gatos no les duele nunca la cabeza y por eso van siempre por el mundo desafiando con la mirada, como si supiesen cosas que todos los demás ignoramos, como si fuesen dioses que matan el tiempo paseando entre los hombres, riendo secretamente sus dolores y miserias...

© JIP

¿EL ÚLTIMO HOMBRE VIVO?

- ¡Sal, Neville!

Es Ben Cortman, su antiguo amigo y compañero, que, como cada noche, viene a buscarlo, lo llama, lo invita a salir de su fortaleza y unirse al ejército de la noche. Pero Neville no piensa salir. Él es el último hombre vivo en la Tierra. La humanidad sucumbió al vampirismo y con ella se fueron su mujer e hija, todo lo que tenía y amaba. Está solo, confundido, pero le mueve aún el instinto de supervivencia.

Cortman y sus acólitos... desafiando a la cena...


- ¡Sal, Neville!

Un grito en la noche, estentóreo, terrible, repetido luna tras luna por la misma boca ávida de sangre, desafiando los oídos del superviviente desde el exterior, y acompañado de los gritos, los susurros, las insinuaciones lascivas de vampiras de ultratumba, penetrando directamente su sexualidad sedienta, su dolido recuerdo. No se me ocurre mejor cimiento sobre el que construir una de las películas más geniales del moderno cine de terror que este grito amenazador. Otros nombres lo intentaron antes; Sidney Salkow en “The Last Man on Earth”, Boris Segal en "The Omega Man", George A. Romero en todas y cada una de sus pesadillas de zombis, pero ninguno supo aprovechar al máximo los resortes propios del medio fílmico para vehicular la angustia y el horror esenciales que destila una historia como la de Matheson, que transmite con fuerza sentimientos como la incombatible soledad, el miedo atávico, la lenta desesperación, la locura insoslayable…

Schwarzenegger, el Neville que por suerte nunca tuvimos...


- ¡Sal, Neville!

Matheson planteó la reconstrucción de la tradición vampírica alejándose de la parodia fácil, afrontando todo un tour de force narrativo, la última vuelta de tuerca que fuese capaz de enfrentar la figura del vampiro cara a cara con la luz de la ciencia y la ciencia ficción. A lo largo del relato todos los iconos clásicos de la mitología fueron paulatinamente encajados en el marco de una perspectiva de la leyenda, no como maldición, sino como enfermedad, como virus, y finalmente como nueva forma de vida, merced a patrones racionales y científicos. El no-muerto hallaba al fin una explicación en el plano físico y el psicológico apartándose de todo origen sobrenatural o supersticioso, aunque no por ello era desposeído de la sensación de pavor y angustia que desde antiguo produjo su sola mención. Matheson había conseguido transmutar el Mito por excelencia haciéndole abandonar el arcón del terror gótico para introducirlo en los anales de la moderna ciencia ficción, pero sin sustraerle ni un ápice de su esencial carga de horror.

Con Soy Leyenda el terror conseguía sobrevivir al hachazo de la ciencia


- ¡Sal, Neville!

Ese grito es el símbolo de aquella pesadilla terrorífica que en nuestra infancia, noche tras noche, viene a nuestro encuentro en el sueño, como ese dolor agudo y terrible que de tanto en tanto te recuerda la silente enfermedad que, segundo a segundo, va minándote por dentro. Ben Cortman no es sino el heraldo de un grito que es la alegoría misma de la muerte a la que nadie, ni siquiera el último hombre no-muerto, puede escapar, y por eso recorre nuestro oído, nuestra mente y nuestro cuerpo, como un relampagueo de oscuridad mortal.

Un miedo irracional, una pesadilla atávica


- ¡Sal, Neville!

"Soy Leyenda" replantea la eterna y maniquea lucha entre el Bien y el Mal como un enfrentamiento entre la Norma y la Excepción, el Canon y lo Insólito, y cabe decir que ninguno de los dos bandos sale bien parado, quizá porque Matheson prefiere hacer protagonista a la Vida, sin más, cualesquiera sean sus manifestaciones –hombres vivos, hombres no-muertos-, y por eso se sirve del Vampiro, el Mito de la vida Eterna en la Tinieblas, para decirnos que lo eterno es siempre la Vida, el aliento y la lucha, y no sus carnes, blancas o negras, nunca sus cambiantes formas… Porque es la Vida la que prima, la que siempre sale a flote, sea como sea, antes con la Humanidad, ahora con el Vampirismo, mañana quién sabe…

Los Vampiros del Carpenter eran mu divertidos y trotones... y sus cazadores también...


Por eso,

- ¡Sal, Neville!...

...que al fin y al cabo eres tú el vampiro, el muerto, el anatema, el pasado a enterrar... Sal ya, conviértete en leyenda, deja que esta nueva vida de nocturnos predadores, salvaje y vil, siga su curso…

© JIP

¡Sluuurrrp...!

PATHS OF GLORY

Era lógico que el espíritu crítico de Stanley Kubrick se dejase hechizar por la pintura de C. R. W. Nevinson para bautizar su, hoy clásica, denuncia antibelicista, "Senderos de Gloria". Nevinson fue conductor de ambulancia para la Cruz Roja durante la Primera Guerra Mundial, siendo nombrado artista de guerra oficial en 1917. Precisamente ese año pinta su famoso "Paths of Glory". Las autoridades británicas prohibieron la exposición de esta pintura en 1918 alegando que mostrar soldados británicos muertos en el campo de batalla era desmoralizador para la tropa. Nevinson reaccionó airadamente cubriéndola con papel marrón y escribiendo sobre éste la palabra "Censurado", mientras miles de hombres seguían cayendo sin vida al lodazal.

El título del lienzo proviene de la ironía que el pintor quiso hacer caer a partir de un verso de Thomas Gray: "Los caminos de la gloria sólo llevan a la muerte"... La tierra de medio mundo está sembrada de sangre anónima y glorias muertas que trajeados sin alma que siempre mueren de viejos, desde sus despachos y su desvergüenza, tan lejos del campo de batalla, han decidido mostrar o silenciar a su bastarda conveniencia.

Paths of Glory de C. R. W. Nevinson, 1917<br>

LAS HORAS DE NUESTRAS VIDAS

"Porque quería ser escritor, sólo eso; escribir acerca de todo. De todo lo que pasa en un momento... el aspecto de las flores mientras las llevabas entre tus brazos; de esta toalla, de su olor, de su textura; de nuestro sentimientos, los tuyos, los míos... la historia que hay detrás de lo que habíamos sido... de todo lo que existe... de este mundo tan enrevesado, tan enrevesado y confuso... Y fracasé... Fracasé. Empieces como empieces acabas siendo menos de lo que esperabas"

Richard Brown (Ed Harris)
en Las Horas

Ed Harris como Richard Brown en Las Horas


Toda página en blanco supone un desafío inabarcable igual que toda vida por vivir una batalla perdida de antemano. Como dioses y dueños de nuestras ficciones y nuestros destinos, todos nuestros intentos por crear una buena historia, una vida buena, se ven constantemente frustrados, quizá porque no puede ser de otra manera, porque tal es nuestra condición, quizá porque confundimos deseos con esperanzas y todo resultado, en consecuencia, nos sabe a poco. Temprano o tarde siempre se acaba perdiendo, fracasando, sumergiéndose uno en las oscuras aguas del olvido, el odio, la muerte, sin tener en cuenta que el sentido de todo se halla tal vez en esas pequeñas victorias que día a día ganamos al tiempo, hechas de amor, sexo, arte, miradas, apasionado júbilo, y que, con suerte, podremos recordar felices como nuestro auténticos logros, nuestras verdaderas horas, únicas, intransferibles, cuando sintamos ceñir las tinieblas.

Las Horas de Stephen Daldry

DIARIO DE MI HYDE (9)

Y ahí está el tipo, tranquilo, impasible, como si la cosa no fuese con él, como una enorme cucaracha que se atreve a cruzar un paso de peatones a plena luz del día, mientras el personal lo observa estupefacto.

Seguramente hay infinitud de cosas en el mundo peores que un friki de Matrix, pero ahora mismo no se me ocurre ninguna. Quizá se deba a que no tengo un virus en forma de negro calamar a transistores royéndome el cerebro. Quizá es que no me gustan las cucarachas.

Mis amigos los posturitas...


En cierto modo el friki de Matrix es consecuente con el objeto de su enfermiza admiración, porque es como si la mente entera se le hubiese cortocircuitado, precipitado a un bucle sin fin, y sólo fuese ya capaz de funcionar en términos binarios; códigos de barras verdes cayendo de arriba abajo desde sus retinas en infinita permutación. Cualquier cosa semejante al juicio crítico, el sentido estético, una mínima capacidad de discernimiento, parece habérsele borrado del disco duro por completo. Quién sabe… quizá hasta se autoformateó él mismo. Sólo así se explica que sean capaces de tragarse una y otra vez todo el cúmulo de basura e idiocia que Matrix representa, sin pestañear, hipnotizados, como Malcom McDowell en sus pases privados de sexo y ultraviolencia, pero sin la novena de Beethoven ni las naúseas ni nada por el estilo... si acaso unos dulces caramelitos en forma de píldora roja. No importa la cantidad de sandeces, incongruencias, patadas a los huevos de la lógica, les echen encima porque, cual piara de cerdos, ellos arrasan con todo… siguen mirando embrujados, con ese rostro indescriptible, a medio camino entre la alucinación lobotímica y la experiencia extática, pidiendo más, más… más bazofia por favor…

Existe una florida variedad de frikis de Matrix, a cual más pintoresca.

Está aquel para el que lo único a tener en cuenta son la acumulación y la grandilocuencia de los efectos visuales, el matrixero infográfico que se dice. Términos como guión, trama, ritmo, verosimilitud, profundidad de personajes, le son, no sólo ajenos, sino totalmente prescindibles. Lo suyo son las maquetitas, los rayos láser, las texturas imposibles y tipos disfrazados luchando contra la nada, haciendo el estúpido ante lindas pantallas azules. Suelen tener sus estanterías repletas de atracos a mano armada en forma de muñecos plásticos, y del techo de su habitación cuelga una perfecta reproducción a escala 1/35 de la Nebicaneser, la purria esa que se desliza entre la escoria y que, bien mirado, no parece otra cosa que un mejillón gigante recubierto de neumáticos radiactivos…

Imprescindible en sus hogares... los héroes de la Nueva Era en acción...


También está el típico discípulo frustrado de Bruce Lee, el matrixero karateka. Se compra todas las revistas de artes marciales del mercado y se sabe de cabo a rabo "Operación Dragón". Sus deidades fílmicas son, amén del malogrado Lee, el incombustible Jackie Chan, el inefable John Woo y toda la troupe de Son Goku y Vegetta. Le pone cantidad eso de ver cómo el Reeves y el Weaving se atizan a base de bien, y cada vez que uno de los dos destroza un edificio al caerse encima recuerda nostálgico toda una infancia invertida en tebeos Marvel. Muchos de ellos son reconocibles a simple vista por sus extraños gestos y poses; algunos se mueven a pequeños saltitos mientras se pasan constantemente el pulgar por la nariz, como si la tuviesen infestada de chinches en lugar de mocos; otros se plantan de repente arqueando forzadamente las piernas, extendiendo un brazo y pasando el otro tras la nuca, para, acto seguido, desafiar al respetable con un rápido vaivén de dedos, como un Neo borracho buscando camorra; otros tantos los hay que van con los puños cruzados tras la espalda, en la posición más endiabladamente incómoda del universo, sacando pecho, metiendo panza, pidiendo a gritos una patada en la entrepierna… Algunos de estos acaban tarde o temprano en urgencias, los hombros dislocados de tanto pavonearse por ahí en plan Morfeo, mientras su factura de hospital y su gilipollez congénita la pagamos todos...

You Talkin to me?!


Está también, cómo no, el matrixero informático. Para él la saga entera es la metáfora de la existencia, el largamente buscado sentido del Universo, y los sesudos diálogos de sus protagonistas son los crípticos versículos de la NeoBiblia, las sagradas escrituras del NeoMundo -no sé si captan el fino y sutil juego de palabras-. Puede llegar a pasarse horas y horas chateando con tantos otros infomatrixeros como él, y sus nicks son siempre los rimbombantes y trascendentaloides nombres de los personajes de estas películas. A largo plazo esto lo acabarán pagando sus futuros vástagos, quienes maldecirán a sus padres por bautizarlos con semejantes nombres mientras asisten traumatizados a la siempre cruel burla de de sus compañeros de clase, que sin duda disfrutan más renombrándolos como Meo, Morpeo, Tontinity, Míope, o Tóner (de tinta biodegradable por favor)... Suele ser un tipo que cree poder convencerte de que la trama de los films es interpretable a partir de conceptos informáticos, todo él convencido, exultante, feliz, y te suelta un rollo tal que así: "Verás, es muy simple... Neo, Servidor A... Smith, Servidor B... el Arquitecto, Sistema Central…... y bla, bla, bla, hasta el hastío... y cuando acaba tú le dices, vale, Servidor A, Servidor B y todo lo que tú quieras chaval, ¡PERO LA PELÍCULA ES UNA MIERDA!... y entonces se calla, se aleja cabizbajo haciendo un mohín, murmurando por lo bajini no sé qué sobre venganza, Microsoft y el fin del mundo…

También los hay, y en gran número, que se pirran por las jugosas carnes femeninas embutidas en brillante cuero negro. La afición del matrixero salidete empezó a gestarse años atrás, en su tierna infancia, con la Pfeiffer de Catwoman, miaauuu, miauuuuu, sacando la lengua, levantando pasiones y otras cosas. Pero el colmo de sus fantasías lo llenan Carrie-Anne Moss de cuero negro y Monica Bellucci de cuero blanco y escotazo. Éstas, sus musas, decoran sus salvapantallas, sus paredes y sus carpetas estudiantiles, por no hablar de sus más líquidos sueños. A estos simpáticos oligofrénicos son a los únicos que en cierto modo podría llegar a entender.

Mónica Bellucci... lúbrio sueño de tantos...


Porque el peor de todos con diferencia es el matrixero esteta, ese que decidió hacer del cuero y del negro su nueva forma de vida. Gabardinas de ala ancha, botas altas, enjutos pantalones, camisas de lycra, y por supuesto gafas oscuras, ultramegafashion, las mejores, las más caras, a todas horas, en todas partes, y si son si patillas, de esas que se encastan en el puente nasal, mejor que mejor. Te los encuentras en cualquier sitio, en el supermercado, en la biblioteca, en el hospital acompañando a su amigo, aquel fulano que se dislocó los hombros haciéndose el Fishburne, incluso en las discos, allí que siempre está todo oscuro y atronador, donde nunca se distingue una leche, y ves que viene hacia ti cubata en mano y las gafas de sol todavía puestas, preguntándote si el muy zoquete será capaz de ver la zancadilla que estás poniendo en su camino…

Para qe luego digan que en el mundo tiene que haber de todo...


Tipos igualitos a este en definitiva, la cucaracha valiente, que cruza la calle disfrazado de Elegido venido a menos y entrado en kilos, pasando por completo de todas las miradas que lo acechan, lo penetran… sin duda pensando que todo a su alrededor son programas informáticos, códigos cifrados, unos y ceros con apariencia humana… sin duda esperando, siempre alerta, siempre a punto, siempre con la pose made in matrix en la cabeza… aguardando el momento oportuno en el que partirle la cara al primer ofinista entrajado al que se le ocurra –ay, pobre insensato-, pedirle la hora, por ejemplo…

© JIP"

LA LENGUA DEL PENSAMIENTO

"Ya la más mínima obra de arte, un boceto a lápiz de seis trazos o un poema de cuatro versos, ataca ciega e intrépida lo imposible, va por el Todo, ¡quiere encerrar el caos en la cáscara de nuez!"

Herman Hesse
Eigensinn

Hermann Hesse, el Lobo Estepáreo


Supongo que a cualquiera que se haya enfrentado a una página, un lienzo, una partitura en blanco, le ha ocurrido alguna vez. En su cabeza el relato, la pintura, la melodía o incluso la fotografía y la viñeta son siempre perfectas, simbiosis de su talento creador y las sombras multiformes de la imaginación. Por eso quizá la posterior traslación al mundo físico y material se le antoja tan sumamente difícil, y tantas veces decepcionante, seguramente porque nuestra mente tan compleja, rica en matices, caótica pero a la vez ordenada, es en sí un TODO inaprensible para el mundo físico, apenas traducible al materialista lenguaje de la realidad. Por eso también, quizá, cada obra de arte, pequeña o grande, que los hombres alumbran al mundo es, a la vez, un paradójico engendro; pálido reflejo de una magia, un brillo mental incognoscible, pero también el irrepetible y magnificente relampagueo en la tierra de la anónima divinidad de los hombres.

NADADORAS DE PASIÓN

Agua en Movimiento, de Gustav Klimt, 1898


AGUA EN MOVIMIENTO, 1898
GUSTAV KLIMT

Tela de río turbio bordada de ninfas que suben corriente arriba buscando su fuente, el torvo pescador mira. Oleajes lascivos de blanco pecho, rojo bello, turgente anhelo de carne y deseo, el gris marinero acecha. Níveas pieles en tensión que el agua lleva, hipnóticas miradas de azul fuego heridas que el agua trae, firmes muslos de lujuria y miel que el agua arrastra, el sediento argonauta admira. Bailar de náyades vivificadoras, arqueadas, anhelantes, sinuosas, tal que sargazos ígneos en un mar divino, como arder de delfines en un llamear de orgiástico azul abisal, el envidioso Creador observa, codicia, ansía, y las puntas de sus dedos tiemblan preguntándose si serán capaces algún día de volver a alumbrar toda aquella humedad palpitante, sensual, arrebatadora.

© JIP

EL TIEMPO DEL SUEÑO

Cuántos habían sido… ¿diez?… sí, diez años desde que se fue de casa, desde que abandonó esta pequeña ciudad que la vio nacer. Durante ese tiempo había vuelto de vez en cuando, claro, en Navidades, alguna Semana Santa, cuando murió la abuela… pero no se quedó nunca más de un par de días, tres a lo sumo cuando el entierro. Muy poco tiempo, lo justo para ver a la familia, sus padres, sus abuelos; besos, abrazos, carantoñas… comidas y cenas, todos reunidos de nuevo, o casi. Su hermano venía todavía menos y apenas llamaba. Convertirse en un hombre de provecho le había tenido siempre demasiado ocupado y la familia era algo que siempre iba bien, que funcionaba perfectamente sin él, hasta que un día, supongo, recibiese una llamada imprevista y todo se descolocase por un instante, y aun en tal caso, su mayor preocupación sería saber escoger el traje negro adecuado. La había visto, aquella foto, en su casa, hace unos años, encima de la chimenea, como un trofeo más, enmarcada en oro, todos juntos posando felices, ella y él, que ahora ni se hablaban, abrazados, y sus padres detrás, inmortalizados en su sonrisa. Aquella mentira ya era para él su única familia.

Pero no había por qué engañarse, ella no había sido una hija mucho mejor. Los recuerdos que guardaba de sus puntuales visitas eran tibios y pálidos, velados por el desinterés. En realidad lo único que quería hacer cada vez que volvía era dormir, horas y horas, en su habitación de toda la vida, aunque no quedase ya de ella más que una cama, cuatro paredes y diez años de vacío…

Diez años… Se preguntó si el tiempo corre más aprisa mientras estás durmiendo. Debía de ser así… sí, porque tenía la impresión de que todo había sucedido demasiado rápido y a sus espaldas, de que treinta y cuatro años la contemplaban ya y era incapaz de recordar en qué momento había empezado a dejar atrás sus ilusiones. Quizá había dormido durante demasiado tiempo.

Pero ahora estaba allí, en el puente, su puente, y tenía toda una semana por delante, siete días en los que recomponer olores y esencias, los retales amarilleados por el tiempo de toda una vida… Cuánto durarían aquellos siete días en tiempo de sueño… Prefería no pensarlo.

Muchas cosas habían cambiado, nuevos y altos edificios había crecido sobre las viejas casas, haciéndolas desaparecer, aquí y allá, en ambas orillas. Algunos de los más añejos caserones se arrimaban a ellos temerosos, rindiéndoles pleitesía con todo lo poco que podían dar de sí sus dos o tres plantas, como implorando tristones clemencia para sus cimientos. Pero su puente y su río seguían intactos, tal y como los abandonó… sí, porque abandonar era la palabra exacta, ahora lo sabía... No se hacía demasiadas ilusiones respecto a cuánto duraría aquello, pero al menos hoy podía apoyarse en las mismas piedras en las que tantas veces se sentó cuando niña, los pies colgando sobre el vacío, a contemplar el agua bajar. Intentó olvidarse de todo por unos segundos, dejar en blanco durante un tiempo sus pensamientos y disfrutar simplemente del placer de estar allí, sin preguntarse más nada.

Notó una fresca brisa deslizarse por su costado, cerró los ojos y ladeó la cabeza hacia ella para disfrutarla al máximo, como una afilada proa cortando salvaje el océano. El viento jugó con su cabello durante un rato y ella se dejó llevar. Luego la abandonó, sin duda ya aburrido, en busca de otros rostros y otras cabelleras con las que distraerse. Observó detenidamente aquel cielo plagado de nubosidad esponjosa, cómo el rastro de formas blancas seguía sinuosamente los suaves meandros del río, como si fuesen el reflejo del agua en el cielo, como si ambas fuesen la misma cosa. Recordaba el tiempo en que buscaba formas definidas en las nubes, era como ir de pesca al baúl de la imaginación, de allí podía salir cualquier cosa; dragones, castillos, cerdos, perros, gatos, coronas, manos enguantadas en blanco algodón… cualquier cosa. Pero ahora ya nunca conseguía ver nada en las nubes salvo las propias nubes, y de hecho se sentía incapaz de echarse la memoria a la espalda para intentar recordar la última vez que había pintado el cielo con sus pensamientos.

Pero las nubes seguían siendo las mismas, ¿no?... como el río, como el puente, como las cigüeñas que seguían también su curso como antaño. A ellas no les había importado que muchas casas se viniesen abajo, porque habían aprendido a anidar en los edificios que se levantaron sobre ellas, todavía más altos, y allí estaban, como todos los años, en sus grandes hogares de rama, volando de aquí allá, aterrizando un momento en las orillas y volviendo a despegar enseguida, rasgando el aire con el pincel de sus alas.

Volvió a notar esa presión en el pecho, la mordedura de la ansiedad, la ponzoña de la angustia que poco a poco había ido minando sus días. Quizá por eso había dormido tanto, porque en el sueño se sentía temporalmente a salvo de la horrible dentellada de la duda en su pecho. Se maldijo secretamente. Se preguntó a santo de qué venía traer algo como la duda al mundo… aunque, no… ahora que lo pensaba bien… no había duda en el mundo más allá del hombre, eso estaba claro. Acaso el río no sigue siempre su cauce… Sus aguas no se cuestionan jamás qué curso seguir, simplemente lo hacen, como las nubes, que se dejan conducir mansas y deslizantes por el viento, su pastor. Tampoco había visto jamás un mínimo asomo de duda en los animales, mira si no las cigüeñas, llevando la misma vida que han llevado siempre, la misma que llevarán mientras el hombre se lo permita.

No, todo aquello era un maldito invento nuestro, una lacra más a añadir a la larga lista de sinsentidos. De repente lo veía claro, allí plantada en mitad del puente, al abrazo del discurrir de nubes y aguas, se sentía la más pobre y mediocre creación. Para qué servían cosas como la razón, el espíritu, los sentimientos, todo eso que nos hace tan especiales, tan distintos, tan prepotentemente superiores… todas malformaciones, mutaciones malignas, estigmas de muerte e infelicidad. Acaso el amor no era una forma más o menos tardía de desengaño, acaso los recuerdos no eran poco más que prodigiosos instrumentos de tortura, acaso la inteligencia no era una especie de gran ojo que te permitía verte cara a cara con tu muerte… ¿Cómo es eso soportable?... No se puede vivir día a día en la muerte, los recuerdos, el desengaño y la mentira, sin que algo se vaya quebrando lenta pero inexorablemente en tu interior.

Se agarró el pecho. La sensación de vacío se desvanecía. Curiosamente, ahora que se sabía la criatura más tullida en todos los aspectos, sentía algo parecido a la liberación. Sabía que no sería tan fácil, que la dentellada de la angustia volvería a por más de su corazón, pero ahora mismo se sentía bien, como no se había sentido en mucho tiempo. Se le ocurrió algo. Algo terrible, mágico. Podía tirarse ahora mismo desde lo alto del puente. Eso una cigüeña jamás lo haría, ni las aguas saltarían de la tierra al aire, ni las nubes bajarían a fundir sus algodones en el río… Singular y única en su tragedia, ella era libre de acabar allí mismo. El río cuidaría de ella, pensaría por ella, la llevaría allí dondequiera que se escondiese su destino, porque él no dudaba, y si ella tendía hacía él sus brazos, esas mismas tibias aguas que la vieron crecer se encargarían también de ahogar todas sus dudas para siempre.

Reflexionó unos segundos sobre aquello, una parte de ella se hubiese lanzado con gusto al vacío en aquel instante, pero no lo hizo… y mientras abandonaba el puente se preguntaba si el no haber sido capaz de matarse allí mismo respondía a un arranque de cobardía natural y comprensible, instintivo, o bien a otro tipo de malformación espiritual, que se empeñaba en preservar la vida aun en la atonía, y cuyo nombre todavía se le escapaba.

De vuelta a casa, caminando solitaria, no hacía otra cosa que pensar en los siete días que le quedaban por delante y en lo volando que podrían pasársele si les aplicaba una buena terapia de sueño.

© JIP

DEL INSOMNE Y SUS MISERIAS

¿Cuántos de vosotros recordáis vuestros sueños? Apuesto a que unos cuantos. ¡Qué afortunados!... o ¡qué desgraciados!... Quién sabe…

Yo, por ejemplo, sueño muy poco, o al menos soy poco consciente de mis sueños, tanto, que apenas alcanzo a recordar nada de ellos una vez he despertado, simplemente se evaporan al instante, como un salpicón de agua en acero candente.

La Pesadilla de Henry Fuseli, 1790-1791


Recuerdo que hace cosa de ocho años tuve el peor sueño de mi vida, el más espantoso. Era media tarde, estaba sesteando y hacía un calor horrible. Cuando conseguí despertar estaba empapado en sudor frío y el corazón me retumbaba en el pecho cual martillo neumático enloquecido. Del sueño en sí sólo conservo una imagen; una cúpula semiderruida, coronada por una media luna de metal o plata, muy brillante, y todo, absolutamente todo, la luna, la cúpula, el cielo, sangrando a borbotones. No recuerdo nada más, y lo mejor -o lo peor- es que no necesito hacerlo para saber que aquello fue lo más terrorífico que tenido en mi mente jamás, porque lo primero que me vino a la cabeza nada más abrir los ojos fue que seguía muerto... todo y haber despertado... Una sensación verdaderamente indescriptible. Una hora entera después, mientras intentaba recordar qué diablos de enajenada telaraña había tejido en mi mente, todavía sentía miedo… sentía un pánico terrible a la noche que había de llegar, porque tenía la viva impresión de que aquella pesadilla iba a volver a mi cuerpo para acabar el trabajo que había dejado a medias…

Así que mejor no haber conseguido recordar nada de aquello jamás… imaginad qué espanto… pensadlo bien… esas imágenes terribles, ahí, en tu cabeza, en tu memoria, en tu día a día, taladrándote inmisericordes… Si los sueños se dan a nivel inconsciente por algo será… ¿no?...

Claro que toda cara tiene su cruz, y si gracias a Dios o Satán o quién narices sea te ahorras los escalofríos, los malos tragos oníricos, acabas también por perderte lo bueno del asunto, esto es, los felices sueños, esos que de vez en cuando alguien te desea antes de irte a la cama, alegrándote el día, y que suelen estar hechos de formas dulces y claras, de sonrisas y tactos suaves, de tonos azules y verdes, y olores frescos, tiernos, y también, por qué negarlo, de sexo vivo, pasión salvaje y pulsiones subterráneas… Y es que ya se sabe, cada cuál arrastra sus particulares maldiciones…

El Sueño de la Razón Produce Monstruos de Francisco de Goya, 1797


Y esta perorata inmunda que estoy soltando viene a cuento de una de las mías, la del insomnio, porque esta es ya la tercera noche en dos semanas que no he conseguido pegar ojo ni un jodido segundo, y como en algo hay que invertir el tiempo hasta que se haga la hora de ir al curro, pues aquí estoy, disertando sobre lo que sueño y lo que me gustaría dejar de soñar, yo, que últimamente ni puedo simplemente dormir, a secas…

Suerte que se me da muy bien soñar despierto, y para esos onirismos sí tengo buena memoria, y además también lápiz y papel siempre a mano, por si acaso…

Desde Reus, cuna de todos mis desvelos, 06.15. A.M.

© JIP

DIARIO DE MI HYDE (10)

Poco más de las nueve de la mañana y cojo el primer coche del día, a partir de ese instante me transformo en el engranaje maestro que hará avanzar este armazón de planchas metálicas, cableados, vinilos y siliconas. Me encajo en el asiento, me adhiero al volante, me fundo con los pedales, encasto mi vista y mi mente en el juego de lunas y espejos. Un día más, y hasta que encuentre el muro perfecto, la curva sin salida, bienvenido al Hervidero…

Salgo al circo de cemento y me uno al torrente de cromados multicolores y asfalto. Semáforo en rojo, freno. Tercera posición en mi parrilla de salida. Cielo nublado, no se ve el sol, pero da igual, sé que está ahí, lo siento, siento cómo mi piel se cuece lentamente a través del parabrisas. Acciono un par de botones, mis dedos presionando en el centro del salpicadero, pero son las ventanas las que bajan a ambos lados; elevalunas eléctricos… negras magias del hombre blanco. Cierro el aire acondicionado, es aire muerto, filtrado directamente desde las entrañas de una fábrica de hollín y aceite emponzoñado. Al instante me llega la melodía diabólica de los motores y los tubos de escape, estallante en run runs monocordes, alienantes, aniquiladores. Podría llegar a distinguir todos y cada uno de ellos, el oído se agudiza en la muerte… sí, podría llegar a discernir cuál es turbodiesel, cuál gasolina, cuál inyección, cuál está enfermo, cuál muy próximo al fin, cuál simplemente achacoso por los años de rodaje. Siento que podría otorgar nombres distintos, finales, a todas y cada una de esas voces de humo y aire negro que me taladran desde la calzada. Es insoportable… De modo que subo el volumen de la música -más botones, siempre botones- hasta el umbral de lo soportable, hasta sangrarme los tímpanos, hasta conseguir captar la mirada torva y desencajada de los peatones. La música es lo único que me mantiene a este lado de la enajenación, justo allí donde oyes rugir sus aguas pero todavía no te arrastran. La melodía rugiente del reproductor lubrica mis articulaciones, mis nervios, mi angustia; la doma… tal que un potro salvaje sujeto a dantesca danza, lo necesario para tenerme a sus órdenes, para que haga lo que se espera de mí… simplemente, que desembrague y acelere. Semáforo en verde, se abre el ventrículo y se da la salida. A vacíos insondables de mi humanidad, convertido en resorte sin alma, hago avanzar la máquina…

Los Hematíes de la Muerte


Aquí dentro el tiempo no pasa, transita, no funciona en términos de esferas ni de manecillas, sino que se alimenta de acelerones, frenadas bruscas, bocinazos, monóxido de carbono diseminándose cancerígeno por el aire, los pulmones, tus entrañas, hasta regarlo todo de tinieblas. ¿Cuánto tiempo ha transcurrido? El sol ya está ahí arriba, ardiéndolo todo, mis manos y mis brazos, mi frente y mis pestañas. Qué coche es este… el cuarto… el quinto… no lo sé… Qué posición ocupa en la suma total de mi vida… Cuántos kilómetros llevo ya a las espaldas… muchos más de los que podría caminar en vidas humanas infinitas.

Luz roja, freno de nuevo. Luz verde, en marcha otra vez. Meten primera y aceleran hasta el infierno para volver a frenar en seco a los pocos metros, violentamente, asesinando energía, matando movimiento, ahogando equilibrio, todos, del primero al último, optimizando la entropía, perfilando el caos. Estas son las venas, las arterias escleróticas de un cuerpo enfermo; la ciudad, y estas cápsulas de fibra de vidrio y metal son sus hematíes de la muerte.

El sudor perlando mi frente, bajando las mejillas, rasgando las pupilas, La mano izquierda a las 12 del volante engomado, la derecha en el cambio de marchas metalizado; mis brazos son simples palancas, sistemas hidráulicos cuyo eje es mi pecho yerto, desalentado. El asfalto arde, el aire hierve, la atmósfera se llena de los humores de una humanidad castrada, los restos de una civilización emasculada, los brotes esquizoides de una razón decapitada.

De repente algo se mueve, se clarifica, adquiere brillo en la mente, consigo por instantes liberarme de su canto hipnótico, de la vibración mesmérica del loco subir y bajar de pistones, tomando conciencia de mi servidumbre, mi agonía y mi esclavitud… Y la furia empieza a crecer desde honduras ignotas, se hace hiel en mi boca y rabia en mi mente, puro odio efervescente en mis manos. Ya me tiene donde quería, al borde del precipicio, sintiendo la locura desgarrarme el alma… Embrague adentro, palanca a izquierdas, acelerón a fondo, mis pies pisan furiosos. Encajo las marchas violentamente, haciendo rascar los engranajes. Subo a primera, piso al límite, el motor ruge, las ruedas patinan, el morro del coche se pega al suelo como perro sabueso olisqueando orines. Luego segunda, y tercera, apurando revoluciones, haciendo al motor gritar su canto de guerra, cuarta y quinta, la carretera se estrecha, las líneas se alargan, la visión se tiñe de infinito… Y entonces cambio, decelero, y empiezo a bajar marchas, bruscamente, sin pisar freno, y en cada una de ellas el motor gime, y el armazón se atranca, salta encabritado, terriblemente dolido por la espuela bien clavada. Quiero hacerlo sufrir, quiero hacerlo aullar, quiero que las piezas una a una se le caigan, esquilmarlo, asfixiarlo, estallarlo conmigo dentro. Cojo una curva rápida, abro el ángulo de entrada para luego cerrarlo de un sajante volantazo, y todo se escora a un lado y se inclina y adquiere proporciones de tragedia, y entonces lo consigo… ese chillar de cabritillo sacrificado, ese crujir de goma asesinada, ese gritar de rueda quemada… ¡Chilla!, ¡chilla!, ¡CHILLA!... aprende los caminos del dolor… Necesito ver los rastros de tu negra sangre seca adheridos a la carretera…

La velocidad crea carne infecta en mi cabeza, coágulos de neurosis, visiones de propia muerte que un día me asaltan para no abandonarme más, y entonces me imagino en el último choque, el final, con la triple o cuádruple o infinita colisión, en perfecta cámara lenta; primero mi sangre, mis glóbulos rojos, mi roja vida, aplastándose contra las paredes de las arterias; luego mis órganos, el hígado, el páncreas, el bazo, los pulmones, haciéndose añicos contra los músculos y las costillas; después los huesos fracturándose, penetrando la piel y la carne hacia fuera, creando arquitecturas terminales y grotescas; y finalmente mi cuerpo, mi yo, mi cara, mis ojos, mi boca, mi alma, destruyéndose contra el salpicadero, el parabrisas, los pedales y el asiento… todos mis huesos y toda mi sangre unidos al metal doblado en perfecta simbiosis… todo mis pensamientos y todo lo que fui evaporándose por instantes hacia la nada, como el agua del radiador que sube en nube gris hacia el cielo inerte… y todo el conjunto desde fuera, en la distancia, visto como un lienzo abstracto y tenaz, la representación cruda de la nueva criatura que ha de archivar al viejo hombre en anaqueles de olvido, la que ha de subir un nuevo peldaño en la escala de una evolución ignota, esa misma que algún día ha de conseguir al fin silenciarlo todo…

El día termina, aparco el último coche, el mismo al que he hecho gritar, saltar, gemir, llorar, deslizarse rugiente hacia el límite de la cuneta… Quito la llave del contacto y el silencio me embarga. Me desabrocho el cinturón de seguridad y abro la puerta. Saco una pierna afuera. Intento lentamente deshacerme de las riendas psíquicas que todavía me atan a este armazón de infiernos. Cuando lo consigo, una vez fuera, oigo activarse el ventilador, de tanto en tanto algo en el interior del capó crepita. El pobre bicho se está todavía lamiendo las heridas…

Triste, Solitario y Final... Unido a la Máquina


La noche me acoge cabizbajo, vacío, exhausto… desahuciado. Camino lentamente sin rumbo, con las articulaciones tumefactas, anquilosadas, con la mente en blanco, reseteada, como si fuera de la cabina de piloto fuese poco más que una marioneta sin destino en manos de un dios titiritero travieso, intentando en vano recordar si había en mi vida algo humano por lo que luchar que mereciese la pena, preguntándome si acaso no habría sido mejor solución convertirme en escultor/ejecutor de mi propio fin… allí en la curva cerrada, mientras hacía chillar a la máquina a través de mi angustia y mi rabia enajenadas…

© JIP

INFIERNO EN LAS NUBES

Esta tarde me he puesto a ver "Infierno en el Pacífico" como si fuese la primera vez, porque la había visto hace muchos años, muy pequeño, cuando no entiendes nada de nada y mucho menos comprendes qué demonios les hace tanta gracia a los mayores que están en el salón viendo la peli contigo, y todo se construye en tu memoria a partir de retales coloristas e inconexos.

Yo sólo tenía en mente a Lee Marvin y Toshiro Mifune, solos en una isla desierta, haciéndose las más grandes perrerías, jugando al gato y al ratón, a ver quién era el más listo... y lo cierto es que, como no podía ser menos, me he encontrado con bastante más, reconciliándome muy mucho con el buen cine en el proceso.

Infierno en el Pacífico de John Boorman (1969)


Todo me ha parecido genial, de principio a fin, desde los dos magníficos protagonistas, hasta las paradisíacas localizaciones, pasando por las bellísimas escenas del cambiante y caprichoso océano, así como por los silencios y las miradas sobre las que se construye toda la narración; un auténtico placer para los sentidos.

Y ahora, una vez vista, me pongo a pensar... Supón que eres un dios, o el Dios, tanto da, y estás harto de ver cómo los hombres que creaste del barro se quitan la vida unos a otros inmisericordemente. Tal vez corren los primeros años de la década de 1940, o tal vez no, tal vez es ayer mismo en un colegio ruso y la sangre te salpica roja y agridulce desde la pantalla de televisión, allí arriba, desde donde narices todo lo observas. Da igual, el caso es que decides que estás aburrido, que vas a experimentar, que necesitas saber en qué la cagaste con esto del Hombre para que la cosa haya ido tan rematadamente mal. Y va y te da por convertir a dos de ellos en Robinsones Crusoes abandonándolos a su suerte en una isla desierta. Japonés el uno, yanki el otro, sus naciones enfrentadas, sus caracteres opuestos, y sus lenguas tan distintas que cualquier tipo de entendimiento se antoja imposible. Piensas, bueno, si no se matan así es que tal vez hay algún tipo de esperanza, secretamente lo piensas, sí, porque sabes que están condenados a entenderse, que alejados de la masa, de la turba maleable y advenediza, individualizados, los hombres ganan enteros, o eso es lo que te gustaría creer y tal vez te equivocas, porque lo que hacen a las primeras de cambio es intentar asesinarse el uno al otro. Empiezas a desconfiar, te resignas, haces que no que no con la cabeza.

Pero hay un momento clave, Mifune tiene a Marvin a su merced, desmayado en el suelo, y no lo mata, no puede, o no quiere, quizá porque necesita de la presencia del "otro" para alzarse sobre ella, para castigarla y torturarla e imponer su autoridad, o quizá porque sabe que la soledad es insoportable, la carretera que lleva directamente a la locura, y tener ahí al "otro", aunque sea un enemigo, aunque represente el infierno en la tierra, puede ser la diferencia entre su vida o su muerte. Y de ahí al compañerismo, a la convivencia, a la amistad, hay sólo un paso, y ambos lo dan, y tú empiezas a pensar que hiciste las cosas bien, que el error no está en los hombres, que la ecuación falla, sin duda, pero en otro sitio.

Después de una escapada suicida hacia la nada tu experimento llega de nuevo a la civilización, por ende también la barbarie; vuelven la guerra, la muerte y la destrucción, o al menos las huellas que quedaron de todo ello, pero la amistad sigue, se acrecienta al calor de la hoguera y el alcohol, son dos almas gemelas que se necesitan y se comprenden a pesar de todo el gran universo que las separa, y tú dices bien, bien, la cosa marcha, creo que debería empezar a planterame el buscar las taras en otro lugar... Y justo en ese momento unas fotos todo lo cambian, unos rostros sin vida, de niños, de jóvenes soldados, de mujeres, todos muertos, insepultos, víctimas del odio y de la sinrazón, la humanidad de nuevo se instala en las almas de esos dos hombres a los que la viva naturaleza, el océano, la necesidad de aliento, habían conseguido limpiar, y todo se va al garete. Porque a Marvin se le ocurre preguntar "¿Por qué no crees en Dios?" y como única respuesta están esas fotos, y toda la destrucción que los rodea, y todas las vidas que se han segado y las que quedan por segar, hasta el infinito, y la mano de Dios no aparece en ninguna de ellas... o al revés... tal vez está en todas... justo ahí, traviesa y aburrida, jugando a los dados...

Dos Marionetas en Manos Divinas


¡¿Cómo se atreven?! ¡Yo soy su padre! ¡Yo los creé!... y ahora me echan las culpas de todas sus miserias y defectos, todos sus execrables vicios... No puedes concebirlo, te resulta inaceptable, les das la vida y ellos se la quitan y encima luego te cargan con "los muertos"... ¡Desagradecidos!... Pero ahora la duda está ahí, en ti, en tus entrañas divinas, ahí mismo, justo al lado de esos rostros sin vida enterrados en la arena desde 1945, de esos rostros sin vida tirados en el suelo desde ayer... esas mismas miradas vacías que tú has consentido desde el principio de los tiempos, cuando se te ocurrió iluminar tus dedos con el brillo de la humanidad... Y la duda crece, y la rabia crece, y la impotencia crece aún más, porque te das cuenta de que acabas de caer en contradicción, ¡y eres Dios!... o se supone que eres Dios, y eso no cabe en tus cualidades, tú eres Ubicuo, Omnipotente, Infalible... y toda la demás mierda que ya conoces... ¿Cómo pueden estar entonces esas caras muertas desafiándote desde su silencio?...

Rabia, RABIA, ¡RABIA!... callaos, CALLAOS , ¡CALLAOS!... "¿Por qué no crees en Dios?"... una y otra vez esa pregunta restallando en tus oídos... y es insoportable... y eres Dios, y no lo puedes hacer callar... y él sigue preguntando, preguntando, y los rostros sin vida te siguen mirando, observándote acusadores... pero, ¡un momento!... sí que eres Dios, sí que puedes hacerlo callar, sí que puedes hacer desaparecer esas miradas y borrar tu mala conciencia de un plumazo... será tan solo un instante, y después de nuevo paz...

Y entonces la bomba cae sobre la isla, los dos amigos mueren, las miradas muertas cesan, el remordimiento desaparece... Y todo se envuelve de absurdo mientras aparece el "The End" final...

Y todo se siente más duro, y más frío, y más lejos...

© JIP

GATTACA: LA UTOPÍA DERROTADA

Con lo traído y llevado, hasta el hastío, que últimamente está el debate sobre la clonación humana o, sin ir más lejos, la conveniencia o no de legalizar la investigación con células madre con fines terapéuticos, y todas las opiniones virulentas y encontradas que desde todas partes se levantan, no está de más echarle un vistazo a una de las contadas buenas películas de ciencia ficción que nos ha regalado el cine moderno, y que tiene mucho que decir -o dejar ver-, y no precisamente baladí, respecto a estos temas tan espinosos…

La utopía, un "Brave New World" huxleyano y biológico, ha sido alcanzada por la Humanidad de "Gattaca". Mediante el dominio de los secretos de la genética, como modernos alquimistas, los seres humanos han conseguido al fin erradicar la enfermedad, eliminar la imperfección, la tara física y mental, potenciar la belleza, optimizar, en resumen, todas nuestras facultades a base de separar de nosotros en el laboratorio todo lo peor y tirarlo a la basura. Y con ello la humanidad no sólo se ha hecho acreedora de un "mundo mejor", un "mundo feliz", también ha emprendido el vuelo firme de la carrera espacial que a no tardar la conducirá a explorar, colonizar y poseer otros nuevos mundos diferentes de aquel que lo vio nacer.

Aunque, claro está, esto es sólo en apariencia, como esos brillantes contratos que siempre esconden una terrible letra pequeña, la perfecta y maravillosa cara de una moneda en cuyo reverso aguardan verdades escalofriantes. Porque el mundo de "Gattaca" es en su perfección probablemente tanto o más miserable que éste, hoy nuestro, que día a día vivimos.

Porque "Gattaca" nos muestra una sociedad tremendamente desigual en la que se han creado dos nuevas y grandes castas en excluyente desequilibrio. En ella ya no hay "negros", "latinos" ni "amarillos"... ahora todo se resume en la casta de los "hombres fabricados" por un lado, los "válidos", los "vitro", aquellos que fueron diseñados a la carta, para quienes todas las puertas están abiertas… y la casta de los "hombres naturales" por el otro, los "no válidos", aquellos que vinieron al mundo a la vieja usanza siendo sistemáticamente discriminados por ello. El racismo se ha transformado en "genoísmo"... cambia el nombre, pero el concepto y sus miserias se mantienen.

Frente a frente, las dos castas, pero intercambiadas


"Gattaca" nos presenta también un mundo gris, monocorde, uniformizado y maquinal, en el que todos los individuos tienen la misma pinta, parecen el mismo, como si con al limar los defectos de cada uno, con ellos se hubiesen evaporado también el carácter y la personalidad, aquello que te hace singular y único. Una sociedad demasiado limpia, demasiado aséptica, donde todo está siempre perfecto, en su sitio, inmaculado, y el Todo se construye magistralmente a partir de los ruidos y los silencios precisos, donde el diseño ha destronado al uso y el modelo ha desbancado al sujeto; todo muy "inhumano, demasiado inhumano..." Contemplar a todos esos hombres manufacturados fichar a la puerta del trabajo, circunspectos, ceñudos, tan bien peinados luciendo sus trajes oscuros, dando una gota de su sangre a cambio de una nueva jornada laboral, retrotrae directamente a aquellas secuencias magistrales filmadas antaño por Fritz Lang, cuando retrató eso mismo, pero con más magia, en aquella otra distopía increíble llamada "Metrópolis".

El Hombre Fotocopiado


También un mundo sin esperanza y por supuesto sin sueños, porque Dios ha sido sustituido por la Ciencia, y ésta no ofrece ningún dogma de fe, ninguna enseñanza, ni muestra ningún camino, tan solo frías ecuaciones en las que te dice, condenándote, cuántos años vas a durar y de qué vas a morir, negando con ello tu ilusión de destino, asesinando tu libre albedrío, arrancando de raíz todos tus sueños, tu vida en suma, señalándote de antemano cuál es tu sitio y dónde están los límites que jamás podrás rebasar. “Nunca entenderé qué empujó a mi madre a poner su fe en manos de Dios en lugar de en las de su genetista” Son la palabras de un "hombre natural", un "no válido" al que todas las puertas le son cerradas, todos los sueños cercenados por esa Nueva Divinidad, la Genética, que, con todo, también se equivoca, es falible, y de vez en cuando ofrece bastante menos de lo prometido, dando lugar con sus errores a una casta intermedia de nuevos pobres, modernos deheredados; aquellos que, en previsión de lo mejor, fueron expulsados a la vida a medio camino, y ahora son poco más que agua de borrajas.

Por supuesto también un mundo huérfano de magia, en el que no hay lugar para los sentimientos de cualquier tipo, y mucho menos para el amor o la salvaje pulsión sexual, tan fríos y previsibles se han vuelto todos, porque toda relación se establece, antes que por la atracción o el deseo, por el interés, la compatibilidad genética. Convertidos en auténticos conejos, los hombres de "Gattaca" ya no quieren, tampoco hacen el amor, simplemente optimizan el acto de la procreación.

Gattaca... un mundo en el que no hay sitio para el Amor


Finalmente, un mundo que pretende haber ganado la partida a la Muerte, nuestra histórica antagonista por antonomasia, aquella que a través de la amenaza de su sombra provocaba nuestra lucha y nuestra zozobra, nuestro arte y nuestra inquietud. Toda nuestra humanidad se reafirmaba en la inseguridad y la duda de su acción definitiva sobre nuestro destino. Pero ahora ya perdió todo misterio, es una conocida amiga, y sabedores del momento exacto de su llegada, de nuestra fecha de caducidad -sí, como los huevos, así de triste-, ya nada es como antes y el impulso de nuevos estímulos, aventuras, fascinación por el porvenir, se marchita necesariamente, pues lo que hemos de ser y por cuánto tiempo habremos de serlo, se lo diagnosticaron a nuestros padres en el momento de nacer.

Así, "Gattaca", esa utopía tan bella pero que por tantos lugares hace aguas, bien podríamos entenderla como una digna transposición, a la vez vuelta de tuerca, de aquella misma sociedad que Nietzsche quiso en su tiempo dinamitar desde su misma base. Lo tenemos todo; el nuevo Dios, la Ciencia, que debe ser matado; un entramado social bicéfalo y tremendamente desequilibrado, dominado por la casta de los "vitros" (los señores) que subsume a la de los "naturales" (los esclavos), creando con ello, no sólo un mundo cruel, triste y ruin, sino también una Moral envilecida, coronada por el "Genoísmo". Y precisamente en este marco, por reacción, surge la figura de Hawke/Vincent, un "no válido" que no renuncia a sus sueños, luchar por la vida, ser distinto, abrir caminos vedados y sentimientos escondidos. Mediante su voluntad de poder, su tesón, su confianza en sí mismo y también su ingenio, él propicia la instauración de un Nuevo Nihilismo en "Gattaca", ya que su éxito es también el fracaso de la Genética, de la Ciencia y del inmaculado mundo de los "válidos", así como de su triste Moral de hombres de diseño.

La Antesala del Superhombre


Pero asimismo Hawke/Vincent es también sólo el paso intermedio, ese puente que Nietzsche establecía entre el hombre degenerado y el superhombre por venir, el que había de hacer avanzar la civilización hacia territorios ignotos, porque si bien es cierto que el protagonista de esta historia ha conseguido matar a Dios, vencer a la ciencia en su terreno, sigue no obstante siendo un ser vivo que necesita de su propia moral, que necesita amar y experimenta nostalgia y podría tender al remordimiento, y el Superhombre nada puede saber de todo eso. Al fin y al cabo el gran filósofo alemán no quiso decir otra cosa que el hombre debía abandonar su humanidad si quería poder vivir la vida, aprehenderla en toda su dimensión, y los hombres de "Gattaca", a base de mejorar una y otra vez su ser hombres, hasta el límite de la perfección, no hacían otra cosa que abismarse en una humanidad trasnochada que, por ende, negaba el vitalismo, mataba toda posibilidad de asir la magia inexplicable de la vidaen toda su extensión.

¿El vuelo que lleva al Superhombre?


Y el superhombre nietzscheano es la réplica a todo eso, la única vía de escape hacia el vitalismo; él se encuentra más allá del bien y del mal, seguramente más allá de todo valor humano, probablemente fuera de este planeta Tierra que nos dio a luz; seguramente aguarda en el espacio profundo, justo allí donde al final del film Hawke/Vincent se dirige, quién sabe sino a subir un peldaño más -¿el definitivo?- en la evolución de lo que hasta hoy conocíamos como Humanidad. Aunque eso está por ver, y lo que en cambio sí sabemos del cierto, lo que es una verdad como puño cerrado que mata estómagos, es que antes de dejar la Tierra, Hawke/Vincent, el hombre natural, el desheredado, el moribundo, había derrotado él solito, con solo perseguir sus sueños, a "Gattaca" entera, esa supuesta utopía feliz en la que nada resultó a la postre como los fríos números y las gélidas ecuaciones habían prometido.

© JIP

Gattaca, de Andrew Niccol (1997)

CON LA DIOSA FORTUNA EN CONTRA

"Por suerte, estoy escribiéndolo todo y, en un futuro más o menos lejano, el público lector más atento y despierto se beneficiará de mi relato de ese descenso abismal por los pantanos camino de la estación interna del último horror..."

Cuanto más vive uno más se sorprende de cuán irónica, paradójica y, por qué no decirlo, también bastarda y puñetera, puede llegar a ser la vida, porque sin ir más lejos, para que os hagáis una idea, el párrafo con el que he iniciado este post pertenece a “La Conjura de los Necios” de John Kennedy Toole, y uno, tras leerlo, no puede dejar de pensar algo así como “¡hay que joderse…!”

Sátira impecable donde las haya


Porque Kennedy Toole se quitó la vida en 1969 creyéndose un escritor fracasado, tenía 31 años, y tras aquello, su madre se pasó once largos años de arriba abajo, de editor en editor, buscando a aquél que se atreviera a publicar la obra de su hijo muerto, esa misma "conjura de necios" que a la postre, rebasados los 80, llevaría a su autor al reconocimiento unánime, al Premio Pulitzer, y al panteón de ilustres narradores norteamericanos.

Esas palabras de Ignatius J. Reilly, el grandioso –en todos los sentidos- personaje de "La Conjura", que seguramente tanto tiene del propio Toole hombre, se mostrarían con el tiempo, y muy probablemente sin que su autor lo presintiese mientras las redactaba, no ya sólo muy ciertas, sino terriblemente proféticas… y es que cuando la vida se propone joderte te jode pero bien…

Al menos nos quedó la obra, esa fabulosa caricatura novelada en la que se barrunta tanto de autobiográfico y que es una joya de la sátira, un verdadero regalo para el sentido del humor. En ella brilla con luz propia la oronda figura de Ignatius Reilly, histrión entrañable, cargante e insoportable a partes iguales, ávido lector de Boecio para quien todo adolecía de una imperdonable “carencia de teología y geometría” y al que la Diosa Fortuna, contumaz y caprichosa, siempre le daba la espalda… exactamente igual que hizo con su autor y padre, Toole, del que a buen seguro Reilly no es más que un hiperbólico trasunto. Con todo, pese a lo extremo y absurdo de su idiosincrasia, ambos -Reilly y Toole- dicen mucho más de la condición humana de lo que a la mayoría nos gustaría reconocer… y de ahí su éxito, supongo, aunque fuese tardío.

John Kennedy Toole, alias Ignatius Reilly


Y ahora, ya para finalizar, entrando en el apartado de cosas raras traídas directamente de las cenagosas marismas de mi mente paranoide, aquí os dejo tres asociaciones enfermizas que me asaltaron durante la lectura del libro, a saber:

1) El parecido razonable entre Kennedy Toole y Robert Erwin Howard, afamado autor de pulps de aventuras, creador entre otros, de personajes como Conan el Bárbaro, Red Sonja, Solomon Kane, Thurlog O'Brien o Almuric, amigo de H. P. Lovecraft, y curiosamente -¡qué coincidencia!-, también suicida. Howard se quitó la vida a punta de revólver el 16 de junio de 1936, dicen, al no poder soportar la idea de que su madre, a la que estaba muy unido y de la que probablemente dependía emocionalmente -¿más coincidencias?-, iba a morir en breve víctima de una enfermedad terminal. Silenció su vida justo cuando sus relatos de aventuras lo habían convertido en un autor reconocido dentro del ámbito de las revistas pulp de la época y, en eso sí a diferencia de Toole, cuando había también conseguido vivir del fruto de su pluma.

Robert E. Howard, otro ilustre suicida


2) Otro parecido más que razonable –o al menos así se le antoja al aquí suscribiente-, entre el par ya mencionados y otro ilustre suicida, aunque esta vez sólo en la ficción. El camaleónico actor Vincent D'Onofrio dio rostro y vida al inolvidable "Recluta Patoso" de "La Chaqueta Metálica" de Kubrick. Supongo que casi todos recordamos cómo se voló la tapa de los sesos –siguen las coincidencias-, no sin antes, claro está, mandar a hacer puñetas al bueno de su sargento instructor, ese que tan bien lo había tratado desde un primer momento –confío en que se haya captado el tono de sutil ironía…-. Tras contemplar detenidamente estos tres rostros unidos en la Nada por la voluntad de autoaniquilamiento, se podría uno llegar a preguntar si en verdad existe algo en nuestros rasgos que nos predisponga a liquidarnos…

El Recluta Patoso a punto de armarla...


3) El parecido, ¡como dos gotas de agua!, no físico, pero sí idiosincrásico, que establecí de una forma directa, a medida que avanzaba mi lectura, entre Reilly y John Litghow, alias Dick Solomon, el ególatra, sinvergüenza, lenguaraz, chuleta y tremendamente divertido comandante alienígena de esa desternillante serie, "Cosas de Marcianos" -“3Rd Rock From the Sun” en inglesa lengua-, que desde aquí pido me la repongan pero ya… Me gustaría pensar que este parecido es casual pero mi fe en el guionista de teleserie medio no es demasiado fuerte…

© JIP

El Comandante Dick Solomon... un Ignatius Reilly alienígena

AGUAS DE AMANECER

<strong>AGUAS DE AMANECER</strong>

Llegó a la ciudad cuando a la noche le quedaba ya bien poco de vida. Empezaba a clarear, pero era un amanecer roto, deslucido, dominado por una nubes pesadas, quejumbrosas, así que todo empezó a adquirir una tintura cenicienta. Se acercó caminando hasta uno de los cinco puentes, el segundo más viejo, y desde allí contempló el histórico puente de piedra que había unido las dos orillas desde antiguo. A la izquierda, muy cerca, se levantaban majestuosas las torres de la basílica, grises y plúmbeas, como amenazas a contraluz. Luego miró el río, una masa lechosa de salvaje agua marrón bajando hacia un océano muy distante de allí. Las luces empezaron a apagarse. La ciudad se desperezaba. Un par de almas lo miraron torvamente. Una brisa dura, severa, nada cómoda, lo rodeó. Giró sobre sí y dirigió sus ojos hacia los otros dos puentes que se alzaban sobre las aguas río abajo. Un par de coches cruzaban por encima de ellos a quince, veinte metros en el aire sobre el río que todo lo quisiera arrastrar. Entonces una mujer pasó por delante. Siguió su espalda y su andar unos segundos mientras se alejaba; había visto mucho en apenas un segundo; ojeras, arrugas, tristeza, dolor, abulia... De repente se le ocurrió que debía haber algo intrínsecamente insoportable en vivir allí, que aquellas torres, símbolo de Dios, eran muy altas y amenazaban demasiado, y que aquellas aguas, símbolo de un dios todavía mayor, marcaban en su avance los ritmos de un tiempo y un espacio, una vida, totalmente inasequibles para el ser humano, y que ningún puente podría jamás salvar un escollo semejante.

Volvió a observar las aguas correr en busca de su metamorfosis de océano. Contemplando aquello, tan gris, tan en la mañana, tan en la soledad y el silencio de un saberse en lugar y momento equivocados, pensaba que había mucha tragedia en aquellas aguas, más de lo que una cordura puede soportar, que destilaban muerte, mucha muerte, una muerte cruda e imparable, pero en extremo sutil y cautelosa... como ese silente y periódico gotear de estalactita que en las montañas revienta piedras y hace estallar la tierra...

© JIP

EL ESTIGMA EDEN

Hoy he recibido una nueva carta de rechazo a uno de mis relatos. Acumulo ya unas cuantas de estas, del más varipinto calado, y cabe decir que en la de hoy no se mataron mucho. Ni siquiera se molestaron en esgrimir motivo alguno para el rechazo, decirme lo bueno o lo horrible que les había parecido el texto, y mucho menos señalar si les parecía o no mejorable o reescribible. Lo cierto es que me importa más bien poco, lo que suele decirse un comino, siendo fisno, porque en modo alguno esta negativa empaña mi fe en un cuento que sé bueno. Supongo que habrá que esperar... quizá hasta que mis huesos descansen bajo tierra...

Porque como no hay mal que por bien no venga, aquí estoy, espoleado por este nuevo rechazo en mi carrera literaria no nata, redactando este post que bien podría considerarse extensión del que la pasada semana pergeñé sobre John Kennedy Toole y su condenada suerte, y que va dedicado a todos lectores amantes de la buena literatura en general, y a los sufridos aspirantes a juntaletras en particular. También, cómo no, si algún que otro editor se pasea por aquí, ¡también va por ti,amigo!... Sin acritud...

De entre todo lo que le he leído a Jack London, su novela de tintes netamente autobiográficos -como casi toda su obra por otra parte-, Martin Eden, me ha parecido lo mejor, quizá por aquello de que, como escribidor en ciernes que gusto soñarme, me encanta leer sobre el hecho del escribir y por supuesto también sobre la vida de los que escriben o escribieron, fuesen o no ficción. De hecho pienso que este debería ser un libro que todos aquellos que aspiran a escribir, sobre todo si -ingenuos- pretenden vivir de la literatura -¡y más en este país¡-, deberían leer. Me atrevería incluso a decir que debiera ser su libro de cabecera, ya que su historia, la historia de Martin Eden, debería ser para ellos un ejemplo a seguir... o casi...

Martin Eden de Jack London, 1909


Imaginádlo. Un joven de clase baja, sin pasado, sin futuro, sin formación, casi anafabeto pero en extremo inteligente, y movido por una terrible ilusión, decide un día que "sería escritor. Sería uno de esos ojos a través de los cuales ve el mundo, uno de los oídos a través de los cuales el mundo oye, uno de los corazones con que el mundo palpita", y enfrentándose a todos, a la moral arribista, al que dirán, decide dedicar su tiempo y su vida única y exclusivamente a ser alguien en esto de la Literatura. Malviviendo de pensión en pensión con dinero las más de las veces prestado, dedica sus días a leer incansable, compulsivamente, y a llenar más y más páginas de entusiasmada letra. Escribe de todo, ningún género le amilana, y pone en ello el alma y las entrañas. Apenas durmiendo cinco horas diarias, el resto de la jornada se lo entrega a la literatura. Pero no es un mundo fácil, nadie dijo que lo fuese. Diarios y revistas rechazan sistemáticamente todos sus trabajos. Familia y amigos le echan en cara que prefiera perder el tiempo emborronando inútiles folios en lugar de buscarse un trabajo como dios manda y hacerse un hombre de provecho. Nadie cree en el talento de Martin Eden salvo el propio Martin Eden. Porque él, pese a pequeños altibajos, no sucumbe al desaliento. Sigue escribiendo, sigue enfrentándose a críticos y editores, a los que censuran su actitud y rechazan su sueño.

Hasta que de repente un día el mundo se vuelve del revés, o mejor dicho, se reafirma en su mezquindad, y, voluble, maleable, caprichoso y advenedizo, encumbra aquello mismo que poco tiempo atrás había arrojado al fango. Martin Eden se convierte en escritor de éxito, gana cantidades indecentes de dinero, y las mismas personas que en el pasado le dieron la espalda, lo tildaron de vago y fatuo soñador, incluida su traicionera prometida, lo tienen ahora por excelentísima celebridad. Y lo mejor de todo es que lo ha conseguido con los mismos escritos que antes fueron objeto de ostracismo y vituperio. El mismo Eden se lamenta de ello: "Martin se acordaba de las muchas veces que había visto al juez Blount en casa de los Morse. ¿Por qué no le había invitado entonces? Él no había cambiado, era el mismo Martin Eden. ¿Qué había cambiado entonces? ¿Era la circunstancia de haber aparecido en tinta de imprenta? Pero si ya lo tenía escrito de antes. Todo estaba ya hecho... Pero el juez Blount le invitó a comer (...) "Todo estaba ya hecho" La frase le perseguía. Estaba sentado frente a Bernard Higginbotham, ingiriendo una de sus pesadas comidas de domingo, y sentía ganas de gritarle ¡Pero si todo estaba ya hecho! Todo estaba ya hecho cuando me caía de hambre, y entonces no me ofrecías de comer. Me prohibías la entrada en tu casa y me maldecías, porque no trabajaba. Y el trabajo ya estaba hecho... y ahora, cuando hablo, te callas con respeto y asientes a lo que yo quiera decir (...) ¿Y por qué? Porque soy famoso, porque tengo mucho dinero, no porque yo sea Martin Eden. Si te digo que la luna es de queso gruyére, suscribes la afrimación, o por lo menos no la rechazas..., porque poseo dólares, montañas de dólares. Y, sin embargo, cuando me escupías, cuando me hubieses pisoteado como el agua de la calle, todo estaba ya hecho".

Y finalmente, en la cúspide de su carrera pero a la vez en su instante espiritual más bajo, incapaz de asimilar que se le venerase por aquello mismo que antes le granjeó tanta animadversión, sintiéndose defraudado y fracasado, ciertamente sospechando que en realidad nada de mérito había en él o en sus escritos, pues se había convertido simple y llanamente en una moda, y la gente no admiraba de él sino su fachada en lugar de interesarse por el Martin Eden, hombre, es entonces cuando London , como auténtico dios responsable de su trama, decide que su personaje debe morir... quitándose la vida: "Primero nadó un rato. Un bonito de los que siguen a los barcos le mordió y le quitó la carne. "La Mariposa" se alejaba. Dejó de nadar y se instaló en la vertical. Le rodeó como una hoguera radiante. Después, tenebrosidad".

Una víctima más que añadir a la larga lista de mártires de la Literatura y el Arte, en la que, siete años más tarde de ingresar Eden, acabaría también el propio London, quien habiendo ficcionado tanto de su vida y su carrera literaria en aquella novela, terminó por hacer realidad su propia ficción suicidándose, como su personaje y alter ego, el 22 de Noviembre de 1916.

Terriblemente enfermo, desilusionado, víctima del exceso, terminal en tantos aspectos después de haberle exprimido al máximo el jugo a la vida, London, como Toole, se quitó de enmedio al no poder soportar la idea de haberse defraudado a sí mismo, aunque a diferencia del autor de "La Conjura de los Necios", el padre de "Martin Eden" experimentó la ponzoñosa mordedura de dicho fracaso merced al éxito literario -vacío e hipócrita en su tiempo, sólo justamente vindicado a posteriori- y no por la ausencia de él.

En cualquier caso, mi intención hoy al escribir este texto no era otra que expresar la relación íntima, cómplice, tantas veces trágica y pavorosa, que se establece entre un hombre y su arte, un escritor y sus ficciones, en la cual imaginación y persona, carne y pensamiento, se retroaliementan mutuamente, tal como si cada uno de los términos de la ecuación fuese parásito del otro, como si a veces no hubiese más vida que la escritura y ésta, al sentirse creada, regalase a cambio de nuevo la Vida -sí, con mayúsculas-. Y en esta relación que, curiosamente, cuanto más sincera y estrecha, más auténtica, más potente y fructífera, y también, las más de las veces, peor acaba, el gran público ávido de best-sellers con los que decorar sus estantes, la respetable crítica sedienta de mitos y héroes de la letra, y, por supuesto, los eminentes editores golosos de crematísticos superventas, son simplemente molesto y ruidoso público en el gallinero que más bien poco saben de eso que gustan en llamar Arte.

London, con la Magia entre los Dedos


Porque realmente no importa si tu historia vende un millón de ejemplares o se queda para los restos encerrada en la oscuridad de un cajón -o un disco duro-, como tampoco el que te lean miles o te lean cientos o no te lea ni el apuntador, ni tan siquiera el que guste lo que dices o tus versos caigan al común del respetable como el culo. Porque si tú, autor, padre y dios de tus ficciones, y por extensión, el más duro y severo de los críticos para contigo mismo, estás orgulloso de tus palabras, entonces "el trabajo está ya todo hecho"... pues la luz que despide tu obra eclipsa el Universo y la llama que arde en tu pecho mientras creas ensombrece al mismo Dios... aun cuando la muerte tarde o temprano te gane la partida del aliento...

Y esa magia no hay jodida carta de rechazo, humana ni divina, que la apague...

© JIP