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LOS AMANTES IMPOSIBLES

<strong>LOS AMANTES IMPOSIBLES</strong>

En el confín salvaje de los dos mundos, allí donde Venus restalla plasmático, deslizante, y Marte la acoge, ciñe ardoroso el tremor de sus oleajes ondulados, allí donde las aguas oceánicas, tintadas de espuma, ausentes de oscuro abisal, seducen al arrecife plateado, la roca parda, la roja tierra, con sus danzares volubles, sus rumores hipnóticos, tal que doradas visiones de infantil paraíso robadas al desván prohibido, apenas unos instantes levemente entreabierto, se citan los amantes del mar, estrechamente vigilados por la ocre pupila de un dios que se retira, despreocupado, de su sala de juegos. Separados por leyes, por barreras, por distancias insalvables, hijos de severos padres, familias enfrentadas, abrazados ambos a sus cuerpos, estrechados a su amor, quisieran no haber oído jamás la palabra imposible, y acompañarse enlazados en su pasión eterna. Quisiera ella llevarlo siempre pegado a su pecho, hundirlo, abismarlo para siempre en las frías corrientes cianóticas, y darle el aire, el alma entera en cada beso, y que fuese suyo, sólo suyo, para siempre, en las gélidas entrañas de su reino. Quisiera él alzarla al vuelo, bautizarla de aire y arena con sus propios brazos, y mantenerla siempre líquida con sus caricias, y que fuese suya, sólo suya, para siempre, en los feraces valles de su mundo. Pero el tiempo pasa, derramándose los segundos sobre ellos como pesadas condenas invisibles; y el puñal de la separación será un anochecer definitivo. Y arderá la tierra, y hervirá el mar, y el ojo del dios esquivo se apagará, mas del abrazo de los amantes del mar quedará su magia, mas del calor de los amantes quiméricos quedará su amor… una pequeña burbuja de cristal inmarcesible que sobrevivirá muda, ciega y sorda al ocaso de todo lo creado…

© JIP

THE MERMAID (1910)
Howard Pyle

UN BESO DE LLUVIA

Tropezó bajando las escaleras y se golpeó el codo contra la barandilla de hierro. ¡Maldita sea, buena forma de empezar el día! Le dolía horrores y no tardó en hinchársele toda la zona y sentir tumefacto el antebrazo entero.

No pudo encontrar aparcamiento cerca de la facultad, así que tuvo que irse cinco manzanas más abajo. El hueco era justillo justillo, pero toquecito por delante, toquecito por detrás, consiguió al fin calzar el coche a la acera. Ya se había perdido la primera clase, de modo que se lo tomaría con calma; leería el periódico tranquilamente en el bar de la facultad mientras tomaba un rico café con leche descafeinado, ¡de máquina, por favor! Doliéndose todavía del brazo entró cabizbajo en el quiosco, cogió el diario y se acercó al mostrador. Su vista ascendió lentamente desde éste, en el que había dejado el periódico, hasta la portada de un libro abierto, sostenido en el aire: “David Cronenberg. La Estética de la Carne”, editorial Nuer, el careto del menda con las gafas rotas en la portada... lo había leído... muy bueno... muy bueno... ummmmm... Luego su mirada subió espontáneamente, espoleada por la curiosidad, hasta el rostro que medio se escondía tras aquellas páginas. Entonces ella dejó el libro para atenderle… “Buenos Días”... aquella voz no figuraba en sus archivos... “Buenos Días”... tampoco su cara le sonaba; ojazos marrones, media melena de morenos rizos, blanca piel levemente enrojecida en los pómulos... ¡Buffff!... ¡y además le interesaba Cronenberg!... -¡más Buffff!-... “Esto… te cojo el diario y… y un paquete de estos”... Apenas nunca mascaba chicle, y menos chiches "Bident"... Oyó el característico ¡piiiiiiiii! del escáner reconociendo el código de barras mientras hurgaba, la cabeza gacha, sobre la cartera, decidiendo si pagaría con un billete de cinco o de diez, intentando sacarse la tontería de encima. “Dos con veinte, por favor” ¡Joder, la industria chicletera pretende enriquecerse a mi costa! Le tendió el billete de cinco, ella le devolvió el cambio, “Gracias”... "A... a ti"... Permaneció allí parado, marmóreo durante breves segundos, luchando entre la estupefacción y la vergüenza, queriendo poner freno a las palabras que ya subían imparables por su garganta sin su permiso consciente… no podía creer que fuese a decirle aquello...

- Oye, disculpa… ¿T… tú has leído a James Ballard?
- No. –sonrió cómplice, traviesa.
- Ah... Bueno... Adiós...
- Adiós...

¡¿Tú has leído a Ballard?!... ¡¡¿Tú has leído a Ballard?!!... ¡Santo Dios!... ¡Menudo tonto del culo que estás hecho!... sólo a un friki como tú se le ocurriría preguntarle eso…y se fastidió el leer el periódico, y se fastidió el café descafeinado, y se fastidió su tranquila hora de relax en el bar. Y durante el resto de la mañana no hizo más que pensar en el tamaño de su ridículo mientras se frotaba el codo lastimado, como un animalillo malherido.

* * * * *

Por la tarde salió de caza, es decir, de librerías, cobrándose sólo una pequeña pieza, de esas de bolsillo y tapas blandas: “Miedo y Asco en las Vegas”. Vonnegut lo recomendaba en la contraportada, Terry William había hecho una película de ella que todavía no había visto; la protagonizaba Johnny Depp... No podía ser malo. Después entró en un café cercano, ese en el que tienen libros de decoración, porque jamás nadie los toca, y también exponen obras de arte, pinturas de amigos y de amigos de amigos del dueño del local. Había días en que algunos de aquellos cuadros eran dignos de contemplación, sí, pero ese no era de uno de ellos... así que lo mejor era ponerse inmediatamente a devorar el libro. Un café con leche descafeinado... ¡de máquina, por favor! Cuando se lo sirvieron en la mesa ya había empezado la novela, pintaba bien, periodismo gonzo lo llamaban. Vertió el azúcar y lo removió bien. Le pegó un buen sorbo que... por poco se le atraganta...

Allí estaba de nuevo, sentada justo en frente, en la mesa de al lado, con la atención puesta en otro libro -¡“Crash” de James G. Ballard!-... como si me hubiese estado siguiendo durante todo el día, silenciosa y cristalina, desde el mostrador del quiosco hasta aquel café. No podía creerlo. Aquello sobrepasaba con creces su umbral de verosimilitud. Por un instante quiso volverse, mirar rápidamente a su entorno buscando sorprender a las inadvertidas cámaras de cine que sin duda debían estar rodando su escena del día... pero no... aquello era la maldita vida real... ¿o no?...

- Creí que no leías a Ballard.
- Y no lo hacía -volviendo a sonreír todavía más cómplice, picarona y traviesa
que por la mañana.
- ¿Quieres un chicle?... son de fresa...

* * * * *

Pasaron toda aquella tarde charlando y riendo, conociéndose en cada palabra, en cada gesto y en cada silencio, pero a la vez tratándose como si se conociesen de toda la vida; hablaron de cine y de libros; de fantasías, terrores y ficciones; de Cronenberg y la Nueva Carne, cómo no; de la obra de Ballard él a ella; de los aventureros de Pérez-Reverte ella a él. También hablaron de ellos, de sus vidas, de sus corazones, mientras la noche estival abrazaba su lento deambular por las calles y los parques de la ciudad. Una luz ardorosa e invisible, como rocío volcánico, los envolvía, creciendo a cada instante.

De repente comenzó a llover una de esas lluvias tibias, compasivas y amables, y ambos se callaron. El silencio se alargó y sus miradas se estrecharon hasta encontrarse, electrificadas... entonces él la besó...

* * * * *

Despertó de golpe. Miró a su entorno agitado; su cama, su habitación, las ocho de la mañana pasadas... ¡¿Acaso todo había sido un sueño?!... ¡¿Acaso podía ser otra cosa?!... Demasiado bonito para ser cierto... ¡¡¡Santo Dios, si de algún sueño no quería despertar era precisamente de ese!!!... ¡Cabrón!... Resignada desesperación...

Tenía el tiempo justo si quería llegar a tiempo a la primera clase de la mañana. Bajó los escalones a la carrera y tropezó golpeándose el codo contra la barandilla de hierro... Jamás un dolor tan horrible lo había colmado de tanto júbilo... Salió atropelladamente a la calle, ¡¡¡¿Dónde diablos dejé el coche?!!!... No tenía un minuto que perder...

© JIP

LUCES QUE CESAN...

<strong>LUCES QUE CESAN...</strong>

“Yo Existo”. Esas y no otras son las últimas palabras del “Meca-Gigoló”, Jude Law, mientras se eleva hacia las alturas que serán su fin. Antes incluso que el instinto de conservación que presagia la muerte, se impone en él la necesidad de autoafirmar la singularidad de su propia existencia apelando a la legendaria fórmula cartesiana. Quisiera seguir viviendo pero no le dejan; tiene miedo a morir porque se siente vivo; si quieren destruirlo es porque existe; si pueden matarlo es porque vive; si ahora que el fin está cerca tiene miedo es porque ES, y teme DEJAR DE SER...

Los Mecas, al igual que sus padres,los hombres, aman la vida, temen la muerte, y viven entre una y otra como pueden, a caballo entre la felicidad y la amargura, pues son, a imagen y semejanza de sus creadores, capaces de pensar y sentir, mostrándose en todos sus actos mucho más nobles y enteros que aquellos que los crearon, incluso en la asunción de la próxima y total desaparición. El hombre quiso jugó a ser Dios por aprehender lo inaprensible, comprender lo inconcebible, y una vez lo hubo logrado, se dio cuenta de que seguía sin hallar sentidos ni significados, tal vez, porque la divinidad no posee sentidos ni significados... Y tras este nuevo fracaso su reacción, lejos de enaltecerle, lo abismó en la ruindad: "Sí no lo puedo comprender, entonces actuaré como él..." Y trató a sus hijos de metal como un Saturno voraz e inmisericorde, negándoles el libre albedrío, quitándoles la vida, ignorando su insoslayable identidad... Prometeo seguiría pagando su error y su osadía por el resto de la eternidad, y nosotros, los seres humanos, demostramos ser totalmente indignos de su fuego, de la ciencia y la razón que él nos regaló, no sabiendo alcanzar más que una especie de divinidad espuria. Una divinidad que ahoga a sus hijos-robots tanto a más como la Divinidad Ultraterrena ahoga a sus hijos-hombres. No importaría cuántas oportunidades más le fuesen brindades, cuántos nuevos y excepcionales regalos más le fuesen entregados, porque la historia del hombre es la historia de un nietzscheano eterno retorno; un retorno eternamente fracasado... Tal vez sí que es verdad que no hay sentidos ni significados en la divinidad, tan solo absurdos y vacíos... la materia agria y transparente que conforma la Nada...

Y ante la Nada qué responder, qué gritar al negro silencio... Vida, Vida y nada más que Vida... y unido a la Vida, el Amor, inseparable, indisoluble, el uno pegado a la otra hasta ser Una y la Misma cosa, mistérica y magnificente.

La misma vida y el mismo amor que latía en el contrahecho monstruo de Frankenstein mientras pedía a su padre una compañera, mientras lloraba en la vastedad de los hielos el fin de ese padre, que él mismo había propiciado. La misma vida y el mismo amor que despedía el cuerpo moribundo de Deckard, el replicante, mientras añoraba las luces de tiempos pasados reflejadas en puertas ignotas, mientras lloraba la sequedad de los ojos muertos de Pris, su replicante amada. Esa misma vida y ese mismo amor que llenaban los sueños de David, el Meca-Niño que sólo pretendía querer y ser querido, amar y ser amado por una madre de carne y hueso; justo aquella que jamás podría ser suya.

Llamó primero a las puertas del dios-hombre que lo creó, en busca de huesos, carne y sangre con los que vestir aquel amor que tanto ansiaba, y la respuesta del padre fue el silencio; una habitación vacía invadida de hermanos todavía sin alma, más y más Mecas-Niño David a la espera de ser alumbrados a un mundo que les provocaría el mismo sufrimiento y dolor que ahora él mismo padecía. Contumaz en su ceguera, el dios-hombre no tenía respuestas...

Llamó después a las puertas del Dios-Mito, con nombre y forma de Hada Azul; tal vez él tuviese la respuesta... pero ésta no fue más que un océano de hielo y oscuridad por espacio de dosmil años. El Dios-Mito también era ciego...

Tuvo que ser el dios-Ficción, disfrazado de hipotéticos y soñados alienígenas, el que atendiera las súplicas del pequeño robot que quiso ser amado, otorgándole por espacio de un día los dulces, maravillosos frutos de sus postergados anhelos. Y la luz de la vida y el amor que fulgió en sus ojos azules de niño-máquina durante aquel día palideció el entero Universo...

Pero el dios-Ficción, la divinidad-Imaginario, no existe sino por oposición a la desnuda realidad, señalando, evidenciando las taras de ésta, y, en consecuencia, ha de tener un principio y un final, porque de lo contrario, cómo diferenciar una de otra... La ficción, como la vida, como el amor, encuentra su sentido y su identidad -ese sentido y esa identidad que ningún Dios posee- en su inherente finitud.

Así, todas las ficciones cesan y todas las vidas pasan... y en el final de ese quimérico cuento de hadas que es Inteligencia Artificial, en tanto la madre humana duerme y muere cogida de la mano del niño mecánico que decide también dormir y morir a su vez, porque si ya no hay amor, tampoco hay sentido, ni mucho menos vida... la pantalla va oscureciéndose lentamente a través de ventanas que se cierran sobre su sueño, hasta que todo se sume en una noche total... eterna...

... Todas las luces se apagan tarde o temprano...

© JIP

ESTA NOCHE NO PUDE DORMIR, ASÍ QUE...

(Noche cerrada. Sin Luna. Oscuridad Absoluta. Tan solo el resplandor que desprenden dos almas)

KURTZ: Buenos días, Rick.
RICK: ¿Buenos Días?... Es de noche, señor...
KURTZ: Eso puede arreglarse, amigo. (Da dos palmadas. Un sol se cuelga del cielo. La oscuridad se vuelve jungla húmeda, verde, hermética)
RICK: Ah... ¡Cuánto poder en las manos! ¿Debe usted ser Dios como poco?
KURTZ: ¡Dios ha muerto!... acaso no lo sabía usted... (se carcajea) De vez en cuando pasa por aquí gente loca que trae buenas nuevas. Esto me lo dijo un tipo serio, de gran mostacho y abismo en los ojos, antes de perderse para siempre en la espesura... (señala a su espalda con la cabeza) ¡Aquél sí estaba como una auténtica regadera! (vuelve a carcajearse mientras hace círculos con el índice en torno a su sien)
RICK: ¿Un nihilista?
KURTZ: Más bien El Nihilista.
RICK: Entonces, si no es usted Dios, tendré que seguir buscando.
KURTZ: Yo tan solo soy dios y víctima de mi propia locura, como todos por aquí, y procuro dedicarme a ella con suma devoción (enciende un pitillo, le da un par de hondas caladas, luego se lo ofrece a Rick. Éste lo acepta)
RICK: Yo no fumo, pero se lo acepto porque se me acabaron los chicles...
KURTZ: De todos modos, no se equivoque usted, mi querido Max, porque yo soy el hombre que busca y este, (abre los brazos señalando su entorno) es el corazón de la tinieblas... lo que pasa es que hoy hace bueno y está despejado...
MAX:¿Cómo supo usted mis nombres?
KURTZ: Yo lo sé todo de usted, lo sé todo de todos los que acaban aquí sus caminos... Además... ¡lo pone en el libreto, estúpido...!
MAX: ¡Ah!... Entonces es usted Kurtz.
KURTZ: En efecto. ¿Viene usted a matarme, Rick?
RICK: Así es. Pero todavía no cobré este mes y estoy algo mosca... así que si quiere lo discutimos...
KURTZ: ¡Espléndido! Hablémoslo mientras comemos, si le parece (chasquea los dedos. Aparecen de la nada dos sillas y una mesa plegables, y sobre ésta, dos platos de sopa, unas piezas de fruta y una botella de vino tinto. Los dos toman asiento y empiezan a comer) Tiene usted razón, está muy mal el trabajo hoy en día. Mucho empleo basura... No se valora el talento, ¿no cree...?
RICK: Muy cierto. Yo trabajé durante un tiempo de... pero, bueno, qué le voy a contar de mí que ya no sepa...
KURTZ: Sí, lo sé,pero habléme de ello de todos modos...
RICK: ¿Por qué?
KURTZ: Es una manera como cualquier otra de rellenar diálogo...
RICK: ¡Ah! ¡Qué bueno! Pues... yo trabajé durante un tiempo de Blade Runner, asesinando replicantes a sangre fría y tal... no estaba mal... pero un día caí en la cuenta de que yo mismo era también un replicante y se me llenó la mente de preguntas sin respuestas, y acabé por entrar en contradicción conmigo mismo.
KURTZ: Mal asunto, amigo.
RICK: Sí. Tuve que dejarlo... además... hacía una humedad terrible... malo para mi espalda...
KURTZ: Le comprendo a usted perfectamente. Yo combatí en Tannhäuser, sabe... una experiencia horrible...
RICK: ¡¿De verdad?! ¡¿Y cómo salió de allí con vida?! ¡¿Le hirieron?!
KURTZ: No. Me hice el muerto. Soy esencialmente cobarde... (coge la botella de vino y le echa un buen trago, luego se la ofrece a Rick) ¿Vino?
RICK: Yo nunca bebo... Vino (Silencio) (Miradas cruzadas) (Silencio) Es un chiste intestino, sabe.
KURTZ: ¿Porque piensa que sólo lo entiende usted...?
RICK: No, porque no me sienta bien el vino... me descompone.
KURTZ: Entiendo... Pues Bela Lugosi también se paseó por aquí hará un tiempo. Estaba mortalmente pálido, vestía de negro e iba siempre con la capa a rastras, y no hacía más que gritarme que podía volar, que podía volar... y que si podía pasarle algo de morfina... Mal asunto (y tuerce la boca en una mueca de resignación)
RICK: ¿Y qué pasó?
KURTZ: Le dije que ahuecase el ala (Silencio) (Los dos terminan de comer. Kurtz enciende otro pitillo) Pero no se calle, querido amigo, siga con su curriculum... qué hizo después de abandonar Los Ángeles...
MAX: Ah sí... después de aquello trabajé como director de una pequeño canal de TV. Le dábamos al público todo tipo de basura.... y ellos la degustaban con gran fruición... ¡Gran invento la televisión!
KURTZ: Sin duda.
MAX: Incluso me eché una novia, una chica cañón, de esas que sólo se ven en los sueños y en las palículas. Nicki se llamaba. Le iban las emociones fuertes y quemarse los pechos con cigarrillos... Mucha mujer aquella, sí... ¿Me da una calada?
KURTZ: ¿Creí que no fumaba? (le tiende el cigarrillo)
MAX: Y no lo hago... pero es que de repente me he puesto nostálgico (le da una honda calada, expulsando el humo lentamente con la mirada perdida en el infinito)
KURTZ: ¿Y qué ocurrió después?
MAX: (Volviendo en sí)¡Oh!... pues empecé a tener serios problemas... pesadillas... alucinaciones... mutaciones cárnicas, cosa chunga... Mi dermatólogo me aconsejó que lo dejase inmediatamente.
KURTZ: Claro, la salud ante todo...
JIP: Sí... y bueno, hasta ahora andaba deambulando de aquí para allá, sin oficio ni beneficio, escribiendo diálogos absurdos como este en mis noches de insomnio, hasta que me ofrecieron este trabajo... Me dijeron, eh, chaval, quieres irte al infierno... a cargarte a Dios... el curro de tu vida... y aquí estoy. (se termina el pitillo, lo arroja al suelo y lo apaga con el zapato, restregándolo con saña)
KURTZ: Ajá... Todo eso es muy interesante, aunque, claro está, ya lo sabía... A mí también me dio por la escritura hace un tiempo, nada más llegar aquí. Escribí un poema... ¿quiere escucharlo?... su opinión sería muy importante para mí...
JIP: Por supuesto...
KURTZ: Lo títule "El Horror", claro está, y se lo dediqué a Conrad y Coppola, mis amados padres... Decía así... (carraspea y cambia el rostro a una expresión seria)

Cada continua mañana amanezco muerto,
respiro aire, se mueve mi cuerpo,
mas yáceme la mente apagada;
yerta en el más hondo de los silencios.

Me enfrento al espejo y contemplo,
la imagen se me muestra oscura y gris,
demacrada y vieja... horrible;
tan real como la vida misma.

Sus ojos fenecidos me observan acechantes,
su hedionda boca, inculpante, me señala.
Palabras graves salvan la superficie
cristalina y me interrogan:
¿Has visto el horror alguna vez?
y atroces imágenes me asaltan la memoria...

He visto guerras y batallas,
campos ungidos en sangre,
hedientos riachuelos de muerte,
cómo odio y rabia prendían fuego
y sus infernales llamas arrasaban el presente.

He visto la huella del fin
en el rostro de un niño pequeño;
el gesto convulso de tremebundo
dolor en su faz desencajada,
sus ojos vidriosos,
bañados en negras lágrimas,
llorando la existencia ya perdida,
gimoteando desolado la vida no vivida.

He visto al hombre clamando venganza,
ciega la razón, sedienta de odio su alma,
chillando sangre, clamando garras,
ansiando derramar la vida ajena.

He visto cómo un Dios inexistente
me dejó náufrago y desamparado,
solitario en este lluvioso mar de preguntas sin respuesta.

He visto perecer todos mis sueños en el olvido,
precipitados, marchitos, abismados
enteros al más ardiente vacío.

He visto cómo el tiempo, fuerza fugaz,
quebrantaba mis huesos en furioso embate,
y su quehacer inexorable transformaba mi cuerpo
en decrépita máquina, en arrabal de senectud.

He visto cómo la Muerte amenazaba mi sueño
con la impetuosa acometida de su guadaña,
mientras sus punzantes ojos rojos me cegaban
y sus uñas venenosas sajábanme mortalmente el pecho.

He visto el amor desvanecerse en la vigilia,
preso de una letal amargura, un desengaño eterno.

He visto... mi vida.
He vivido... mi vida.
Sí. Por completo...
... Y tú, pardo reflejo de mi inconsciencia
me preguntas si he visto el horror alguna vez…

El Horror...
El Horror...
Sí, lo he visto,
he danzado con él y su amiga del alma, la Muerte,
a la luz de una brillante luna llena.

Sí, lo he visto... y lo veo;
todos los hombres ven día tras día,
su imagen gris reflejada en un oscuro espejo.

(Silencio. La expresión de creciente entusiasmo que Kurtz fue adquiriendo a medida que se envalentonaba recitando su poema, va cambiándose poco a poco por un mohín de tristeza al observar la estupefacción de JIP. El silecio sigue hasta hacerse verdaderamente incómodo)

JIP: Para serle sincero... querido amigo, es bastante malo... Un auténtico ripio... Creo que después de esto, y muy a mi pesar, no me va a quedar más remedio que matarle... (el rostro de Kurtz es la viva máscara de una tragedia griega. Las lágrimas están a punto de aflorar, pero se sobrepone al fin, no sin esfuerzo)
KURTZ: Sí, bueno... tenga en cuenta que soy novel en estas lides y el paisaje no es que le disponga fácilmente a uno al favor de las musas.

(El silencio incómodo vuelve a hacerse entre los dos. Kurtz, mortalmente afligido, clava la mirada en el suelo, ovillado y servil, mientras JIP tamborilea nervioso el suelo con el tacón derecho y mira la hora)

JIP: Bueno, créame que la compañía ha sido grata, pero la verdad es que se me ha hecho algo tarde, y debería empezar a finiquitar el asunto que me trajo hasta aquí... así que... si no le importa, le pegó un tirito y listos... le prometo que no sentirá nada; el fin será instantáneo. (saca la pistola, revisa la munición, la carga y quita el seguro)
KURTZ: Bueno, a decir verdad, ya empezaba a estar un poco harto de todo esto... siempre me he preguntado qué habría más allá, jungla adentro... así que no tengo inconveniente en avenirme a su propuesta... No obstante, sí quería preguntarle una última cosa, si no es indiscreción...
JIP: Adelante.
KURTZ: ¿Cuáles son sus honorarios? ¿Qué saca usted de todo esto?
JIP: Mi sueño de toda la vida... un viaje a Tánger...
KURTZ: Ajá... Preciosa en esta época de año, según tengo entendido...
JIP: En esta y en todas, querido Kurtz... en esta y en todas...
KURTZ: ¿Sabe que al apretar ese gatillo terminará mi locura y dará comienzo la suya, que éste que fue mi reino será en adelante el suyo, y que las pesadillas ya no lo abandonarán jamás...?
JIP: Es una posibilidad... aunque el Eterno Retorno es una hipótesis todavía por demostrar empíricamente. En cualquier caso, como los personajes de ficción que somos no nos queda más remedio que asumir los destinos que se le antojaron a ese que en este mismo instante nos escribe... es decir, que usted debe morir y yo debo apretar el gatillo... así que vayamos a ello, porque son ya las nueve y media de la mañana... y no he pegado ojo en toda la noche... y voy a hacerme algo de desayunar, que hay hambre...

(El estrépito restalla ahogado. La luz desaparece y todo se confunde en un latir de Tinieblas. Silencio... Silencio)

© JIP

VERSOS QUE NO SON VERSOS

<strong>VERSOS QUE NO SON VERSOS</strong>

Leí "Ocnos" en una de esas fiebres devoralibros que a menudo me atacan, en el inicio de mi primer año en la Facultad de Psicología, a la postre el último, y ya entonces como ahora era para mí mucho más importante el dejarme embargar por el influjo de cualquier página elegida al azar más autodidacto, que aplicarme en las farragosas lecturas impuestas por los estudios; creo que siempre tendré un grave problema con eso... De la edición de "Ocnos" que me hechizó aquellos días apenas recuerdo más que su portada beige cremoso, su título en letras verde vivo, y la pequeña biblioteca municipal de la que lo saqué, pero de su lectura, en cambio, mantengo imborrables daguerrotipos mentales. Como escribió Ortega, "... citarnos el título de ciertos libros equivale a citarnos una ciudad donde hemos vivido algún tiempo; en seguida recordamos un clima, un olor peculiar de la ciudad, un tono general de su gente o un ritmo típico de existencia".

De aquello hace ya cerca de siete años y mi ritmo de existencia ha dado un giro radical, porque nos guste o no, siete años son una eternidad cuando se atalayan desde el presente, con esas asombrosas y a veces hirientes pinceladas de irrecuperable pasado con las que se nos presentan, y como todo libro ajeno cuya lectura disfruté, "Ocnos" volvió a mí, esta vez para alojarse definitivamente en mi biblioteca; yo me ocupé de ello. Tardó cierto tiempo, no obstante, pero cuando lo hizo, lo hizo en forma de una deliciosa y menuda edición del Ayuntamiento y la Diputación de Sevilla, del 2002, en conmemoración del centenario del nacimiento del poeta que, lo reconozco, me dolió mucho violar con mis apuntes manuscritos y subrayados... Se incluían además los poemas que componían "Variaciones sobre Tema Mexicano", el otro libro de poemas en prosa de Cernuda.

La relectura de "Ocnos" y la lectura de "Variaciones..." fue una experiencia mágica y, a decir verdad, sólo incluyendo el libro entero en este artículo podría hacer justicia a lo que fue para mí vivir sus versos, deslizarme por las visiones que el poeta compartía conmigo acerca de temas tan íntimos como su infancia, sus recuerdos, sus rincones secretos, o tan universales, como el amor, la naturaleza, la muerte, o el vacío de la nada, en poemas tan bellos como "El Miedo", "El Tiempo", "Belleza Oculta", "El Enamorado", "El Destino", "La Casa", "Los Ojos y la Voz", y tantos, tantos otros.

Gran parte de mi propia expresión, de la particular forma de acercarme al folio en blanco que desarrollé en aquellos tiempos, se la debo, por suerte o por desgracia, al ritmo, la cadencia sinuosa y la voz que estas prosas musicales me implantaron, y cuánto más paso por ellos -ahora que los tengo al alcance de la mano- más los siento como ambiguas esquirlas de espejo en los que reflejar tanto de mí mismo.

Cernuda incluyó este "ESCRITO EN EL AGUA " como poema final de la primera edición de "Ocnos", para eliminarlo posteriormente en las sucesivas reediciones del libro. Yo lo incluyo hoy aquí, como muestra de la capacidad de embrujo de la que estos “versos que no son versos” fueron capaces en mí y... ¿en cuántos otros más?... seguro que muchos...

ESCRITO EN EL AGUA

Desde niño, tan lejos como vaya mi recuerdo, he buscado siempre lo que no cambia, he deseado la eternidad. Todo contribuía alrededor mío, durante mis primeros años, a mantener en mí la ilusión y la creencia de lo permanente; la casa familiar inmutable, los accidentes idénticos en mi vida. Si algo cambiaba, era para volver más tarde a lo acostumbrado, sucediéndose todo como las estaciones en el ciclo del año, y tras la diversidad aparente siempre se traslucía la unidad íntima.

Pero terminó la niñez y caí en el mundo. Las gentes morían en torno mío y las casas se arruinaban. Como entonces me poseía el delirio del amor, no tuve una mirada siquiera para aquellos testimonios de la caducidad humana. Si había descubierto el secreto de la eternidad, si yo poseía la eternidad en mi espíritu, ¿qué me importaba lo demás? Mas apenas me acercaba a estrechar un cuerpo contra el mío, cuando con mi deseo creía infundirle permanencia, huía de mis brazos dejándolos vacíos

Después amé a los animales, los árboles (he amado un chopo, he amado un álamo blanco), la tierra. Todo desaparecía, poniendo en mi soledad el sentimiento amargo de lo efímero. Yo solo parecía duradero entre la fuga de las cosas. Y entonces, fija y cruel, surgió en mí la idea de mi propia desaparición, de cómo también yo me partiría un día de mí.

¡Dios!, exclamé entonces, dame la eternidad. Dios era ya para mí el amor no conseguido en este mundo, el amor nunca roto, triunfante sobre la astucia bicorne del tiempo y de la muerte. Y amé a Dios como al amigo incomparable y perfecto.

Fue un sueño más, porque Dios no existe. Me lo dijo la hoja seca caída, que un pie deshace al pasar. Me lo dijo el pájaro muerto, inerte sobre la tierra el ala rota y podrida. Me lo dijo la conciencia, que un día ha de perderse en la vastedad del no ser. Y si Dios no existe, ¿cómo puedo existir yo? Yo no existo ni aun ahora, que como una sombra me arrastro entre el delirio de sombras, respirando estas palabras desalentadas, testimonio (¿de quién y para quién?) absurdo de mi existencia.

Luis Cernuda
Ocnos

SUEÑO VARADO

<strong>SUEÑO VARADO</strong>

Alma de aventura, ojos de infinito, carne de horizonte, manos agrietadas de trasegar sueños, heme aquí abandonado al fin a mi suerte en arenas de desolación. Extinto el tiempo de las velas y su viento, las olas y su espuma, las salvajes costas y su verde alfombra de vida infinita, que todas me las segaron, me las cercenaron de cuajo estos malos tiempos que ya no son para mí; terminadas las travesías, los abordajes, las noches de ron y taberna, los días de luz y mar salada, que no hay nave ya que soporte estas aguas cenagosas, repletas de hiel, de hipocresía, de mentiras y traición, varé mis tristes huesos en este terruño de penumbra, cual ballena moribunda que busca morir en paz. Envuelto en este amarillo cielo que no puedo mirar porque me quema las pupilas, me arde las arterias, me pinta el corazón todo de llama, sólo me queda esperar, cabizbajo sobre mi postración, sintiendo el abrazo del silencio, el susurro del recuerdo, ese seco calor de la oscuridad…

© JIP

MAROONED (1909)
Howard Pyle

AHAB Y EL DIOS OCÉANO

<strong>AHAB Y EL DIOS OCÉANO</strong>

"-¡Ah, Ahab! -gritó Starbuck-, no es demasiado tarde, incluso ahora, el tercer día, para desistir. ¡Mira! Moby Dick no te busca. ¡Eres tú, eres tú el que locamente la buscas!"

Una vez más, y no sé cuántas van ya, el acervo audiovisual, en su implacable cercanía y automaticidad, merced a lo fácil y rápido de su consumo y digestión, acabó contaminando el goce de un original literario. Di inicio a la lectura de Moby Dick con una imagen en mi mente, la de Gregory Peck, metamorfoseado en severo, lacónico y perseverante Ahab, ya terminal, unido a la gran ballena blanca por multitud de arpones y estachas umbilicales, a medio camino entre el altar y la crucifixión, desapareciendo y tornando a nacer de entre las aguas revueltas, una y otra vez, hasta que el Pequod de cartón piedra fue engullido por el Maelstörm y aparecían los créditos del film magnífico de John Huston. Y dicha imagen me asaltó, una y otra vez, golpeando el yunque de mi imaginación durante la lectura de la novela cada vez que el locuaz y bravucón Ahab de Melville salía a la palestra… y con ella me quedé de nuevo al finalizar el libro, pues no hallé en sus últimas páginas mucho en algo semejante a aquel espléndido final que tan vívido recordaba en la pequeña pantalla del televisor… ¿Cuántas veces más la enorme valía de un texto se verá maculada por la mediación de la poderosa imagen audiovisual, sea ésta –la imagen- de mejor o peor ingeniería?...

No obstante, Moby Dick es una obra cumbre de la literatura, y encontré en ella espléndidos tesoros. Fue a la vez una lectura de aventuras excepcional, un viaje irrepetible por el universo del Océano y la navegación a vela –un mundo que no ha de volver jamás, sino en las páginas impresas y el celuloide-, así como también un ilustrador y didáctico tratado del siglo XIX acerca de los cetáceos y sus técnicas de captura, que poco a poco fue envolviéndome en una atmósfera de añoranza y nostalgia por mis lejanas lecturas juveniles, que nunca fueron, empero, todas las que hubiese deseado. Un deje de lamento por una ya irrecuperable forma de narrar buenas historias, e incluso por mi propia incapacidad para disfrutar ahora de aquéllas como antaño, crecía en mí mientras avanzaba por las páginas de Melville y al suyo se unían en mi recuerdo los nombres de Stevenson, Dumas, Scott, Conan Doyle, Kipling, Verne y tantos otros...

Pero, con todo, Moby Dick no fue como yo creyera a priori una novela sobre el Mal en sí, en esencia, representado por la voraz e nívea ballena blanca, sino que, antes bien, se me antojó una novela sobre la Obsesión y cómo ésta puede llegar a convertirse en razón y vehículo de existencia para un individuo. Porque Moby Dick no es el Mal en sí, ni tan siquiera es una representación del Maligno; Melville en pasaje alguno retrata al cachalote como algo esencialmente diabólico. Es más bien un tótem, un icono insoslayable e indestructible, simbolizador en el mundo de los hombres de la única y verdadera religión que respira la novela de principio al fin; el Panteísmo.

Y el Capitán Ahab no es sino un recién nacido a esta religión, a este credo, y su madre no es otra que Moby Dick, que al privar al capitán de su pierna, provocó el parto de éste a la nueva naturaleza y a la obsesión. Por medio de ésta Ahab sólo hizo que buscar constantemente el reencontrarse con su verdadero Dios, que no era sino el Océano; la Naturaleza. Por eso, Ahab nació con Moby Dick y a Moby Dick acudió a buscar su fin, bajo las aguas del océano, al igual que el enorme ataúd de madera y velamen que fue siempre su buque, el Pequod.

Y precisamente por todo ello, esa imagen de Ahab unido indisolublemente al cachalote como si ambos fuesen la misma carne de un gran ser superior que podría ser el Océano y sus aguas abisales, es el mejor final que Moby Dick podría haber tenido… Cien años después, lo que Melville no alcanzó a modelar en suma perfección a través de la pluma, se encargaron de acabarlo otros dos norteamericanos de no menor talento; Ray Bradbury, autor del guión, y John Huston director del film, demostrando así que el Arte nunca cesará, nunca morirá, nunca dormirá mientras haya hombres.

En Moby Dick, por encima de cualesquiera otras consideraciones, nos encontramos con el hombre como el hijo de la Naturaleza que es, y que, habiendo renunciado a ella en favor de la razón y el maquinismo en su loca escalada hacia el progreso, sólo mediante la sed de venganza pudo llegar a expiar sus pecados y sus blasfemias, deshacerse de sus recién adquiridas costumbres de ser que se niega a sí mismo al negar su origen, y pudo al fin volver a reencontrase, aunque fuese en el momento de la muerte, con sus profundas raíces.

Melville, Bradbury, Huston, Gregory Peck… todos coadyuvaron para componer en Ahab el mayor de los mártires del Dios Océano...

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Este texto es ampliación del que, en su día, publiqué en Livra bajo el nick de
LEVIATHAN

EL REVERTE MÁS CONDENADAMENTE CABRÓN

Todo y que cuento "El Maestro de Esgrima" y "El Club Dumas" en mi particular panteón de lecturas apasionantes, a mí el Pérez-Reverte que más me gusta es el Reverte cabrón, el hijoputa, el fulano, el tocapelotas y pelotas...

Un Lúcido Cabrón


El mismo Reverte lenguaraz y sarcástico de "La Sombra del Águila"... ya saben... esa en que Napoleón, alias "Le Petit Cabrón", y un atajo de españoles "con dos cojones" se ventilan -"Raas-zaca-bum-cling-clang"- a un montón de "ruskis de mierda"... "¡Vaspaña!"... y todo eso...

El mismo Reverte ácido y dolido de "Territorio Comanche"... sí, esa... la de las guerras y la sangre y el polvo y el barro en los ojos de los reporteros... la de los muertos, sobre todo los muertos, esos que "están tan solos"... también la de los que quedan con vida... "Porque en el fondo cada muerto no es sino eso: el dolor futuro de alguien que te espera y no sabe que estás muerto"...

Ese Reverte que tiene patente de corso, el que no escribe sino es con ánimo de ofender, ese que semana a semana, desde hace unos años ya, nos echa a la cara las pestes de este mundo cabrón y sus cabrones ocupantes... esto es... él mismo... yo mismo... usted... ¡todos nosotros, joder...!

Ese mismo Reverte que ha sido galardonado con el XXIX Premio González-Ruano por Una Ventana a la Guerra, un artículo que ahora hace casi un año dijo -y dice- más malditas verdades de las que muchos hipócritas entrajados querrían ver impresas...

Por Julio Anguita Parrado, por José Couso... por todos los caídos sin nombre ni rostro... y los que todavía han de caer... también por aquellos que lloran y llorarán a los que no han de regresar jamás... mejor ceder de nuevo la palabra al Reverte más condenadamente cabrón, que, por lo común, suele ser también el más lúcido:

"No sé qué os contarán otros; pero yo estaba allí, y juro que siempre es la misma: un par de desgraciados con distinto uniforme que se pegan tiros el uno al otro, muertos de miedo en un agujero lleno de barro, y un cabrón con pintas fumándose un puro en un despacho climatizado, muy lejos, que diseña banderas, himnos nacionales y monumentos al soldado desconocido mientras se forra con la sangre y con la mierda. La guerra es un negocio de tenderos y de generales, hijos míos. Y lo demás es filfa"

Arturo Pérez-Reverte,Territorio Comanche

© JIP

UN MÁGICO ANTIHÉROE

Son muchas las preguntas que con la lógica en la mano me gustaría poder plantearme seriamente acerca de este misterio infantil, para tal vez, sólo tal vez, podérmelo quitar finalmente de la cabeza. ¿Por qué perseguir incansablemente, hasta al hastío, a un insignificante pajarraco cuyas finas carnes apenas ofrecen un bocado digno del empeño? ¿Por qué seguir confiando, contumaz y obstinadamente, en una marca, la inefable ACME, cuyo esperpéntico e inacabable, cuasi infinito, abanico de productos demuestra ser una y otra vez una inutilidad y un fraude? ¿Por qué, como si de una reformulación del mítico axioma de Murphy, el cacho de piedra, el pedazo de roca que acaba precipitándose al vacío siempre es el que sustenta a mi querido amigo?... Supongo que todas estas y otras preguntas similares podrían y deberían poder derribarse pura y llanamente con la carcajada cómplice de un niño cualquiera al contemplar cómo la delgada figura del Coyote cae irremisiblemente, silbando, silbando, hasta tomar tierra en el fondo de un golpe seco y ahogado, levantando una tenue nube de polvo. En el universo de los dibujos animados, aquél en el que tan felices vivimos durante un tiempo que se nos antojaba inacabable y que tan lejano e inalcanzable nos parece ahora, y especialmente en el universo Cartoon, tan distinto y mágico, tan felizmente absurdo, la suspensión de nuestra incredulidad fue, es, será una condición "sine qua non" en la que cualquier pretensión de lógica adulta y racional está vedada.

Y en este singular cosmos, tan otro, de policromos imposibles, mágicos héroes y villanos, uno fue siempre conformando en su mente, su corazón y sus recuerdos, desde niño un particular panteón de amados mitos, así como una recelosa lista de incomprensibles e inaceptables injusticias. Mitos como mi amado Coyote Warner e injusticias mayúsculas como el que nunca, jamás, mi querido amigo consiguiese dar caza al maldito y burlón Correcaminos.

¿Cuántas veces lo vi iniciar carreras desesperadas, encender rojos cohetes y cartuchos de TNT, accionar kafkianos artefactos "made in ACME", idear los más ingeniosos planes, para conseguir al fin echarle el guante al pajarraco corredor del eterno mic-mic en el pico... para acabar siempre todos sus esfuerzos en invariables aguas de borrajas, sumando uno más a su larga, laaaaargaaaaa lista de fracasos mientras caía, una vez más, en el abismo, y con él sus ilusiones y su impagable rostro de tristeza y resignación, hasta romperse sus huesos de goma y su crisma de celuloide pintado contra el suelo... En otra ocasión será...

Pero esa ocasión no llegaba nunca, una y otra vez, el Correcaminos conseguía salir indemne, burlándose, choteándose de mi amigo en su propia cara, sacándole la lengua en señal de mofa... "mic-mic"... ¡hasta otra, compañero!... nos vemos en el próximo episodio... y el Coyote caía y caía, triste, solitario y final... "fiiiiuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu"... hasta hacerse invisible bajo la nube de polvo, víctima de una muerte divertida y jovial, porque sin duda de ella, acto seguido, renacería, cual Fénix alzado, recompuesto desde sus cenizas...

Y yo me reía mientras caía... y yo, al tiempo, rabiaba por dentro mientras caía... Algún día, Correcaminos, algún día de estos él te borrará esa ridícula mueca de burla de la cara...

El audaz Bugs Bunny, el vehemente Pato Lucas, Silvestre y Piolín, e incluso el nada carismático Taz o el propio Correcaminos, suelen gozar del favor de los más pequeños y de aquellos que ya no lo son tanto... algo que, sin duda, no puedo comprender, que no me cabe en el alma, ya que no puedo hacer otra cosa que sentirme tan y tan cerca de ese eterno perdedor de tierna sonrisa, ese mágico antihéroe de felices ojos amarillos que es el Coyote...

La Triste Caída de Todos los Días


En cierto modo, ojalá no lo agarres nunca, querido amigo, que mientras sigas persiguiendo a tu presa, mientras sigas anhelando tu sueño, seguirás sabiéndote vivo en la lucha...

... y yo reiré y lloraré y lucharé contigo... hasta el fin... y aún en la derrota...

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REUNIÓN DE TRABAJO

Esta boutade está dedicada a Edwin Morgan; por sus palabras, Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo; por su gusto, y Woody Allen; por su visión, tan miope como lúcida y mordaz.

Los Placeres de la Guerra


Como cada día a las cinco de la tarde, el fragor de la batalla cesa dejando paso a las sinfonías de los moribundos. Suben entonces los generales contendientes al montículo a parlamentar. Los insignes militares fuman sus pipas, toman el té y reanudan su eterna partida de ajedrez mientras departen amistosamente…

- Sabe, estimado colega, creo que he olvidado el objeto de nuestra contienda…- mueve un alfil, sorbe gustoso su taza.

- Ahora que lo menciona… creo que también yo lo he olvidado, querido colega… y a fe que no hace poco tiempo si he de serle sincero… –avanza un peón, sonríe con malicia, da una larga calada a su pipa.

- ¿Y no cree, pues, que deberíamos detener la lucha? – retrasa un caballo a posiciones de retaguardia, degusta risueño el humo de su tabaco.

- ¡¿Y perder los placeres de nuestra amistad?! –avanza de nuevo el mismo peón ofreciéndolo en sacrificio, un brillo mefistofélico le tizna la cara.

- Como siempre, tiene usted toda la razón, estimado colega –acepta el regalo, se come la pieza, asiente cómplice y divertido con un leve ladear de cabeza.

Se despiden al rato dejando pendiente el juego para la siguiente jornada; misma hora, mismo lugar… ¡Hizo usted hoy unas muy buenas jugadas, querido amigo, confío en ser mejor rival mañana…!

Y al poco el silencio estalla y la sangre corre de nuevo libre y salvaje…

© JIP

DIARIO DE MI HYDE (2)

Domingo. O sea, ayer. Ocho de la mañana. El despertador me levanta. ¡Dios!... La espalda me duele horrores, como si toda ella fuese un único músculo agarrotado, pero al menos el dolor de cabeza se fue; después de un día entero con el infierno estallando en mi cerebro, desde que desperté hasta que conseguí, al fin, dormirme, amanecer de nuevo con la cabeza lúcida y sin dolor es algo bueno, muy bueno, tanto que casi me hace concebir esperanzas… aunque tampoco me hago demasiadas ilusiones.

El tren llega con retraso, media hora, hay cosas que nunca cambiarán, ni en este siglo ni en ningún otro. Hago tiempo tomando un café con leche; no es demasiado bueno. Intento leer algo pero lo dejo enseguida, no estoy de humor. Un abuelo se pone a jugar con su nieto en mitad de la cafetería, armando escándalo con una menuda pelota de plástico, y mientras el abuelo hace el tonto y pone esos rostros bobalicones que sólo se ponen delante de los bebés, como si fuesen auténticos subnormales, el pequeño, que apenas sí se tiene en pie, luce una viva sonrisa de oreja a oreja. Enseguida se hace con el respetable, captando su atención, provocando sonrisas y miradas tiernas. En todos ellos hay un fino deje de envidia inaprensible, no por la infancia ya perdida, sino porque quisieran también, como el crío risueño, vivir felices sin tener que entender nada de todo esto...

En el tren un tipo va recorriendo los vagones plantándoles la mano abierta en la cara al pasaje, directo al grano; ya ni siquiera se curran unos carteles ni se inventan unas dramáticas vidas que llorar. Miro su cara, ladeo la cabeza y él pasa al siguiente; es el mismo tipo que en la cafetería de la estación, dos mesas más allá, perdía su mirada en el fondo de una copa de vino tinto vacía…

Llego a Barcelona con cuarenta minutos de retraso; dos horas y diez minutos para cien kilómetros… Mientras camino por el andén me quedo mirando las colillas, no puedo evitarlo, siempre acabo mirando ese inmenso oceáno de colillas sucias que se amontonan a los lados de las vías. Me pregunto si alguien baja ahí de cuando en cuando a aspirar toda esa mierda, no es tan difícil pienso, es algo que saldría con cierta facilidad. Aunque bien mirado, tal vez siempre son las mismas y están ahí pegadas a propósito. Son de madera, de cerámica o de plástico, primero las pintaron a mano, una a una, y luego las pegaron ahí. Sí, tal vez no es más que otra valiosa seña de identidad de la ciudad como la Sagrada Família, la Torre de Collserola, las Ramblas o el Camp Nou... Hay tal cantidad de gente en esta ciudad, gente gente y más gente por todas partes, gente que fuma y fuma sin cesar y luego tira las colillas a las vías, gente capaz de crear de la nada un volumen de basura y desperdicio tan atroz que aunque todos y cada uno de sus habitantes fuesen barrenderos trabajando a turnos de doce horas, esta ciudad no sería jamás capaz de limpiarse a sí misma… La gente nunca se acaba y su basura tampoco…


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DIARIO DE MI HYDE (3)

Postración es la mejor palabra de los hombres que hoy me define, eso creo, aunque desde luego es insuficiente y torpe. Todo esto que hoy me impregna por dentro y por fuera y me cala el corazón y los huesos es algo que difícilmente puede describirse con palabras... es bastante más que postración.

Me he pasado las horas escuchando "Until It Sleeps" en el trabajo, una y otra vez la misma canción. Cada nuevo coche que cogía lo mismo. Inserto el disco, pista cuatro, "Until It Sleeps" una y otra vez, a todo volumen, hasta reventar, conduciendo maquinal por la carretera con el pensamiento fundido en negro, sólo yo y la canción y eso que se parece a la postración pero que no lo es y que me tiene atenazado... "Until It Sleeps"... una y otra vez, la tarareo, me la sé de memoria, la hago mía mientras la realidad circula veloz a los costados, mientras viene a mi encuentro a través del parabrisas, hasta que las vibraciones de las guitarras y la batería y la voz desgarrada se filtran en mi mente, en mi sangre... "So hold me, until it sleeps..."

Ojalá pudiese dormir, sí, eso estaría bien... Me asalta de vez en cuando la idea de estrellarme con uno cualesquiera de estos coches, son buenas máquinas de muerte, eficaces. Sería uno de esos accidentes que siempre cuentan, fotografían, recuerdan los demás, porque tú... porque yo me hice Uno con el coche al chocar, mientras rodaba a 140 directo contra el muro y "Until It Sleeps" sonaba a toda pastilla en los altavoces, en mis arterias, y después de eso ya no hubo manera de distinguir la carne muerta del metal arrugado, ambos abrazados en el sueño final...

Tal vez así conseguiría al fin dormir un poco...

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EL HIPÓDROMO DE LA VIDA

La Carrera de la Muerte


THE RACE TRACK, 1895
Albert Pinkham Ryder

En el ruedo de la vida todos somos jugadores, corredores, perdedores...

Escucha el disparo de salida, grita, llora, abre los ojos por vez primera, ya puedes correr...

No te engañes, ni tengas fe, ni des cabida a la esperanza en tu seno, porque sólo hay un sentido al que tirar, todo horizonte es ficticio, inalcanzable, y por supuesto toda meta inexistente; tú y sólo tú, y un averno circular en el que dejar los huesos mientras corres...

Mírate bien, mírame bien, apuesta aquí tus sueños, que todos los has de perder, porque mis piernas son esas pezuñas que galopan; las pezuñas de la muerte, porque mis brazos son esa guadaña que anhela en vilo; la guadaña de la muerte, porque mis ojos son esos puñales negros que no perdonan; los puñales de la muerte...

¿Cómo ganar la carrera a la muerte? ¿Cómo ganarme pues la zancada a mí mismo si mi mente, mis venas, mi piel son... si todo yo no soy sino la esencia misma de la muerte?...

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DIARIO DE MI HYDE (4)

Os dijeron "todo acabó", "aquí ya no hay nada que ver", pero era mentira, el espectáculo siempre continúa, como cuando se cargaron a aquellos dos periodistas y todos se rasgaron hipócritas las vestiduras, como si aquellos dos valiesen más que el resto de cadáveres caídos en el tablero. ¿No recordáis la imagen?, fue célebre en su día y dio la vuelta al mundo, en las bocas y los ojos de todos, sobre todo en los ojos, aunque hoy nadie la recuerda ya. Nunca ha habido memoria. Probablemente nunca la habrá. La torreta giró en la lejanía hasta apuntarnos directamente con su boca negra, una detonación sorda, humo, y ya fuera de plano, dos vidas más que se van al garete... La muerte en directo, pura y dura y real, en todos las casas, a la hora de comer, ¡Grábela y véala una y otra vez!...

Después de aquello os dijeron "los combates han cesado, hemos ganado, la civilización ha ganado, ¡paladead la gran hamburguesa de la libertad!", algún mandado liberó palomas blancas y la sinfonía del carpetazo lo inundó todo. Pero las guerras siguen, sus muertos siguen, y las palomas blancas se cagan todas de miedo con cada explosión y luego bajan a picotear la sangre derramada... aunque todo eso pasa también fuera de plano; porque esto no le gusta al populacho, lo conozco bien, sé lo que le gusta, lo que le conviene, y desde luego no son palomas blancas rapiñando carne muerta, !para eso ya esta el National Geographic!

Porque lo que en verdad la plebe quiere es ver mentes sucumbidas, cuerpos vejados, desnudos, azotados, ellos son el mal sabéis, el mal, y merecen la tortura, se ganaron el castigo. Lo sabéis, por eso se lo inflijo, por eso os lo enseño, por eso lo miráis. Todo lo hice por vosotros, lo sabéis, lo sabéis, y su carcajada restalla en vuestras mentes dormidas mientras maneja los hilos. Luego os enseñan más muerte en directo, más "snuff" en la sobremesa, mientras comes, carne muerta en la pantalla, carne muerta en el plato, saben igual; todo para adentro. Ya no hay memoria, ni tampoco escrúpulos. Al infeliz lo cogen y le rebanan el pescuezo, no querías hamburguesas de la libertad, pues toma carne de primera, y la plebe se asquea y gira la cabeza, pero no vomita, no cambia de cadena, vuelve a mirar, a mirar... no puede evitarlo, la carne llama a la carne y la sangre llama a la sangre. Luego los postres, menudillos de soldado, aquí un dedo, allá un brazo, ¡aprovechad ahora que estamos de saldo!... y todos seguís ahí, mirando, justo donde os quieren esos hilos cuyo origen se pierde arriba, muy arriba, en la oscuridad…

Y después de eso os dan a los principitos casamenteros, aderezados con sus mejores galas, para hacerlo bajar todo y tener una digestión propicia. Contemplad esas joyas preciosas, ved qué lindos vestidos, olisquead esa frescas flores, disfrutad a distancia de esa vida regia que desde antiguo os lleva quebrando los huesos, bailad, reíd, llorad, ¡qué demonios!, un día es un día, pero prontito a la cama que mañana hay que trabajar... ¡¿Cómo, si no, pretendéis pagar todo esto...?!

Resulta que a estas alturas de humanidad sigue sin haber memoria, sigue sin haber escrúpulos, y la carne sigue llamando a la carne y la sangre a la sangre... No hemos avanzado mucho...

© JIP

NOSOTROS SOMOS EL LABERINTO

Este post está dedicado a J. P. Bango, que lucha...

Somos Laberinto… Amantes de la sinrazón tendemos siempre al sinsentido, que a la par tiende hacia nosotros, y el Laberinto, como buen y fascinante absurdo que es en sí mismo, nos envuelve y penetra. Él es la noche sin puertas que conduce a la nada sin llevar a ningún sitio, y en él se hallan, siempre esquivas, en zonas de inaccesible sombra, los sueños y sentidos que desde antiguo anhelamos. Es su clave el centro, que no la salida -pues no hay final ni principio-, pero jamás hemos de hallarlo pues no existe sino en nosotros, en nuestra lucha y nuestro movimiento por aprender los senderos de la muerte, los caminos de la inmortalidad, las mistéricas alquimias del tiempo y de la sangre. La sombra de un hombre que camina siempre fue La Metáfora de esas desnudas paredes que observan, vigilan...

Sus paredes, nuestros cuerpos; sus vacíos, el secreto...


Existió ha tiempo un brillante polígrafo que siempre quiso ser, ante todo, poeta, y fueron muchos los que quisieron ver en ello su particular Talón de Aquiles, no pudiendo perdonar que encarara sus versos en la misma forma que encaraba sus prosas. Yo, afortunadamente, nunca me conté entre esos muchos...

El Minotuaro (1885) de George Frederic Watts


LABERINTO

No habrá nunca una puerta. Estás adentro
y el alcázar abarca el universo
y no tiene anverso ni reverso
ni externo muro ni secreto centro.
No esperes que el rigor de tu camino
que tercamente se bifurca en otro,
que tercamente se bifurca en otro,
tendrá fin. Es de hierro tu destino
como tu juez. No aguardes la embestida
del toro que es un hombre y cuya extraña
forma plural da horror a la maraña
de interminable piedra entretejida.
No existe. Nada esperes. Ni siquiera
en el negro crepúsculo la fiera.

Jorge Luis Borges

DIARIO DE MI HYDE (5)

Como el cerdo se revuelca alegre en el fango, los hombres transcurren felices en la nueva sofística. Ya no hay conocimiento; sus sinapsis sucumbieron, se licuaron sus circunvoluciones. Ya no hay mentes; sólo cráneos ahítos de un rumor de centrifugado. Todo ocurre ya fuera de esas cabezas, la realidad no es sino percepción, y ésta a su vez información; falsa información, y ésta a su vez imagen; falsa imagen, y ésta a su vez engaño; grandes mentiras con piel de cordero. La ecuación del nuevo sofisma pasa por la aniquilación total de la incredulidad y el pensamiento.

En realidad somos poco más que grandes ingenieros de circos. No buscamos trascendernos, tampoco desentrañar los significados ocultos. Todos y cada uno de nuestros hallazgos no va destinado sino a crear, mejorar, ampliar más y más circos. La vida es grata, suave, encuentra un sentido en esas ferias de masas. El aliento discurre líquido y cálido en nuestros propios infiernos virtuales; el maná catódico, los paraísos de la impostura, el sumo placer artificial, las exhibiciones de sangre y estupidez, que siempre son de los demás... ¿Por qué pensar si puedo MIRAR? ¿Por qué vivir si puedo simplemente PASAR? Todo lo que necesito está aquí, en el gran circo de la farsa demagógica…

No hay más vida que la que existe en el televisor...


Definitivamente la persuasión ha sido siempre nuestro mejor arte, la base civilizadora sobre la que se asentaron todos esos circos. Nunca importó lo real; sólo su apariencia. Mucho antes de que un tal Petersen se riera de los dioses, a quinientos y pico años de la gran crucifixión, Zenón, un tipo listo, ya lo hacía, y con mucho más estilo. De haber nacido en Troya siete siglos antes, los troyanos podrían haber salvado su ciudad de las llamas con sólo seguir al pie de la letra su aporía; llenas sus playas de tortugas, Aquiles jamás podría haber adelantado a la primera con la que diese tras el desembarco, y si Aquiles el Poderoso, el de los pies ligeros, no hubiese sido capaz de rebasar a una triste tortuga, mucho menos sus mirmidones ni el resto de las huestes de Agamenón. La batalla hubiese estado así ganada, sólo les quedaría a los defensores ir apuntando, una a una, sus flechas, a los talones de sus invasores, quienes, totalmente impotentes, caerían muertos en la arena sin poder ir más allá del infranqueable muro de serenos galápagos. Siglos después, si Hitler hubiese estado más atento, o menos loco, habría caído en la irrefutable infalibilidad de esta defensa y entonces jamás los Aliados habrían salido vivos de las playas de Normandía aquél Día D, de ahora hace seis décadas, cuando el Gran Circo de la Guerra arrasó Europa.

Matarnos unos a otros... uno de nuestros circos favoritos


Zenón abrió la veda; la dialéctica llevaba lo imposible al reino de lo posible, y desde el relativismo sofista de Protágoras hasta el espacio-tiempo relativo de Einstein, y aun ahora, no hacemos otra cosa que estilizar, optimizar la demagogia. Todo es relativo, luego nada es seguro, así que todo es posible, de modo que eres libre, divinamente libre, así que sé feliz y no pienses en tu magia, en tu tragedia; ocúpate sólo de producir y transcurrir alegre en la amplia gama de circos que hemos puesto a tu disposición…

Los gladiadores lavamentes del nuevo milenio


Pero no eres libre, ni es posible lo imposible, ni tan siquiera probable, ni jamás tortuga alguna fue capaz de frenar las ansias de verter sangre ajena… Si alguna vez un hombre fuese capaz de cerrar sobre sí la caja de su mente, aislándose así del hipnótico canto de los nuevos gladiadores, podría llegar a percibir, sordo y atenuado, el discurrir terebrante de invisibles maquinarias secretas…

© JIP

CIENCIA FICCIÓN: UN GUETO VOLUNTARIO

Ayer el "Negro Sobre Blanco" de Sánchez Dragó le dedicó una madrugada a la literatura fantástica y la ciencia ficción, y hasta aquí la novedad, porque lo que pudo verse una vez iniciada la velada no fue mucho más allá, quedándose en donde siempre, es decir, en el eterno, ubicuo y cansino debate sobre qué demonios es -o no es- ciencia ficción.

Lo cierto es que para todos aquellos que, como un servidor, ya llevan un tiempo manteniéndose al tanto de lo que se cuece -y se quema- en los cenáculos del fantástico patrio, el espectáculo de ayer les debió decir poco o nada nuevo, tan baqueteado y sobado está ya el tema, sirviéndoles, además, para confirmar que por mucho tiempo de vacas gordas que atravesemos y mucho premio de altos vuelos que inauguremos, seguimos estando más o menos en las mismas de siempre, es decir, "tú con los tuyos y yo con los míos... y mientras tanto la casa por barrer..." En el polo opuesto se encontrarían todos aquellos -sin duda escasos- a los que les dio por mirar el programa sin ser aficionados al fantástico, y que tras lo visto, difícilmente -se me antoja- tendrán un mejor concepto de esta literatura, y mucho menos -creo- estarán por perder horas de su ocio, sueño u otras lecturas para darle una oportunidad -a todas luces necesaria-, y esto quizá es lo peor de todo.

Porque puede que para los iniciados fuese entretenido, incluso puede que hasta divertido, asistir al enésimo asalto entre "empiristas" y "racionalistas", entre literatura "de ideas" y literatura "de formas", entre ciencia ficción "hard" y ciencia ficción "soft" y aspirante al "mainstream", personificado en el más que tibio enfrentamiento dialéctico entre Miquel Barceló y Julián Díez, mientras el bueno de León Arsenal, muy lejos del egotismo "made in Umbral", dejaba de "hablar de su libro" para intentar conciliar y mediar entre ambos contendientes... entretanto Miquel de Palol, el único ajeno al "mundillo", se encontraba en todo momento fuera de juego. Casi tan interesante -o gracioso- como comprobar el desinterés que el Dragó le pone al asunto cuando el tema le trae más bien sin cuidado, o el que muchos no hicieran más que reivindicar al cultivador del fantástico y de la ciencia ficción como "Escritor", sin más y con mayúsculas, para luego recrearse y regodearse una y otra vez en las excelencias y las miserias del "género". Mas para el profano en la materia, al que tal vez le interesaría más saber qué puede encontrar en esos libros, en esos géneros y en esos temas, antes que por qué se los margina tanto y se los lee tan poco, la visión de conjunto que de todo aquello pudiese extraer al final debió aburrirle no poco, y atraerle todavía menos.

Casi hubiese sido mejor que el enfrentamiento hubiese llegado a mayores por aquello de que es mejor que hablen de uno, aunque hablen mal... pero todo fue muy templado y átono; la sangre no llegó al río y todos estuvieron muy comedidos, seguramente porque el afán de corporativismo, el sentimiento de minoría tan firmemente arraigado en todos los aficionados al género, puede aún más que el odio a la diferencia del criterio ajeno, lo cual acabó por redundar en un mayor aburrimiento del personal. Se habló mucho de géneros y de límites, de lo que es y no es, así como de lo que debería y no debería ser ciencia ficción, y muy poco, en cambio, de buenos libros y buenos autores, españoles y de los otros. No sé si a propósito, supongo que sí, Dragó sacó a relucir la vena más pulp, fosilizada y discutible del género patrio con la "Saga de los Aznar", quizá para acabar de rematar la faena, y también nombró mal un par de veces a la decana de las revistas del género aún con vida, "Gilgamesh" por Gigamesh, lo que debió repatearle un mucho las narices -y lo otro- a Julián Díez, antiguo director de la misma.

En suma, las cosas quedaron donde estaban, aunque con una buena oportunidad desperdiciada. Ahora sólo hay que esperar un par de años, tal vez un lustro, para que el fenómeno vuelva a repetirse, y entonces podremos de nuevo volver a la tele a llorar y patalear, a pelearnos los unos con los otros por etiquetas y demás naderías, y justificarnos una y otra vez por todo y ante todos, en lugar de intentar mostrar al gran público toda la magia, capacidad de fascinación y buenas historias que pueden llegar a esconderse tras eso que nosotros mismos, desde dentro, nos empeñamos, contumaces e inconscientes, en mantener bajo la categoría de "Subcultura".

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DIARIO DE MI HYDE (6)

Hoy me topé con dos animales muertos en la carretera, es algo cotidiano, aunque no suelen presentarse en parejas. Mala suerte chicos. Tantos se escandalizan al ver los animales desbrozados en mitad del asfalto, exclamando cosas como ¡Oh, Dios mío!... ¡Pobrecillo!... ¡Qué desgracia!… y achinan los ojos y hacen que no que no con la cabeza, como si acabasen de echarse al coleto un trago de leche agria. Son los mismos que luego, ese mismo día, encienden la lavadora, la de cerebros, la tele o sea, y se tragan cadáveres troceados, sanguinolentos, matanzas en directo, en diferido, vía satélite, piel quemada en todos los grados y salpicones de rojoscura sangre en su pantalla, y su rostro se mantiene impasible, zombificado… y mientras comen, degluten, y comentan qué tal fue el día con la familia como si nada, con el asesinato en los ojos y la carne en la boca, como si fuesen primas hermanas… y sólo tal vez, a alguno se le ocurre asociar ideas dejando caer, como el que no quiere la cosa, la anécdota terrible: “Hoy vi unos pobres animalillos atropellados en la carretera… ¡Fue horriiiible!...”

Este es el auténtico opio del pueblo, el que alimenta la Doble Moral que mueve el mundo, y cada año que pasa sus cosechas son mejores. Todo corre lenta pero imparablemente hacia ideales de noticiario estilo Paul Verhoeven, por lo que el holandés ha demostrado ser todo un visionario… La sangre natural es ponzoñosa, ¡no la mires!... esta en cambio es de homicidio-asesinato-genocidio, fresquita, del día… ¡Tómala! ¡¡Bébela!!... Es buena… ¡Y no derrames ni una gota!

Paul Verhoeven... el profeta de la Nueva Televisión


En mi mundo ideal Paul Verhoeven sería director de programas en la televisión pública, y en cada pueblo y ciudad,y en todos y cada uno de los campos de golf, levantaría un monumento a la Doble Moral que hace girar este pedazo de tierra; de una esfera platinoide, fría, inmutable, bajarían formando triángulo, de un lado las entrañas de múltiples animales de compañía atropellados en las carreteras, y del otro una variada mezcla de restos y despojos humanos cuidadosa, selectamente recolectados en todas las zonas en guerra. La gracia lógica se halla, cómo no, en el contraste entre el esferoide incorruptible, pulido, limpio, y la alfombra de casquería que lo envuelve, toda pringosa, de un rojo bastardo. Ni qué decir tiene que para mantener vivo el espíritu de esta obra de arte sería necesario encerar a menudo el planeta cromado, así como reponer asiduamente los restos orgánicos. Ninguna de las dos cosas plantea, pienso, problemas logísticos de entidad, pues hay cera y cadáveres de sobra…

Pero hablaba de animales, animales aplastados. Bueno, un gato atropellado es sólo un gato atropellado, no hay más, carne muerta en descomposición y roña del mundo y negrura de neumático. Para el bicho ya se acabó el baile, no le preocupa cazar ratones ni rebuscar entre la mierda de los contenedores, ni mucho menos el calorcito de un coche recién aparcado. Ya no está, es decir, ya no es, o lo que es lo mismo, está ennadado, que es algo así como que te mueras -o te maten- y nadie después se tome la molestia de ponerte a parir. Todo negro como pelo de gato negro, como el de Poe, pero en contemporáneo, de esos que dicen que traen mala suerte.

Miau...


Quién sabe, a lo mejor está en el cielo de gatos, más feliz que un ocho porque allí siempre hace calor y huele a sardina… o a lo mejor está en el cielo de los hombres llevando la misma perra vida de gato callejero que le tocó sufrir aquí, puede que incluso a estas horas ya lo haya atropellado un carro alado, hecho de nube y gominola divina, y un ángel ricitos de oro amanerado se santigua arrepentido mientras pone cara de asco y hace que no que no con la cabeza, y se sujeta fuerte el aro dorado, no vaya a ser que se caiga y se le manche todo de sesos de gato atropellado... pues la salsa de la Doble Moral es plato de buen gusto en otros muchos mundos…

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TRIUNFADORES

De Tomás F. todo el mundo decía que era un buen tipo, sus íntimos, sus amigos, incluso las gentes de hola y adiós, qué tal todo, yo bien, muchas gracias. Uno de esos tíos legales que siempre salen bien en las fotos, con porte, con saber estar, con lo que hay que tener.

Tomás F. tenía treinta y tres años, como jesucristo en la cruz, pero él era un triunfador; graduado cum laude en el extranjero regresó sólo para amasar dinero y más dinero, más del que usted o yo podremos gastar jamás, pero nunca hubo altivez ni petulancia en sus formas. Definitivamente era, con todo, un buen tipo.

Sus trajes fueron siempre los mejores, sus zapatos los más brillantes, sus chistes los más graciosos, tenía el poder de meterse a la gente en el bolsillo a las primeras de cambio, siempre lo tuvo, incluso desde niño, yo fui testigo. En el instituto empezó ya a acostumbrarse a las victorias, sobre todo en el catre. Se calzó las mejores chicas, estrenó sus entrañas, rompió sus corazones, fue de todas y de ninguna, porque tenía esa belleza que las vuelve locas: ojos azul cristalino, exótico; brillante pelo rubio; una sonrisa dulce, perfilada, decisiva… como un oficial de las SS de permiso en París en Mayo del 41.

Todo en él era fluido, sencillo, para los negocios y para las mujeres, sin mácula, pero la vida arrastra mucho polvo y todo lo acaba manchando antes o después.

Porque ese mismo Tomás F. era al que estaban despedazando ante mis ojos, golpe a golpe, encajando como un viejo boxeador de brazos cercenados. Era ya tan solo una masa informe de carne y sangre apenas palpitante, pero eso no importaba, porque Charles seguía pegando, pegando, pegando… Charles era un fulano alto y ancho, no gordo, sino ancho, como un armario vetusto, como una rueda de molino asesina, y su mandíbula era dura, terrible. Su misión en este mundo era quebrar huesos, y disfrutaba con ella, disfrutaba mucho. A Charles lo llamaban también el Dandy, o mejor, the Dandy, lo que no tenía sentido, porque Charles era cretino, burro, un verdadero andrajo humano que sólo servía para doblar almas con sus manos, pero algún estúpido borracho con ganas de cachondeo lo llamó Dandy, Charles the Dandy, allá en las islas, y eso debió hacerle mucha gracia a otros varios estúpidos borrachos ingleses, y así fue como a partir de aquello Charles, un necio idiota sin cerebro, fue conocido como el Dandy.

Al tal Dandy lo habían hecho bajar expresamente desde las islas hasta aquí para ocuparse del asunto Tomás F. Esto incluía romperle la cara y desgraciarle la vida. Esa misma cara bonita y esa misma vida de fábula que era la envidia de tantos y tantos perdedores y resentidos, chivatos hijos de mala madre… como yo.

Y ahora él, que siempre fue un tipo tan fenomenal, había bajado por fin a la tierra y ya era como jesucristo en su cruz, y yo sonreía, sonreía, y Charles, el Dandy, seguía haciendo eso que tanto le gustaba hacer, eso para la que vino a este jodido mundo de perros, sarna y traición, a pesar de que hacía muchos muchos golpes que Tomás F. se había roto para siempre.

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INTERROGANTES

El silencio es mancillado por el seco rumor del metal pesado, su carga de miedo y óbito, y la agitación previa al ocaso de alientos. Tanto tiempo pasó ya desde la última noche sordomuda que bien parece que este acre hedor a óxido y carne muerta reina desde el alucinógeno albor de los tiempos.

La ciudad, en las postrimerías del deceso, deconstruida por el tumor cancerígeno que supone el hombre, sufre con impasibilidad, tal que un carbón encendido, el llamear incesante e imparable de su endémico virus.

Allí, en una de sus más céntricas plazas, corazón neurálgico del tumor megalómano, donde la carne roja del chivo expiatorio y el negro metal abigarrado se hacen uno, se retuercen y se besan, donde la descarnada letalidad de la simbiosis infame entre los monstruos de la razón y el sinsentido de los cadáveres aún palpitantes restalla con mayor fuerza, anegando por completo la decadente afasia de una nocturnidad amortajada por la luz del plenilunio difuso -casi cobarde-, tres almas sombrías, hermanadas en un pasado que se antoja ahora tan remoto, musitan palabras yertas, evisceradas de sentimientos, como el acero fundido que circula y circula lenta pero constantemente, a su alrededor, como queriendo representar un blasfemo eterno retorno. Antiguos amigos de infancia atrapados en la empalagosa telaraña de una realidad inane y demoledora que buscan en vano un significado mucho tiempo atrás sepultado bajo toneladas de odio, rabia y sangre.

Uno de ellos, tal vez Daniel, descansa, la cabeza gacha, junto a un derruido monumento a los caídos en pretéritas sangrías, que, no obstante, bien podría convertirse en epitafio universal. Los otros dos, puede que Fernando y Enrique, permanecen de pie frente a él, aplastados por el futuro inmediato, ya que pensar en lo por venir a grandes plazos asfixia los pulmones con un amargura fría, helada, tan venenosa, que hace que el llano gesto de seguir respirando produzca auténticas arcadas.

El que tal vez pudiera ser Daniel levanta la mirada y parece sonreír esquivamente, apenas dejando entrever la ironía en sus facciones precozmente avejentadas.

-Esta vida puede llegar a ser tan bastarda... -calló unos instantes, queriendo en vano tomar algo de aire-... echad la vista atrás, no demasiado, cuando el paso de aquel cometa revolucionó el mundo, recordáis... días felices, sí... o mejor dicho, distintos... Fue entonces… sí… fue entonces cuando cada uno de nosotros pidió el deseo, anhelando infantilmente que el destino cambiase a su favor.

-Tú, Fernando, apocado y débil siempre, el más sensible… el más herido en el alma por esta maldita realidad, deseaste poder tener algún día valor y fuerza de voluntad, absolutos, que te permitiesen afrontar el desafío de la vida con la cabeza bien alta... Hoy... amigo mío... vas a saber lo que es tener valor.

-Enrique... en un alarde de suicida complacencia deseaste poder llegar a probar de la vida toda la crudeza que una infancia fácil y protectora jamás te había permitido ni atisbar... Hoy, si es que todavía no has tenido bastante, paladearás al fin el horror absoluto.

-Yo, como sabéis, también voy a ver cumplido mi deseo... contemplo ya, de hecho, cómo me viene a buscar... fijaos bien, amigos, qué puta e irónica es la vida...

Daniel -o Fernando, o tal vez Enrique, pues el nombre nada vale ahora, y los destinos son intercambiables- baja de nuevo la cabeza al ver como la sombra del verdugo se acerca lentamente. Su rostro reflejaría una triste media sonrisa, forzada y definitiva, si algún rayo de luz anduviese en torno suyo.

-Es la hora. Procedan.

Son sólo dos aullidos más, ahogados en el fragor de la huída del metal. En un instante los dos impactos le quitan la vida mientras su cuerpo se desliza sordamente sobre la base del monumento. Allí quedará su carne infecta, como símbolo inequívoco de la venganza y el odio entre hermanos, cuando el bando enemigo se haya retirado por completo al salir el sol.

Apesadumbrados, tocados por una melancolía que jamás los abandonará, los dos asesinos se alejan del cadáver que, al igual que sus dos amigos y ejecutores, ha visto cumplido un añejo anhelo... que, algún día, todos los interrogantes se desvanezcan.


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