Blogia

tannhauser

Pinche de cocina

Tres  días de tregua, aguas tranquilas volviendo a su cauce, pero al cuarto todo vuelve a la carga, los muros de la voluntad se resquebrajan, en algunos puntos ya incluso se desbrozan, cayéndose a pedazos. Voces sin sonido desde la lejanía, la una al fin liberada de esta prisión, encerrada en barrotes insulares la otra, más gruesos y descorazonadores si cabe. Rompen contra la presa como olas deshuesadas, sin ímpetu ni fuerza; agua de fantasía y poco más. A mediodía de nuevo el mordisco, más intenso, justo en el centro. Después, rondando las cuatro, me marcho a hacer un café a Plaza Prim, donde van todos, donde tantas veces he ido y observado. Mucho se nota el verano ya en el calor amarillo amasando las cabezas y poco, muy poco en las carnes al sol. Muslos, pantorrillas, hombros, tobillos, clavículas, omóplatos... Caderas imposibles, pechos oscilantes. Tetas. La diferencia entre un par de pechos y una TETA es la capacidad de esta última, ella sola, de empitonarte la mirada. Miras de soslayo, sopesas rápido y desmiras. Vuelves a mirar. Sopesas otra vez, y cada vez parece pesar más. Hasta que te engancha mirándole las tetas, una o el par. O la línea de roce entre muslos, valle feraz en empalmes, justo en el límite con la falda -¡dios, qué corta!-, justo allá donde se originan las noches ensalibadas. Todo y que, claro está, todo esto que digo no es otra cosa que mezcolanza de fábula e instantáneas traídas de la memoria. Hay que ojear mucho aquí para poder echarse al diente algo de carne túrgida. Cuando allá donde las vías pierden el nombre te la lanzan a la cara. Mírala. Mírame. Cómeme.

El óxido y los días

Al fin deja caer al suelo la última caja de la partida, ya harto. El muchacho se yergue, se tienta los riñones, disgustado arquea la espalda; las vértebras escupen un par de chasquidos sordos. Se mira los rasguños de la mano, datan de la noche pasada, cuando bajó a la calle los tablones del armario desballestado. Clavos al aire. Clavos oxidados. Sobre todo ésta escuece con ganas, una ese larga y fea cruzando la mitad de la palma. Mala pinta. No tenía en casa alcohol ni agua oxigenada, así que tuvo que lavarse la herida con agua y jabón. Tampoco tenía algodón ni tiritas, nada por el estilo; la ha llevado al aire toda la mañana y ahora tiene las manos negras. En el baño, mientras se las lava está pensando en el tétanos. Siempre que se corta piensa en el tétanos, es inevitable. ¿Tendré al día la vacuna? No se vacuna de nada desde hace años. Ni siquiera sabe ante qué síntomas alarmarse, es curioso, porque todo el mundo se clava hierros y vidrios a cientos, miles cada día, y a continuación siempre hay alguien alrededor que lo menciona, ¿estás vacunado?, pero nadie describe nunca síntomas... Bueno, es igual, cuántas veces me habré cortado y nunca me ha pasado nada. Ni siquiera me fijé si el clavo estaba oxidado. Se seca las manos y se observa en el espejo... Se acerca. Se examina detenidamente, color de cara, el blanco de los ojos, serpeado de venillas, como de costumbre... Nada. Lo deja estar. Cansado sube arriba, sólo son las once de la mañana. Más cajas lo están esperando. Hay allí un botiquín, bien lo sabe: yodo y tiritas... Pero sigue a lo suyo. Qué más da.

Mediodía del matarife

Desde el momento en que puedes dar nombre a todos y cada uno de sus fantoches sabes que habitas una ciudad muerta. Viejo proyecto suspendido en el aire, colgado de los garfios de la indolencia, ahora solo y desde una perspectiva algo distinta, muy íntima, más visceral, no en vano parece que las entrañas han de ser mi condena. No tengo termómetro, pero debemos andar ya por encima de los treinta grados. Sudor bajando, frentes enrojecidas. Carne puesta a secar al sol. Aun así hay quien ahora mismo camina las calles. No muy lejos de aquí está el matadero, el antiguo matadero ahora biblioteca. Histórica leyenda. Absorve cuerpos durante gran parte del día, diligente, pero se sabe desposeído. Reprogramado. Su sistema digestivo y excretor ya no conectan, no se dirigen la palabra; alguien o algo los enfrentó a base de engaños, malas artes administrativas y municipales. De modo que la carne, salir, sale como entra, con un par de volúmenes de menos o más. Eso sí, minados por el tiempo, pero en el centro, desde el centro a las afueras, invisible aún el ictus, lentamente, como una erupción de años luz que por lo pronto es sólo lava cósmica cogiendo impulso. Desde ese vago pinchazo en el bajo vientre hasta la última cama de hospital bien podrían aún pasar dos, quién sabe, puede que hasta tres de estos veranos. Está muy feo morirse entre junio y septiembre, cierto, para estas cosas el otoño es siempre mucho más lucido, pero qué le vamos a hacer si somos tantos y a tantos la letra no les alcanza para modales.

Reus, 11 de junio, 2007

Toda la vida escribiendo cartas y el buzón siempre vacío, cuando al fin recibo una es sólo para hundirme más, otro poco; quizá no merezca seguir a flote.

En efecto, he recibido una carta directamente llegada de las sombras, de puño y letra desconocidos, se diría, aunque no tanto, no tan desconocidos. Creí haber acabado contigo en su día, hace tiempo, pero vuelves a estar aquí, ya lo veo. Quién sabe, quizá sólo seas fantasma. Últimamente no hago otra cosa que ver fantasmas a cada instante, andando las calles, ¿por qué tendrías que ser una excepción? En cualquier caso, viva o muerta, rediviva, tanto da, estás de nuevo aquí y yo ya no puedo combatirte. Supongo que ha llegado el tiempo de tu venganza y de ahí esa carta. Descuida, no pienso defenderme; podrás coger de mí cuanto quieras.

Estoy harto de cartas, cartas que no llegan, cartas desatendidas, cartas que no son leídas, o que tal como se leen se guardan, se olvidan, eso si directamente no se las lanza a las aguas de la negación o la basura. Cartas que no alcanzaron a ser enviadas. Cartas que no se llegaron a escribir. Cartas que jamás debieron ser escritas. Palabras liberadas al aire como cóndores enfermos de rabia.

Y ahora tú regresas de la niebla del pasado y de la guerra, toda blanca piel, ropas de fantasma, con esta larga carta cuya profunda intención se me escapa. Prefiero no malpensar, aunque me cuesta, créeme, me cuesta horrores no buscar la bomba adherida al sobre. Estas letras tan semejantes a aquellas que yo mismo escribí también en su momento. Confío que no pretendas con ellas cambiarme, sacarme de mi marasmo, como inúltimente pretendí yo. Con franqueza, de ser así me decepcionarías; siempre te creí más perspicaz. Porque ya deberías haber aprendido la lección que yo no asumí sino encajando cuchilladas; la de que aquélla, mi carta, no cambió nada, no cambió a nadie. ¿Por qué habría de ser ahora la tuya distinta? Nadie que ha vivido los días suficientes para saber todas las puñaladas que esconde la palabra "vida" quiere cambiar, mucho menos ser cambiado. Arribados a cierto límite no hay palabras que valgan, que curen ciertas heridas o comprometan según qué miradas.

Aun así tal vez has conseguido con tus palabras mucho más de lo que yo conseguí con las mías: me has traído hasta aquí. Lo que no es poco. A estas alturas creo que ni siquiera alcancé con aquéllas, mis largas letras, ni un sólo latir conmovido de corazón, tan frío demostró ser.

Ahora noto cómo todo cuanto escribo está congelado. Gélidamente petrificado. Como la fórmula matemática de este gélido cosmos. Carente de cualquier amago de humanidad. Soy poco menos que una estrella muerta, grávido agujero negro. Cualquier objeto que intente mis alrededores está condenado a la nada.

Perdido para el amor. Inútil para el combate. Arruinado para la escritura. Ya te lo he dicho, puedes bajar ahora mismo, no encontrarás resistencia alguna. Llévate cuanto puedas, si es que de algo te han de servir mis jirones, tumorada carroña.

No sé bien por qué te obsequio el gusto de esta victoria parcial, me prometí no volver a escribir más cartas, y así me veo de nuevo, a tu merced, liebre indefensa a campo abierto, cojitranca y terminal.

Dices en tu misiva un sinfín de cosas que no comprendo, que apenas barrunto, pero lo esencial no lo has desdibujado ex profeso, no te preocupes, te entiendo, como no podía ser menos, que ni tú estás tan loca ni yo tan desquiciado todavía como para no agarrarnos los dos al estrecho pedazo de realidad que flota sobre tanto absurdo. Aunque eso podría acabar en cualquier momento. Náufragos como somos desde hace tanto, este océano empieza a ser demasiado ancho.

No hay nombre que no venga a este mundo a traer hartazgo de llanto y de tragedia, hechos como están a partir del material del desengaño, conque ahórrate las mayúsculas, que aquí ya nos conocemos todos. No te hacían falta ni tanta guirnalda ni tanto tambor para echarte sobre el objetivo. He perdido la claridad y el aplomo, de modo que me quedan muy pocas piezas, todas peones, y luego, por suepusto, la ciudadela, ya bastante menos que inexpugnable. Como la Casa de Usher, se hunde y resquebraja desde dentro, podrida en sus mismos cimientos.

Me recuerdo hace doce, trece años, no sé bien, estirado en la cama, encerrado en mi cuarto, aislado del mundo, a salvo del mundo, como mejor siempre he estado, leyendo por vez primera a Poe; "Los Crímenes de la Calle Morgue", a escondidas, ya lo sabes, porque en mi casa no hubo nunca libros, tuve que ir metiéndolos yo, uno a uno, a base de tenacidad y picaresca. Y después, pocos días, tal vez una semana, fresca la noche de verano, allí mismo viendo a oscuras "La Cosa", "The Thing", de Carpenter, mil veces mejor que su predecesora, "El Enigma de Otro Mundo", mientras la vecina de al lado discutía a grito en cuello con su recién marido y asomándose a la ventana amenazaba al entero edificio con tirarse al vacío... Felicidad... Envuelta en sudarios de otoño acabado.

Miro el tablero y no acabo de ver clara tu jugada; demasiada bruma, demasiado barro, Me pregunto qué te queda, cuáles son tus caballos de batalla y cuánto tardarás en decidirte a ponerlos en juego. Afrontar el mate definitivo.

Por lo pronto tu emisario ha cumplido con creces su cometido. Me ha hecho sacar la cabeza del agujero, que eso y no otra al fin y al cabo es lo que pretendías, sabiendo como sabes que agoté toda mi reserva de ferocidad luchando contra el aire. Se trataba de mi última carta, pero ésta de naipes, siempre mi mejor baza. Sabías que mientras me quedase la rabia te sería imposible descabalgarme.

Pero ahora eso ha acabado. Te estoy esperando inerme y yermo, cabizbajo en este páramo de desolación, sedientas las rodillas del lodo del derribado.

Nunca antes lo tuviste tan fácil, ambos sabemos que tu peor enemigo no fui yo, fue siempre tu propio miedo... ¿También vas a vacilar esta vez? Venciéndome lo vencerás. Mi decapitación es tu victoria; tú misma tu único freno.

Hasta Pronto.

El petate medio lleno

Intentas serenarte, pero es imposible, te das cuenta; otro de tantos pasos en falso. Un mal movimiento y estás fuera. A partir de ahí ya todo el rato a remolque. Eres peor. Nadie lo ponía en duda. Ninguno de ellos apostó por ti. Pero algunos a pesar de todo pusieron esperanzas en tu sorpresa. Que hicieras saltar la banca. Aunque les hicieras perder dinero, pero el gustazo ya nadie se lo arrebataba, verlo humillado así, agachando la cabeza, innoble y servil. De todos modos eso poco importa. La cagaste. Ahora eres un juguete en sus manos, una pelota, de arriba abajo, de acá para allá, te hace pasar por el aro. Donde quiere y como quiere. Ahí tuviste tu oportunidad. A partir de mañana abrirán sus puertas los mercados. Nadie preguntará. Cualquier brazo es bueno para acarrear el pescado. Llegaste a tu techo -el suelo de tantos- y ahora te toca bajar. Bajarás. Pero te quedan estos vagos minutos, la agonía del presente previo a la caída. El derrumbe. El hundimiento. Recuerdas medio noqueado los días en que soñabas cortar las nubes, hacerlas añicos con tus brazos. Acuarelas nervudas y sobresalientes. Naciste tarde, tu tiempo quedó demasiado atrás. Éstas no son maneras. Lo supiste desde siempre, lo intuíste a cada instante, oliéndolo en el aire, en la tierra, en las cenizas húmedas, amputadas.  No podría llegarse muy lejos con todo aquello, cierto, pero con todo lo intentaste. No hubo otra. Siempre fue eso o morir. Y de morir siempre se está a tiempo. Fabricado en materiales de segunda pero con un algo dentro. Inextricable. Materias primas extrañas, poco comunes, delirantes. Los días de fósforo y lodo terminaron. La Tierra clama, reclama colérica su ración de comida. Ya no vertemos la sangre como antes. Nos hemos vuelto egoístas. Se está quedando en los huesos, la está dejando en los huesos nuestra anemia institucionalizada. Sólo queda la enfermedad. Última salvaguarda. Bacteria. Bacteria. Bacteria... Poco a poco los pasos se vuelven quimeras, pesadas las piernas, echadas las almas a perder, queda únicamente el instinto de los segundos. Uno más. Otro más. Y otro. Así. Como los animales que nada saben de la cascada que se les viene encima. Hasta aquí el estertor. Después la nada. Sufrimiento relativo. Padecimiento cero. La barrera que nos enquista en la supervivencia, afán de locos. Cuando lo de Las Ardenas todavía no existías. Sólo materia oscura, preternatural, intrauterina. Abisal y vaporosa. Aquella mañana no hubo aviones. Aquella mañana tampoco hubo aves. Andaban surcado de obuses el cielo. LLegó Mctee y se acercó a Salinger. Por aquél entonces Salinger no era nadie. Sólo carne de cañón, como todos; los pies congelados, el estómago aterido, el culo apretado de miedo y, eso sí, en la mochila ya un puñado de buenos cuentos... "Menudo montón de mierda nos está cayendo encima, ¿eh?...jajaja...", y Salinger: "Agáchate, loco de las pelotas", y McTee: "ja,ja,ja...", y Salinger: "¡Quieres callarte, hijo de perra!", y McTee: "jajaja...", y Salinger: "¡Cállate mecagüenlaputa, nos van a volar los huevos a los dos por tu culpaaa!", y McTee: "¡JA, JA, JA...!", y Salinger: "¡Piradooo! ¡Sal de mi puta trinchera puto pirado de mierdaaa!", y McTee: "¡¡¡JUA, JUA, JUAAAAAA...!!!", y Salinger: "¡Mierda! ¡¡Mierda!!, ¡¡¡MIERDAAAAA!!!", y acto seguido salió de allí pitando, mochila al hombro, escabulléndose lo justo para salvar el pellejo. Segundos después gracias a tanta algarabía los boches afinaron puntería y le pusieron al McTee un obús por corona. Así. Reventar en mil pedazos y dejar de reír fue todo uno, el desgraciado. Y Salinger allí, acojonado, los ojos blancos y petrificados, lo que se dice como platos, sin acabar de poder encajar labio inferior con superior... ¿Es o no es como para partirse la caja?... Cuando se bajaron los humos y se hizo el silencio, el a la postre autor de El guardián entre el centeno se acercó a los restos de lo que fuera su pozo de tirador, ahora salpimentado aquí y allí y más allá de requemados jirones del rijoso McTee. Su petate, empero, había volado por los aires intacto... "Fijo que este hijo de perra tenía algo de papel...", y se puso a hurgar... No en vano Salinger se había quedado sin y aquella misma tarde, mientras aguardaba la noche y olía en el aire la carne quemada, había tenido una idea de lo más enorme y genial... Y bueno, todo esto no sé a cuento de qué viene, supongo que cuento y a cuenta de haber visto entre zapping y zapping un trocito de El desafío de las Águilas, con el Burton y el Eastwood haciendo el bestiajo, bueno, qué decir; me he puesto algo cachondo... En fin. Ya termina. Aquí. Punto, set y partido.

 

Adán desatado


El día sucede al día.

Como al pistón sigue un pálido fuego:

leve rumor de cadena de montaje

serpeando bajo los soportales de la percepción.

Y si me desviase del sendero marcado…

¿Entonces descenderías?

***

Cuántos otoños me has tenido aquí,

encadenado a la vida,

abrigando vuelos con el calor de mi aliento,

hasta al fin conseguir que toda mirada

no fuese más que tacto constante de piedras borrachas de cieno:

rencor de Dios en caldo de cultivo.

***

¿Cuánto más debí gritar?

¡¿Dirás que no me oíste?!:

“Estoy preparado,

puedo empezar a morir en cualquier momento”.

Y a cuántos te has llevado desde entonces…

***

No has de venir por mí hasta verme exangüe

-ya lo sé-,

enfermo, decrépito, cesante:

hace tiempo que te sé vampiro

de gríseos caninos y babas deletéreas.

***

Mientras fui sincrónico reloj de amor no me quisiste;

pura potencia de amor a estas luces y carnes:

gozo, locura, frenesí,

ciega pasión de pisar este mundo…

Tuviste que arruinarme.

***

Y ahora que soy esta pequeña máquina de odio

que noche tras noche -tremebundo- aguarda,

vendrás;

te conozco.

Ahora justo, en lo más bajo,

sí te parezco lo suficiente tierno

*** 

Descuida, amantísima altura,

que antes o después tú y yo nos miraremos.

Y si existe deidad más allá de tu abrazo

toda esta amargura que te debo

te atragantará:

con suerte en el ápice de tu bocado,

como un hueso de pollo,

una de estas costillas que me guardan

te ha de atravesar el pescuezo.

***

 

Hasta pronto, Laputta, mendiós!

 

"Soy un perro katiusko,

tira un hueso

y te lo busco,

muchachita de ultramar.

Soy un perro katiusko,

tira un hueso

y te lo busco,

si me sacas a pasear"

 

Siempre que el nombre de Johnny Laputta me viene a la mente me acuerdo de estos versos; del perro katiusko, la muchachita del solar y esas gatas que primero te besan, sí, pero luego se lamen y se van...

Tuve por vez primera noticia de la existencia de Johnny Laputta a través de la magnífica revista Ojalatemueras! a la que ya dediqué un artículo en la hibernante VideoArenA. Todos los sujetos que hicieron posible aquel engendro de publicación eran maravillosos canallas y al tiempo no había uno que se salvara, estaban todos para que los encerrasen. Hernán Migoya, Rubén Lardín, Johnny Laputta, Vicente Muñoz Álvarez, elreydespaña... ¡Bendita locura la suya! 

 

 

Pero los textos de Laputta tenían un no sé qué especial, entre delirantes y alienígenas, que no podían dejarte indiferente... Artículos como "Por una cabeza todas las locuras. ¿Por qué nos gustan las mujeres cabezonas?", "Inside Christina (Ricci). La reina cabezona nos cuenta su historia", o el demencial "Diógenes ’El Perro’. Porque ya no quedan hombres", fueron su contribución, amén del poema del cándido cánido katiusko, a la efímera vida de tan ejemplar revista de cultura mastuerza. Diría que estos títulos hablan por sí mismos pero me estaría equivocando; hay que meterse de lleno, enfangarse de hecho, en el mundo creativo de este hombre sin par para saber a qué cojones de lírico infierno te estás enfrentando.

Y todo esto a cuento de qué. Pues a cuento de que, muy a mi pesar, Mr. Laputta ha decidido chapar su blog, atadita a la cama... ¿Por qué, Laputta..., por qué demonios?... ¡Me cago en dios! 

Hace dos veranos, mientras recababa información para el susodicho artículo sobre Ojalaremueras! me topé con la primera versión del blog de este hombre, alojado en blogia. Me fascinó de inmediato su modo de entender la escritura. Y aunque sea un tópico y por tanto esté bastante feo caer en él, con las letras de Laputta no hay término medio, o te vuelves adicto o lo mandas a la mierda a las primeras de cambio. Yo hice lo contrario que haría el común de mortales si se asomasen a sus cuentos y poemas. Me volví un adicto, cagüendiós!

Era como una especie de elixir, de fórmula stevensoniana, te entraban ganas de dejar de ser de una maldita vez Jekyll para volverte Hyde; ser otro, transformarte en, por ejemplo, ya que nos ponemos, Chufflo, sin ir más lejos, y cagarte en esta vida puta y sin talento: Mendiós!

Ahora Laputta se marcha y Chufflo se queda sin su dosis. ¿Os acordáis de aquello que os dije hace un par de posts, que si se sobrevive en este puerco mundo un día más es única y exclusivamente para perder? Pues eso, hasta el mismo Laputta lo dice: cuando el mundo va apara abajo, es mejor no estar atado a nada... 

Me queda al menos, más que el consuelo, el recuerdo de aquella tarde en Barcelona en que intercambiamos unas palabras usted y yo, Laputta, cuando le descubrí aquello -nada flaubertiano por otra parte- de "Chufflo, c’est moi!", y usted dijo: "¡Hostia putta, no jodas!", o algo así, y luego acto seguido me presentó, si mis sospechas no van erradas, al terrible y temible Rubén Lardín, aunque yo en aquel momento no me di cuenta, mendiós! Y después le fui a dar la murga un rato al Migoya para que me firmara su  "Putas es Poco". Y poco más desde entonces hasta ahora, todos un poco más viejos, más enfermos, más cansados...

 

Laputta en el centro, Lardín a la izquierda, descojonándose, y Chufflo de espaldas al respetable 

 

Migoya: "¿Pero de verdad te ha gustado el libro?" Chufflo: "¡Coño, que síiii!"

 

Las fotos de aquel encuentro, ya lo ve, no son muy buenas, qué se le va a hacer, pero en fin, allí estuvimos todos, que es lo que cuenta.

Le agradezco enormemente sus mercedes para con mi chuffla persona en su post de despedida. Ha sido usted un maestro en más aspectos de los que imagina. No dudo que antes o después, si ambos sobrevivimos a esta putta vida el tiempo suficiente, nuestras letras se volverán a cruzar...

Hasta pronto, Laputta, mendiós!

Chufflo.

Matarratas, dánoslo hoy...

Las horas pasan demasiado rápido y en cambio los días se hacen interminables. Ahí hay algo. Una fisura en el sistema. Pero somos demasiado tontos o estamos demasiado dormidos. Nos acercamos, nos acercamos, caliente caliente, pero no acabamos de dar con el quid de la cuestión. Olisqueamos. Como ratas de laboratorio en el laberinto. Sólo que las ratas son más listas, ellas dan con la salida antes o después y nosotros nos quedamos aquí con cara de estúpidos, pidiéndole cuentas al aire, encerrados de por vida en el huevo de los segundos arrastrados.

La culpa es nuestra, en algún punto nos desviamos y ahora estamos aquí, y de pronto nos topamos de bruces con que no hay salida. Ni siquiera en Brooklyn. Selby está bien, dadle una oportunidad, pero no os dejéis engañar por el título. Él también se pasó la vida olisqueando, pero nada. Se quedó allí, sin salida, así que se sentó en el suelo y se puso a escribir. En fin, que tal vez este mundo no está hecho para ser entendido, rascas y rascas y sigues encontrando tierra, no importa cuánto sigas rascando, aunque te dejes las uñas, no encontrarás más que tierra seca. Porque una manzana es una manzana y un tomate es un tomate. No hay más.

Llegó Newton he hizo aquello de la mazana, aquello estuvo bien, buen truco. Todo un prestidigitador. Parecía un camino a seguir. Y después, bueno, vino un tipo que inventó la tostadora. De repente las mañanas daban menos náusea. Y desde entonces hasta ahora todo túneles sin ton ni son, sin orden ni concierto. Tú por aquí, yo por allí, y aquél atorado allí en medio, enquistado, cabezón como él solo. Tiene que ser por aquí, tiene que ser por aquí, se dice. Y lo ves todo obsesión y sudor y brazadas salvajes contra la tierra. Pasas poco después, a la semana, y miras, ya no escarba. Tal vez se ha muerto. Tal vez le dicta sus memorias a una grabadora. Al capullo que inventó la grabadora todavía no lo han pillado, sigue en busca y captura. Figuraos qué timo. Grabas tu gran discurso y estás contento, ufano, brillante. Feliz. Resplandeces y todo eso. Pero cuando le das a reproducir resulta que son tus palabras pero no es tu voz. Menuda cabronada. Eso y la fusión fría. Joder, si los pillaran habría que colgarlos, como a Mussolini, pero esta vez de los huevos.

Y claro, de un lado están los que hacen túneles, escarban, pugnan por romper el cerco. Alguno que otro puede que se parezca a Charles Bronson pero la mayoría son bastante más difíciles de mirar. Hay un problema con la cara humana, y es que siempre es distinta. No puedes abarcar semejante cantidad de formas, sinuosidades, malformaciones, fealdad. El disco duro de la mente no da para tanto. Así que es un método de defensa neural, ensombreces todos los rostros, los difuminas, o de lo contrario te colapsas, cortocicuito y se acabó. Y a ver quién es el guapo que encuentra en medio de toda esta negrura una caja de cerillas... Bien, lo que decía, que los hay que escarban y casi ninguno tiene cara porque para qué carajo vas a almacenar toda esa ingente cantidad de rostros empitonados. Y luego, detrás, bien detrás, aguardando, están -estamos- el resto, los evadidos: queremos salir. Ni siquiera nos molestamos en olisquear, preferimos que nos lo den bien hecho. Como el bistec. Pero es un huevo bien duro éste. Se rompe sólo cuando te mueres, la espichas, y luego vete tú a saber: Pío, Pío, viene la cobra y se te traga entero.

Por otro lado, es verdad, no se me está dando nada bien esto de acercarme a la treintena. Pensé que sería más fácil, pero no, me está rebanando la sesera que es un gusto. Y lo que no es la sesera también. Me cago en todo. El otro día un chaval le dijo a un amigo: "No sé qué no sé cuántos, señor". "SEÑOR". Aquello lo jodió vivo. Noqueado en el primer asalto. Ya pueden romper sus apuestas, amigos. Y eso que él ha llegado a los 30 mucho mejor que yo. "¿Has visto?, me ha llamado 'SEÑOR'..." Y la verdad es que sí, bueno, no, verlo no lo vi, pero lo escuché, en estereo, con estas dos: "SEÑOR", y acto seguido su cuerpo inerte cayendo a la lona...

No hace muy buen día hoy. La primavera ha dicho que os den morcilla a todos, mugre, y se ha pirado unos días de vacaciones. Volverá pronto, pero no antes de que unos cuantos túneles hayan quedado copados por los cadáveres a medio podrir.

Esta mañana había un tipo escribiendo en la cafetería. Eso atrajo poderosamente mi atención. Me fijé bien antes de hacer nada, no fuese que la cagara. Pero no, estaba claro. No era yo. Ni mi doble. Alguien había tirado los dados en algún lugar pero cayeron fuera del tapete. Así que me acerqué: "¿Qué escribes, tío?"

-E=mc2 -me lo enseñó.

No tenía el matarratas a mano, así que lo dejé allí.

Y yo también lo dejo. Aquí. Por hoy. Mañana seguiremos rascando... 

 

¡Censurad esto!

Bastante jodido últimamante y de ahí el silencio. Ya sabéis aquello que se dice, unas veces se gana y otras se pierde, pero es una de tantas patrañas: cuantos más años a este lado de la vida más veces pierdes, y cosas cada vez más fundamentales. Matemática elemental.

De nuevo aquí, escribiendo desde una cafetería. Tengo una libreta repleta de mañanas empezadas desde cafeterías no muy diferentes de ésta, aunque sólo un par o tres de ellas las he traído aquí, principalmente por pereza. Un palo terrible transcribir. Y luego está la cuestión del desfase horario, cosas que te parecían ingeniosas cinco o seis horas atrás han perdido audacia y brillo para cuando te pones ante el teclado; languidecieron como rosas sin agua. Y esa es una de las razones por las que no llevo diarios. ¿Cómo demonios se lo monta Trapiello? Si me da por releer lo escrito la mayor parte me parece basura, termino por arrancar las páginas.

Debería estar muy cabreado por lo ocurrido, ¿no? Debería. Pero es lo único bueno que tienen las noches de hospital, los techos de las salas de urgencias, el lento desangrarse del Nolotil desde el gotero a tu vena agujereada. Te ayuda a relativilizarlo un poco todo. O mejor dicho, más fácil que todo te importe una mierda. Sobre todo cuando apenas tienes 20 años y se supone que deberías andar por ahí emborrachándote, rompiendo botellas en la cabeza de alguien, haciéndote detener... Un quirófano es un Gran Agujero Negro, un antiguo sol muerto; una vez entras en su campo de atracción estás jodido. No importa lo joven que seas, antes o después volverás, y cuanto más seguido vuelvas más estrechas se volverán tus recaídas. Así hasta que salgas definitivamente, sí, para no volver, muertos los ojos, los pies por delante.

Tengo 29 años y en los últimos 10 he pisado el quirófano cinco veces, hospitalizado seis. Figuraos las ganas que me quedan de reciclar basura, por ejemplo. O de hacerme de una ONG. No sé si me explico... ¿Como decís? ¿"Amargado egoísta"? Joder, por supuesto que lo soy. Me lo he ganado a pulso. A base de partes médicos, todos juntos, uno encima del otro, engordando una carpeta hasta sus topes.

De modo que ya no queda nada, podéis quedároslo todo, que os aproveche. Salvo la literatura, lo único que me sirve. Al menos ahora. Al menos a mí. Me salva el poco pellejo que todavía no me duele. El día que deje de hacerlo creo que me quitaré de enmedio. Este mundo ya soporta demasiado peso. 

Así que intentas alejarte de la palabra un tiempo porque sabes que te estás matando, que cada vez que coges la pluma lo haces, no sólo para escribir, también para cortarte las venas un poco más con cada línea. Dejas de escribir. ¿Y luego qué? El vacío... De modo que vuelves a las andadas. Vuelves aquí. Enfermo, dogrado y cabreado. Hasta que el cuerpo aguante. Lo de después ya no será mi problema.

¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! Empecé a escribir pensando en poner a caer de un burro a los mentecatos que hace nada me censuraron un poema por el mero hecho de estar escrito en castellano. O mejor expresado: por cometer el pecado de no estar escrito en catalán. A los dos días de estar expuesto lo quitaron de la circulación. Y ya me podéis dar todas las explicaciones que queráis, todas las excusas. Inventaros mil subterfugios. Ambos sabemos los verdaderos motivos. Así que supongo que podría deciros que sois todos unos hijos de puta sin moral y sin el menor sentido de la vergüenza. Pero no. Porque me dais pena. Porque antes que por vuestra bocaza habláis por vuestros actos..., y, la verdad, dejáis tanto que desear...

Lleváis toda mi vida intentando lavarme el cerebro, imponerme lo que nunca he sentido como propio,  convencerme de que soy un catalán de segunda porque hablo y escribo en castellano. Me habéis ninguneado todo lo que habéis podido y más, ya desde pequeño, desde la escuela, y aun ahora lo seguís probando. Y continuaréis, sin duda, porque así sois los cabezas cuadradas. Y pese a todo no consiguiréis nada. Porque os habéis convertido en la misma mierda que os oprimió y persiguió durante tantos años. Utilizáis sus mismos métodos...

Y como yo cuántos... Cuántos que hemos nacido aquí y aquí hemos desarrollado nuestras vidas, vertido el sudor de nuestra frente, trabajando, tantas veces deslomándonos. Y aun así nos miráis por encima del hombro porque no pedimos la hora como a vosotros os gustaría. No tenéis la más mínima idea de lo patético que resulta. ¿Acaso pensáis que vuestra justicia proviene de más alto? Cuanto más censuréis más orgullosos estaremos de reafirmarnos en la que es nuestra lengua. Nuestra verdadera patria, más allá de vuestros estúpidos politiqueos. ¡A la mierda España!, ¿me entendéis?... ¡A la mierda Catalunya!, ¿me entendéis?... Soy lo que hablo y lo que hablo es castellano... Apuesto a que el poema llega a estar en árabe y hasta lo enmarcáis y todo... Vosotros sois así. Todos. Aquí y en Madrid. En eso sí que nada os diferencia. El odio cainita.

Y lo peor -para vosotros, ojo, no para mí, que a mí me la suda no sabéis cuánto- es que tenéis la batalla perdida desde hace años. Que vuestro querido catalán apesta ya a cadáver. Porque lo que no consiguió el franquismo lo conseguirá la inmigración, ese fenómeno imparable. No será un asesinato político, ya os gustaría..., poderos hacer los mártires de nuevo.

No. Será un proceso natural. Lento y doloroso. Invasivo como un virus. Terminal como un cáncer.

A todos los que os hayáis dado por aludidos sólo me queda por deciros lo siguiente:

Que os jodan.

 

 

 

¡Censurad esto!

 

El Sobrado

Decidí retirarme todo lo rápido que quisieron mis piernas, la tarde se me había echado encima como un águila y no me quedaban muchas ganas de quedarme por allí pateando, pasando un frío del copón. Intenté cruzar; dos coches pasaron salpicándome toda el agua marrana que les fue posible, los muy hijos de perra, a toda hostia, buscando joder al personal a toda costa. Tuve que apartarme y aun así no lo hice a tiempo: el segundo, más pasado de vueltas, consiguió rebautizarme de rodillas para abajo. La lluvia había cesado cerca de una hora antes y hasta entonces había estado metido en una cafetería, esperando que escampara. De modo que casi lo consigo, llegar a casa impoluto, sí, pero no..., ahora tendría que cambiarme nada más llegar, y todo esto a la lavadora. De subida, maldiciendo, me crucé con una niña bien, arreglada y pizpireta, toda risueña, de camino a alguna fiesta y posterior polvo sin goma. Luego un inmigrante latinoamericano, la prisa en los ojos, cabizbajo por la presión de saberse un marginado en todas partes. Seguí calle arriba, sólo buscaba llegar y tirarme en la cama, poner el cartel de vuelvo en cinco minutos durante doce horas de sueño, largas como tentáculos. Desaparecer, en definitiva. Fue entonces cuando lo vi a mi espalda, aproximadamente a mis 4 -mis 4 y media-, recién escapado de cualquier novelucha barata de principios del siglo pasado, sombrero de ala, gabardina beige, zapatos negros, relucientes como un ojo vengativo. La jeta no se la vi pero seguro que era como para decirle cuatro cositas bien dichas a la madre... ¿De dónde había salido tamaño anacronismo? ¿Cómo encajaba la sombra de aquel tipo con la rubia de bote y el colombiano o peruano de instantes atrás?... ¿Y conmigo mismo? Y ya que nos ponemos, ¡¿por qué coño me estaba siguiendo a mí?! Porque si algo estaba claro era eso, que me estaba siguiendo, precisamente a mí, que no debo un duro a nadie y me meto en casa mucho antes de que den las once de la noche. ¿Quién le había dado vela en el entierro a este reverso tenebroso de Mike Hammer? Seguí a lo mío, calle arriba, cada paso más aprisa, con un ojo adelante y el otro atrás, vigilando al fulano... y el tercer ojo, a qué negarlo, bien apretado, de puro miedo, que uno de héroe tiene lo justo para ir tirando, alzar algo la voz cuando te han dado de menos en el cambio y poco más. Pero sus pasos me siguieron, rítmicos, certeros, atronadores como el tensarse de la soga de la que pende tu cuello. Empecé a ponerme muy nervioso, y ya se sabe, con los nervios en tu equipo no se puede llegar nunca a jugar en primera división. Malos consejeros y peores compañeros, pierden a posta los balones en el centro del campo, te dejan vendido a las primeras de cambio... De modo que muchas opciones no tenía. Tal vez algunos ustedes se piensen más listos, creen que lo habrían hecho mejor, y tal vez hubiese sido verdad, pero ya no habrá manera de confirmar sus sospechas, puesto que empecé a correr. Sí, desesperado, calle arriba, hecho un portento, corriendo así, cagado de miedo, que no sé si un Carl Lewis dopado me hubiese dado alzance... Sé que ahora mismo deben estar pensando que soy estúpido, que mejor si hubiese seguido mi paso como si nada, como si toda aquella cabrona película no fuese conmigo, al menos hasta confirmar si al tipo aquél le habían pagado o no a cambio de convertirme en fiambre mojado. Pero qué quieren que les diga, cada uno es como es y yo soy como me ha tocado, es decir, que no nací con madera de Sam Spade ni nada remotamente parecido... Supongo que ahora esperan que les cuente lo siguiente, qué sucedió después de que emprendiese las de villadiego a la carrera, pero me temo que se van a quedar con las ganas, no va a ser posible, ni que me pagaran, vamos, que también, ahora que caigo, maldito el servicio que me iba a hacer aquí su pasta... Es lo que tiene hablar desde la nada, o desde la muerte, como prefieran, sobre todo cuando se te cuela un matón en mitad de la trama cotidiana y te mete, literalmente, un balazo mortal entre pecho y espalda; que te la convierte en drama, la vida, sobre todo para los que se quedan aquí, tus padres y familiares, los amigos -chica no, ¡joder!, espiché sin catarla- y demás gente del mundo... Ahora al menos estoy tranquilo, y no tengo que ocupar mi tiempo en cosas tan prosaicas como  cagar o poner lavadoras. Hasta tengo tiempo, fíjense, para leer novelas, como ésta misma que tengo ahora en las manos y comienza así: "Kurt había contratado para aquel trabajo sucio a un tal Malone, al que llamaban "el Sobrado", porque no llevaba nunca más que una bala en la recámara..." 

Se nos fue otro de los grandes...

 

_____ 

 

"Si hubiese nacido en Alemania, supongo que habría sido nazi, habría liquidado a judíos y gitanos y polacos, habría dejado botas sobresaliendo de montículos de nieve y me habría reconfortado con mis propias entrañas, secretamente virtuosas. Así suele suceder.

Pero hay otra clara moraleja en este cuento, ahora que lo pienso: cuando uno está muerto, está muerto.

Y todavía se me ocurre una tercera moraleja: hagan el amor cuanto puedan. Les sentará bien".

Kurt Vonnegut, (1922-2007)

La página 139

Recogiendo el testigo del juego literario que me ha lanzado al aire Aura, traigo aquí el segundo párrafo de la página 139 de uno de los libros que actuamente leo, Nunca le des la mano a un pistolero zurdo de Benjamín Prado:

"No sé de qué coño quieres que hablemos, y si te interesa mi opinión, creo que podemos estar aquí hasta el día del juicio final y aun así no sacarás en limpio nada de lo que quieres, porque lo que tú estás buscando son peras y esto es un olmo".

 

Me gustan las novelas de Prado, están llenas de frases ingeniosas en boca de personajes marginales y perdedores, nada ortodoxos, aunque por ello no menos tópicos en ocasiones. Incluso cuando naufraga a medias, como en la segunda parte de ésta, una de sus más conocidas obras, donde pienso que su narradora no debería, digamos, "hablar como habla" -haciéndolo a pesar de todo-, la narrativa de Prado me sigue pareciendo más atractiva que la de otros escritores de su generación, históricamente más reputados. Así por ejemplo, de aquella hornada de "escritores jóvenes" a la que él también perteneció, a día de hoy, el más interesante, con él, me sigue pareciendo Ray Loriga, mientras Juan Bonilla se perdió un día no sé en qué bosque y el pobre todavía debe andar buscándose; Juan Manuel de Prada, el mejor de todos según tantos, se ha desinchado puede que definitivamente (quizá no fue tan buena idea aceptar aquel Premio Planeta); y de Lucía Etxebarria, con diferencia la que más se vende, probablemente también la más leída, qué queréis que os diga, casi prefiero no opinar...

Prefiero recomendaros libros de Benjamín Prado como Raro, este Nunca le des la mano a un pistolero zurdo que ahora mismo leo, o Jamás saldré vivo de este mundo. O incluso sus libros de poemas, que una amiga me ha dicho al oído que es bastante mejor poeta que novelista, algo que pienso comprobar en breve, en cuanto acabe esta pequeña novela... ¡Ah!, y ya que estamos probad suerte también con Loriga: Trífero y El hombre que inventó Manhattan, por ejemplo.

Finalmente, paso el testigo de este juego literario a WosWis, Ana Pérez Cañamares, Jesús Alonso, Efímero y Shaggy Monster, ¿qué dice el segundo párrafo de la página 139 del libro que leéis?...

 

WosWis

Probablemente ahora más que entonces, hoy más que el día que lo escribí, y a pesar de todos los poemas que últimamente traigo a este lugar, éstos versos valgan sus palabras más que nunca...

 

WosWis

Para Sergio

 

Tengo un amigo que escribe poemas.

Poemas que en apariencia no aspiran a nada,

ni grandes pasiones,

ni enormes preguntas,

ni abismos profundos,

ni terribles lágrimas.

Poemas que en apariencia no buscan nada

salvo quizá un instante,

tal vez un momento,

ese instante o momento de tu ojo en su palabra.

*

Un amigo que escribe "pequeños poemas"

-como yo los llamo-

del silencio que ni rompe ni rasga,

que nadie lo atiende porque siempre te abraza;

o de ese ubicuo café que día tras día

es siempre el mismo,

que de puro repetido e irremplazable

ya ni endulza ni amarga;

o de ese pensamiento triste,

de esa media sonrisa mordida y frenada

que cada anochecer te dibuja la quijada.

Poemas, en suma, que tan poco pretenden,

salvo quizá,

ese instante fugaz o estrecho momento

en lo alto y justo de tu turbia mirada,

y ya después oscuridad;

nada de nada.

*

Amigo que escribe entrañables poemas,

versos amables

nada mefíticos,

que cantan y cuentan cómo el sol se despidió hoy,

cómo día tras día la vida pasa,

y en la vida apenas pasa nada,

salvo quizá,

esos menudos instantes,

sucintos momentos irrelevantes,

que hacen de este Todo un Algo a veces soportable.

*

Un amigo que ríe pero que hace tiempo que no sonríe,

ni siquiera, imagino, cuando sus poemas escribe,

porque es como si últimamente todos

hubiésemos sido derrotados,

cual si ya no nos quedase sino sendero de bajada.

Abatidos a medio camino

a medio volar,

mucho, mucho antes de haber llegado al campo de batalla.

*

Con todo, no sabes cómo y cuánto te envidio

amigo mío, que escribes poemas

que no han de sobrevivir -a priori- al día de mañana:

a todo hombre con un poema en la mano

con un siguiente verso que parir en el alma,

la otra mano le esconde por fuerza una espada;

y yo

buscando y rebuscando

metiendo la mano y hasta el fondo la pata

en el arcón de letras de mis adentros,

hace ya tanto -¡Dios!- que no me hago una tajada...

*

Deberíamos vivir en peligro de muerte

ocho de cada nueve días...

y en el bolsillo siempre lista la navaja.

*

 

Connect

Bien, alguien me confesó no haber comprendido a cuento de qué vino lo de Bus Stop: conectado a dónde, a qué, me dijo, y quizá se olvidó lo más importante: “desde dónde de tu particular geografía”. No te preocupes, como ves la pregunta más difícil ya la pongo yo… Todo y que es difícil de explicar, lo sé. ¿Internet?, sí, bueno, tal vez podría ser eso, puede, de hecho, pero no tiene por qué ser sólo eso, es decir, sólo ahí. En fin, es como decir que ahí está la gente, ¿no?, ahí afuera, siempre conectada a algo, enganchada a la realidad, atrapada en cierto modo, y cabría pensar que si eso es así es porque desde luego interesa. Interesa a alguien. O a algo. ¿Dios? Bien, tal vez, supongámoslo, abramos esa vía… aunque supongo que él/eso/ello tiene también sus enchufes, muy escondidos, bien es verdad, pero debe tenerlos; una entidad superior lo tiene también cogido por los cojones, esclavizado en algún lugar. Y así sucesiva y escalonadamente hasta la náusea…

Pero es eso, quiero decir, lo de estar conectado, o mejor dicho, de repente, no estarlo, salir, salirte de ti mismo y de la realidad, saberte out, como decía, pero sin ser consciente de ello más que vagamente, como en nieblas de sueño. Basta que te desconectes un segundo para que algo se accione a tus espaldas, tome medidas, venga a buscarte, tire de tu cable y te retorne a toda esta ilusión ajena e inextricable.

O algo así, tampoco hagáis mucho caso.

 

Desrumbado

Es este un poema para preguntarme

(a la par que preguntarse)

por qué como ese río de Ángel González

avanzo de espaldas,

ni miro adelante ni atiendo

a mi Norte -que es el Sur-

de la vida, como todos,

finalmente,

almas hacia la muerte,

y tras éste último incendio,

cada ascua; ceniza candente,

tienda sutil,

indolora a su fuente.

* * *

Es este un poema de primeras horas de la mañana

tras una noche de escupir cerveza y maldiciones,

en la que preguntarse

(a la par que preguntarme)

por qué este mío es un fluir tan desrumbado,

todo oblicuos meandros,

panzas al sol mueren en mi centro las truchas

por no saber dónde diablo queda el río arriba.

* * *

Es este un poema, en fin,

y finalmente,

para cerrar el día antes incluso

de haberlo comenzado,

que todo a partir de su punto y final

ha de ser cuesta abajo;

seguir a la deriva, contra natura,

vuelto hacia dentro como calcetín sucio,

fuera espoleta, granada en el estómago,

preguntando en lugar de reir,

escribiendo en lugar de vivir...

dando pávulo, en suma, a versos como estos,

que sólo oxidan la superficie de la cordura,

exhuman las ganas y arrestos de volverte implosivo,

y poco más

-menos quizás esto sagrado, aquí adentro,

en lo hondo; la escritura, la gloria-,

nada aportan al ser

salvo llamarlo "perdido"

y hacerlo desgraciado.

* * *

Es este  en definitiva un poema que tras tanta pregunta

tan poca respuesta alcanza,

suelen ser así todas las sumas de palabras:

llegan al Sur de su Norte y se colman,

se copan,

arriban al mar periclitadas,

ansían la muerte, en fin,

y finalmente;

el amplio y profundo,

insensible blanco de la página...

* * * 

Para cuando quieres darte cuenta cayó la noche

y toda la savia, luz, agua que bajaste,

desrumbadas,

ni fluyen ni encienden ni sacian...

echadas a perder contra la playa,

apenas valen nada.

 

Bus Stop

No pensaba en nada, estaba completemante out, con la mirada perdida en algún punto... Sencillamente tenía esa facultad. Estaba esperando el autobús y no había nadie allí excepto un viejo leyendo el diario. Algo extraño, ¿no? Entonces alzó la cabeza, se giró hacia mí, muy despacio, y dijo: "¿Cómo es que no estás conectado, niñooo?", y volvió a sumergirse en su lectura, irreal y vaporoso.

¡Rediez!... Desperté de golpe. Enfoqué de nuevo: la calle, el viejo, su diario, el autobús, llegando; nada de especial...

Esto me ha recordado "la historia del autobús", no ésta, sino otra que escribí y tengo por ahí pendiente desde hace no sé cuánto, en una carpeta de textos olvidados..., otro de mis incontables "debería".

Pero, ahora que caigo... ¿Y vosotros?... ¿Por qué narices no estáis conectados, niñooos?...

 

Los Ángeles, 2019

Roy Batty vino, vio y perdió; soltó la paloma blanca, después murió -y Deckard, mientras, mirando como alcoholizado-. Y antes ya habían palmado Jackson Pollock y Philip K. Dick, y en los años siguientes la espicharon también Carver, Bukowski, Hubert Selby... Leopoldo María Panero sigue dentro mientras muchos otros -mucho más locos-, la mayoría, seguimos fuera. Y para colmo Antonio Gala ha sacado libro nuevo. ¡Ah!, luego anda también por ahí un tal Juan Bonilla haciendo de las suyas... De modo que no me digas que confíe, que tenga fe; no me vengas con ésas, que el 2019 no queda ya tan lejos... El futuro jamás ha de volver a ser lo que pudo ser.

 

Brandelmosca

 


Es parar el oído en cualquier calle

y no pescar al vuelo otra cosa que

síndromes, síntomas, dolor agudo, enfermedades,

tumores de otros que vinieron para quedarse.

 ***

Vincent Price está cadáver y su legado

de hombre-moscarda ya no vale;

esas viejas carnes

-plástico, pintura, gomas todas, látex varios,

pelos de burra, cartón de ojos facetados-

ya no asustan a nadie.

***

Al pensar en el hombre del mañana:

el no-hombre;

Neo-Hombre

-cual si un Keanu Reeves pero sin tanta chulería:

le quitas de un manotazo las gafas

y de una hostia la restante tontería-,

 es brandelmosca quien surge tras la bruma:

Goldblum + Cronenberg + mosca;

metáfora del sida que nos mata,

el cáncer que nos finiquita,

especie que agoniza,

vidas condenadas que terminan...

***

Y aun así persistimos en la alquimia prometeica:

más que la heroína, la coca, la maría,

la puta y maldita cafeína,

ella nos pone, ella nos engancha,

ELLA...

nos excita;

somos adictos irredentos a la vida

-cuando el tábano cuánto nos toca los cojones?,

apenas unos días.

***

Nos sobrepasan su aplomo y santa paciencia,

su errático vuelo de epiléptica plumilla,

también su prominente afán de monotonía,

como ese bzzzz-bzzzz, bzzzz-bzzzzear seco, sordo, yermo,

que jamás osó -ni pretendió- significar nada.

***

Para ser todo lo humanos y sapiens que nos pretendemos

nos gana todavía su orgánica, simple, óptima sabiduría:

por más que fusionáramos genoma, nombres, inteligencia,

persistiríamos enfermos, sin captar su sentido del non sense,

seguiríamos adictos, enganchados a este engaño de la vida;

continuaríamos, brandelmoscas, sin saber aceptar ese momento del llegarnos la hora...

 

 

El HORROR no son los demás

 

Alguien me habló de cuadros, de pintar, y entonces yo le respondí que de haberme sentido realmente capaz de expresarme a través de la pintura jamás habría escrito una maldita palabra. Y pienso que es bastante cierto, que es mi forma de decir que escribo porque nunca me supe con talento para nada más, y aun así hoy no sé si esto de juntar palabras se me da demasiado bien, pero es lo que hay; ni lienzos ni mármol ni partituras: la hoja en blanco, que es desde luego un lienzo mucho más prosaico que el de verdad, aun cuando lo llenes de versos...

Por mi parte llevo queriendo escribir algo sobre este cuadro, La matanza de los santos inocentes, desde la primera vez que me topé con él. Quedé maravillado. Y aterrado. Y culpable. A partes iguales. ¿Por qué he tardado tanto? Bueno, a veces las palabras se quedan muy cortas. Qué podría decir sobre esa mirada que no fuese superfluo..., si ella lo dice todo por sí misma, te arrastra y no te deja hasta haberte desangrado. Tirando de tópico, se me ocurren pocas ocasiones en que una imagen valga más -mucho más- que mil palabras, o mejor, que la imagen lo valga todo y las palabras nada, porque, en fin, ahí está el infierno, ¿no?, desatado a la izquierda del encuadre, donde la luz; están matándolos a todos. Un mujer corre desesperada escaleras abajo con una criatura en cada brazo, pero ha de correr en vano, lo sabemos por ese hombre que ya la ha visto algo más arriba, que a buen seguro, cuchillo en mano, irá tras ella, en pos de ellos: pese a que parece cubrirse los ojos, no, el sol no ha logrado cegarlo del todo -nunca fue buena idea confiar en dioses o astros-; esos tres ya están condenados. Como tantos otros fuera, en el desastre, la masacre, el genocidio... Qué palabras tan actuales, siempre en voga en nuestro vocabulario a pesar de las muchas vidas derramadas y los muchos años transcurridos desde que Cristo es Cristo -y aún antes.

Mas como espectadores impotentes estamos en la mitad, qué genialidad la del artistita, León Coginet, justo en la mitad del espectáculo, a caballo entre dos mundos, que son de un lado -el izquierdo, el siniestro- el de la inesperanza, la no-escapatoria, la condenación, de las que ya os he hablado; y del otro el de la, no esperanza sino incertidumbre, también la súplica, también el miedo, por supuesto el pavor. Tragedia, como afuera, pero distinta, pues está la mirada, esa mirada terrible y bella, más bella cuanto más terrible, mirándote, mirándonos, demandando silencio, silencio, "calla, te lo suplico; no nos delates, por favor..." Y su postura, arrinconada contra la pared, que es toda una fortaleza inexpugnable pero a la vez la más débil de las fortificaciones, basa toda su defensa en los ojos llenos de horror, ataca a tu piedad y misericordia como único camino a la salvación.

Y el bebé que no entiende bien qué pasa ni sabe que su cuello está en juego también te mira, nos mira, sin saber muy bien qué hacer, si reír o llorar o seguir como si nada, es un punto de luz, el único en esa parte del cuadro, que ama las sombras, ama de ellas lo que podrían aportar de anonimato. Y es una luz, la del niño, amarilla, como el relucir del oro, como el rielar de los tesoros, porque la maestría del pintor, también su malicia, podrían llegar a límites insospechados. Hasta ahora a buen seguro la mayoría hemos mirado sin ver, como estamos acostumbrados, espectadores no implicados, retansmitidas la muerte y la matanza desde lejos, en vivo y en directo, tal vez en diferido -aunque eso cada vez se estile menos-, pero sobre todo lejos, es decir, ajenas en cierto modo, a nuestra alma y sangre, sólo apelantes a nuestro pundonor como seres humanos: llamando a las puertas de nuestra pena y misericordia, tantas veces también al asco a la posibilidad de ser la misma clase de ser humano que ese que empuña un cuchillo, clava una lanza, degolla un recién nacido, aprieta, en suma, el gatillo... Pero es que efectivamente lo somos, la misma clase de ser humano, que el infierno, se equivocó Sartre, no son los demás, que somos todos. 

Y si no mirad de nuevo el cuadro, pero esta vez viendo, fijad de nuevo la mirada en esa frágil fortaleza de maternidad que salvaguarda la vida como el mayor de los tesoros. Una vida blanca, blanda, inocente, frágil, y sobre todo, áurea, haciendo honor al tesoro que es. Pero imaginad que son otros vuestros ojos, que no sois vos ninguno de vosotros, que acabáis de llegar de otro lugar, no de ese cuarto confortable, frente a la pantalla, sino desde el fondo del mismo horror. Que sois, también como aquél, hombres con cuchillo en mano y ansias de matar en los dientes, y no sólo eso, que acabáis de reparar en la esquina oscura, ¡ahí está, Dios Mío!, lo habéis encontrado, el tesoro, una nueva vida con la que acabar...

Imaginad qué maestría la del pintor, qué torpe después cualquier palabra por mi parte o la de cualesquiera otros, poder pintar esa mirada, expresar esa mirada que ni mil ni dos mil palabras retratarían de igual manera, ni por asomo dirían lo mismo: poder representar ante el cuadro cualquiera de los  papeles posibles, espectador impotente, esperanza misericordiosa, inmisericorde asesino, y que la expresión de ella, siendo la misma, alcance a decirle del HORROR a cada cual justo lo que vino a escuchar...

A medias infierno

Mientras soñaba en líneas abrasivas en vuelo rasante sobre el equinoccio, bombardeos picando sobre un skyline febril y aminorado, supe que aquella noche no pasaba en balde, sería un renacimiento, un parto de luces y alarmas encendidas. El teléfono había sonado por quinta vez, tampoco entonces lo cogí, sabía que sólo una escala de grises degradados e impunes podría haberme empujado a dejar la cama y encaminarme hacia allá, pero tenía sed de astros y agua dulce, tan líquida como un racimo de fresas encumbrado a un altar de sacrificio, y no estaba dispuesto a dejarme apagar de aquella manera. No al menos sin vender cara mi servidumbre; llevarme alguna de sus sombras por delante en el intento... Luego dormí, y entre medias el sueño. Más tarde desperté convulso, me dolían el estómago y la cabeza, el uno por vacío y la otra por demasiado llena, de imágenes, texturas oxidadas, savia surrealista con la fecha pasada, en estado de descomposición. Me hice un café bien largo, bien cargado, vaso a mitad. La otra mitad infierno. Dos aspirinas; una, dos, sin agua, sin pensar. Sólo odio y resaca de los días. Un cierto resabio a muerte antigua en los posos. ¿Desde cuándo llevamos muriendo de esta manera? Una pregunta que colapsa todo mi panorama de actuación con su sencillo resplandor destacando sobre las laderas desforestadas de mi pensamiento. Amaneceres en rojo e interrogante... pocas maneras mejores de comenzar un día que no haya de desembocar en migraña o desastre. Enciendo un cigarro y me rasco la barba excesiva, que pica, molesta por puro aburrimiento, laxitud. Las volutas de humo trazan en el aire arabescos noctámbulos y esquizoides, me preparan para horas de absurdo apostado tras la ventana acribillada. Todos los buenos francotiradores, los que llegaron a viejos, callaron sus batallas, estudiaron en esa escuela. Tienen su, digamos, "franco estilo"... Y vuelve a sonar, no se van a dar por vencidos y a mí ya no me quedan colores ni ácidos con los que llevarme adentro nada de todo esto. Lo cojo: "Buenos días, ¿hablo con el señor J.?"... Acto seguido cuelgo y tiro del cable del aparato hasta inutilizarlo; es esta una derrota que no pienso compartir con nadie: "no me la vais a joder..." Apago el cigarrillo en la mesa, donde los demás, y entro en la cocina: me sentará bien otro infierno mitad aire y mitad cafeína...