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tannhauser

Si tú eres Leyenda, yo soy historia...

Una palabras del propio Matheson me vienen como anillo al dedo para empezar: "aun el dolor más profundo se mitiga, la desesperación más intensa cede. La maldición del verdugo: el preso se acostumbra a sus cadenas (...) ¡Con qué rapidez se acepta lo increíble si se ve con frecuencia!". Creo que resumen bastante bien por qué me he alejado conscientemente del cine, encerrándome en la literatura: me había acostumbrado a que el 90% del cine que se hace -el 99% si hablamos de cine fantástico- fuese una completa basura; bastarda y comercial a más no poder, voluntariamente manufacturada para el paladar de espectadores rednecks y descerebrados. Pero el hecho de que deje de sorprenderte que en el precio de la entrada entre también tu consentimiento para que se te caguen encima no implica que tengas que dejar que te llenen de mierda por defecto. Antes o después acabas escarmentando y, sencillamente, cortas la comunicación. Hace años que la industria se dio cuenta de que un cine fantástico pueril y de amplio espectro sería el único capaz de arrastrar público a las salas y eso levantó acta de defunción para  muchos, entre los que por supuesto me cuento.

"Soy un Timo"

Un día vino alguien y me dijo: ey, tú, ¿sabes que están haciendo otra peli de "Soy leyenda"?; bueno, respondí; ¿y a que no sabes quién hará de Neville?; sorpréndeme, dije...; Will Smith; ¡pfffffff!..., no me jodas; lo que oyes, tío...; ¿y de Cortman?; ¡¿Cortman?!... quién cojones es ése...; y después se marchó pensando que debía estar loco y yo seguí a lo mío. Todavía resonaban en mi cabeza los rumores de aquella adaptación, por suerte frustrada, con Swarzenneger y Ridley Scott; hasta que no lo viese no lo creería; cabía esperar el milagro...

El Fantasma de las Navidades Pasadas

En fin, que el tipo sabía quién era Neville pero no recordaba a Cortman..., qué diablos, puede que ni siquiera hubiese leído la novela, a lo mejor sólo había visto a un crístico e interracial Charlton Heston dejándose crucificar por monjes albinos antiglobalización... El caso es que la pregunta sobre Cortman no es todo lo friki que parece a simple vista. Porque sin Cortman no hay "Soy Leyenda" que valga. Él tiene la mejor frase de toda la novela; la mejor escena. Cortman vampiro, cada puta noche, ante la casa del último hombre vivo sobre la Tierra, gritándole, invitándole a formar parte del nuevo orden: "¡Sal, Neville!" Hay que ser un guionista muy incompetente o un director muy cegato para no aprovechar semejante escena...

Charlton Heston Vs. Los Jesuitas con Psoriasis

Pero, como decía, entrar hoy día en un cine es regalarles la ocasión de llenarte hasta la calva de mierda. Por asumido que lo tengas, que te darán por saco sí o sí, sólo eres un débil pedazo de carne humana, así que terminas dándoles la oportunidad... Y en efecto, no hubo lugar para Ben Cortman, como tampoco lo hubo para su terrorífica letanía: "¡Neville, Neville!... ¡Sal, Neville!", porque en realidad en momento alguno hubo intención de trasladar la "leyenda" de Matheson a la pantalla, antes al contrario, desde el principio tuvieron claro que lo que querían era convertir en "legendaria" esta tomadura de pelo, auténtica donde las hubiere, como no recuerdo otra desde, por lo menos, "El Sexto Sentido" de Mr. M. Night "tramposo" Shyamalan.

‹‹¡Sal, Neville!››

En cierto modo el cine yanki, la industria cinematográfica yanki, era la menos indicada para contar una historia en la que el bueno adviene monstruo y los malos pasan a conformar el canon de normalidad. Sabemos que en Hollywoodland, y por extención en el mundo entero, desde que derribaron el par de torreones, no hay escalas de grises; el malo es malo, muy malo; y el bueno es bueno; buenísimo. Y punto. Hasta me escama que el libro de Matheson no haya sido poco menos que prohibido por la administración Bush, teniendo en cuenta lo que subyace a sus líneas... ¡Ah!, no..., espera, que los hay por allí que todavía no saben leer entre líneas...

Richard Matheson

Bueno bueno, ingenuos lo justo, está claro que leen entre líneas, por eso mismo acto seguido las manipulan a su antojo, no hay quien los iguale en eso, qué duda cabe. Porque al fin y al cabo lo de menos son esos pequeños detalles, a saber; que el Neville de Matheson es un ario del montón, fumador y borrachín, sin formación científica alguna, que se pasa la mitad de la novela más salido que el pico una plancha; mientras Will Smith ni fuma ni bebe, ni por supuesto se la machaca, y encima es un virólogo de la hostia, cachorras de gimnasio, intachable oficial del Ejército, amante esposo y mejor padre. Un tipo made in USA al 200%. Qué importa si Neville era un tipo reservado y silencioso que escuchaba música clásica, si Smith puede ser un charlatán bocazas fanático de "Shreck" y de Bob Marley. Que te cambien vampiros conscientes por superzombis hidrofóbicos a lo Resident Evil, tanto da; puedes tragarte mal que bien toda esa bazofia...

‹‹Y el SIDA porque no me he puesto en serio, que si no...››

Pero por lo que ya no pasas, si es que tienes dos dedos de frente, es por la triple ración fast food de etnocentrismo yanki, por otro lado, nada subliminal -porque además es que ya ni se molestan en ser sutiles-. La idea central de Matheson es que la vida se abre camino, sea como sea, y los débiles se quedan en el camino. Llega el momento en que la humanidad sucumbe ante el advenimiento de una nueva raza, primitiva y brutal, pero superior, pues no en vano consigue sobrevivir a la epidemia. El tiempo de los hombres toca a su fin y comienza el de los vampiros, o como el propio Matheson los denomina al final de su libro, "los hombre oscuros"; vampiros mutantes, capaces de introspección y una vaga organización social. En este nuevo orden, Robert Neville, el último hombre vivo, que durante tantos años les dio caza, exterminándolos, es una amenaza a erradicar; un auténtico y peligroso "Conde Drácula" para la recién nacida sociedad: "Ellos le veían como un monstruo terrible y desconocido, de una malignidad más odiosa aún que la de la plaga. Un espectro invisible que como prueba de su existecia sembraba el suelo con los cadáveres desangrados de sus seres queridos (...) Neville observó a los nuevos habitantes de la tierra. No era uno de ellos. Semejante a los vampiros, era un anatema y un terror oscuro que debían eliminar y destruir (...) Un nuevo terror nacido de la muerte, una nueva superstición que invade la fortaleza del tiempo. Soy leyenda". En cambio, para la Nueva América parida el 11-S, la Humanidad es el supremo escalafón de la cadena trófica, puesta en dicha altura por mediación divina, y cualquier atentado contra los hombres es, en consecuencia, no sólo una horrorosa tragedia, también una contravención del orden establecido, que es -y debe ser- unívoco e intransferible. La Humanidad no puede morir, no debe morir, ergo la nueva sociedad de vampiros no puede ni debe progresar. Los vampiros -y quien dice vampiro dice todo individuo que nada contra la corriente de lo normal- están enfermos, y en consecuencia hay que curarlos, es necesario y esencial reestablecer el equilibrio; y ahí es donde entra en juego Robert Neville-Will Smith, el Salvador, el Nuevo Cristo Negro, guiado sin saberlo por la Divina Providencia, que ha de salvar a la Humanidad del Apocalipsis con su inmolación y, a la postre, "devenir leyenda" a ojos de la Nueva Humanidad que, merced a la abnegación y el sacrificio del Mesías Afroamericano, resurgirá de las cenizas en las que jamás debió convertirse...

Ne(gr)oCristo y el Apóstol San Perro

Pestífero lo cojas por donde lo cojas... Richard Matheson quiso que Robert Neville fuese primero Van Helsing para acabar convirtiéndose en Conde Drácula, y finalmente en nada. La industria yanki ha querido que Will Smith sea mártir ejemplar contra las hordas bárbaras -y terroristas- para acabar adviniendo Mesías de una Nueva y Mejor, Política y Moralmente Recta Humanidad. En el entretanto, aquellos que amamos el buen cine fantástico, inteligente y turbador, "Somos Historia"

Bukowski dejó este poema dedicado al cine, que tanto le aburría, y que por supuesto secundo:

"millones de dólares gastados para crear

algo que es peor que la vida real de

la mayoría de los seres vivos; nunca deberíamos sacar

entradas para el infierno"

Nada que hacer

Una de esas noches en la que todo te parece mucho más absurdo que de costumbre, la vida en esta tierra y las personas que la habitan -o creen que la habitan- te parecen más que nunca ese juego de espurio ilusionismo, urdido desde no sabes dónde, que sospechas desde hace tanto. Ni te extraña que tantos se marchen para el otro barrio en estas fechas, tan señaladas.

Te levantas y dices: y ahora qué; y no sabes bien por dónde empezar a responderte. Podrías leer algo, sí, pero al poco te dices que para qué, de modo que no lees. Lo mismo te pasa con ver una película, que desistes enseguida porque también se te antoja un sinsentido. De salir a dar una vuelta ni pensarlo, con el frío que hace, y a estas horas, y siendo festivo además, que todo está cerrado y como si domingo en esta ciudad muerta en la que me ha tocado en suerte agonizar.

Agonizar. Un verbo fascinante. La novela de Faulkner, "Mientras Agonizo". Título bestial. Genial. Ambas cosas. No la he leído todavía, tal vez nunca lo haga, y aunque finalmente lo haga tal vez me parezca una mierda, pero sólo el título ya la justifica, porque lo contiene todo; al menos todo lo que yo necesito ahora mismo: el verbo; "agonizar"; y el "mientras tanto", que bien podría alargarse hasta la eternidad, o hasta que la espiche; para este caso valen lo mismo.

¿Qué puede hacer uno mientras agoniza? Leer no, está claro, pasear tampoco, ni aliarse con el cine... Ni tantas otras cosas. Así que aquí estoy, sin saber muy bien qué digo y dándole sorbos al aire porque ni siquiera hay lugar para un café con leche. El estómago se queja, da la tabarra: "¿Dónde está mi cena?, maldito cabrón". Porque el estómago sabe, no le vengas con toda la sarta de memeces y puñetas que enturbian los ojos del corazón de la mente. Sabe lo que quiere y lo pide, va a por ello, directo si le dejan. Es sencillo, que no simple, y desde luego lo menos absurdo con lo que he tenido la oportunidad de toparme en mi absurda anatomía. Después de eso, en orden decreciente, vienen los genitales, otros que tampoco se pierden en vaguedades..., pero tampoco ahora me veo con humor como para empezar a machacármela, la verdad.

Apatía, abulia, hastío, incipientes sombras de necrosis en el ganglio de la esperanza; la bilis de vacaciones y el estómago vacío. Creo que me limitaré a sentarme en el sofá un rato y esperar, a ver qué pasa...

 

Feliz Navidad, Mr. Walser

 

Coincidiendo con sus primeras crisis nerviosas y periodos alucinatorios, que empezaron sobre 1925,  Robert Walser cambió literatura por microescritura y sustituyó la pluma por el lápiz, quién sabe si en un intento, desesperado y exorcizador, de ocultarse a sí mismo de ese loco en que se estaba transformando. Le valía cualquier papel que no fuese precisamente eso, el castrante "folio en blanco"; periódicos, recibos, nóminas, calendarios... Walser abandonó la escritura para convertirse en prolijo garrapateador de márgenes; en cierto modo, un blogger muy avant la léttre.

 

Después de tres años de espera -a razón de volumen por año- Siruela ha dado por concluida estas navidades la edición en castellano de los microgramas completos de Walser; los 526 papeles microcaligrafiados que Carl Seelig, a la sazón su editor y amigo, recibió del sanatorio mental de Herisau -en el que Walser se pasó interno los últimos años de su vida- después de que nueve meses después de la muerte del escritor una enfermera diese con ellos dentro de una vieja caja de zapatos. 526 hojas que han tardado cerca de 20 años en ser descifrados.

 

Qué terrible y a la par magnífica cocina literaria; toda esa escritura intempestiva, apiñada y brutal sobre un papel que no fue destinado para tal fin, y encima escrita a lápiz, tan distinto de la pluma ortodoxa:

"La gente culta de verdad es esa que, en lo que a cultura se refiere, deja siempre un poco que desear. Eso da una imagen de inocencia. Los sobelotodo son gente sospechosa. Quien haya tenido, por ejemplo, en la mano páginas de Beardsley, mala cosa. Un hombre hecho y derecho tiene el deber de no haberse preocupado aún de muchas cosas"

"De vez en cuando le decía alguna lindeza. En una ocasión le pedí con un gesto de la cara, con un gesto que jamás podrá olvidar, que se bebiera, digo, comiera una salsicha frita que yo pagaría, poco antes de que ella la cortara suavemente y con cuidado. Así lo hizo y se comió, digo, se bebió un buen vaso para acompañar. De hecho, no se bebió tanto el vaso como lo que nadaba y se contenía en él despidiendo un brillo rojizo, el vino"

"Era casi fea de tan bella, casi masculina de tan femenina y más bien tirando a gruesa de tan esbelta como era, y creo que se marchó a una cita, pero ese con quien se había citado venía precisamente de otra cita. Si no pudiéramos engañar, nos vendríamos abajo. ¿Engañamos por pura malicia? No. Son todas tan dulces, y conozco a una que no hace más que engañarme siempre, y por eso tengo que engañarla yo también"

"Renunciar nos hace libres. Todo aquel que tiene algo es esclavo de sus bienes. Si lo dejas escapar, no te sentirás obligado. Al que no ato a mí no necesito prestarle atención. Lo que yo llamo mío me llama a mí suyo. Eso tiene sus ventajas y sus inconvenientes. De nosotros depende si somos pobres o ricos. Una ganancia puede conllevar pérdidas y una pérdida ir asociada a una ganancia. Si no se pusiera el sol, ¿cómo iba a salir de nuevo? Para levantarse es preciso haberse hundido. Extraña manera de juzgar la que tienen las personas. Que no teman por los felices y no envidien a los que lloran"

"Pero no pienso caer en la seriedad. La profundidad del pensamiento no debería hacer correr la voz de que me he convertido en su víctima"

Si este Walser loco  y gris fue capaz de escribir párrafos como estos en los márgenes estrechos de unas órdenes de pago o en las hojas de un calendario, qué palabras no habría caligrafiado, vaporoso y fantasma, en los espacios en blanco de su propio certificado de defunción, tras ver su cuerpo caído muerto en la nieve el 25 de diciembre de 1956...

 

Bradbury y el Zen



Una pequeña excursión al Sitio de la Ciencia Ficción de la mano de Ray Bradbury: "Zen en el arte de escribir". 



Neural



Empiezo a preocuparme: de nuevo un sueño esta noche, o una pesadilla, ¿cuál es la diferencia? Licenciados abstenerse, porque si la respuesta es que los sueños son películas neurales con elefantes rosa y nubes de tormenta de algodón de azúcar, bien, podéis ahorraros la parrafada conmigo, para eso ya le encargo a Bradbury que me escriba un anuncio de compresas.

La cuestión es que durante gran parte de la noche, removiéndome intranquilo y en algún momento hasta sabiéndome con los riñones al aire, tanteando la pulmonía, y mientras, en mi cabeza, dentro de “The Night of the Living Dead”, de Romero; hasta era en blanco y negro el asunto; el sueño, la pesadilla, quiero decir. Estaba el negro y todo, sólo que no era tan valiente como en la peli, me mandaba a mí a buscar ayuda, el tío mierdas, y yo, gilipollas, voy y salgo… En fin. Los sueños sobre muertos vivientes siempre acaban como tienen que acabar, es decir, sin salida, porque ellos son mayoría; te acaban atrapando antes o después. Leí no sé dónde que en no sé qué año de no sé qué siglo, se calcula que a este ritmo de penetraciones sin condón que llevamos –si un meteorito con forma de conejo no se nos lleva antes por delante–, ha de llegar el día en que sean más los vivos que son que los vivos que fueron, esto es, la suma total de muertos desde que el hombre es hombre, es decir, que es Sapiens, o mejor dicho, se lo cree –Sapiens–, porque hay que ver qué cantidad de descerebrado suelto por ahí. Es salir a la calle, un par de miradas, y ya echas la mano al cinto comprobando fastidiado que, ay, te has vuelto a dejar la Mágnum 44 en casa… Dirty Harry querido, muchos te echamos de menos.

Ahora unos pinchazos fuertes en la cabeza, inusitados y preocupantes. Numerosos y molestos a lo largo y ancho de mi hemisferio izquierdo cerebril. Quizá dolor reflejo de la pesadilla, de cuando me atraparon y se me empezaron a zampar, comenzando por los sesos, que para ellos son el caviar de la ultratumba. Después pasan al hígado, su particular jamón pata negra… A ver si al final va a pasar como en “Phenomenon”, el truño aquel del Travolta, ¿os acordáis? –si os acordáis, hacéroslo mirar– en el que toda su metamorfosis en SuperHombre –nada nietzscheano, por otra parte– se debía a un tumor cerebral que acabaría a la postre con sus días –¡y menos mal!, también con la película–. Pero yo sólo tengo los pinchazos en la chola, ningún poder digno de recensión por el momento, aunque tal vez un tumor cerebral sólo te otorga poderes cuando eres cienciólogo...

También me molestan la costilla volante derecha, la rodilla izquierda y el pie siniestro, en ese orden. Cosas del hacerse viejo, la mala vida. Y de quedarme por las noches frito en el sofá, por qué negarlo –al menos en lo que respecta al costillamen y el espaldamen, anquilosado y pidiendo la hora–. Me quedo dormido con el libro entre las manos, o viendo una película, la estufa en marcha, combatiendo a duras penas este invierno, no todo lo apocalíptico que cabría desear. Luego me despierto a las seis, a las cinco de la madrugada, hecho una mierda, me duele todo, me cago en dios; ese rollo: “Tendría que irme a la cama”, me digo; pero debo decírmelo con más bien poca convicción porque nunca me hago caso.

Empiezo a verme un poco como los borrachos que han durado lo suficiente como para poder contarse batallitas: “Ya no aguanto como antes, ahora sólo bebo… vino”. Sí, también como Lugosi, por qué no: reventado y pisoteado hasta el día final. Él con los pinchazos en las venas y yo en la calvorota. Recuerdo una conversación que tuve con cierta persona. Durante seis meses estuve medicándome, para la depresión, no he tenido sueños más bonitos en mi vida, dijo. Drogas, pensé. Las pastillas, dijo. Las drogas, pensé. Lo que volvería a dar por volver a tener aquellos sueños, dijo. Yo también quiero de esa mierda, pensé... Si escuchas más que hablas, en el entretanto puedes darle al botón de centrifugar de la mente.

Y además el cuento; me he quedado atascado, atrapado, sin salida, como con los zombis, se me está comiendo. Soy una carótida obstruida. Un impulso neural y ballardiano estampado contra el vaginal muro del bloqueo.

Las horas

Horas...

Horas...

Horas...

Horas seguidas de puntos suspensivos

Horas de la mierda y minutos de la basura

Llega la madrugada y llegan los camiones

Los que recogen la mierda y la basura

Pero dejan siempre el limo del odio

La mugre de los días

E inoculan los sueños de pesadillas mecánicas

Miran arriba

Y la única luz que ven encendida es la de esta leonera

Este cubil de escritor que no escribe

Porque está demasiado ocupado dejándose consumir por el minutero

‹‹Otro que se ha vuelto loco››, se dicen

Y después a lo suyo

Siguen

Como las ratas, siguen

Como las cucarachas, siguen

Siguen como los "Jefecillos de la Hermandad del Puño Cerrado"

Hasta altas horas de la madrugada contando sus denarios

Pasa una hora y sigo así

Como parado

Y después de ésta la otra pasa

La siguiente

Y sigo así 

Como parado y alelado

Y no me detienes, ni me cesas

-ni me dices siquiera que pare ya de hacer rimas en ‹‹-ado››

que son, todo el mundo lo sabe, las de los malos poetas-

Ni me matas

Ni arremetes mi marasmo

Que me estoy haciendo no ya flor, sino cardo

De puro silente y quieto

¿Qué hay más puro que 

Aquello que ni mueve

Ni remueve

Ni conmueve;

Tu pálpito,

Mi garra,

Su cólera o condena?

Acaso una hora de nieve así...

Seguida de puntos suspensivos

Descendida sobre mi frente

Tu boca

Ambas muertas 

Este es el poema de un "Natural Born Loser"

Estos los versos que nadie se queda a ver

Porque el partido ya está en otro lado

Versos de bolsilibro en libros de "bolsisesos"

Letras que apestan a rincón de calleja

Esquina de liendre y persiana meada

Poco antes de las seis de la mañana

Las voces de garganta impotente y cuerdas vocales fláccidas

De paja a destiempo y semen gris de puro podrido

Melodía que perdió el festival de la OTI frente a aquella de Pratt

-‹‹La Balada de la Mar Salada››-:

El Tango de la Lefa Malgastada en el Fondo de una Goma sin Marca

 En el fondo de un coño sin nombre

En el fondo de un nombre sin alma

Anónima sombra de ruina especular

Que levanta acta notarial

30 euros el polvo

Mil pelas la mamada

De una vida, ésta, la mía, envilecida y porculada

Mañana será otro día

Y volveremos a jugar el divertido juego

De la ruleta rusa

De la realidad

-seis recámaras, cinco balas-

Porque estas horas...

Así

Seguidas de puntos suspensivos

 Nunca son horas de suicidio

Un sueño biomecánico, aquí dentro

Me impide liquidarme

Sabe que son muchas las horas...

Por delante

Mucha la mierda, la basura, el esperma caducado

Yogur de colmado de extrarradio

Que todavía está en mis manos eyacular... 

 

"Carver y Yo": en cierto modo, decepcionante

Cuando termino de leer un libro apunto en la primera página la fecha en que lo acabo —si se trata de una relectura la apunto también, debajo de la primera— y, en ocasiones, según me venga, escribo algún comentario de lo que me ha parecido en general el libro, ya sea bueno o malo, brutal o luminoso. Esto pasa las menos de las veces, porque cuando un libro me entusiasma ya señalo y comento los pasajes que me llaman la atención en las propias páginas, muchas veces, ya finalizada la lectura, no es necesario agregar más; ya sea porque está todo en esas anotaciones a margen de página, ya porque, sencillamente, no se me ocurre nada que añadir.

En el caso de “Carver y yo” (Soul Barnacles: Ten More Years Whit Ray), recientemente publicado por Bartleby Editores, sí que hubo lugar para una apostilla final, por demás escueta. Escribí: “En cierto modo, decepcionante”.

¿Por qué? Puede que no tanto porque el libro me hubiese parecido malo como por las ganas de más con las que me quedé. Insatisfecho, sí, insaciado de cosas que esperaba y no encontré o encontré con cuentagotas. Cosas que esperaba de Tess Gallagher, no la poetisa ni la escritora, sino la esposa de Raymond Carver.

Y que conste que no me refiero a que eche en falta ese supuesto material de la edición original que los editores españoles han purgado, según sus propias palabras, “de acuerdo con Tess (...) al considerarlo de escaso interés para el lector español”. Ya estoy más que acostumbrado a las “purgas” de Bartleby, editorial que por otro lado, mucho ojo, publica obras y autores que me fascinan, pero que, sin embargo, no sé cómo se lo ha hecho -el porqué es evidente, por supuesto- para convencer a la crítica literaria de este país de que su hasta ahora buque insginia editorial, el volumen "Todos Nosotros", se trata de una Poesía Completa de Carver cuando sólo es una –eso sí, excelente— antología (The Collected Poems) de toda la obra poética del autor nacido en Oregón.

Los tiros no van por ahí, desde luego, y “en cierto modo, también puede ser decepcionante” –y lo reconozco- para cualquier lector que se acerque hasta aquí y no haya leído el libro o tuviere la intención de hacerlo. En cualquier caso aquí somos poco más o menos los mismos cuatro gatos de siempre y ya nos vamos conociendo; sabéis de sobra que todo lo que tengo de corrosivo lo tengo también de intempestivo...

De modo que “Carver y yo”, sí, en efecto, “en cierto modo, decepcionante”, porque me cuento entre los muchos fans de Carver, me encantan sus relatos y aún más su poesía, y por esa misma razón compré el libro. Por Carver. No por Gallagher. Y eso teniendo muy en cuenta que he leído –y me gustó“El puente que cruza la Luna”, su a día de hoy único poemario traducido al castellano. Pero el resto de su obra –dejando aparte ese poemario y el libro del que ahora estoy hablando- permanece hasta ahora intraducida. En consecuencia, no puedo todavía juzgar si Tess Gallagher me interesa o no como escritora, o mejor dicho, si me interesa como algo más que la mujer que compartió los últimos años de vida de Raymond Carver.

O lo que es lo mismo, que me ha encantado zambullirme en las palabras de Tess cuando me hablaba de lo que fue compartir parte de su vida con Ray, me fascinó al retratarlo, contándome qué fue perderlo y lo mucho que costó después seguir viviendo en su ausencia. El dolor de la pérdida. Que se lo digan a C. S. Lewis... De modo que me gustaron sus diarios de viaje a Europa, poco antes de aparecer la enfermedad que se lo llevaría; o los intercambios de impresiones y cartas entre Gallagher y Robert AltmanRay ya había desaparecido-, mientras se fraguaba ese proyecto de película que a la postre sería “Short Cuts”, pedazo de obra maestra.

En cambio me sobran las entrevistas –entrevistas de periodistas y críticos a la propia Tess-, precisamente por lo que antes decía; porque en dichas entrevistas se habla más de Tess, de su vida, sus libros, su papel de viuda de Carver, que del propio Carver, y yo lo dejé bien claro; quiero saber más, sí, pero de Ray. Porque ¿qué sentido puede tener para un mí, “lector español” —que no lee libros en inglés— la obra poética o crítica de Gallagher, si no puedo acceder a ella? Por eso, quizá, antes que un “Carver y yo”, hubiese preferido un “Yo, Carver” —con todo lo peligroso y peliagudo que ya de base implica semejante concepto—, pero nunca estuvimos a tiempo de eso; el cáncer se lo llevó pronto, justo en la cresta de la ola de su talento creativo, en lo mejor de su carrera. Mejor así, quién sabe —por macabro que sea pensarlo y más macabro aún escribirlo—, puede que la muerte llevándoselo tan pronto evitase que un Ray anciano y agarrado al clavo ardiente de una escritura –nunca sabremos si agotada— terminase defraudándonos, como tantos provectos y célebres autores, no hallando nunca el buen momento para colgar los guantes, nos han defraudado y nos defraudan —Paul Auster, ¿estás ahí...?—. ¿Hubiese Carver, con los años, perdido su frescura, su autenticidad? Nunca lo sabremos.

Porque no ocurrió, la muerte nos lo arrebató, nos privó —de eso sí estoy seguro— de un buen puñado de páginas de magnífica literatura. Al menos tuvo “tiempo, el suficiente...” para armar y acabar su último libro de poemas, “Un sendero nuevo a la cascada”. Un libro enorme y brutal; maravilloso. Según mi propia letra del día 12 de diciembre del año pasado, cuando lo terminé: lleno de “tantos poemas soberbios, magistrales, destructores...”. Un libro cuya confección, de paso, con Carver enfermo, terminal, sentenciado, pero trabajando en la mítica casa de Port Angeles, y a su lado Tess, ayudándolo, juntos luchando por sacar adelante una obra de arte y al tiempo desafiando a la muerte, albergando siempre pequeñas esperanzas de que ambos –porque llegaron a ser uno, se nota— saldrían al final con bien de todo aquéllo; escribió a su vez, pero esta vez en el Gran Libro de la Metaliteratura, una de las historias más hermosas de la realidad... En cierto modo, yo esperaba que este “Carver y yo” me mostrase parte de la película en palabras de esa historia; la de Ray y Tess y sus últimos meses y “Un sendero nuevo a la cascada”, y la vida, a pesar de la muerte –o precisamente gracias a ella-, de nuevo cobrando sentido...

Trabajaban contrarreloj, el tiempo se les acababa, la muerte se les echaba encima. Consiguieron sólo uno de sus dos objetivos: todos –los que queremos— podemos hoy disfrutar de “Un sendero nuevo a la cascada”, su último libro de poemas, pero Ray, en cambio, y muy a su pesar, tuvo que dejarnos. Por eso, y esto ya es un criterio del todo subjetivo, hubiese preferido más fragmentos de diarios –si es que los hubo-, más fotos, más instantáneas en palabras de esos últimos años –o aún peor, de los momentos postreros- entre Tess y Ray, palabras de la propia Tess, que fue quien al fin y al cabo, tal y como Carver reconoció, fue la semilla de esos 10 años de felicidad y fructífera escritura de los que habla en su increíble poema titulado “Propina”.

No me interesaban tanto esos diez años más sin Ray –pero con su espíritu- como los “Ten years with Ray”, los de vida conjunta y felicidad y literatura, que apenas si aparecen en el libro; años que ella pudo compartir con Carver, el hombre, el escritor que tanto admiro, y que durante esos “diez años de propina” que pudo vivir junto a Gallagher, alejado de la bebida y centrado en su arte, fue capaz de escribir libros como “Catedral”, “¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?”, “Si me necesitas, llámame”, “Bajo una luz marina” o  el mencionado “Un sendero nuevo a la cascada”.

Tal vez el error fue mío. Si lo que quería era ante todo y sobre todo la vida de Carver quizá debí darle también una oportunidad al muy reciente libro de Circe, “Así fueron las cosas”, una biografía escrita por su primera mujer, Maryann Burk Carver, que a buen seguro retrata el reverso tenebroso del artista; una relación difícil y tormentosa, probablemente dando pábulo a verdades –o mentiras, cualquiera sabe- nada agradables sobre Ray. Hubiera tenido al menos las dos caras de un mismo rostro...

 

En cualquier caso, no sé si este “debe”, personal e intransferible, se lo debo recriminar a Tess o a los muchachos de Bartleby, supongo que más lo primero que lo segundo. Así que “Carver y yo”: “una decepción, en cierto modo”, sí, pero no completa, desde luego, y lo que es más importante, para nada dinero y tiempo mal invertidos.

 

Por eso Carvalho los quemaba

No hace ni un mes que me invitaron, muy amablemente, eso sí, a abandonar de forma voluntaria mi puesto de trabajo y ya estoy fuera de onda. Sin ganas, ojeando EL PAÍS en busca de alguna noticia o foto a la que hincarle el diente, me topo de bruces con que Pérez-Reverte saca nueva novela: esta vez el invento se titula "Un día de cólera", y por lo visto va sobre el archifamoso día 2 de mayo, del 1808, ojo -por si los hay leyendo, pobres, que los pilló la LOGSE o aun los despropósitos educacionales posteriores-. Y, qué curioso, lo que más me llama la atención no es no la portada del libro ni ese careto de Arturo, tan ensayado lo tiene, de sabérselas todas, sino la frasecita lapidario-publicitaria con la que te lo venden, nos lo venden, mejor dicho, os lo van a vender, porque aquí un servidor, por seguidor que sea de don Arturito, en el paro como estoy, no pienso gastarme un duro en libros hasta que míster Rajoy cumpla la mentira-quimera esa de eliminar las retenciones fiscales en nómina a los setecientoeuristas; hay que ver cómo le dan algunos al garrafón, la Virgen... Aunque bien mirado, mejor me desdigo, escribí digo pero mejor digo Diego, porque si tengo que esperar a que los peperos cumplan sus promesas electorales no vuelvo a comprarme un libro en la vida...

Bien, a lo que iba, que la frasecita de marras dice así: "Nadie lo había contado así", lo del 2 de mayo, se entiende, aquello chungo de los fusilamientos y los gabachos pasándonos a cuchillo y el pobre desgraciado aquel, el de la camisa amarilla, de guarra y de puro sobada, porque en aquél entonces no había ni Norit ni Micolor ni Mimosín que valiese, ni al Mr. Propper le habían quitado toda su hombría -¡y la españolidad!, muy señores míos- rebautizándolo "Don Limpio".

Como si en verdad fuese necesario volver a contar la misma historia, ni así ni de ninguna otra forma. Lo del 2 de mayo ya lo contó Goya en su día y nada más que añadir. Allí estaba todo. Punto en boca. Sobran todas las palabras porque ya estuvieron -y gracias al cielo siguen ahí- todas las pinceladas, las justas, ni una más ni una menos, que lo contaron todo, mejor de lo que nadie lo contará jamás, incluido Reverte.

Pero la industria es la industria, y adherido a ésta, muy de vez en cuando, como un cangrejo ermitaño que siempre hacía pellas, el arte, la literatura. Como hubiese escrito Eli Wallach -si hubiese sabido leer- o el mismísimo Clint Eastwood -previo pago de la recompensa de rigor-: el mundo se divide en dos clases, los que escriben porque cobran por ello -como Reverte, como el publicista iluminado de la frasecita de los cojones-, y los que escriben porque se lo pide el cuerpo, porque no les queda otro remedio, se les acaba el aire, se ahogan , lo echan o revientan, les va el pellejo, es una forma mucho más divertida de emplear el tiempo mientras aguardas el barco de la oscuridad. Que escriben, en suma, los segundos, quiero decir, porque son más ingenuos que Epi pidiéndole a Blas que por favor: "agáchate y alcánzame el jabón, que se me ha resbalado sin querer". Entre los cuales me cuento, por supuesto -aunque sin mariconeos, claro-, y a los que, qué duda cabe, nadie nos paga ni el triste cortado de las ocho de la mañana.

Pero tampoco seamos hipócritas, muy poquitos de éstos nos opondríamos al transfuguismo mercenario, no dudaríamos un segundo en desertar y pasarnos a las filas del ejército enemigo en cuanto nos pusiesen en los morros un buen puñado de dólares o una suculenta beca a cambio de una novela todavía por escribir. De modo que -volviendo de paso a una de mis expresiones favoritas- si lo que queremos es hablar en plata: Reverte -o Millás, o Izaguirre o la mismísima Etxeberria- es -y son- a Clint Eastwood lo que aquí el suscribiente -y tantísimos noveles como yo- es -y somos- a Lee Van Cleef. Los primeros se llevan las sacas a reventar de monedas de oro y los segundos caemos al hoyo acribillados de plomo... Llegados a este punto, si hay alguno que no ha visto "El bueno, el feo y el malo" -o lo que es lo mismo, "The god, the bad and the ugly", si es que lo tuyo es la supina pedantería-, así de claro te lo digo: te fastidias; porque en lo que a mí respecta no eres menos analfabeto que ése que se pone delante del ordenador, contemplando la pantalla embobado, y teclea: "Bueno, cuando quieras puedes empezar a trabajar..."

Todavía recibo esporádicos comentarios a mi crítica de la última novela de Reverte no perteneciente al ciclo Alatriste, "El pintor de batallas". Según parece fui el único ser viviente a este lado del Pecos al que el libro -reparo me da llamarlo novela- le pareció poco más que un cagarro de perro en mitad de la acera. Y perdón si me empiezo a poner bruto y algo soez, pero es que ya veis, justo ahora entro en calor, segundo a segundo me voy gustando. En resumidas cuentas, que "El Pintor de batallas" fue un fiasco, piensen tantos lo que piensen en contra de esta opinión, porque yo me he pasado un año entero en una librería -"con cara y ojos", como tanto le gustaba calificarla a su dueño-, y he comprobado cómo la edición de bolsillo del susodicho libro se moría de asco en su expositor. Desde luego, sí, aquí y allá, de tanto en cuando alguno caía, más que nada por coleccionismo y porque la edición de bolsillo le pica menos a nuestra cartera, cabe fácil en el bolso o la mariconera y es cómoda para leer en el metro, el bus o el mingitorio, mientras, ¡gnnñññ!, haces fuerza. Pero ni el menor comentario a favor de la obra: "Reverte ya escribe siempre el mismo libro"; "me gustan más los del Alatriste"; "con lo de la Reina del Sur ya tocó fondo"... Y esto no lo digo yo, esto son palabras que escucharon estas dos, mis orejas, que se han de comer los gusanos.

Después nos salió con los "Corsarios de Levante", una operación, nunca mejor dicho, de auténtica piratería; puesta a la venta justo después del estreno de la película de Alatriste, y además contando una aventura que el mismo Reverte jamás anunció entre las previstas dentro de la serie. Para aprovechar el tirón, vaya. Si es que la película hubiese tenido tirón, pero como acabó siendo un auténtico despropósito -sí, amigos, si clicáis ese link y leéis la "crítica", lo creáis o no, el autor de la misma es, aunque bajo pseudónimo, aquí el menda lerenda-, los corsarios revertianos, tanto en rústica como en bolsillo, pasaron con más pena que gloria por los estantes. De hecho, he de reconocer que disfruté las aventuras de este espadachín hasta su penúltima andanza, la de la puñalada trapera y el jubón amarillo, pero no sé si sería buena idea seguir leyéndolo, la verdad, con la cara del Morttensen ahí, todo el rato molestando, tan nada se parece al Alatriste que yo imaginé, por bien narrada que esté la aventura. Pero después pienso que Alatriste siempre fue un tipo legal, con el que se podía contar, los machos bien puestos y la toledana siempre presta, y que ninguna culpa tiene él, al fin y al cabo, de que su señor padre, don Arturo, se haga confeccionar los trajes con los bolsillos más hondos que anchos.

Y digo yo... ¿Toda esta infumable parrafada a qué venía?... No sé, supongo que es lo que tiene tener algo de tiempo libre después de estar toda la puñetera vida estudiando y trabajando primero; y currando como un esclavo después, hasta los restos, y total para qué: para que tener que esperar seis meses, seis, para que te visite un traumatólogo porque tienes la columna vertebral destrozada tras tanto acarrear cajas que siempre pesan el doble de lo que estipula la legislación. Ahora voy y de pronto me siento libre pero inerme, pistolero sin revólver, los dedos culebreando ansiosamente sobre cartucheras invisibles, hiperactivos los ojos y el pulso y las palpitaciones de una musaraña en ayunas. Al primer sonido inesperado te giras violento, con el gatillo fácil, y al primer infeliz que te pasa por delante, ¡zas!, le descerrajas a bocajarro toda la bilis acumulada durante siete largos putos años condenado a las galeras del trabajo manual. Lo siento, Reverte, en realidad me has caído siempre de puta madre, no es nada personal; piensa que con Etxeberria ni me hubiese tomado la molestia. Eso ya deberías sentirlo como sincera prueba de mi afecto.

El caso es que yo no venía aquí a echar pestes de Le Cynique Cabron, sino en plan Umbral, a hablar de mi libro, pero sin quererlo ni beberlo -llevo aquí no sé cuánto sin consumir más que este miserable café con leche-, empecé en plan Fernán Gómez -que in pace requiescat-, es decir: ¡A la mierda! A la mierda todo; a la mierda los libros, a la mierda los escritores, a la mierda la literatura, a la mierda los editores, y sobre todo y ante todo, a la mierda los libreros que se creen dioses... Debe ser, quizá, porque me va un poco el rollo necrofílico, con el cadáver aún caliente y todo eso, cualquiera sabe... Pero sí, venía a hablar de mi libro, como aquel otro ilustre muerto que hace tan nada se fue en busca del gran quizás. Un libro de poemas que ando escribiendo desde que me autoconvencí de que quien está acostumbrado a ser titiritero, puede a su vez, a poco que se descuide y sin darse cuenta, convertirse en marioneta; juguete al mando de aviesas manos. Un libro de poemas que, por otro lado, empezó muy bien, muy fluido, muy de puta madre, la verdad, pero que de repente se me ha atragantado, justo en mitad del esófago, como el mejor de los Coelhos o una trágica bola de pelo en la garganta de un gato. Vino un día a verme esa ramera que tantos llaman "Inspiración", y fue como una avalancha, un alud de relámpagos negros y cuervos albinos en vuelo picado sobre una manada de circunvoluciones sedientas, abrevando incautas en el lago de la medianía, por entero desconocedoras de la que se les venía encima. Y eso que yo no la había llamado, a la ramera, contratado sus servicios; no. Pero allí me podíais haber visto, ¡Santo Dios!, los poemas no me cabían en las manos; fue como volver a los viejos tiempos, cuando niños y los mazos de cromos repes y el tengui, tengui, tengui, ¡faltiiii!; sólo que ahora se trataba de poemas, cada uno distinto del anterior, unos menores, por supuesto, algunos buenos, eso creo, y la gran mayoría pestíferos, auténtica carne de trituradora de documentos... Al fin y al cabo, si fuese un Verlaine, o un Rimbaud, o ya forzando la suerte, un Whitman, ya a estas alturas sería Ministro de Cultura, como poco.

Poemas... Gran parte escritos en cafés como éste, o en bares de mala vida -y peor muerte-, pero de un beber y un jalar que ni el Montalván cuando sólo comía sopa de sobre. A la siete de la mañana, adictos a la mirada perdida y el carajillo, al diario AS, o al Mundo Deportivo, según el acento al pedir: por favor, ¿que me abres la máquina del tabaco? Porque aunque me repatee el símil, soy como Joyce, un escritor de café. Después paso a limpio -como ahora- y reescribo en casa, pero la primera versión es casi siempre ante blancas tazas de café tatuadas de arabescos y caprichosos posos que nada me dicen acerca del presente por venir.

Ahora ese torrente se ha secado, hace un mes, cinco semanas más o menos, coincidiendo con tenerme que imaginar guardando de nuevo cola ante las oficinas del INEM -aquí en Catalunya lo llaman de otra forma, cierto, pero me la voy a saltar por el morro, no por racismo ni por prejuicio alguno contra el catalán -y lo- catalán, listillo, que ya te veo venir; más bien porque las siglas OTG, qué queréis que os diga, no desprenden ni la mitad de personalidad-. ¿Por dónde andaba? ¡Ah¡, sí, la Inspiración, que se largó con viento fresco, la muy puta, lo que se dice a la francesa, sin mediar palabra, y encima le tuve que pagar los cubatas. Fue un poco como en "Pale Rider" -¿siguen ahí todavía los pedantófilos?-; "El Jinete Pálido", cuando a los mineros los dejan sin arroyo: te has quedado seco, se cerró el grifo, y el libro sin terminar. Te sientes como el minero desgraciado de la película, el que encontró una pepita de oro más grande que su cabezorra, pero de la que no pudo sacar provecho alguno, allí, borracho, bailando al son de los disparos de los jinetes del apocalipsis, vestidos a lo Peckinpah, en espera del tiro de gracia entre ceja y ceja que nos mande a mí y a mi pepita tremenda de áureos poemas a dormir el justo sueño de los actores de reparto.

Y, creédme, cuando el grifo se cierra, esa sensación, el bloqueo, es horrible. Te entran ganas de arrancarte de una vez la cabeza e ir a pedir trabajo de doble de escenas de acción en la secuela de "Sleepy Hollow"...

Lo que, por asociación, y ya que nos hemos abandonado a la más desenfrenada orgía de palabras, me trae a la cabeza un debate muy en boga últimamente entre amigos y conocidos, gente del círculo, muchos de ellos con algo -o mucho- que decir sobre esto extraño de la escritura.

¿Bajar o subir el listón? Dis is de cuéstion, mailor. Me explico. Hemos llegado a unos niveles generales de uniforme ignorancia, de heterogénea mediocridad, que, me doy cuenta cada día, los jóvenes de hoy en día no tienen ni puta idea de un montón de referentes culturales esenciales para entender y moverse en el mundo y la sociedad que habitan. Y que conste que me voy a referir sólo al campo que domino, que conozco, el de la cultura, porque el problema es mucho mayor, más grave, y, por ende, cada día más irreversible... En lo que hoy llevo escrito he nombrado actores, películas, escritores, novelas..., casi todos verdaderos clásicos en sus respectivas disciplinas. ¿Cuántos no habrán dejado de leer a las primeras de cambio por no tener repajolera idea de qué les estaba hablando? Y es algo que hago a menudo, lo reconozco, como reconozco que lo seguiré haciendo, no os quepa la menor duda. ¿Tengo yo la culpa de que alguien se acerque hasta aquí para probar a qué coño sabe mi alucinado mundo sin saber quién es el jinete pálido? Por supuesto que no. ¿Significa eso que debo bajar el listón cuanto escribo para que el lector medio -cada vez más y más baja su media- comprenda  de qué hablo? Creo que no. o mejor dicho; pienso que no debería ser así. Precisamente porque la industria de la cultura piensa todo lo contrario y se ha encargado, por activa y por pasiva, de "normalizar" a los artistas que subvencionan -iba a decir "compran" pero, como veis, me retengo muy a mi pesar y lo pongo en un inciso-, tenemos la mierda de cultura que tenemos. La cultura que, bien mirado, nos merecemos. Porque la masa es vaga, la masa es cerril; la masa quiere que se lo den todo echo, mascado y remascado, o peor, rumiado. Peores que vacas. Porque ellas acrecientan el efecto invernadero con su estentóreas pedorreras, cierto, pero al menos nos dan leche. Nosotros también damos leche, sí, algunos, pero mucho mejor se nos da a todos -saquemos la leche por arriba o por abajo- envenenar la atmósfera que respiramos con el "efecto verborragia", sin duda más sutil pero mucho más peligroso que el que produce boquetes en la capa de ozono.

Cuando yo me formaba -me autoformaba- como lector, no hace tantos años -no soy tan viejo-, cuando no entendía una palabra me iba al diccionario y la buscaba. Hoy, en cambio, te dicen, si quieres escribir, hazlo, pero escribe llano, escribe sencillo -no se atreven a decir "simple", que es lo que les gustaría-; que el bolsillo del lector no tenga que pagar los cheques semánticos que tu ego extiende...Por esa regla de tres, la obra entera de Gabriel Miró, por poner el primer ejemplo que me viene a la cabeza, ¡deberían ser prohibidas por decreto-ley!... Sólo sé que llevo toda mi puñetera vida leyendo a escritores que mencionaron en sus libros a cantantes y bandas y canciones que jamás he escuchado, de los que no tengo la menor idea, y no por ello abandoné el libro si lo que me estaban contando me interesaba. El mismísimo Maestro Borges, hoy tótem indiscutible en el Hall of Fame de la Alta Literatura, tenía la sana costumbre de sazonar sus relatos con un sinfín de citas y frases en latín, francés, inglés, alemán..., ¡y siempre sin traducir! Borges lo tenía claro: yo no voy a bajar a tu nivel, si acaso sube tú hasta aquí y a lo mejor en el entretanto hasta aprendes algo. De lo contrario quédate ahí abajo. Allá cada cual con las cotas hasta las que está dispuesto a llegar. Ésa y ninguna otra es la cuestión: ahormarse o no.

¡Coño!, si hasta lo estamos viendo en los medios cada puñetero día: Don Juan Carlos quiso recomendarle a Chavez que leyese a Raymond Carver, que era un tío que escribía cuentos de puta madre, y poemas también; buenísimos, créeme, Huguito, compadre, te lo digo yo, palabrita de Rey. Zapatero era el poli malo: se empeñaba en recomendar mierda, mainstram del peor, basura mediática: "No hagas caso, Hugo, ten juiciosidaZ y léete el de aZnar..." Pero Don Juan Carlos quería seguir siendo el poli bueno: "¡Y tú por qué no te callas!", le volvió a recomendar al venezolano. Lo que pasa es que como ya el borbón está mayor y un poco como que se le empiezan a notar los años y la buena vida -que también desgasta lo suyo, oiga- pues se equivocó y no le dijo bien el título, que en realidad es "¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?". Pero Chávez nada, ni que se lo hubiese dicho en arameo: "Yo sólo leo "El Capital", chico; que me lo dejó mi amigo Castro, cuando fui a verlo al hospital"... Dale miel a la boca del burro y le saldrán lombrices por el culo...

Así que volviendo a la magistral obra de Leone -cómo es, señores míos, que a estas alturas de humanidad no se imparten en las enseñanzas secundarias una asignatura de Historia del Cine (o del Comic), igual que las hay de Literatura, Arte, Música, o incluso Religión?-, podríamos volver a dividir el mundo, esta vez el de los escritores, en dos: de un lado los que cobran por lo que escriben pero no escriben lo que querrían -y sobre todo y ante todo, no escribe tacos, ya se encargan sus editores de recordárselo-; y del otro lado los que no cobramos un miserable euro pero escribimos lo que nos sale de la punta del pijo cuando nos sale de la punta del pijo.

Sí, los que escribimos cosas como "entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem" y nos quedamos tan anchos. Y si resulta que tú, lector, has llegado hasta aquí -que ya es tener paciencia, oye- y no sabes a qué carajo estoy haciendo referencia; pues una de dos, o te espabilas y sigues buscando oro en el seco arroyo de tu alma, o bien lo dejas estar y mejor enciendes la tele y te pones a mirar cómo humillan en público a las aspirantes a modelo 2000n; o bien te pones a ojear la revista de tunning del mes, según orines de pie o sentada; quién sabe, a lo mejor con semejante bagaje hasta le podéis añadir un par o tres de tortuosas líneas a vuestro currículum espiritual... Total, tampoco os preocupéis demasiado; en las Tiendas Berska sólo les interesa que no seas un feto malayo y tengas -y enseñes- ese buen par de domingas que Dios te ha dado; y en el PricaFour que tengas la espalada sana y los músculos fuertes para acarrear cuantas más cajas por hora, mejor. Que sepas por qué "lo esencial es invisible a los ojos" o "qué pronto en la vida es demasiado tarde", a tus jefecillos de la Hermandad del Puño cerrado, como a cualesquiera Jefes de Gobierno de este cochino planeta, les importa -les importáis- un bledo.

Para acabar por hoy os transcribo un pasaje de una novela de uno de los mejores escritores que ha dado la lengua castellana, Manuel Vázquez Montalván:

"¿Han visto ustedes películas de Hollywood mejor o peor promocionadas por siniestros productores liberales y dirigidas por no menos siniestros directores salvados de la Gran Depuración, en las que aparecen zafios millonarios tejanos, parafascistas, sanguinarios, tragones, jodedores y despreocupados? Pues me ahorran la descripción de mister H y me brindan la oportunidad de decir dos palabras sobre teoría literaria. Aunque suene a digresión, es el momento de valorar lo que ha hecho la cultura de masas por las reglas de la comunicación. Si yo les digo que míster H es una mezcla de Rod Steiger y King Kong, me ahorro tres capítulos de cualquier novela del todavía inédito escritor madrileño Juan Benet y casi una novela entera de Robbe-Grillet. (...) Al oír esta cantidad, Rod Steiger se transformó rápidamente en el Orson Welles de míster Arkadin".

Al final acaba siendo todo tan sencillo como tener el justo sentido común para saber cuándo se debe volver a puerto a buscar un barco más grande... Que el mundo, y ahí está lo terrible -a la vez que maravilloso-, tenga siempre que acabar dividido en dos clases de personas: por ejemplo, las que han leído "Yo maté a Kennedy", y las que nunca lo harán.

 

 

Bela Lugosi is Dead

Las cuatro y diez de la tarde, dándole a la dinamo de escribir de la mente y no sé cómo me he plantado con cuatro bolígrafos en el bolsillo. Normalmente sólo llevo dos, uno para darle caña al asunto y el otro como los paracaidistas, por si las moscas, imaginaos por un momento que os entra la racha, os da la locura de la inspiración y el baile de San Vito de las palabras y os falla el boli, y no tenéis de repuesto, menuda putada, maldices a los cuatro vientos, y porque no hay más. Claro que siempre puedes pedir uno prestado, ¿no? Sí, supongo que sí, pero es que uno no es como la mayoría, yo estoy enfermo; yo soy un asocial... ¿De dónde salió este otro par de bolis? Creo que del curro, los debí robar sin querer. O no tan sin querer, quizá fue pueril venganza.

El caso es que si llegas aquí pasadas las cuatro en punto y hasta bien entradas las seis, con el café te regalan unas pastitas para acompañar, dos o tres y bien chiquitas, nada del otro jueves, claro, pero aquí la palabra clave es "gratis", es decir, sacar el máximo partido no dejándote pisar más que lo justo. He llegado a y cincuenta y siete. Tres minutos. Sólo tres. Pues no ha habido tu tía, ¿os lo podéis creer?, el tipo no me las ha querido dar, y eso que ni le va ni le viene, quiero decir que no tiene pinta de encargadillo ni nada por el estilo, pero los tienen bien amaestrados. Y tampoco puedo venir mucho más tarde, porque a y media entro a currar y si no salgo de aquí a y cuarto no llego a tiempo. Aunque bien mirado, para lo que me queda en el convento, qué demonios...

De modo que aquí estamos, en un café, o algo así, un "Viena", y el lunes siguiente estaré guardando cola en la oficina de paro; llegará el día en que el mundo será una franquicia en órbita alrededor de un sol octogenario, achacoso, y la nada sideral mirando, contemplando el espectáculo, interrogándose, rascándose la calvorota sin llegar a comprender: ¿Qué ha pasado?, ¿qué ha pasado?... Y como no le responda la antimateria va lista, desde luego a mí que no me busquen, para entonces ya estaré más que fiambre.

Pero hasta entonces la vida, el paro, la puta calle, la escritura, qué más se puede pedir. Pues un café, por ejemplo, con leche, ponme otro azucarillo por favor -so agonías, que sois unos agonías, todos-. Un café es y seguirá siendo el mejor lugar para dárselas de Nabokov, ir por ahí dando caza al aleteo mariposoide de las historias, hincarle el colmillo a la carótida de la realidad, que está llena de historias, tantas como hombres, eso dicen, y aún más si es que tenemos que hacer caso del dichoso unicornio de Blade Runner.

Porque al fin y al cabo eso somos los escritores, vampiros de historias. Nuestro particular universo se nos queda corto, no nos bastan los amigos, los familiares, los excompañeros, los exjefes, las exnovias, y necesitamos savia nueva, gasolina super, la sangre del otro, ahí, justo ahí, rellenándonos el depósito de la ficción; justo ahí, en ese mohín de reproche tres mesas a la izquierda; o allí, más adelante, junto a la ventana, esa discusión de pareja a media voz; o en esa madre joven, fumando, enquistados los ojos no alcanzo a ver exactamente dónde, mientras su pequeña, desde la esclavitud del cinturón de seguridad del cochecito, le tira de la manga, intenta en vano llamar su atención: ¡Mami!, ¡Mami!, ¡que estoy aquíiiiii! Eso si hablase, por supuesto, y aun así me parece que ni caso, seguiría en su mundo, lejanísima de aquí, de su hija, de ésta, la vida que le ha tocado en suerte, os lo aseguro...

Conque nos frotamos las manos, nos relamemos los belfos cuasi pavlovianos: cenaremos caliente esta noche, vaya que sí, y acto seguido sacamos el bloc de notas, la libreta de apuntes, el moleskine, como carajo esté de moda llamarlo ahora.

La historia de la literatura está llena de editores cabrones y sin escrúpulos.  Y punto. Me paro. Y sigo, que con una coma en lugar de punto y seguido no hubiese quedado lo necesariamente categórico. Editores cabrones y sin escrúpulos, como decía, dispuestos a sacar al mercado cuanto manuscrito póstumo tenga a bien cruzarse en su camino. Claro que esto sólo es posible gracias a que detrés de cada editor cabrón y sin escrúpulos hay siempre un heredero o albacea aún más cabrón y sin escrúpulos, aunténticos saqueadores de cajones, carpetas, archivos, buitres leonados al acecho de nuevos manuscritos que rebañar. Así es como cantidad de escritores a los que el Gran Océano ya dejó listo de papeles contemplan desde el limbo cómo sus cuadernos de notas, diarios personales, correspondencia íntima, acaban en la imprenta. Y bueno, de ahí a decir que Thomas Mann era coprófago y Joyce poco menos que impotente sólo hay un paso... Desde luego tengo claro que si el bueno de Tolkien se levantara de la sepultura, por ejemplo, lo primero que haría sería cortarle las pelotas a su vásago y dárselas de comer a los perros, quizá cosas peores, del todo indescriptibles, ya se sabe, con los zombis -sobre todo si fueron escritores- nunca sabe uno por dónde te pueden salir.

Por suerte yo jamás voy a cometer la insania de traer descendencia a este bajo mundo -toquemos madera, toquemos...-, así que todo eso que tengo ganado. Pero, aun con todo, hay que seguir siendo precabido, siempre va a haber quien esté dispuesto a joderte bien. Conque la caja de cerillas siempre a mano. Quemar periódicamente los trapos sucios: cudernos de notas, apuntes de novela, pedazos de diario, relatos inacabados, sinopsis, etc. , porque nunca sabes de qué inesperada forma te puedes ir al otro barrio y qué suerte de terrible sanguijuela puede salirle acto seguido -aún caliente tu carne muerta- a tus papeles póstumos.

Pero antes de prenderle candela a todo esto hay que llenarlo con algo, escritura de la buena a ser posible, de la que te salva temporalmente el pellejo, te alza por segundos a la altura del Innombrable. Daos un buen careo. Liáos a hostias si hace falta. No será porque no hay de dónde coger. A saber, por ejemplo, ese grupo de ancianos, más que charlando, gritando. Uno de ellos, el que tiene la nariz como un berenjena -de gorda-, no hace otra cosa que gritar: "Sapatero esto", "Sapatero lo otro", "Mecagon la mare del Sapatero", "Vayáse señor Sapatero", y no sé qué más asnadas. No son capaces de decir "Zapatero" pero sí en cambio se los llevan los demonios si el resto del Universo no sabe pronunciar a la perfeccón un "Iusep Yuís"... Cuando sea que la gran muerte cósmica se lleve por delente todo este infumable invento de la existencia apuesto a que nos pillará como siempre, como toda la puta vida, sangre, sudor y barro, los unos contra los otros, a cara de perro.

¿De modo que ahí tenemos una historia? Por supuesto, más de una, pero me revienta la gente que no sabe hacer otra cosa que charlatanear de política; con tantos y tan certeros arregladores del mundo no sé por qué huevos sigue siendo la basura que es... ¿Qué me decís del tipo de la camisa azul a cuadros? Tan solitario como yo, bebiendo de su taza a pequeños sorbos. Ahora busca algo en una bolsa del Carrefour, no veo bien qué. Parece que lee algo. Con mucha suerte será un libro. Aunque, bueno, con la suerte que tengo -que tenemos todos, mala de verdad- será el último Vázquez Figueroa, o peor, el último César Vidal. Escalofríos me da pensarlo. Pero no, me he equivocado, no está leyendo, manipula algo, teclea, toquetea... , apuesto a que está jugueteando con su nuevo móbil, su recién adquieirda PDA, algo por el estilo. De modo que solo en un café, sin otro plan que masturbarse las meninges con su nuevo juguetito. Casi prefiero no ponerme a sacar qué historia puede haber derás.

De todos modos no se vayan todavía, aún hay más... Mirad sin ir más lejos a ese pobre tipo, patético de verdad. Está claro que está acabado; se lo come la migraña e id  a saber qué otro oscuro mal... ¡Un momento! ¡Eso es un espejo! ¡Ése soy yo!... estoooo, ejem... Mejor corramos un tupido velo...

La mujer de mediana edad, pelo castaño, gafas que le debió aconsejar su peor enemigo, y que no hace otra cosa que mirar hacia aquí. Esta camarera inmigrante, muy probablemente ecuatoriana, se deja aquí el tiempo y la vida a cambio de un sueldo de usura que apenas si le permite pagar el alquiler de un piso obscenamente pequeño y muy frío, en el casco antiguo, sin siquiera llegar a cuestionarse si el cambio en verdad ha sido a mejor, de puro reventada. Cuarenta y tres años embutidos en un hombre largo y estrecho, jersey de lana verde, zapatillas grises, muy baratas, vaqueros caídos, plantado en mitad de la sala como una estaca, jamás sabremos si leyendo el periódico o buscando entre líneas el blanco origen de su locura. Una mesa con cuatro chavales a los que ya debo sacar fácil los diez años, ninguno de ellos novio de ninguna de ellas todavía, se nota, en el mirarse y el partirse de risa de las tonterías que se dicen. Prácticamente eso, tonterías, sólo bobadas, lo único que son capaces de decirse. Puede que en un breve lapso de días haya sexo entre un par de ellos. Tal vez entre tres, o los cuatro, qué carajo, ya sabemos cómo les gusta a los jóvenes de hoy día la novedad. La variedad...

En efecto, qué variedad de historias, pero me queda la duda: ¿todas interesantes? En general me cuesta bastante afrontar la humanidad, y no sólo porque sea un sociópata irredento, también sucede que tanto observar a tantos otros acaba por desangrarte. Tantos rostros diferentes follados y machacados sin remedio. El gris del hastío no deja cancha para demasiadas alegrías. Te ves rebotado hacia dentro si no quieres echar la pota. ¿Quién puede echar un largo vistazo ahí afuera sin acabar sintiéndose un despojo? Desde luego yo no puedo.

Y creo que no soy el único. Porque sí, porque está muy bien eso de los escritores vampiro, la savia nueva, la sangre ajena, las historias, tomar apuntes del natural y todo ese rollo. De puta madre. Pero luego mirad, antes o después todos los escritores acaban siempre por hacer el mismo libro. Su libro. Su vida. El resto es atrezzo. Es decir, el resto somos atrezzo. Que lo dijo Sartre: "el Infierno son los demás", y cada cual su propio purgatorio y su calvario. Quién va a pintarle al vecino la fachada cuando en casa te queda tanta mierda por barrer... 

Yo soy yo y mi migraña

Pienso que nada hay con mayor capacidad para hermanar a los hombres que la enfermedad. De echo, si todos estuviésemos enfermos y padeciésemos el mismo mal, por primera vez el mundo entero caminaría en el mismo sentido. No cabría mayor cohesión. Probablemente hasta accediésemos a un nivel superior de comuncación, no verbal, por supuesto, una suerte de telepatía en la que una sola mirada, febril y agotada, terminaría por decirnos mucho más del malestar del otro que cualquiera de las combinaciones de palabras que éste pudiese escoger para resumirnos su dolor.

Así por ejemplo, cogiendo algo que -muy a mi pesar- tengo por la mano, ¿cómo explicarle un voraz ataque de migraña a alguien que jamás lo ha padecido? Cómo darle a antender que la migraña te hace aborrecer la humanidad. Describirle el estado en el que te sume, de auténtico despojo, poco menos que a la altura de la ameba. Que no sirves para nada, que sólo existe el dolor, inmisericorde, anulándote para cualquier cosa que no sea pensar una y otra vez, mil veces por segundo, que sigue ahí, el dolor, y que no piensa marcharse hasta haberte machacado por completo. Agarrarte la cabeza con desesperación. Arañar la piel del cráneo con más rabia de la que utilizarías para abatir a un enemigo, cuerpo a cuerpo, en un hipotético campo de batalla. Aguantarte a duras penas las arcadas durante la hora y tres cuartos que dura el viaje en tren para no dejarlo todo perdido de vómito y ganas de acabar de una vez con todo. Que te matarías. Sí. Y no porque seas ningún suicidia. Sólo por el dolor. Que cese, aunque sea para siempre, pero que cesa ya... ¡por dios!, que cese.

Si es que cesa, porque a veces pasa y entonces sí que lo harías, tirarte por el balcón o meter la cabeza en el horno. Abrirte las venas. Despertar después de no sabes cuántas horas de sueño creyendo que lo has conseguido, que ya pasó, al menos por esta vez, y tomar consciencia al par de segundos de que todavía persiste. Tu propia y castigada carne te ata entonces al infierno.

Sólo otro migrañoso puede saber hasta qué punto, como se ciñe la soga del nudo corredizo al cuello sentenciado, se ajustan mis palabras a la realidad.

De todos modos, aquí dejo un pasaje que sin pretenderlo describe este sádico dolor de cabeza mucho mejor que cualquiera de mis frases. Leyéndola no puedo sino tener la seguridad de que Ambrose Bierce fue, al menos en lo que a la migraña respecta, todo un "hermano de armas"...

"Nada podía alejar ya su mirada del pequeño anillo de metal con el interior negro. El dolor de su frente era atroz y no cesaba. Sintió que se hundía en el cerebro más  y más profundamente, hasta que al fin el avance se detuvo ante la viga en que apoyaba la cabeza. Por momentos se hacía insufrible; empezó otra vez, desesperadamente, a golpear la mano herida contra las astillas, para contrarrestar aquel horrible dolor. Parecía latir con una recurrencia lenta, regular, cada pulsación más aguda que la anterior, y a veces gritaba creyendo que sentía la bala fatal. Ya no pensaba en su hogar, en su mujer e hijos, en su país, en la gloria. Su memoria había borrado todo recuerdo. El mundo había muerto, no quedaba un solo vestigio. Aquí, en esta confusión de vigas y tablas, está el único universo. Aquí está la inmortalidad en el tiempo. Cada dolor una vida eterna. Los latidos miden eternidades"

Ambrose Bierce

Cuentos de soldado y civiles

Gabinete del Dr. Cagalera

Después de casi cuatro años viniendo aquí a descargar el asco ácido del recto de la mente acabo por llegar a la sensación de que el aire está enrarecido, algo se prepara, aunque no sabría definir qué, porque no lo percibo con los sentidos, más bien lo intuyo en al aire, que se arruga como un folio mal garabateado a las peores tres de la madrugada de una semana para olvidar; en el centro del estómago, que se vuelve sobre sí, se amilana, huiría aplastando sus propias piernas si las tuviese, pero es una playa inerme a cinco minutos del tsunami. Sin salida. Esto de los blogs, como el entero mundo en definitiva, desfila ya por la pendiente que conduce directa al abismo de los días de silencio. Muchos somos ya poco más que dinosuarios olisqueando en la brisa nuestra inminente extinción sin saber a ciencia cierta de dónde temer el golpe certero, aferrados a nuestros teclados y pantallas, pedazos de carne cruda y sangrante, saboreando el último bocado, el post final. Muchos que, como yo, nacieron a este mundo de egomanía y endogamia, endofágico como pocas cosas, cuando era nuevo, estaba en pañales, ofrecía un sinfín de posibilidades. Cuando había más lectores que escritores; lectores que a su vez no eran escritores... Aunque estoy siendo voluntariamente incorrecto, claro; lo de "escritores" es del todo gratuito... Los días primeros, cuando los escribientes, los bloggers, eran minoría. Lejanos, jóvenes, perdidos... me estoy refiriendo a los días, por supuesto. Ahora somos demasiados y no hay aire suficiente para todos, ni forraje, ni carne; hemos acabado con la base de la cadena trófica y ya nuestra única vía de escape hacia delante, suicida, es el canibalismo y la carroña. El vicioso círculo de la pescadilla que empezando por la cola se devora completa y tras los dientes masticando dientes no queda nada, sólo ruido. Demasiado ruido. Demasiado eco. Imposible sacar una pepita de originalidad en semejante cenagal de palabras escritas por boca de ganso. Textos copiados de textos refundidos de textos robados de textos directamente excretados de la peor cagalera mental que ha padecido la historia. Junto al DNI, el número de la Seguridad Social, el RH, el escudo y la bandera, el blog: http://yoymireflejoenelespejoelombligodelmundo.blogspot.com... Esto no es la supina libertad que tantos gurús de la cibervía pretendieron vendernos. Antes al contrario, es la esclavitud del absurdo de demasiadas bocas abiertas gritando al unísono. Igual que la posibilidad de escribir algo no implica la necesidad de publicarlo, la posibilidad de que cualesqueira puedan opinar sobre toda maldita cosa no implica la maldita necesidad de tener que escucharlos. Claro que habrá el listo de turno que saliendo al quite suelte lo de que con no leer la mierda, obviarla, ya estás listo. Selección natural y demás papanatadas. Que no obliteran, sin embargo, la mierda, su existencia. Que sigue ahí, como cagada de pájaro, adherida al limpiaparabrisas infinito del ciberespacio, aumentando la entropía de la inopia y la paja intelectualoide. Porque qué suerte de validez se puede aportar al mundo  en general, al del ciberespacio en particular, cuando sólo se ha vivido en y para el extrecho marco del TFT; tal vez alguna pequeña dosis de metarrelaidad virtual, es decir, aire sobre aire, hologramas espasmos del bebé de Kubrick la noche de su albur, nonato y ya cadáver. Novelas sobre el legendario oeste americano escritas desde una estación orbital a partir de un quemado bolsilibro de Zane Grey, recuperado del Holocausto... En resumen, que hay cansancio, hay desengaño, hay miasma y rechazo, arcadas y bascas y retortijones en las articulaciones. Un sinsentido las más de las veces llegar hasta aquí y ponerse a teclear. Total, para qué... Suerte que no he de durar demasiado. Ninguno lo hemos de hacer...

¿Mi patria?; el 2019...

He tenido que esperar 29 años, es decir, toda mi vida, para poder ver Blade Runner en pantalla grande, así que en cierto modo, dentro de mi particular escala de valores, ya he hecho el equivalente a plantar un árbol, o casarme para luego divorciarme, o tener un hijo y llamarlo Bernardito. O hacerme junto a Raúl González Blanco la foto de rigor que tener enmarcada en el centro del salón hasta los restos. Todavía no me puedo morir en paz, que se dice, pero ando más cerca...

A las cuatro de la madrugada me metí en el sobre tras llegar de Sitges, y a las siete ya estaba en pie, el tajo es lo que manda por muchas naves que hayas visto arder más allá de Orión... Una cara de muerto viviente durante todo el día que para qué os cuento. Pero sarna con gusto no pica, y es verdad. Menudo espectáculo. Y no me estoy refiriendo a la película. Quiero decir el Auditorio Meliá, lleno hasta las trancas, sabéis, y nadie dijo ni mú durante toda la proyección. Apenas un par o tres de toses, estornudos, aclaramientos de garganta los justos, y un pobre infeliz que se levantó a hechar un meo porque ya no debía aguantar más. A ver Blade Runner si viene cagao y meao de casa, coño, parece mentira...

Un público entregado, qué duda cabe.

 

 

 

 

 

Por otro lado, hoy es un día señalado, ¿habéis salido ya a la calle atados a la banderita de marras? Sois españoles de raza o bien sois caterva de la peor, decidme... Me estoy partiendo el culo a base de bien con tanto payaso desatado, la verdad. Hacía tiempo que la cosa no estaba tan entretenida. Yo creo que entre los responsables del vídeo del pijo antimariconas del Lacoste y los que aconsejaron a Rajoy el ridículo del otro día deberían juntarse, en serio; fundar un nuevo partido. Barrería de calle en las elecciones. Yo lo votaría. Imaginad qué legislatura. El despiporre.

En fin, que yo me marcho otra vez a Sitges a ver cine kaspa y kostra y trash, intentar olvidarme por unas horas de tanto idiota suelto, y en el entretanto a ver si se nos rompen  Las Españas de una puta vez y estalla al fin la jodida Segunda Guerra Civil,  se anima un poco el cotarro y entre todos tenemos algo más interesante de qué hablar en lugar de tener que soportar semejantes ostentaciones de congénita gilipollez...

 

El Subterfugio Schopenhauer

"Empecé a aburrirme cuando llevaba allí unos quince días. En todo ese tiempo, no me moví de la tienda. Las ventas iban bien. Los libros tenían buena salida; y en cuanto a la publicidad, me lo daban todo hecho. Cada semana la central me mandaba junto con el paquete de libros en depósito, unos cuantos folletos y desplegables, para que los colocara en las estanterías bajo el libro correspondiente o en un lugar bien visible. En la mayoría de los casos, con leer la reseña del libro y abrirlo por cuatro o cinco páginas distintas ya me hacía una idea más que suficiente de su contenido; más que suficiente, en cualquier caso, para poder dar una respuesta satisfacctoria al desgraciado que se dejara convencer por los reclamos al uso: la cubierta ilustrada, el folleto y la foto del autor con la breve noticia biográfica. Los libros son muy caros, y todos esos artificios tienen una finalidad muy concreta; desmuestran, además. que la gente no siente ningún interés por comprar buena literatura; el libro que quieren leer es el que recomienda su club, el libro del que se habla, y su contenido les importa un bledo.

De algunos títulos recibía un montón de ejemplares, con una nota recomendándome que los colocara en el escaparate, e impresos para distribuir. Dejaba una pila junto a la caja, y metía uno en cada paquete de libros. La gente no rehúsa nunca los impresos en papel couché, y las pocas frases que en ellos figuraban eran precisamente el tipo de cuento que había que contar a la clientela de una ciudad como aquélla. La central utilizaba este sistema para los libros más o menos escandalosos, y la misma tarde ya habían volado todos los ejemplares".

Así empieza el segundo capítulo de Escupiré sobre vuestra tumba, de Boris Vian, publicada en 1946, y ya resulta revelador comprobar cómo hoy día, 60 años depués, el mundo editorial, la industria editorial, funciona exactamente igual. Sólo ha cambiado el volumen de negocio, de dinero que mueve, que ha crecido, por supuesto, como ha crecido el volumen de basura que publica, que por lo tanto se vende. No se cómo nos lo hacemos, la bazofia siempre hay quien la quiera. Llevo casi un año trabajando aquí, las oportunidades que he tenido para recomendar buenos libros, literatura de verdad, se pueden contar con los dedos de una mano, además amputada: tantas como tres. Un guardián entre el centeno; el bello verano de Pavese; y aún el viaje al fin de la noche de Céline me costó lo mío enchufarlo, se resistió no poco el tío aquél, me miraba raro, debía pensar que le estaba intentando joder... La gente que te viene con que le recomiendes un libro no quiere oír ni hablar de literatura; sólo buscan bestselers: "Lo último que me leí fue El código Da Vinci", te dicen, te lo sueltan tal que así, sin el menor reparo o escrúpulo: al final son ellos quienes te acaban por joder; terminas desesperado. Les hablas de Durrell, les hablas de Conrad, de Stendhal, de Poe... no tienen ni idea, ni saben ni contestan, los dejas noqueados: preferirían, la verdad, algo más al estilo La Sombra del Viento, o La Catedral del Mar, o El enigma Dante, o El Lienzo de Tintoretto, tanto da, porque son intercambiables... Por un instante te pasa por la cabeza ser un auténtico cabrón, reírte en su misma jeta, y hablarles de las supinas lindezas, emocionantes requiebros del "Manuscrito Beckenbauer", a ver si les da por caer: "¿Y lo tienes aquí, podría verlo?"; "Er... estooo... Uy, me temo que no, es una pena, está descatalogado... ¡pero fue todo un éxito!"...  Después del huracán Dan Brown la literatura debería haber sido declarada zona catastrófica... Y digo bien, "literatura", porque a editores, distribuidores y libreros el negocio les va de puta madre, viento en popa, la cosa marcha mejor que bien. Miras los títulos más vendidos de narrativa, siempre los mismos, tochanos de 500 páginas de media, llamatívisimas portadas, de veinte a treinta euros el ejemplar -cinco mil pelas, amigos..., cinco mil pelas un libro, tal como suena, y a nadie se le cae la cara de vergüenza-, que te cuentan con un estilo ramplón, una sintaxis de mierda, diálogos de juzgado de guardia, cómo se las arregló Brunelleschi para esconder la fórmula del movimiento perpetuo y de paso también un frasquito de penicilina en una cavidad secreta de su famosa cúpula florentina. Así está el percal, a ver quién la dice más gorda... De hecho no tengo ni por qué saber de qué coño van los libros -náusea me da llamarlos novelas-, con decir que éste está siendo el más vendido -arrasa-, y todo el mundo que lo compra vuelve diciendo que le encantó -mentira-, ya lo tienes todo; se lo llevan al vuelo, porque en realidad no están buscando que les cuenten una historia -mejor o peor, pero historia-; buscan lo que buscan en el resto de parcelas de la vida: ir a la moda. Seguir la corriente. Tener lo que otros tienen, lo que otros les han dicho que tienen, las más de las veces por envidia. Por patético que resulte, como pasa con las películas, como ocurre con la tele, también cómo no, con los discos y tantas otras cosas, tenemos los libros que nos merecemos. Y digo películas en lugar de cine, discos en lugar de música, libros en lugar de literatura. Es la distancia, la nada sutil divergencia entre arte e industria. Ya que siempre quedará esa minoría que disfrute el arte en vez de comprarlo. Son los mismos cuatro gatos de toda la vida, que nunca te piden que les recomiendes una lectura porque saben de sobra qué buscan -por poco que quede, cada día más reducido su coto de caza-, dónde encontrarlo. Y al que me diga que soy un hipócrita, sofista demagogo, por no hacer nada al respecto, sólo quejarme y cruzarme indolente de brazos en lugar de hacer algo al respecto, aunque sólo fuese en la pequeña medida de mis posibles, le responderé: amigo mío, cobro 800 putos euros al mes por asesinar aquí mis segundos..., ¡ni siquiera llego a mileurista, Espido Freire!, y además esta batalla ya estaba perdida de antemano. Tengo guerras mejores en las que dejarme los huesos...

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Cuando muy pequeño vi una película en la televisión, o al menos creo que fue una película, porque siempre he tenido la sensación de haber estado un buen rato allí sentado, con mis papis, en el sofá, contemplando embobado aquellos dibujos animados. Eran japoneses, eso lo tengo claro, y eran muy buenos; eso creo que también, aunque después ya jamás nunca he vuelto a saber de ella. Mejor así, mejor no haber vuelto a encontrarla, porque de lo contrario es probable que hubiese descubierto, como pasa casi siempre con los mitos infantiles, que la cosa no era para tanto...

El caso es que trataba de un niño también, un niño samurai que al final moría. Creo que hubo una niña de por medio, un amor, y no recuerdo si tuvieron que ver algo ese amor y esa niña con su muerte; seguramente sí -es lo que suele suceder en estos casos-, porque lo único que conservo de todo aquello es lo triste y final; su muerte. Lo mataban. Lo mataron. Yo lo estaba adivirtiendo desde hacía minutos, ya con mi ingenuo cerebro de entonces, todo mocoso y bobalicón, lo presentía, que lo iban a matar. Y yo no quería que eso pasase. No quería que aquel niño muriese; ni siquiera que acabase la película; sólo que todo siguiese igual, aunque fuese eternamente y yo ya nunca más pudiese despegarme de allí, regresar a la vida de todos los días, volver a jugar con mis juguetes... Pero por favor, que no lo matasen. Por favor, por favor, por favor, niño jesús, que no lo maten, me decía, me rogaba, y seguro que no podía dejar de mover las rodillas de un lado a otro de pura ansiedad. Pero estaba claro, era evidente, y todo y que yo en aquel tiempo nada sabía apenas de la vida, se veía venir que aquello estaba por acabar, que todo estaba ya escrito; y que tenía que acabar mal.

Así fue. Lo atravesaron con una katana. Y allí se quedó quieto, estirado en el suelo todo muerte, un círculo de rojísima sangre manó de su vientre, manchando la tierra, y las letras de los créditos empezaron a subir. Una música que ya no recuerdo -que probablemente hoy no reconocería- pero que no pudo ser sino muy triste y muy bonita comenzó a sonar...

A mí se me hizo algo así como una especie de vómito de aire y de rabia en la garganta, que me había subido desde lo más hondo del estómago y que me quería estallar. En los ojos. En la nariz. Porque por el alma ya había pasado y me la había arrasado toda... Es el primer recuerdo que tengo de haberme sentido así, con esa terrible sed de llanto, ese terrible desconsuelo.


Recuerdo que me levanté y salí del comedor, con la angustia hecha ovillo y granada a punto de explotar en el centro de mi cara. Me encerré en el dormitorio de mis padres. Yo todavía dormía allí, allí estaba todavía mi pequeña cama... Y allí rompí a llorar como una maldita madalena.

¿Por qué? ¿Por qué había tenido que morir? No lo entendía. Pero allí estaba, ¿no?, todo cadáver ensangrentado, tan quieto y tan mudo. Tan imposible... Pero ahí, fuera de mi alcance, por supuesto, y también, lo sabía, fuera del alcance de cualquiera...

La impotencia... La tragedia... La desolación...

Fue como cuando no sé cuánto poco después me asaltó de repente en casa de una de mis tías la idea de que mi mami tendría que morir algún día. Sí, que se moriría. Y yo me quedaría solo, sin ella, sin mi mami, sin mi madre... ¿Y qué iba entonces a hacer yo?... Nada, no haría nada, también me moriría... porque yo sin mi mami no era nada...

Conque de nuevo el ovillo y de nuevo el llanto ahogado, no estridente, sino ahogado, del peor, del que se te queda dentro porque no lo quieres echar pero tampoco puedes aguantarlo, que se te derrama del corazón por los ojos y la nariz y la boca como ardiente lava arrasando el verde de la vida...

Y precisamente porque fueron llantos ahogados y silenciosos fueron lágrimas en soledad; ni mis padres vinieron del comedor al dormitorio para saber qué ocurría, ni mi madre y mi tía dejaron su café de la tarde para enterarse de por qué el javi chiquito estaba llorando en el el cuarto de sus primos.

Aunque, claro está, aquella soledad en la que lloraba por un muerto no era nada comparable con la soledad absoluta, la de la muerte, que esa era la que en realidad me estaba enseñando las fauces, haciendo que me cagara de miedo en los pantalones.

Pensar en el pobre y valiente samurai, ahí, en la nada, siendo nada a su vez... Pensar en mi madre, mi mami, mi mami que yo quería tanto, allí también, en la oscuridad, en el silencio, para siempre. "Para siempre...", eso era lo peor. Y yo sin poder hacer nada, sólo llorar, que de tan nada servía, y a pesar de eso no poderlo evitar: derramarme de aquella manera, con lo que dolía todo luego, y los mocos que te sacaba, y lo escocida que te quedaba la garganta menuda...

Nunca he podido reponerme a ninguno de aquellos momentos. Me han dolido mucho más, por ejemplo, que las muchas veces que he pensado en mi propia muerte, mi desaparecer; cada vez que he intentado hacerme a la idea de, como dice la peli, Mi vida sin mí... Fue como si algo se me hubiese marchado con ellos, con la muerte de aquel dibujo animado y la muerte por venir de mi madre... Como si yo también hubiera muerto profundamente por unos segundos...

Supongo que es algo así como cuando te rompes un hueso, te operan de algo, o has dado ya tantos tumbos por la vida que el cuerpo se te resiente y te salta con eso de "¡ey!, córtate un poco, que ya no llego, ¿es que acaso no recuerdas aquello que nos pasó?"... Con los años y las hostias el cuerpo va poco a poco haciéndose un tullido, perdiendo porcentajes de operatividad... Y el alma, si es que existe algo semejante..., o el corazón..., sí, quedémonos mejor con eso, con el corazón, también va muriéndose a pequeños pedacitos...

A mí con lo del valiente samurai cadáver en la pantalla se me fue ya el uno por ciento y se me quedó el contador de ilusiones en 99. Luego vino lo de imaginarla muerta, a mi madre, un momento que por suerte está aún por llegar, pero que en aquel entonces me mató otro poco... digamos un tres o cuatro por ciento, júbilo arriba júbilo abajo...

Y bueno, a partir de entonces la cosa ha ido bajando, como en cualquiera que haya vivido, y más si es que ha amado, a otro por encima incluso de sí mismo.

Y así ocurre que igual que corre el contador del cuerpo corre también el del alma y el corazoncillo, y poco a poco, día a día, te vas apagando, quizá mucho antes de haberte dado tiempo a envejecer; que bien se puede seguir malrespirando a los 80 años y llevar por lo menos unos treinta firmemente muerto.

Hoy vuelve a ser uno de esos días, de esas noches asquerosas y de mierda en que nada sirve, nada consuela. Nada prepara contra el destino y la vida y tu propio corazón, que te piden cosas que ni tu cabeza ni tu amor propio pueden ya entregar. Hoy vuelvo a tener aquélla sensación... Lo siento subir desde abajo, muy abajo, otra vez el ovillo de llanto y desolación. Y desesperanza. Y siento ya como los números corren, bajan raudos hacia ese cero del alma, que es el morir...

 

Siete días, una noche

24 horas aquí y ya estoy hasta las pelotas, no sé qué tendrán los españoles para rebanarme las entrañas de esta manera. Primero la cabronada de ayer y ahora esto: te metes en una cafetería para almorzar y de paso quitarte de encima este sol que no perdona una, las diez de la mañana y ya sudo hasta por las costuras. Y allí te encuentras, disfrutando mal que bien de algo de lectura y un café con leche más largo de lo razonable: de nuevo esa sensación como de hastío aplastando, creciendo, retornándome a los huesos... Entonces llega el tipo: "Por favor, podría bajar un poco el aire acondicionado, es que tengo algo de frío". Eso ya te pone la mosca detrás de la oreja, permite hacerte una idea sucinta del individuo de marras. Un friolero repipi, algo tiñalpa, un poco nenaza. Algún graciosillo le dijo a Dios que en este mundo tenía que haber de todo y el muy cretino se lo tomó al pie de la letra... Vuelves a lo tuyo, o lo intentas, pero no dura mucho, porque el tipo vuelve a la carga: "Por favor, no podría apagar el aire un rato, es que sigo teniendo frío..." El dueño del local, que ya estaba que se subía por las paredes cuando me trajo el café -porque aquello estaba a petar y le habían fallado dos empleadas: "las dos enfermas, sabe usted" (os apuesto lo que queráis a que están pasando la fiebre juntas, tumbadas al sol, tostándose en la playa)-, tuerce el gesto y le responde que ya lo tiene muy bajo, que está casi casi apagado, pero el fulano frioleras insiste, eso sí, muy educado, pero sin dejar de tocar los huevos, el muy cabrito. Así que al final se sale con la suya y este pobre diablo acaba por ceder, no sea que se quede sin los cuatro, cinco chavos a lo sumo, que va a consumir el tipo, probablemente ni eso. Con la coña pajarera del cliente siempre tiene razón nos hemos dejado encular hasta la médula. ¡¿Por qué coño?! Quiero decir, por qué cojones he de soportar..., hemos de soportar tu absoluta falta de educación, tío; a mí ni se me ocurriría, me refiero a joder de semejante manera al personal: si tengo frío me aguanto, o me busco otro garito, pero no voy por ahí fastidiando al respetable, asado de calor aun con el aire a toda leche, con mis maneras de ñoña señoritinga. Pero como resulta que ahora el cliente, aunque sea un completo gilipollas, siempre tiene la razón, pues el resto lo de siempre, a joderse tocan. Y lo peor es eso, comprobar la asiduidad con la que a los gilipollas se les otorga la razón... ¿Dije "otorga"?... Perdón, perdón, quise decir "regala"... Conque en esas estamos, sin aire acondicionado y ya cabreados a las diez de la mañana, cagándote en todo cristo, al tiempo que preguntándote por qué demonios no te levantas y le pides al dueño, bien alto, que el fulano lo oiga, que vuelva encender el aire acondicionado: "... que es que me suda la polla, sabe usted... y luego se me irrita y no vea lo que pica"..., cuando aparece  la guinda del pastel, es decir, su mujer, quiero decir la maroma del tipo quejicoso, ojo al dato, esto es importante, calzando pareo y bikini, toma asiento y lo primero que le suelta a su chorbo es tal que lo siguiente: "¿Ya has dicho que apaguen el aire?"... Manda huevos el menda, encima de nenaza calzonazos. Y así es España, un zurullo apestoso que no te lo saltas; te cagas en todo y cuando terminas aún te queda mierda para dar y regalar... Porque claro, está esto y está lo de ayer, la cabronada a la que antes aludía, que un día aquí y ya me volvería a marchar pero pitando, sin pensarlo un segundo. Me paso una semana en Francia, visitando ciudades y pueblos, museos y playas, sitios eminentemente turísticos, y los visito con el coche a reventar de bagajes, los podías ver desde lejos, tras los vidrios, en los asientos traseros y también en los delanteros, ni siquiera me molesté en esconderlos -¿para qué?-, porque el maletero ya lo llevaba hasta los topes. Cualquier amante de lo ajeno lo habría tenido fácil conmigo, la verdad, pero nada, no ocurrió, afortunada e increíblemente respetaron lo mío. Bravo, ¿no? Sí, supongo: bravo, bravo: ¡Vive la France! y todo eso... Pero es llegar a España, arribar a Catalunya, desembarcar en Reus, esta mi ciudad que detesto con toda mi sangre, muchos ya lo sabéis, y se me ocurre dejar el neceser, por despiste, y por cochino cansancio, qué cojones  -no en vano me había pasado, noche sobre día, más de veinte horas al volante-, bien a la vista, en la bandeja posterior del trasto. Dicho y hecho. Cuando vuelvo pasadas unas horas de sueño me encuentro una luna reventada: el neceser ha volado. Contenía jabón líquido, colonia, desodorante, cepillo y pasta de dientes... La linterna o el mapa de carreteras que tengo en la guantera, la caja de herramientas en el maletero, valían mucho más que todo eso, pero qué le vamos a hacer si el desgraciado hijo de la gran puta además de ladrón es gilipollas...  Y así funciona aquí la vida, de gilipollas a gilipollas y te jodes porque te toca. Y  eso que no se puede decir que sea precisamente lo que se llama un afrancesado, no los tenía ni los tengo, a los gabachos, en especial concepto. Me jode, de ordinario, la gente que no pronuncia la mitad de lo que escribe, meándose así sobre su propio tiempo -allá ellos-, pero  es que de rebote se mean también sobre el mío, y eso ya me toca las narices a base de bien. A los ingleses no se les da mal pero los franchutes son los auténticos especialistas de semejante práctica. De los alemanes mejor ni hablamos... Y luego está lo otro, que encima las letras que sí pronuncian apenas tienen nada que ver con las que han escrito. Un trabalenguas infernal que para qué os cuento. ¿Cómo se lo montan? Y también está el chovinismo, cómo no, del que todo el mundo habla, lo criticamos, del primero al último, los que no somos franceses, claro, y en especial nosotros, los españolitos, que, ya se sabe, nos reconcome la envidia de los pies a la cabeza... Pero es que si yo tuviera su país también sería chovinista, amigos míos, me revolcaría con gusto en mi orgullo patrio como un auténtico cerdo. Todo verde, todo agua, todo en su justo sitio, lavabos públicos en los que puedo uno cagar y mear sin temor a coger ladillas o id a saber si no incluso el sida. Aquí en cambio a cada momento hay que aguantar al soplagaitas de turno que te sale con lo cantinela de que España es un paraíso como ninguno, cuando todos tenemos muy por la mano que es poco más que un erial. Pero hay que decirlo, si no revientan, venderlo a los cuatro vientos, porque de lo contrario no bajan hasta aquí los guiris, gavachos y no gavachos; no fluyen los denarios, no se hinchan a comisiones los parásitos, y este tinglado magnífico que nos hemos montado, queridos camaradas, se nos va a tomar por culo. ¿Y si eso sucediese?, decidme, si de repente ya no hubiese clientes, gilipollas o no, cómo diantres haríamos para regalarles la razón... Conque los franchutes tendrán lo que tengan, sus musicales chácharas del todo incomprensibles y sus chovinismos varios, pero al menos no te joden el coche a la primera oportundad. Te reciben siempre con un bonjúg o un bonsuag -según la hora- y no hay despedida que no vaya culminada por un ogvuá, mesié... Aquí te dejas la pasta, te mangan el aire acondicionado y encima cuando te marchas no te dan ni las gracias... Pero lo importante, pese a todo, es no cejar en el intento, seguir vendiendo la moto contra viento y marea, porque España is different, tiene y tendrá siempre un coló ejpesiá, aun cuando la hayamos reducido a ceniza y plazas de aparcamiento -de pago, por supuesto-. Porque esa es otra, te pasas una semana fuera -del país, de la puta tele, de este puerco mundo en la medida de lo posible- y cuando vuelves, porque no te queda más remedio, porque eres más pobre que una rata azmilclera, que si no ya veríais, anda que me ibais a volver a ver el brillo de la calva..., entonces alguien te dice: "ey, mientras estuviste fuera ardieron las Canarias", y piensas, bueno, más de lo de siempre. Pero después te enteras de que la sangría -porque es una sangría en toda regla- es culpa de un bombero al que iban a votar, que no quería perder el currele y por eso le prendió candela a medio archipiélago... Es verdad, joder. Vaya si es verdad. España es diferente. ¡Con un par! Porque cosas así sólo pasan aquí... Qué os va a que en menos de tres años ese está en la calle y algún otro gilipuertas lo vuelve a poner en nómina, en una maderera, por ejemplo. O de gasolinero. Aquí somos así de chulos, a un violador excarcelado lo contrataríamos para celador de parque infantil... Todo y que, bien pensado, el demente éste de las Canarias en realidad era todo un visionario sin saberlo, un auténtico avanzado a su tiempo. Propongo desde ya que adoptemos su lógica alienígena. Puestos a ser diferentes seámoslo a lo grande, qué carajo. Se me ocurre, por lo pronto, un sistema genial para acabar con el problema del acceso a la vivienda. ¿Por qué no amenazar de despido a todos los encrofadores y paletas del país? Joder, eso acabaría con las ciudades, los pueblos, todo. Uno tras otro edificios y casas serían dinamitados, por aquello de conservar el tajo, llevar el plato a la mesa, "tengo cinco bocas que alimentá, sabe usté..." El caos sería total, claro. Efecto rebote. El colapso. Tendríamos que volver a las cuevas a pintar mamuts y tías anoréxicas -a los bosques no, que para entonces no quedará árbol ninguno en pie-. Solucionado: si no hay casas bastantes, entonces no las hay para nadie. Y así con todo hasta que no quede nada. Con el añadido además de que por lo común las cuevas son húmedas, frías, y lo que ganamos con eso, oiga; a la parienta ya no le da por ir por ahí haciéndome quedar como un mañarda gilipollas... De hecho, ahora que caigo, es probable que el hijo de perra que me reventó la luna del coche y el tipo al que se lo dejé para que me la reponga sean una y la misma persona: un pobre loco infeliz, por supuesto gilipollas, al que han amenazado con rescindir su contrato de mierda y dejarlo en la puta calle si el negocio no remonta...

El Jueves

 

El Jueves 

Pones Príncipe y Princesa

a joder como los perros

y ya la has cagado,

 te chapan el negocio:

¡La Real ni tocarla o te enchirono!,

pero luego enciendes el televisor

y no te queda otra que olisquearle 

a las Obregones el coño...

Ya que con nuestros impuestos

pagamos su vida de puta madre

qué menos que equipararlos a toda

esa ingente piara de vividores del cuento...

¡Que dejen ya de jodernos con la Constitución!;

quienes no han sabido en su vida

qué es levantarse a la siete de la mañana para ir al tajo,

que no han guardado una maldita cola del paro,

que no saben lo que es pasar una noche doblados

de dolor, en Urgencias, esperando...

no pueden tener los mismos derechos que vosotros o que yo.

 

¡Qué náusea!

Simone de Beauvoir, Diario de Guerra.- En puridad, todo un fiasco, diario de todo menos de guerra: en tanto nazis y rusos pasan Polonia a cuchillo Beauvoir se cuenta lo mucho que adora y añora a su Sartre y a su Bost, ambos movilizados, y lo bien que se lo pasa por las noches "haciendo tijeritas" con su alumna Sorokine. Esta última estampa contrasta vivamente con el relato de las púdicas noches de permiso que pasó junto a su maridito Sartre, en las que antes de rendirse al sueño la pareja sólo conversaba, de literatura y filosofía, supongo, quién sabe si no también de lo cara que se había puesto la lista de la compra. Qué gente extraña, ésta... 

También, por supuesto, puedes contar los cafés que la Beauvoir se ventilaba al día mientras trazas en el callejero parisino la ruta de sus distintos almuerzos, meriendas y cenas. Hoy día, en cambio, casi siete décadas después -alunizaje, sidazo, perestroika, Tamara y 8 larguísimos años de aznaridad-, no sé ustedes pero yo tres cafés y una cena fuera de casa y ya he dilapidado medio sueldo. Eran otros tiempos, ya sabe, 1939, Segunda Guerra Mundial, Hitler alzando el brazo, los judíos todos juntitos, a buen recaudo..., cualquier pasado fue mejor y todo ese rollo, ¿no?

El caso es que llega 1940, Francia cae fulminda ante la imparable blitzkrieg alemana -la línea Maginot se la pasaron los boches por el forro- y la Beauvoir se calla la boca, abandona su diario; no puede, no puede, estado de shock, qué terrible, Bost herido, Sartre prisionero, y demás excusas baratas para no afrontar el tiempo que le ha tocado en maldita la suerte. ¡Justo cuando había llegado el momento de dar el callo! Y cuando al fin lo reemprende apenas vagas alusiones a un pueblo francés derrotado, embrutecido y cabecigacho. En cuanto a los vencedores invasores, sí, son rubios y jóvenes, altivos, y algunos llevan un "precioso uniforme gris acero" que nada tiene que ver con el verde aborrecible que hasta ahora les había visto... ¡Menudo testimonio de su tiempo!

Eso sí, el servicio postal franchute funcionaba de puta madre aun en tiempo de guerra, lo constatas,  y no como el de aquí, que es de juzgado de guardia: la pasada semana me tiré media hora de reloj haciendo cola para poner un simple sello ordinario y hoy, siete días después, me comunican que la carta no ha alcanzado todavía a recorrer los apenas 800 metros de poblacho provinciano que deben separar la estafeta de Correos del buzón destinatario... ¡Si Sartre abriera el ojo bueno, amigos...! ¡Qué náusea, Dios, qué náusea...!

No me digas guapa, que me ruborizo...

Ahora mismo no se me ocurre el mejor modo de empezar con esto, así que supongo que lo mejor es comenzar y punto. Como ahora, que se me acaba de acercar un tipo a "alegrarme el día" ya de buena mañana. De todos los modos que podría haber escogido para entrarme escoge el peor: "Perdona, ¿dónde puedo encontrar la sección de "SEDUCCIÓN"? Me cago en la puta: sí claro, hombre, está allí, allí justo, entre la sección "ENEMAS" y la sección "VENÉREAS", no te jode... "Es que busco un libro pero no sé ni el título ni el autor, pero trata de la seducción". Qué novedad, chico, con la de gente que entra aquí sin tener puta idea de lo que busca, me los imagino en la verdulería: "Es que verás, vengo a por una fruta en concreto, pero ahora mismo no recuerdo ni el nombre ni la forma ni el color"... Lo mejor de todo es que sé qué puñetero libro estás buscando, tío, pero mira por dónde mi has caído gordo. ¿¿¿Sección "SEDUCCIÓN"??? ¡Venga hombre!, no me jodas; confiesa, apuesto a que se pueden contar con los dedos de un muñón las veces que has entrado tú en una librería... De hecho, el libro que pides ya habla por ti, monada... "Pues la verdad es que ahora no caigo", le miento, "pero tal vez podrías echar una ojeada en 'LITERATURA ERÓTICA' o 'SEXUALIDAD', o en 'AUTOAYUDA' incluso". Aunque, francamente, no sé yo si estás a tiempo de ayuda ninguna, propia o ajena. "Pero sección "SEDUCCIÓN" como tal, como tema propio, ¿no lo tenéis?", todo sorprendido y como camino de la indignación. Encima cabezón, el menda, aunque lo de "tema propio" me lo apunto, lumbrera, ahí hasta me has hecho gracia y todo: "Pues no, la verdad, no es un tema, el de la seducción, con la suficiente demanda como para dedicarle espacio propio, lo siento". Y tras un par o tres de segundos de duda -o cortocircuito mental, cualquiera sabe- decide retirarse por donde vino. Manda huevos. Lo que tiene uno que oír. Este apuesto a que se las lleva a todas de calle por su piquito de oro.

Pasados unos minutos me doy un garbeo por la sala y me lo encuentro buscando en autoayuda su librito de marras. Si le diera por preguntar a cualquier otro compañero seguro que se lo acababan encontrando, no todos son tan cabrones como un servidor, pero ni siquiera se le ocurre, debo haberlo noqueado, o a lo mejor ya venía así de fábrica. Al poco se marcha de vacío. Bien por mí. Una nueva mínima victoria en la eterna -y perdida- guerra contra el borreguismo.

Ah, y por si a alguien interesa, el libro que el interfecto todavía debe andar buscando es "El Secreto", de un tal Erik Von Markovik, alias "Mystery", que además, con todo el morro del mundo y más, subtitula su "magna opus" bajo los epígrafes "El arte de llevarse mujeres hermosas a la cama" y "El camino hacia el dominio de las artes venusinas"... Lo tenemos en la sección de narrativa, concretamente en la de "BEST-SELLER", porque en algún sitio hay que tenerlo, qué remedio.

Ni que decir tiene que si por mí fuera lo habría colocado en la sección "MIERDA", amplia como pocas.

Tinta profiláctica

Echo en falta los cuadernos, las libretas, el folio en blanco en mitad de la mesa, que únicamente sabe escupirte a la cara una y otra vez su virginidad. Pero he perdido la familiaridad con la tinta, siento plumas y bolígrafos un muñón coronando la mano derecha. Sólo que ni siquiera me pica, la menor sombra de prurito, una masa atrofiada y muerta, incapaz. En general casi todos nos hemos vendido a la informática, ella sí muy capaz, por ejemplo, de hacer desaparecer de un plumazo -qué ironía- tu trabajo de horas por esa tecla mal tocada, una caída en la red eléctrica, fallos de conexión. Más dependientes que nunca, cuando habíamos conseguido sobrevivir a las tempestades de fuego. Sin informática no hay bolsa de la compra, ni gasolina en el depósito, ni cita en la clínica para la biopsia. Ni siquiera follas, algo tan animal y primigenio, porque sin ordenadores no hay códigos de barras que valgan ni farmacéuticos que te vendan los condones. Porque hemos tenido que plastificar la piel húmeda para agilizar las colas en los dispensarios. Igual que se tecnificó la escritura para ahorrar nóminas de basurero; a más papeleras vacías menos entrevistas de trabajo. Jamás entró en el plan salvar un solo árbol. Como morir de sexo, se muere desde siempre, y eso no hay Dios que lo cambie. Los escritores del mañana, si es que haylos, no tendrán letra, buena ni mala; grafólogos de todo el orbe purgarán sus penas en un vertedero de celulosa muda y obsoleta. Y poco después, bien poco después, cuando ya no queden hombres, este cursor seguirá parpadeando...

Represalia

No deja de tener su mucha gracia, no creas, que me eches en cara que obvio responder lo que no me interesa y cambio de tercio cuando se me antoja, que me he convertido en un especialista del soslayo y el desvío, cuando tú misma has demostrado una y otra vez que hay pocas cosas que se te den mejor que el slalom... De hecho te reto a que encuentres a cualquier sujeto con menos de 20 que no se haga el loco en cuanto se siente encima la primera lluvia de flechas... A lo mejor pensabas que te las estabas teniendo con un alfeñique mocoso de tres al cuarto. Aquí, el que más o el que menos, todos hemos vivido ya lo nuestro, cargamos a la espalda nuestro buen fajo de mierda, de modo que a cuento de qué dárselas de caballero andante, de princesita ultrajada; bastante hacemos con mantener pie a tierra día tras día...

Y lo seguiré haciendo, me estoy refiriendo a lo de las evasivas, por supuesto, esquivarte y todo eso, al menos mientras pueda, que no siempre se tercia; hay veces que no queda otra, como ahora, aquí, que salirte por frente, al encuentro.... Y tú también lo harás, qué duda cabe. También el resto, faltaba más. Desde cuándo tirar piedras sobre el tejado propio ha sido moda fuera de películas y novelas. A estas alturas romanticismos los justos, que ya hasta el primer bebé probeta debe estar padeciendo sus buenas úlceras. Esto es la realidad... Aunque eso creo que ya lo sabías.

Hubo un momento en que me desconcertaste, ¿sabes?... Qué carajo, claro que lo sabes. Lo sabes de sobras. Me hablaste de invitarme al café que me debías, que quedaríamos no se dónde, pero a medio camino de ambos. Recuerdo que me pregunté: ¿Y ahora a qué diablos estamos jugando?... Como cuando a Tyrell lo despertó Sebastian de madrugada para darle el jaque mate: "Los dulces lo mantienen despierto, ¿eh?"... Pero no, el mate era de Batty, que esperaba en el ascensor mientras tramaba cómo explicarle a su padre que no iba a tener más remedio que hundirle los ojos en sus cuencas, "¿comprende usted?, padre... porque las cosas se hacen bien desde un principio o de lo contrario mejor haberse quedado en casa dándole a los crucigramas"... Supongo que por eso obvié toda respuesta. Me negué a entrar una vez más al trapo en tu juego. Además, ¿has tenido en cuenta lo aburridísimo que podría resultar tomar café con un fantasma?

Luego volviste, todo como siempre, las casas sin barrer. Y pensar que fuiste tú la de la frase aquella famosa: "No se muere de amor"... Joder, qué grande, qué hermosa, ciclópea que no te la acabas... mecagüenlaputa, casi me la cuelas y todo... Pero no, ¿y sabes por qué?  Porque no hay aquí más muerta de amor que tú. No, perdón... Si acaso muerto de amor estaré yo; tú estás directamente zombi. Te sigo corto, sí, pero a la zaga. ¿Por qué estás aquí si no? Aquí desde el principio. Aquí todavía. Después del montón de mierda que dices te he tirado encima. Dresde e Hiroshima juntas y más allá... ¡La repanocha, vamos!... Yo te diré por qué. Porque eres una muerta de amor hasta las cachas y mi falso reflejo es el único destello que mantiene con vida la única parte de ti que se niega a seguir muerta... No, no pongas caras raras ni retrocedas para releer; sabes que me explico. Meridiano. A la perfección.

Y la carta que escribiste lo demuestra, tú misma lo reconoces, que utilizaste los nombres de mi historia pero el destinatario de tu escuela era muy otro, el de siempre, ese que no soy yo pero al que te recuerdo. Lo cierto es que me cansa que tres días me hables de tú y al cuarto te suba la fiebre, esa marabunta de amor que te tiene carcomida hasta el tuétano, y me vuelvas a vestir con ropa y ojos que no me pertenecen. ¿Por qué no te haces un favor? Vive la vida mientras puedas, mañana todo esto podría acabar de improviso y todos estos años te habrás dedicado a vagar por las estancias del castillo aferrada a tu sábana de todos menos Santa. De todo menos digna. Porque al fin y al cabo lo único que lo hace digno eres tú misma. Hace tiempo que él dejó de valer la pena, y lo sabes, aunque no lo quieras reconocer. Tal vez es peor; quizá lo reconoces y te da igual. Te aferras a él como las moscas a la mierda. Porque es tu "mierda". O piensas que es la única "mierda" que te queda; la última mierda con la que recuerdas haber sido feliz... Pero mira bien en derredor, está todo bien repleto de boñigas; el mundo entero no es otra cosa que un inmenso y esferoide zurullo... (Joder, diez días fuera de aquí y ya ves, estoy que me salgo, sembrao es poco.)

Tú lo haces subir, pujar, merecer, en tu recuerdo de aquellos días, tan distintos de éstos que ahora vives, sufres, padeces. Días de amor rebocado y Antártida.

Y a todo esto tal vez te preguntes: ¿Por qué? Por qué ahora, por qué esto, por qué aquí... Bueno, no deja de ser una bomba más y tú has demostrado estar ya más que blindada. Más dura que el alcoyano y sin inhibidores de frecuencia. De la primera a la última todas te las tragas. Qué macabro, ¿no? Y qué hijoputa. Pues sí, la verdad, para qué engañarse: si tú puedes hacer literatura conmigo yo puedo hacerla contigo, y en eso además sabes que te llevo ventaja...

Esta vida está llena de hijos de la gran puta, así que dime, ¿por qué iba yo a ser menos?