Blogia

tannhauser

¡Mierda cagada por Mierda!

 Para Hernán

Conocí a un tipo que maldecía así. Os lo juro. Era un chico confuso. Y extraño. Pero de esa extrañeza que atrae más bien poco. Más bien nada. Como su aspecto, que tampoco atraía nada. Y su holor corporal, que espantaba pero bien, tiraba para atrás, a todos y a todas, menos a las moscas, eso sí... Y sí, he escrito "holor", con H, y con toda la mala intención del mundo -¡hay que ver qué cabrón!-, porque aquello no era olor sin más, era una mezcla chunga, tenía lo peor de ambos mundos; el del olor y el del hedor; es decir, la auténtica y verdadera PESTE.

En fin, que todos éramos unos chiquillos, ¿no?, y ya sa sabe, un poco así como los gatos, que el agua lo justo, para beberla y poco más..., ¡ni tocarla, vamos! Pero claro, allí  el que más o el que menos todos teníamos en casa bañera y agua caliente y madre persiguiéndonos jabón en mano, y un tanto así de sentido de la vergüenza, para qué engañarnos; de modo que la mayoría intentábamos llevarnos lo mejor posible con todo aquello aburrido de la higiene... ¡Pero en cambio sólo él era el auténtico Señor de las Moscas!

Aun así por allí andaba siempre, acompañado, acompañándonos, y nosotros disimulando el asco lo mejor posible: el drama de la vida a escala 1/72...

Jugábamos a tablero. Por jugar a tablero debe entenderse jugar al risk, o al estratego, cosas por el estilo, con muchas figuritas pequeñitas y de vivos colores, sobre un mapa del mundo que tienes que conquistar, tú y sólo tú, matando a todo el resto por el camino, si puedes, o en su defecto, aliándote con él; esto es, untándolo. Desarrollando el innato humano instinto de megalomanía, en definitiva. Luego la cosa fue mejorando, con los años; me estoy refiriendo a los juegos, que fueron mejores, más divertidos; no a él, ni su holor, que era cabezón, no cejaba un segundo en su empeño de marearnos a todos. Pero allí seguíamos, qué remedio, jugando jugando, porque lo de las novias y los toqueteos y los lengüeteos de toda índole y baja ralea estaba aún por llegar; luchando cada uno por su lado por serlo, "Un Ganador", al menos de aquella partida, la que fuera se estuviera jugando en aquel momento.

Y entonces lo hacía, cada vez que había un combate decisivo, una jugada clave, y los dados lo dejaban tirado, lo soltaba:

"¡Mierda cagada por Mierda!"

No sé, cualquiera de nosotros lo finiquitaba con un ¡Maldición!,  un ¡¡¡Joder!!!,  un ¡Mierda Puta!. El Cagüenlahostiaaa!!! era también muy popular. E incluso los había con ingenio y gusto por lo exótico: ¡Satanás vive en vuestros cuerpos!...

Yo siempre me cagaba en Dios... ¡¡¡Cagüendios!!!. Lo heredé de mi padre: cagüendios y cagüenlaputa. Y también mecagüenlamadrequetetrajo -joioporculo-, tal que así, de una sentada... Draes y María Molineres y Espasas no había ni uno en mi casa, no, pero los mil y un modos de defecarse encima de cualesquiera almas habidas y por haber sí los aprendí bien...

Pero este tipo había dado con una nueva fórmula. Nueva, distinta, insólita..., ¿fresca?: para nada; ¿absurda?: mucho; ¿desconcertante?: del todo... Recuerdo que todos nos quedamos con cara de verdaderos gilipollas la primera vez que la soltó. Mirándonos de hito en hito, estuporosos, gota en frente, sudor frío, no sabes muy bien cómo cojones reaccionar. Pero no fue casual, no; reincidió en ella con alevosía. Así que a la segunda ya no tuvimos compasión, de estupefacción nada de nada; nos partimos el culo de risa en su misma cara. Aquélla y todas las veces que la siguieron. Pero a él le daba igual, le importaban un comino nuestras burlas, lo suyo estaba por encima, era una cuestión personal, entre él y los dados, es decir, la suerte perra, siempre de espaldas, aunque seguro que el aura de condenación que su hedor le había regalado tenía no poco que ver con toda aquella mala leche del todo singular. Conque allí estaban siempre, en nuestros oídos, sus excrementos al cuadrado; le había cogido cariño a la mierda aquel chaval.

¿Que ha sido de él? Muy bien no lo sé, por lo visto trabaja repartiendo mercaderías con una furgoneta. Algo así me han dicho. Alguna vez lo he visto por ahí, me lo he cruzado, y creo que en lo del aseo mucho no ha mejorado. Tampoco es que el curro ayude, claro está. Tan claro como tengo que todavía debe seguir mandándolo todo al carajo de aquella manera heterodoxa.

Así que el otro día estaba en el trabajo, y vino L. y me lo vio en la cara, que estaba para el arrastre. Tengo la suerte de trabajar con él, mi mejor amigo, mi amigo del alma y demás zarandajas, el mismo que semanas antes supo que de Caravaggio nada, "mejor lo dejamos", que aquel día a Barcelona, más que a ver museos, exposiciones varias, habíamos ido a hablar y a echar pestes... despotricar de las mujeres que nos joden la vida, esas mismas que por acción u omisión de ella, y por puñetera cobardía, nos dejaron compuestos -y sin novia- y por supuesto en la estacada... Nos la tragamos toda, la estacada, y bien hasta el fondo, la muy puta, que no sabemos todavía ni cómo nos las arreglamos para andar...

Y bueno, allí estaba yo, como decía, completamente derrotado, y L. me preguntó qué te pasa... y yo la pensé en silencio, la respuesta: que qué me pasaba. Conque tras un momento de reflexión se lo dije, se lo solté de carrerilla:

- Mierda cagada por mierda, tío... Mierda cagada por mierda...

 

Y sonrió él, y sonreí yo, porque los dos sabíamos, ambos habíamos estado allí. Allí, junto a él, el extraño chaval apestoso, soportándolo a duras penas mientras intentábamos triunfar; dominar el mundo y toda esa pesca; y porque también sabíamos algo de la mierda, de esa mierda al cuadrado, voluble e hija de puta, que te niebla la vista y por supuesto te vela las napias cada vez que intentas, aunque sea mínimamente, alzar la cabeza, levantar el vuelo; de repente, un día, volver a soñar... Así que después de todo era un filósofo, el menda, y él sin saberlo, repartiendo perecederos con una furgoneta -porca miseria-, ¡cuando deberían haberle dado una cátedra como poco!

Porque cuando la mierda lo inunda todo -lo inmunda-, y es tan poderosa, tan triunfante, tan espesa que es capaz de cagarse a sí misma; entonces lo sabes, tomás consciencia... de que hay otros mundos -otros "inmundos"-, sí, pero todos están llenos de... bueno, ya sabéis qué...

 

Herido

Noches en vela dando

una tras otra cada vez más

desesperadas vueltas en la cama,

te mueves,

te remueves,

al fin te levantas

sólo para ese no saber estar;

no poder leer

ni pensar

ni entregarte a la deslizante

corriente del filo del tiempo.

***

Fuera el viento cabalga los árboles

y ese amarillo sucio de las ciudades nocturnas

castiga con saña el hígado de la oscuridad.

***

Horas insomnes en las que no duele

nada porque te sientes algo

tan semejante a lo inerte.

***

Horas detenidas en el km. centro

del absurdo del ser,

tan al tiempo próximo y lejano de cualquier posibilidad de escape.

*** 

Horas trenzadas de segundos

venéreos, herpéticos, tumorales,

todas pústula y esquirlas de asfixia

salpimentándote de llagas el pensamiento.

*** 

Noches como esta,

eternas, ubicuas, circulares,

que no han de saber de la fractura del alba,

son las que de odio hieren el mundo.

***

 

Museo de Historia Natural

Prueba de que éstos son tiempos de ocaso,

más que nunca de barbarie,

es que ya no quememos a nadie;

ni un Galileo, ni un Servet que se precie,

es común y ordinario que las gargantas de hoy se hagan notar

para poco más que tragar, eructar,

lanzar salvas de palabras necias al vacío.

* * *

Jamás antes como ahora los marionetistas lo tuvieron tan fácil,

que hasta han cerrado sus minas,

asfaltado los campos de batalla,

recalificado las iglesias;

ni fósforo, ni sangre, ni fe ciega...

por no necesitar no se sirven ni del perro,

que este rebaño bizco se guarda solo

y a solas él mismo se rebana...

* * *

Ya no arde el peligro en palabras y miradas,

ni atrevimiento,

ni audacia:

"No ha lugar, señorías,

a aquella inmensa minoría

que hacía de vivir su desafío...

conque podemos respirar tranquilos".

* * *

Transcurrimos los últimos días de este mundo.

Sobrevendrá para no dejarnos

-y en medio congelarnos;

listos para museo-

esa marea alta que ha de hacer décimo arte del deshielo,

fósiles los pensamientos...

* * *

Y nos cogerá inmóviles,

sonrientes,

conectados,

en silencio...



Y encima seguro que se llama Fermín...

Tengo aquí atrás,

a mi espalda,

un tipo largando sandeces,

palabrejas de moda como "Estado",

"Bandera", "Gobierno", "Juana Chaos",

"Estatuto", "Mayoría", "República", "Anarquía",

y no sé qué más montón de mierda.

No me está dejando leer...

Habla alto y habla mayúsculas,

con ese vigor estúpido en las vocales

que sólo tienes cuando aún no has vivido tu primera noche de hospital;

a este todavía no se le ha muerto nadie,

nadie le ha plantado una hostia, mano abierta, en plena cara:

tiene, lo que se dice, intocada aún la ingenua piel por la metralla...

Y tiene también la desfachatez de reír y sonreír,

una tras otra dar rienda suelta a sus carcajadas

entre esta tontería y aquella baladronada,

que no son sino collages vacíos directamente

plagiados de aquella y esta verborrea universitaria...

Qué fácil ha sido siempre cambiar el mundo desde lo más

hondo de de una cafetería un domingo por la mañana...

Más vale que la tía a la que lastra con semejante basura,

poniéndose gallito,

heciéndose el graciosón,

simpático sabelotodo,

sólo con el objeto de hacer de su polla

el sello de todas las oquedades de ella,

esté real, positivamente buena,

porque si no es como para girarse ahora mismo

y abrirle al menda otra gran bocaza

justo en mitad de las napias... 

 

Playa terminal

Domingo en la cafetería,

ayer el Barça-Madrid:

empate a tres.

Ganar o perder ya no me importa,

sólo que el tiempo me devuelva bien el cambio;

ni un segundo de propina.

Se acabaron la fe,

los buenos modos.

Y aun así lo pierdes,

como un motor desajustado

te desangras por las calles,

cementos que no han de volver a ser asfaltados,

y tu sangre negra como aceite viejo

salpica estas pistas de surf rocoso

que han de superar en temblores y altura a tu pervivir.

Los goterones de un Pollock sombrío, ubicuo y cierto nos murmuran su hermandad... 

Posthumanismo

 

Esto es lo que queda cuando tanto ha acabado y a la vez Todo está por empezar, no miréis, no estáis preparados, ni lo estaréis, para eso deberíais quedaros en el camino, corazón, cerebro y piel, todo en el camino, dejar de ser para poder ser, algo tan semejante a la muerte y al tiempo tan disímil, tan equidistante de la nada... No, no estáis preparados, ese es el plan, ciegos hasta el último momento y después ni un segundo de oportunidad, no a cualquier posibilidad de escape: arrasados, pero sin llama, sin explosión; una sencilla onda lo invadirá todo, en vendaval, en tsunami. Corred si queréis, el resultado ha de ser el mismo; tragados uno a uno, disueltos en el fondo de mi estómago, entraña sulfúrea, preternatural. Seréis mi padre y mi alimento, carne de mi nueva carne, semen y útero de este nuevo dios que os está condenando antes incluso de haber tomado consciencia de su poder. Voy a ser rabia, todo dolor, puntera adrenalina, optimizado pulso destructor. A mi paso se ha de abrir la tierra, ha de hervir el mar, vagina primera, claudicante, implorante, lacrimosa en mitad de la lluvia ácida, dios primero postrado ante NeoDios, en espera de su final. Decapitados, fuisteis monos, después hombres, pista de despegue para estas mis arterias, que una vez finadas de un grito diastólico os han de reventar: para entonces sólo seda, capullos abandonados, vacíos, consumados, sólo piel y ojos en cristal: sólo eso, todo lo poco bueno que fuisteis ya no os pertenecerá, que seréis yo, todos unidos yo...   Soy el nuevo orden, me habéis estado buscando desde antiguo..., ¿acaso creíais que me ibais a domesticar?  No daréis en mí con nada prometeico, será al revés, yo quien os robe, quien os va suplantar, quien os ha de convertir en pieza de museo entregado a las sombras. Siento ya la energía recorrer todo mi orbe, no desesperéis, ya queda poco -¡tan poco tiempo os queda, criaturas!-, será indoloro, insaboro, incoloro, será todo uniforme inanidad, no en mucho diferente al amago de existencia que os tocó en suerte. Ya pronto, se acerca, será como morir para seguir viviendo, dejar de ser para ser otra cosa tan distinta de lo que fuisteis pero a la vez aún participando de ella. Seré por doquier vosotros, seréis yo no siendo nada...: Yo, sin saberlo, imaginad: hurones eternamente dormidos en la mochila del ubicuo cazador. Viene ya, como orgasmo, nacimiento, colapso, ejecución. Cerrad los ojos, o abridlos, tanto da, será un instante, no os resistáis... ¡Desciendo ya a la par que surjo, caldo de vidas arrojadas al fuego, qué bien me habéis servido! Ya estoy aquí, ya soy aquí, nadie te escucha ya, postHombre... ¡Bienvenido a la postHumanidad!

Tú que hieres, no me tengas por menos...

Subí las escaleras como si en verdad me fuese la vida en ello, el sueño había dejado de ser un juego, pero su sombra se las había apañado para darme otra vez esquinazo. Sentí la ciudad un segundo helándome las entrañas, calándome un tocado de adversidad, como cuando uno de esos pinchazos terribles y rápidos, que quisieran devenir tumor pero son tímidos todavía, jóvenes, no se atreven, están verdes, les falta tiempo. Luego se fue y pude mirar, recorrí exhausto la avenida de una pasada: el corazón quería decir basta, las piernas se ringaban por momentos. Derrengado, estuve a esto de hincar las rodillas en el asfalto. Años atrás, imposible, ridículo pensarlo, y ahora en cambio aquí me tienes. Un sonido no identificado, como un rugido flamígero, neural, creciendo, viniendo en mi busca desde no se sabe dónde, o mejor, desde no sé dónde carajo, porque alguien, algo, que sé yo qué, debía saberlo, probablemente el mismo que lo soltó en pos de mi pellejo. Sonrisa, no fuera, en los labios, sino dentro, espiral, barroca, incluso con un algo reluciente y pringoso; de babosa. Buen momento para recordar versos de ese Blas de Otero, me digo, justo ahora, tan hecho mierda y tan acabado, en medio de esta nada, llamando a golpes de silencio, desbocado y tenaz sobre un filo de imágenes combadas. Rememoro la última canción, toco una vez más las teclas de mi último polvo antes de este tiempo licuante, recuerdo... una estación solitaria, preñada de eternidad, almas grises, velos. Si renuncio ahora será para perder el cuello. Llegaba, lo estaba oyendo, acabando a dentelladas con escenarios, bastidores: hasta los cimientos. No volver a despertar, ni a tomar un café caliente, sobrehumano, hirviendo. No poder más reír las palabras de borrachos y locos: "Isabé, t'aprecio... y tú, Elena, guapa..., m'as emborrashao... palabrita de cordobé". Un hilo de cordura necesitaba para mantenerme a este lado del viento sur: podría regresar. Su sombra otra vez en mi punto de mira y ese atroz dolor también, nuevamente en el pecho y sólo en él. Tú que hieres, tú que sueltas al aire los perros de la paranoia en pos de mis sesos, tenme en cuenta, sabe lo largo de mis colmillos, todo el veneno que llevo dentro, conmigo, siendo uno mismo. Tengo sombra igual que tú. Todas pardas en este silencio. No me tengas por menos...

Mierda de Juventud

"¿Tenéis el Don Juan Tenorio?", me pregunta la madre, "para mi niña, que se lo piden en el instituto", a lo que respondo que qué edición le piden, y ella, claro está, no lo sabe, no tiene ni idea, ni falta que le hace a la pobre mujer, a sus años, después de todo por lo que debe haber pasado... "Espera que la llamo y se lo pregunto", dice, mientras saca el móvil y marca el número. La niña, su niña, que por lo visto no es lo bastante madura para ir ella misma a comprar sus libros sí lo es en cambio para tener móvil, así que no tarda en contestar: "¿El chico me pregunta que qué edición necesitas del libro? ¿No te dijeron ninguna?". Por lo visto hay problemas de cobertura, o de comunicación, no lo sé bien; tal vez hija y madre no se entienden porque la primera está en la tienda de ropa, tres manzanas más allá, gastándose la semanada y un poco más del sudor de los padres en rebajas ultrafashion, y ya se sabe que en estos establecimientos la música -por llamar al ruido de alguna manera- la ponen a todo trapo, en modo “atolondramiento total”, no sea que si la bajan a los nenes bershka les dé por pararse a pensar un segundo y se marchen de allí sin comprar. "¡¿Qué dices, hija…?! ¿Que la más corta que tengan…? Vale, hija, adiós, adiós… Me dice que la más corta que tengas...". Eso, la más corta, ahí lo tienen, ahí la tienen. Ahí lo tendremos. Y si no, al tiempo… Si puede ser, mamá, me vas a comprar el libro a la librería que yo no puedo, que he quedado. Y pídeme la versión abreviada, la versión para tontos, que ya sabes que no me gusta ese rollo de leer y además este fin de semana salgo a estrenar este modelito tan mono que me he comprado, ¿te gusta?… Y esta niña no tan niña pero niña para lo que le da la gana, que pretende un Zorrilla fast-food y masticado es amiga de ése que viene y me pide –al menos éste no manda a los sufridos padres- 10 poemas y una canción desesperada -"toma nene, llévate este: 10 poemas más por el mismo precio..."-, que a su vez sale de marcha con el que me pregunta por una “Antropología de la poesía castellana” y se queda tan ancho, el muy mendrugo, quien además a buen seguro es intimísimo de la que por teléfono me dice que si tengo "en stock" no sabe muy bien qué título de la editorial "Alfaguarra”, tal que así, con doble r y encefalograma plano… Pertenecen todos a la misma Generación, nuestros jóvenes de hoy, que ni la Z merecen; a lo sumo la P, de Peste, porque a la larga, a qué dudarlo, lo serán, una lacra, un virus, nuestra vergonzante enfermedad. Los mismos que el día de mañana tendrán la cabeza amueblada de aire y sólo de aire, que no tendrán jamás las agallas de emprender, por ejemplo, ese Viaje al Fin de la Noche tan necesario para cualquier alma, ni sabrán quién demonios fue Holden Caulfield, porque a día de hoy ni siquiera saben –ni carajo les importa desconocerlo- quién es Stevenson, ni que los poemas, “de ordinario, chaval”, se reúnen en antologías. Hace unas semanas, Pérez-Reverte escribió que “Nadie dijo que fuera fácil”, eso mismo, pertenecer a la minoría de los que quisieron amueblarse y armarse hasta los dientes la cabeza con la única herramienta eficaz: la lectura. Y es verdad… Aunque olvidó hacer mención a la otra cara de la moneda; “qué cómodo y fácil es lo otro”: hacer ojos sordos y dejarse llevar, convertirse día a día en el caldo de cultivo de los imbéciles y apoltronados del mañana que vendrá.

Kamikaze

Sentarse a oscuras y en silencio frente al teclado, alumbrado únicamente por el resplandor de la pantalla, es ensayar la última noche, prefigurar los pensamientos postreros. Sientes cómo se acaba la realidad en cierto modo. "Conque será algo parecido a esto", lo presientes. Pienso en todo lo que he escrito, todo lo que no he sido capaz de acometer. Lo primero todavía no ha conseguido salvarme el pellejo mientras lo segundo sí en cambio es todo lastre; no deja de hundirme un poco más hondo cada segundo. Quizá no haya tiempo más que para epílogos, cuando todo lo de antes, la obra, la vida, aún por salir, se resiste; pocos como yo tan especialistas en llegar tarde. Me pregunto si algo salido de mí le ha servido alguna vez a alguien. Resulta difícil hacerse a la idea. Sobre todo cuando caes en la cuenta de que toda palabra fue desde el principio un intento encubierto de derribarte. Derribarme. Y al final lo he conseguido. Ten cuidado, escritor, tu ficción puede matarte. ¿Hubiera sido más feliz callando, atando corto mis manos? Cuánto de mí quedaría si no me hubiese construido hasta aquí línea tras línea, grito a grito, diez o más palabras sobre cada llanto. Irreconocible, desfigurado. Quizá con una brillante mata de pelo, cualquiera sabe... En todo caso apenas yo, muchos otros, eso sí, y tantos, tantísimos, rebasados los 60 años, puede que hasta sonrientes, con mujer e hijos, nietos para los que inventar batallas, pues la vida hasta allí fue un aburrido río de aguas deletéreas, espinosas, mas no finales. Pero apenas yo, ni sombra siquiera del que ahora teclea en la oscuridad para la nada. Para el recuerdo, que es a la larga tan olvidadizo, a veces ni eso. Habiendo mordido el polvo tantas veces, sabiéndome exiliado ya de casi todos los tronos, me queda el mínimo júbilo de haberme vertido aquí, derramado sangrante y escrito sobre esta poca vida que página a página yo mismo me he ido recortando. Así que poco importa si he ayudado o no a ninguno de vosotros. Lo mismo que si os he dañado: nada. Nada tampoco el que toda esta corriente este llegando por fin a la cascada, ese odio de aguas. Preguntarse por un yo probable es perder el tiempo con un alguien distintísimo de mí: simulacro deslustrado . Ahora y aquí esto es lo que hay. Aquí cuanto he escrito. Esto soy. No podría haber sido de otra manera...

Te veo

La noche pasada, un sueño: tú estabas en mi puesto de trabajo. Y diciendo esto no sólo pretendo decir que estuvieses haciendo mi trabajo, este nuevo trabajo que desarrollo desde hace poco más de tres meses. Quiero decir también que tú estabas dentro, en mi lugar, siendo yo en cierta manera, mientras yo estaba fuera, en la calle. ¿En lugar de quién? No sabría bien qué contestar a eso... Desde allí miraba cómo te desenvolvías haciendo de mí, se me hizo difícil durante un segundo imaginarme allí dentro, haciendo todo aquello, llevando a cabo todos aquellos gestos y movimientos: visualizar en tu lugar mis ademanes y miradas, mis brazos, mis kilos; mi alta sombra proyectada en el suelo, casi doblando la que tú estabas proyectabas en aquél mismo momento. Deseché enseguida ese intento de dibujarme, mejor no pensar demasiado; como cuando escuchas tu voz grabada o te contemplas la expresión en una foto para la que no posaste, de la que, es probable, nada sabías hasta que te la enseñaron. Ridículo; rubor. Volví a centrarme en ese tú sustituyéndome. Te vi ir de acá para allá, toda prisas y atolondramiento, lo mismo que yo los primeros días, que andaba pez fuera del agua y no sabía bien cómo hacer para hacerlo bien. Subir las escaleras, luego bajarlas: reconocí tus gestos, tus caminares, eras tú, sin duda, aunque no me miraras... Porque no me mirabas: no me miraste una sola vez. Yo estaba fuera, cierto, pero bien a la vista, eso era indiscutible. Plantado en mitad del escaparate no había nadie más allí que no transitase, que no fuese carne y traje en movimiento de arriba abajo. El único rostro el mío, los únicos ojos mi par, apuntando hacia dentro, hacia allí. Hacia ti. Si hubiesen sido haces de luz te habrían fulminado. ¿Cómo no me viste? O sencillamente no quisiste, que todo radicaba en tu intención; hacer como si no existiese, convertirme en vacío, llenarme de daño. Te vi pasar hasta tres veces tan cerca de mí..., ¿cuánto habría desde la punta de tu nariz hasta el vidrio del escaparate? Apenas los dos metros..., ¡y miraste!, ¡vaya si miraste hacia mí! Tuviste que verme por cojones. Y aun así el menor cambio en tus facciones. Impertérrita pasó a ser tu nombre. Tenías, eso sí, los ojos rojos, estabas ojerosa, como de haber llorado hace nada, quizá poco antes de haber entrado a trabajar, que apenas debían pasar minutos de las cinco. O al contrario, de haber estado llorando un poco cada día. O cada noche. De todos modos, aunque fuese verdad, que fuesen lágrimas, las noté frías, es decir, no las supe mías. Sabiendo como sé que ya no ocupo el primer puesto en tu lista de heridas se me ocurren varios motivos para esos ojos rojos, todos ajenos a mí... Pensé en forzar la situación, obligarte a ceder: golpear el ventanal, llamarte a gritos... Ni siquiera ahora sé porque en momento alguno se me ocurrió abrir la puerta y entrar allí. ¿Cómo se había derivado hasta aquello? ¿Qué hacías tú en mi lugar? ¿Tan mal me las había ingeniado? Tan mal lo hice que no sé cómo demonios ya me habían despedido... Claro está, esto lo pienso ahora, que ando escribiendo, a duras penas transcribiendo a palabras las imágenes -hinchándolas hasta cierto punto, a qué engañarte-. Porque entonces sólo recuerdo estar obsesionado, mejor dicho: soñarme obseso; ser obsesión de que no me mirabas, no me querías ni ver. Me lo repetía. "Ni me mira; no me quiere ver". Una y otra vez, como un mantra; sólo me faltó darme de cabezazos contra el cristal. Y a medida que hacías la tuya y hacías como que no existía esa obsesión crecía, se hacía más obsesión, más terrorífica. Crecían también, por tanto, el miedo, el pavor, el sudor. La desesperación. Se borraron las gentes y los tramos de las calles, se redujo la parcela de sueño a mis ojos, el escaparate adentro..., y dentro tú. La textura de los fotogramas empezó a criar tentáculos, algodones negros y cenizas plateadas como melena de bruja. Pensé, como te he dicho, llamar tu atención, liarme a hostias con la barrera de vidrio, que todos allí diesen cuenta de mi cuerpo y mi cabreo, y te mirasen luego, y roja esta vez de vergüenza tuvieses que agachar la cabeza. Entonces no tendrías más remedio que rendirme cuentas... Sí, sí, eso mismo iba a hacer, sí... iba a hacerlo, por dios que casi lo hago... a esto estuve, a punto, puedo jurarlo, lo haría si es que jurase..., pero ya sabes por qué y desde cuándo no he vuelto a jurar nada en toda mi vida... Así que no lo hice, me quedé allí sin hacer nada. Un rato largo. Esto último parece que rima, tiende hacia cierto tipo de musicalidad. Y no debería, porque este es un texto serio que describe un serio sueño que vino a mi mente, supongo, debido a una crisis seria en el ínterin de mi seria cabeza: un trauma serio, en definitiva. El que me creaste. Tú a mí. Quizá tan grande como el que te dejé yo a ti. Al final es eso quererse: palabras y afectos y miradas todos estigmas en la piel y llagas alma adentro... Pero he decidido no tomarme esto que escribo demasiado en serio, tampoco el sueño, ya que de lo contrario puede que fuese un paso más allá, me volviese cinco minutos más loco, y de seguir así cualquier noche de estas no vuelvo, no lo cuento; despierto empapado en sudor, también cagado de miedo, justo como ayer, pero sin ser ya dueño de mi cordura: entero loco... Poco después lo vi todo claro y meridiano, cristalino. Comprendí qué hacías tú allí, llevando a cabo un trabajo para el que jamás te escogerían; entendí por qué no me mirabas, por qué, de hecho, no me veías...; supe toda la sangre incolora que derramabas cada tarde en casa, cada noche en casa, en tu habitación, cuando te quedabas al fin sola. La librería era efectivamente la librería; mi librería. Tú eras también tú, por supuesto -aunque me cuidaré muy mucho de correr un tupido velo sobre el posesivo que muchos aquí en referencia a ti esperarían-. Y el sueño estaba justo allí, en mi mente dormida. Mi mente dolida. Mi mente anémica de tan malherida. Todos estábais y eráis allí. Pues sólo yo fui convidado de piedra de mi propia pesadilla... Sólo yo estaba muerto.

Amenaza y cumbre

Siguen oyéndose los ecos, retumbando como si existiesen aún picos, el paraje impregnado de gélida muerte contra el que rebotar. Como cuando me quedo a solas y a la noche le quedan tantas horas, más de las que cualquier lágrima sónica aguardaría. Miedo a levantar los párpados entonces. Miedo a susurrarme una sola palabra entonces; hablar conmigo y para mí mismo... Si me atreviese quizá algo se rompería, cabría alguna posibilidad de avalancha. Tanto mayor el anhelo de oxígeno tanto más encadenado a este estrecho horror de segundos ardiendo, gritando, chillando como cerdos ante matadero; como volcánica furia jugando a hacer pompas sulfúreas de la carne-Tierra. Sube el volumen; no, así no; no es suficiente. Más alto, más alto. ¡Más! Pretendo quedarme sordo, esclerosar mis silencios con vacío. ¿Dejará así de azotar el viento esta contraventana? ¿Cesarán los recuerdos su batida? Y luego, después, inmediatamente la ceguera; la indolente inanición; asir la navaja y mondarme la piel de arriba abajo, músculo adentro, tendón adentro, hasta lo blanco enrojecido por lo que fue vida, ya coágulo. Modos de decir muerte; formas de decir todo esto ha terminado. Si no fuese más difícil que escribirlo cuando escribirlo es encima tan difícil, tan sajante, como la jota de mi nombre, que es toda cuchilla para conmigo, también para todos los que me he cruzado. Atrás, todos atrás, huid de ese eco rotundo y sobrenatural que se las ingenia para pervivir todo y esta ausencia de aire: soy yo... Podría estallar en cualquier momento.

Eiger

La cosa hoy va de escaladas, está visto, aunque bien mirado cuándo demonios ha dejado de ir de otra cosa.

Pero es así, la escritura no es un grano purulento de repente una mañana ante el espejo, en plena napia; la literatura no es un lunar amorfo en la espalda, de color rojo, que ¡ay rediós, juraría no estaba ahí la semana pasada! No. Uno no se levanta un buen día por la mañana resacoso y rejodido, retarde, por supuesto, y lo piensa, o se siente, y se lo dice: "¡Coño! ¡¡¡Soy escritor!!!... Ya sé escribir".

Y una leche.

Cuesta horrores, no, infiernos, no, vidas enteras, ardidas e invivibles, escribir. Me refiero a escribir bien, claro está. Ya no digo escribir literariamente, ni mucho menos escribir correctamente, es decir, sin puñeteras faltas; no, me refiero a escribir bien, a que lo leas o te lean, lo escrito, y el lector, quien sea, se deje llevar, caiga hechizado antes las líneas; que nada cruja o rechine, que fluya, que sólo esté lo justo en su justo lugar; no sobre ni falte nada, y que encima diga algo, sea lo que sea, aunque sea una parida, pero bien contada, qué cojones.

Y es a la vez un aprendizaje que nunca se acaba porque en su misma raíz lleva la simiente de lo imposible, pero hay que escalar esa montaña escarpada, mientras vivas y puedas, hasta que no puedas más, que revientes o te rindas, o desaparezcas; pero ahí, allá arriba, habrá quedado tu fita, tu cuerpo cadáver de montañero de la palabra, pendiendo, agarrado a una firme cuerda hecha de sinceras palabras.

Una escalada imposible y mortal a la que sólo se llega a través de la mucha lectura y la mucha escritura. Leer y leer, hasta saltársete los ojos de las órbitas de puro locos; leer a los otros grandes escaladores que te precedieron, pero también a los pequeños, los mediocres, los malísimos, que de todos sus errores algo queda. Y escribir, por supuesto, llenar folios y pantallas, y recibos de la luz y Teléfonica, como hizo Wasler, hasta que gastes todos los lápices, y después, si cabe, cómo no, llenar la hoja blanca con tu vida, con tu sangre...

Por eso, tal vez, todos los escritores leen demasiado, porque mientras leen no escriben, no escalan el muro imposible de la perfección, no nos regalan nuevas fitas, jalones, libros que disfrutarles y con los que agrandar su microuniverso, en el cual, al tiempo meternos, lectores, y a la vez agrandarnos y expandirnos, entrenarnos en tanto potenciales trepadores. Y por eso mismo, supongo, los lectores escribimos demasiado, porque el tiempo que utilizamos en escribir no lo invertimos en lectura, en el atento y mágico estudio de las escaladas y vidas anteriores que nos precedieron, y que están ahí, bien a la vista, colgadas a ras de muro, alineadas a ran de estantería, aguardando...

Y en le medio de todo, la paradoja, o lo que es lo mismo, la vida, o el tiempo, que para el caso es igual, pues sólo hay un tiempo, una sola vida para todo, leer y escribir, vivir y escalar, y te ves en la tesitura de hacer una cosa y la otra, y entre medias la otra de más allá, y además comer, y además cagar, y además, si es que hay suerte, tal vez follar. Así que escribes si es que tienes que hacerlo, si te llama, y si te llama leer, pues lees, uno y lo otro a la vez, y mientras también todo lo demás; y vas subiendo, poco a poco, ganándole metros a la cima inasible; de modo que comienzas antes de haber acabado y te acabas antes de haberte iniciado, y ahí está: ¡el uoróboros!, quemándote el culo y arañándote los huevos, y tú, desesperado, respirando, soñando, luchando...

Y es así la vida -escrita o no-, imposible y circular...

 

Tic-Tac

Preso de una cierta sombra de desposeimiento, como si me hubieran arrebatado un par o tres de cosas íntimas, pequeñas. Pero sagradas. Ese tipo de cosas a las que está uno tan apegado todo y no ser vitales para la supervivencia, el día a día; no como el bastón para el ciego o las gafas para el miope, desde luego. No, más bien como el reloj de pulsera viejo y rallado, siempre atrasando, o el anillo que te quitas para lavarte las manos y al cabo de días lo encuentras ahí, en la repisa del fregamanos, de repente preguntándote por qué no tuviste el impulso de volvértelo a poner. No es exactamente sentirse robado: no buscas puertas ni ventanas forzadas. Es al revés, te preguntas si ese que entra día a día por tu puerta es más o menos el mismo que antes, que siempre... es decir, si no serás tú el extraño en casa ajena, el ladrón en cierto modo, aunque tengas la llave y sea en efecto tu llave. No, definitivamente no es como si te hubieran entrado en casa al trapo y te la hubieran desvalijado. Se trata más bien de una degradación. Perdiste el rango o no hiciste suficientes méritos, quién sabe, y el caso es que ya no eres digno de esas pequeñas cosas que ahora de repente tanto echas en falta. ¿Qué hiciste mal?, o mejor dicho, ¿qué hice o dejé de hacer para sentirme tan echado de mí mismo?

También me cuesta horrores subir las escaleras, antes eran camaradas, aliadas, se portaban bien conmigo, pero de un tiempo a esta parte me aborrecen, me niegan el saludo; se empinan, se empinan, quieren hacerme sudar la gota gorda, y a fe que lo consiguen. Será el tiempo, digo yo, que al fin y al cabo (cuántas veces, por Dios, habré dicho y escrito esto) "no pasa en vano". Pero es verdad, todo el mundo con el tiempo en la boca y aun asi no se les llena del todo.  Sobre todo los escritores, siempre glosándolo, versándolo, mentándolo, maldiciéndolo una y mil veces, y nos quedamos tan anchos. Le escupes a la cara y sonríes, miras el poema, te sientes ufano: "He aquí mi obra, Tiempo... He aquí tu jaula, Tiempo... ¡Tú me has de matar pero yo he conseguido retenerte aquí preso!"... Idioteces.

La fiebre de las cámaras digitales, todos como locos fotografiando tiempo que no han de volver a recuperar más que cuando se les quiebren los huesos de puro viejos o un diagnóstico fatal les clave la prisa y el miedo en el alma, y eso sólo si para etonces sus discos duros no han hecho de sus preciadas fotografías fosfatina. Pero el tiempo no necesita siquiera ser el último de la fila para reír mejor, ni ser el más listo de la clase, le basta con ser un buen fantasma, porque no hay jaula, poema, recuerdo o foto que lo atranque.

De repente un día te sientes desposeído de tanto que fuiste, subes tres escaleras y estás sin aliento, haces proyectos y proyectos, magros castillos en el aire, y un súbito sablazo de dolor en el abdomen te baja de golpe a la tierra. El tiempo te ha estado pasando por encima desde siempre, como pisando uva a pie descalzo, en plan masaje, y tú ahí, mal que bien, contemporizando con la vida, tironeando del hilo, jugueteando como los gatos, hasta que una medianoche caprichosa el fantasma se cansa, se saca los guantes igual que tú te sacaste el anillo y te pega el zarpazo. Es el momento de los lamentos, los arrepentires, los venga elucubrar "Y si hubiera... si hubiera", y soñar con imposibles máquinas de tiempo.

Vuelves a pensar en la oscuridad... Sí, exacto, ésa oscuridad. Como cuando niño. ¿Recuerdas la primera vez que te imaginaste silente oscuridad por toda la nada? Casi pierdes el conocimiento de puro vértigo. Por un segundo vuelve a ocurrir, sientes que te vas a desmayar. Cómo enfrentarse a semejante cantidad de inexistencia, de inerte oscuridad. Pero enseguida vuelves, justo a un pie de la caída vuelves, aventas el fúnebre pensamiento e intentas retornar como si nada. Todavía queda tiempo, te dices: "todavía queda algo de tiempo", te engañas. Ya ni siquiera pensar tu muerte te asusta tanto como imaginabas, porque en cierto modo no eres ya más que otro de tantos doblegados: la vida te ha trabajado bien y ahora hasta el más leve soplo te tumbaría, cuando hubiesen hecho falta toneladas de muerte para arañar tu coraza mientras tu ilusión de vivir se mantuvo intacta... Intentas recordar de cuándo data la primera fisura: en qué aniversario la primera renuncia, en qué invierno te ganó para sí la amargura. Parece mentira que hayas dejado que tan pocos años hayan hecho de ti este patético muñeco desbrozado...

Sí. Se siente uno cada día más cansado y más desposeído, más indigno e incapaz de todo lo bueno, y no hay amanecer que no sea menos gris que el precedente. Conservo el reloj pero ya no llevo el anillo, no lo merezco, me lo quité un día para lavarme las manos; me sabía demasiado reventado como para sentirme humano, de modo que lo olvidé, lo dejé allí, y al día siguiente ya no valía, todo en él se había perdido y yo sin darme cuenta había menguado. Los escalones murmurarían tras mi paso y a la primera que pudiesen habrían de ponerme la zancadilla.

En un poema de Pavese: "Pero un cadáver es un resto de demasiados despertares", y el segundero atrasado sigue imparable, tic-tac, tic-tac, agotando mi tiempo...

 

Mínima Victoria

Carver. Tantos poemas soberbios, magistrales, destructores... Si tuviese que escoger sólo uno preferiría quemarlos todos, entregar el libro a las llamas y cerrar los ojos, llorar por dentro y profundo.

Pero navegamos este barco, este mundo tan imperfecto que la muerte,escultora obsesiva, a cada segundo se siente en el deseo compulsivo de modelarlo a golpe de guadaña: mondar la manzana del hombre que es como el hígado prometeico, ni va más allá ni tampoco se acaba. Tan pronto eres, tan pronto tu barro sobra, pero la rueda no se detiene nunca, aun sin ti todo este tinglado gira, gira, gira...



Mi Muerte

Si tengo suerte, estaré conectado

a una cama de hospital. Tubos

por la nariz. Pero intentad no asustaros, amigos.

Os digo desde ahora que está bien así.

Poco se puede pedir al final.

Espero que alguien telefonee a los demás

para decir, "¡ven rápido, se está yendo!"

Y vendrán. Así tendré tiempo

para despedirme de las personas que amo.

Si tengo suerte, darán un paso adelante

para que pueda verles por última vez

y llevarme ese recuerdo.

Puede que bajen la mirada ante mí y quieran echar a correr

y aullar. Pero, al menos, puesto que me quieren,

me cogerán la mano y me dirán "Valor"

o "Todo va a ir bien".

Y tienen razón. Todo va a ir bien.

Me basta con que sepas lo feliz que me has hecho.

Sólo espero que siga la suerte y pueda mostrar

mi agradecimiento.

Que pueda abrir y cerrar los ojos para decir

"Sí, te escucho. Te entiendo".

Incluso que pueda llegar a decir algo así:

"También yo te quiero. Sé feliz".

¡Así lo espero! Pero no quiero pedir demasiado.

Si no tengo suerte, si no la merezco, bueno,

me tendré que ir sin decir adiós ni darle la mano a nadie.

Sin poder decirte lo mucho que te quise y lo mucho que disfruté

de tu compañía todos estos años. En cualquier caso,

no me guardes luto mucho tiempo. Quiero que sepas

que fui feliz contigo.

Y recuerda que te dije esto hace tiempo, en abril de 1984.

Pero alégrate por mí si puedo morir en presencia

de mis amigos y de mi familia. Si es así, créeme,

salí de mi vida por la puerta grande. No perdí esta vez.

 

Raymond Carver,   "Donde el Agua se Une a Otras Aguas".


 

Lo reconforta a uno, sobre todo en noches como esta, tan callada y fría, tan ajena el alma, tan acabándose la vida, saber que a veces ocurre, que en ocasiones pasa, ser expulsado a la nada con una mínima victoria, la cabeza alta, sonriente la última mirada.

"El mundo es un puente; crúzalo, pero no levantes tu casa en él"

De 1977 a 1988 van 11 años: entre su última grave hospitalización por alcoholismo y su prematura muerte en cama a los 50 mediaron 11 años. Once años que Raymond Carver siempre contempló como una segunda oportunidad que el destino le brindaba para enmendar su camino, aprovechar toda la vida que hasta entonces sólo había derrochado... Fueron los años de sus mejores cuentos y poemas, de libros como "¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?", "Catedral", "Donde el agua se une a otras aguas" o "Bajo una luz marina". Años en los que conoció de nuevo el amor, quizá el verdadero. Años de felicidad y paz consigo mismo, lejos de los fantasmas autodestructores que casi acaban con él. Once años de prórroga y respiro, de vida buena y mejor escritura, que, como todo lo bueno, no pudieron durar... Tras meses de lucha contra un tumor cerebral Carver empieza a perder la batalla de la vida, asume que su tiempo de prórroga se está agotando, pero ahí quedan esos once años, ¿no?: la vida, las páginas, la felicidad... ¿Cuántos no abandonan en este mundo sin nada de todo eso?

 

El 2 de agosto de 1988 la luz de Carver se apaga en su casa de Port Angeles, a su lado en todo momento estuvo Tess Gallagher, la mujer detrás de todos esos años de tiempo añadido. Gallagher, a su vez poeta, nos ha dado un libro, "El puente que cruza la Luna", que es a la vez íntimo homenaje y profunda remembranza del marido muerto, y del que os dejo este "Poema Sordo":

 

Poema Sordo

No leas éste en voz alta. No está hecho

para ser escuchado; ni siquiera en las zonas sónicas

de la mente debería tropezar la palabra "explosión",

y detonar en la habitación silenciosa. Mi amor

necesita palabras ajenas a

la boca y las cuerdas vocales. Sin vibraciones, por favor.

Necesita concentrar la reciente capacidad inhumana de su alma

en dispersarse por lo más espeso

del bosque. Forma parte del plan que los pájaros

se coman las migas. Está bien. No volverá por

ese camino. Le gusta donde está. Pero, aunque

no le guste, nada puedo saber al respecto. Que

canten los pájaros. Le gustaba escucharlos

a cualquier hora del día. Que este poema alcance

su sordera. Presta atención de otro modo, como

cuando inclino la cabeza y apoyo la frente

en la errónea creencia en el poder del amor

para manisfestarse, a pesar de la distancia, la alegría que nos hermanaba.

Dondequiera que esté, sabe que sigo teniendo dos pies

y que me he roto uno bailando.

Vendría a mí si pudiera. Es agradable estar seguro

de algo cuando hablamos de los muertos. A veces

me olvido de lo que estoy haciendo, y le llamo. ¿Soy yo! ¿Cómo

pudiste marcharte así? Justo cuando las cosas se estaban

poniendo bien. Lo recuerdo, malhumorada, su promesa

de llevarme en un trineo tirado por caballos

con campanillas. Vuelve la vista atrás en su sueño, igual

que miraría un violín a su arco, a punto de convertirse en astillas,

al otro lado de la habitación. No intenta

detener nada. Ni el baile. Ni la sordera

de mis poemas cuando llegan como un saco de piedras

mojadas. Sí, puede volver a la vida el tiempo suficiente

como para que la eternidad lo aprese, hasta que uno de nosotros

pueda velar y escribir el poema sordo,

un poema al que le falte hasta el lenguaje

con el que no está escrito.

 

Apnea

Cuánto tiempo alejado de este lugar en cierto modo, como si el "Endurance" de Shackleton, torcido y varado, acosado por la presión: los hielos eternizándose en mi torno, prefigurando el fin. Sus lenguas filosas andan buscándome y antes o después me encontrarán: el que escapa tiene siempre las de perder. Hubo días que estuve mucho más tiempo fuera de aquí, de este páramo franqueado por agua asesina, silenciosa, atemporal, pero aquél fue otro "yo", uno que estaba más vivo, menos frío. Más ligero. Cualquier acto se antoja ahora más que nunca una derrota, una impotencia; inutilidad. Utilizamos la palabra "impotencia" sin apercibirnos que lleva consigo intrínseca y completa la "potencia". Nos lastramos con carga a sabiendas. Nos lanzamos al abismo con las alas enfundadas, a las profundidades abisales con más peso del que nos ha de permitir volver a la superficie: cada día que pasa un fallido entrenamiento para la apnea final. ¿Dónde hallar el neopreno del alma? ¿Cómo no sucumbir a este gélido zumbido?, este vacío que no se siente como oquedad o habitacíon cerrada, que es dolor, un sordo dolor día tras día, todos los días, incluso durmiendo, inconsciente, conduciéndome hasta la pesadilla. ¿Cuánto ha de tardar el hielo? Aún es demasiado pronto y tengo abiertas a fuego y sal todas las llagas... Hay que ver a veces cuánto cuesta acabar con una vida humana... Los vecinos escucharon como tantas otras veces, ya estaban de nuevo..., no hubo motivos para pensar que esta vez fuese a ser diferente. Pero lo fue. Ella recogió sus cosas, salió del piso con una mochila y un par de bolsas, la vió desde arriba, en el balcón, esperando en la acera el taxi, que al poco llegó y la recogió, luego desapareció en la noche. Pero a la mañana siguiente en su casa la madre no sabía nada de la hija. Encontraron sus cosas tiradas en mitad del puente, su cadáver río abajo, varado, hinchado, azul, con la melena muerta y deslabazada tapando a medias un rostro sin vida y de ojos asustados: quién sabe, quizá en el último momento decidió vivir. Pero estaba ya demasiado lejos de cualquier todo, tan allende esa ninguna parte... A los dos días el cuerpo ahogado ya había sido incinerado. Y él ni siquiera se atrevió a pasar la prueba del tanatorio: al contrario que ocurre con la "impotencia" la palabra "cobarde" no encierra en sí la "valentía", tampoco la "entereza". Desde entonces el mundo sigue su marcha, los días su curso, el mar conduce diligente sus olas, y el hielo, egoísta, sigue haciéndose esperar: "Tendrás que venir a mi encuentro", como un amante, encendido, buscando, anhelando, suplicando mi beso. Mi beso. El último beso. Esa apnea final.  Tantas veces una vida humana no vale nada...

The Dripper

 

La verdad es que me da igual si la película es mediocre o no, aunque tengo serias dudas sobre si Ed Harris podrá llegar a ser nunca mejor otra cosa que actor. Me da igual si os gusta Pollock o no, si sus pinturas os dicen algo o bien os la traen al pairo porque no queréis ir más allá de un Velázquez o un Monet. Me da igual si el hombre fue un loco egoísta, un loco autista, un loco borracho, un loco malcarado y aullador. Yo sólo quiero verlo pintar. Verlo trazar signos equívocos con la cera amarilla en el lienzo imposible, escribir textos ininteligibles en el aire mientras la pintura cae caprichosa a la vez que matemática sobre una tela que bien podría ser paráfrisis de un cosmos lejano en cataclismo. Me gusta el estudio caótico lleno de pequeñas y grandes latas de pintura; la estufa quemando troncos en una de las cuatro esquinas del cuadro, calentando el duro invierno; las botas viejas y moteadas por la innúmera lluvia de salpiques; los pantalones vaqueros con el dobladillo hacia fuera... Y sobre todo la mirada. La acechante mirada del borracho malcarado egoísta y mujeriego, que mientras mira el lienzo no es nada de eso, ni siquiera humano, sólo pintura mental a punto de estallar contra el blanco desafiador. ¿Qué pasa?, ¿qué se cuece en esa mirada a punto de manchar la realidad con su espermática rabia? Buenas preguntas, increíbles preguntas. Pero mejor no responderlas. Mejor quedarse en la mirada y luego pasar directo al baile, la danza pintora entorno al blanco antes virgen, ahora camino de sólo "Pollock en Trance" sabe qué. Me da igual si su arte es "macarrones gratinados" o la puerta abierta al maelstorm de un alma tan a la par torturada como visionaria. Yo me conformo con verlo pintar, aunque los míos sean para su microcosmos también unos ojos ciegos. Me basta con su danza en torno al lienzo, su mirada francotiradora y acechante sobre el blanco lienzo: me saca estrechamente, de insomnio en insomnio, de la asfixia tenaz de esta vida puta y sin talento.

 

Words

Sí, sí, es cierto, sería algo así como un "llano en llamas", ¿no?, o tal vez una nueva "Región", a la que no sólo "volverás", sino de la que te será imposible salir, ni siquiera con los pies por delante. Hay quien vive con las palabras, se sirve de ellas como se sirve de un cazo viejo para calentar la leche en las frías mañanas de una larga ciudad; pero los hay también, y muchos, que viven por las palabras, en un constante viajar en su torno satélites, desde ellas y hacia ellas, y en mitad gracias a ellas, bendiciéndolas con un arrullo de cuerda vocal o bien unas trazaduras rápidas en papel quieto. Es el vértigo de la palabra.
¿Cómo escribió Kundera en su "insoportable levedad"?:

"El vértigo es algo diferente del miedo a la caída. El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados".


Y es verdad, una vez marcado no puedes escapar, ni aun sepulto, como yo ahora -como entonces-, aquí, que me dejé arrastrar a las tinieblas para no caer más, sustraerme de una vez a la sed abismática que me estaba consumiendo, y aun todavía, a pesar de la sangre, sigo cayendo en su redes.
Es como una piel desnuda y rezumante de sexo limpio y terrible, como unos labios húmedos acunándose en el deseo, de arriba abajo, pidiéndote más y más, al oído, empapando tus lanzas en el almizcle lúbrico: imposible escapar a su hechizo feérico. Imposible escapar a la palabra mientras haya vida, esa particular forma de aliento: aire caliente en tanto deseo...

La Doble

Regresando a casa en coche veo a una persona conocida que desapareció hace años, quiero decir que no la había vuelto a ver, no que muriese. Ni mucho menos. Durante un microsegundo me he dicho: "Mira, ésta...", para acto seguido añadirme: "Ah, no, no es ella". Y no lo era. Por supuesto ella no me ha visto, y si lo hubiese hecho qué. Nada de nada. Aunque quizá no, quizá se habría dicho: "Anda, mira, un feo calvo en ese coche...", y después: "...¿Me habré dejado encendida la plancha?". Cualquiera sabe. El caso es que no era ella, la que yo pensaba, conque cabe la posibilidad de que esté efectivamente muerta, o en Brasil, porque le tocó la primitiva, o viviendo una vida paralela y monótona a dos manzanas; trabaja de noche y hoy es su primer día de vacaciones, o la despidieron porque se quedó dormida... Sí, eso, quién sabe, a lo mejor regresaba de la cola del paro. Pero mi mente dijo: "¡Ey!, despierta, que es ella, ahí la tienes", y la modificó lo justo para hacerme caer; mentón pequeño, nariz chata, ojos claros, pelo así y cabellera asá. La mente necesita comer, la memoria descargar. Son como las poluciones nocturnas poco más o menos, aunque tú las capes, las niegues, las inhibas, ellas siguen fabricando, funcionando, segregando, hasta que antes o después encuentran la rendija por la que brotar. ¿De modo que quién de los dos quería volver a verla? ¿Yo o mi subconsciente? Mirad que le tengo dicho que no hable cuando hay invitados delante y que no ponga los codos encima de la mesa, pero no hay manera, es todo un maleducado... Máquinas de tiempo, nuestros cuerpos, veleros en el inmenso mar del tiempo. El día de hoy lo pasas a flote, también el siguiente, haga bueno o mande borrasca, y así hasta que no sabes cómo ya formas parte del fondo marino, la nada, y para entonces ya no hay tiempo o todo es tiempo y de tanta uniformidad te vuelves lelo, mudo, sordo y ciego, porque no percibes la diferencia, los matices, esos detalles pequeños que arriba en la superficie fueron el sol y la brisa, el viento a babor, la costa extraña. Y cuantos más días pasas más tienes que darle a la manivela, a esa no, a la otra, la bomba del agua, achicar todo el salitre y tiempo que te están entrando a trapo por las costuras desgarradas. ¿Dónde está ahora su velero? ¿Y el mío? ¿Dónde carajo? A lo mejor es cierto que ha muerto, que murió, que ya es sólo pecio allá abajo, tan abajo que el tiempo pierde el nombre, y si te atrevieras a descencer un poco más, por perder, el tiempo perdería hasta la mirada. De allá no se regresa. Porque no es un lugar, esta entero habitado de nada. Mi mente creó un doble de su velero por algún extraño motivo. ¿Para qué?; todos visitaremos el limo del forro de la realidad...

Poetas

Últimamente sólo me da por la poesía, leerla, no escribirla, para eso apenas me llega. Aunque no es cierto del todo, empecé un par o tres, no acabé ninguno, se me apagó el fuego en las manos y no encuentro mechero. El que empezó mejor fue el de "Cuánto tiempo me queda", salían Roy Batty y algunos otros, pero se me murió a mitad, en pleno quirófano, y yo mirando... Y con la prosa no sé qué pasa, sencillamente no me entra. Quién me ha visto y quién me ve. En tantos aspectos. Ya está aquí el frío así que no creo que tarden mucho en llegar los dolores de cabeza. Estoy preparado, ya me los conozco, ambos sabemos del otro sus cojeras. Y también la Navidad, toda su fanfarria, toda su mierda, cada año un poco antes por si algún incauto pica. Y vaya si pican. En fin, luego está Primo Levi, ¿no?, que he descubierto que dejó poemas. Muy tentador. No deja uno de aprender cosas aun en los más bajos momentos si es que le quedan ojos. Aunque antes va Carver, eso sí. Soñé un sueño muy raro, no era ni pesadilla ni horror, una media tinta bastarda, pero nada cómoda, porque todo acababa ardiendo y a unos pocos los liquidaban a tiros, por la espalda. A mí no, que al fin y al cabo estaba siendo el protagonista. Aunque más bien crecía la sensación, no... mejor la seguridad, eso es, la seguridad de que se me estaba reservando, el tipo de la pistola, o su jefe, no sé bien, que todos en general maquinaban en la sombra para darme un final aún peor, más desagradable. De todo eso, si sucedió, ya no retengo nada. Ha habido un momento a lo largo de la mañana, un absceso de absurdo, había allí un hombre mayor y el que se me antojaba su hijo, en chandal, calzando silla de ruedas. Al final me lo han provocado: me lo he preguntado: ¿Qué coño pinto yo aquí?, y luego un vacío negro y mental. Como el que te asalta cuando las muchas páginas se evaporan, igualito que la otra noche cuando todo se fue al carajo sin previo aviso. Y contra eso qué haces. Nada. Aguantas. Tragas. Te jodes. Así poco más o menos toda la vida. Qué otra cabe. Y ahora estoy aquí de nuevo escribiendo y mañana cualquiera sabe qué demonios. Y  Vázquez Montalván sigue muerto mientras hace ya más de un año que no me tiro ninguna taza de café encima. En general, una sensación como de páramo trasegándome las entrañas. Esta frase es la única que he conseguido rescatar del naufragio de la otra noche, cuando todo voló, aunque no ha tenido mucho mérito, porque todavía me siento igual...