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LA CIUDAD DEL PECADO

seven3.jpgTras el trabajo de encargo que supuso su estreno en la larga distancia, "Alien 3", "Seven" supuso para su director, David Fincher, el despegue definitivo hacia el estatus de realizador estrella, alcanzando más tarde el de director de culto con sus posteriores trabajos, “The Game” y "El Club de la Lucha". Tras la tibia acogida de su última película estrenada hasta ahora, "La Habitación del Pánico", cabe esperar que con su próximo film, la adaptación de una de las mejores novelas de Arthur C. CLarke, "Cita con Rama", el realizador vuelva a estar en boca de todos los amantes de las historias oscuras de diseño.

Fincher es uno de esos directores capaces de articular una historia atractiva dentro de un envoltorio claramente comercial, muy del gusto del gran público y de los productores, y a la vez intentar edificar película a película su particular universo narrativo, decididamente imbuido en las sombras de un existencialismo oscuro y decadente. Esto, aunque presente en todas sus cintas, se hace patente sobre todo en "Seven", "The Game" y "El Club de la Lucha", que, juntas, parecen mostrarse como un tríptico tanto a nivel significativo como formal, todo y que, en algunas ocasiones, su excesivo efectismo o alguna que otra flaqueza de guión desvirtuen en cierta medida el conjunto. En estas historias, Fincher nos sumerge en las tinieblas de un mundo esencialmente nocturno, cerrado y opresivo, en el que el ser humano, el individuo solo, asfixiado, llevado al extremo de sus posibilidades por el resto de la masa social, que se ha tornado incomprensible e insoportable, se ve en la obligación de huir hacia los abismos de la locura asesina -Seven-, la alucinación permanente -The Game-, o la esquizofrenia irreversible -El Club de la Lucha-.

"Seven" es, con diferencia, la mejor en este conjunto, un thriller que, recogiendo el testigo dejado por la exqusita "El Silencio de los Corderos" de Jonathan Demme, añade un icono más a la legendaria lista de asesinos en serie fílmicos y literarios, esta vez, cargando las tintas en los elementos alegóricos y nihilistas. No obstante, lo que hace particularmente atractivo el film no son, como cabría suponer, esos asesinatos rituales más o menos rebuscados en su concepción, ni siquiera la inquietante figura de ese Kevin Spacey transfigurado en inteligente y frío, también condenado, serial killer, sino que, antes bien, su mayor originalidad y acierto estriban en la conseguidísima atmósfera malsana que sirve de escenario a toda la historia. Este es el verdadero protagonista de "Seven", esa ciudad cuyo nombre desconocemos precisamente porque da igual el nombre, porque podría pasar en cualquiera, porque de hecho, tal vez ya está pasando en muchas de ellas. Esa ciudad en la que mueren y malviven miles de personas cada día, y que es la madre putativa de ese John Doe a medio camino entre el mesianismo terminal y el iluminismo enajenado; un asesino que se antoja ambivalentemente repugnante y atractivo tanto por su salvaje crueldad como por la cruda inteligencia con la que acomete sus actos, y que es símbolo inequívoco de que si la sociedad actual es capaz de crear tipos como él, es porque algo no funciona bien en el hombre, que algo se ha roto en nuestras mentes y nuestros corazones, y que, quizá, el ser humano está dejando de ser humano para convertirse en un ser vivo de aspiraciones y motivaciones desconocidas y terribles.

Esa misma ciudad oscura, corrupta y decadente, en la que el policía mayor tiene que ayudarse de un metrónomo para aliviar su extrema angustia, y no tener que escuchar los gritos y aullidos de la urbe en medio de la noche. Esa ciudad que muere y se pudre más cada segundo transcurrido, y en la que un policía joven tiene que alimentarse de su rabia para poder seguir respirando en un mundo cuya comprensión se le escapa. Esa ciudad, en definitiva, en la que siempre llueve –como lo hacía en Los Ángeles de "Blade Runner"-, eternamente, tal vez en un intento de limpiar con el agua sus indescriptibles crímenes, de purgar con el líquido elemento todos sus pecados, que no son sino los de todas las almas que la habitan.

Quizá por eso en la escena final, en pleno desierto, ya no llueve y las tinieblas y la oscuridad de las calles pecaminosas se ha cambiado por los tonos anaranjados, tirando a rojos... porque puede que los personajes de esta historia hayan ya purgado todos sus pecados y aun así el agua de lluvia no pudo llevárselos consigo, y el destino que les espera no es más que el rojo y las llamas desérticas del infierno.

Ya no existe, pues, salida al paraíso para la humanidad, su destino es el purgatorio líquido y sombrío de la ciudad o el infierno desolado de la llanura y la muerte. Fincher condena a la humanidad o simplemente se limita a reflejar su pensamiento de que ésta hace tiempo que se condenó a sí misma. Por esto, "Seven" es más que otra historia de asesinos en serie... es también el fresco, pintado en sombras ocres, secos grises, de nuestro vago y silencioso principio del fin.

© JIP

Este texto es la ampliación del que, en su día, publiqué en Livra bajo el nick de
LEVIATHAN

VELADA MEMORIA

shimalianEntró en el apartamento cerrando la puerta tras de sí y dejó las llaves encima de la cómoda pegada a la pared, inmediatamente a su izquierda. Aquel sonido metálico al tomar contacto con la madera lustrosa se le hundió cristalino en el fondo del oído, que día a día iba aguzándose, tornándose más y más preciso. ¿Cuánto hacía ya del accidente? Pronto hará seis meses, pensó, seis meses que a ella le pesaban ya como largos años, símbolo del triste tiempo de condena que le quedaba todavía por vivir. Pero sólo habían pasado seis meses, sólo eso, y su oído, como un hermano menor terriblemente responsable, como un prodigioso alumno aventajado, se había ya echado a las espaldas tan grande parte del trabajo que sus ojos ya no podía realizar.

A tientas, cada vez más segura en su nuevo medio, la oscuridad, llegó hasta el sofá, y se quitó los zapatos, recogiéndolos cuidadosamente, uno junto al otro, al lado del cabezal. Luego se recostó. Un suspiro amargo, perfumado de tedio, se le escapó de la boca. En el piso reinaba un silencio esculpido en soledades y angustias que no hacía sino aumentar el peso de su oscuridad.

Como el borracho que ahoga sus pesares en la barra del bar o el suicida que acalla sus absurdos en el salto al vacío, disfrutaba castigándose una y otra vez en el ejercicio del recuerdo, y el acostumbrado desfile mental de imágenes dio comienzo; vio de nuevo, como había hecho todos los días de aquellos últimos meses, todos los cuadros que había pintado, que habían nacido de su mente, sus ojos, sus manos, y que jamás podría volver a contemplar; aquellos lienzos que eran en sus infinitos cromatismos y contrastes el trasunto de ella misma, de todo aquello bueno y malo que alguna vez le corrió por las venas. Recordó también todas las caras que, sonrientes, amantes, severas, comprensivas le habían devuelto alguna vez la mirada desde niña; tantas y tantas de ellas, se lamentó, para siempre perdidas, deficientemente archivadas en la memoria, cada vez más perezosa en definiciones; otras muchas, todavía a su lado, meditó, tendría que conformarse con palparlas y acariciarlas, reconocerlas a través del sentido del tacto que tan torpe se le antojaba todavía…

Caras, rostros familiares… los de sus amigos, Miriam, Julia, Rosa… Diego… las de su familia… papá, mamá… sus dos hermanas… Luisa y Cristina… y, por supuesto, la cara, los ojos, todo Miguel entero… su voz… sobre todo su voz… ¿Cuánto hacía que no escuchaba su voz…? La ausencia de lógica, la absurdidad de esta duda repentina la sorprendió en su inmediatez. La asaltó la idea inquietante de estar olvidándolos, desvaneciéndosele todos en la oscura bruma de su ceguera, como si no pudiesen cobrar vida sino en sus ojos y éstos, al morir, hubiesen cerrado tras de sí toda posibilidad de volver, como antaño, a aquellos que quería… que la querían. Todavía estaban ahí, claro, pero los sentía tan lejos… como si hiciese muchísimo tiempo de la última vez que los tuvo a su lado.

La sensación a todas luces ridícula, pero escalofriante, terriblemente turbadora, de llevar allí encerrada toda una eternidad, o, peor aún, de que la ceguera no sólo la había reducido a la oscuridad permanente, sino que la había apartado también de todo posible contacto con la realidad exterior, con la verdadera vida. A decir verdad, ahora que pensaba en ello, no podía encontrar en su cabeza por más que lo intentaba imágenes claras de su inmediato pasado. ¿Dónde habían huido los recuerdos de los días de hospital, las visitas de sus familiares y amigos, las palabras de Miguel, siempre a su lado, consolando su desesperación primera… incluso sus iniciales y titubeantes pasos en el universo invidente, rehaciendo sonido a sonido, tacto a tacto, su nuevo modo de vida…? Se dio cuenta de que sólo podía recordarse a sí misma en aquel apartamento en el que tan bien se desenvolvía porque lo conocía ya a la perfección. Fuera de aquellas paredes no parecía haber nada más…

Lentamente, como una ola gigante en pos de una costa que arrasar, Íran sintió abrirse su corazón, resquebrajándosele en pedazos, sintiendo cómo ese mismo caer de los trozos astillados de sus adentros se hacía también en sus ojos; los muros de sus tinieblas se desmoronaron y la luz empezó a filtrarse por las crecientes hendiduras. La visión volvía a ella punzante y dolorosa, como una maldición eterna, como un mal incurable que se sospecha afincado en nuestras raíces pero que negamos una y otra vez inconscientemente, creyendo que ese negro futuro nunca nos ha de alcanzar.

En pocos segundos la oscuridad cesó y la realidad tomó posesión de sus formas y colores. Estaba en su apartamento… pero no porque tuviese el conocimiento de haber entrado en él, sino porque lo veía con sus propios ojos. Pero todo estaba cambiado, muy distinto de cómo ella recordaba haberlo dejado la última vez que pudo verlo. Fue entonces cuando la foto, aquel retrato que jamás antes había contemplado, llenó de gritos de fuego la hondura de su alma. Allí estaba, en la cómoda que ya no tenía las llaves que ella había dejado, la misma cómoda en la que nunca antes había palpado ninguna foto, ningún marco… Y en aquel mismo instante, Íran supo… y ya no hubo lugar para ningún otro tipo de preguntas.

Sí, allí estaba ella, la última nochevieja, en plena fiesta, completamente borracha, bailando con sus hermanas, descalzas las tres, sobre la mesa. Miguel no salía en la foto pero estaba allí, bromeando con unos y otros, también del todo ebrio. Recordó entonces, como el que huele un aroma perdido de la infancia o paladea un sabor que creía irrecuperable, que en aquel preciso instante, mientras se inmortalizaba sonriente en la película fotográfica, ser completamente feliz en aquel instante; en la vida y en el arte las cosas marchaban bien…

Seguramente por eso, pensó, mientras lágrimas de niebla evanescente descendían sus mejillas, justo cuando todo parecía sonreírle, el destino se había de encargar de introducir la fatalidad en su vida… en su muerte… aquella misma noche…
Sus ojos proyectaron vividamente la imagen de una carretera que se tuerce, el ancho tronco acercándose irremisiblemente, abriéndole sus fauces negras… y su propio cuerpo atravesando el parabrisas, alzando el vuelo con alas de muerta, vestidos de espectro, hacia lo ignoto.

Lo último que escuchó antes de desvanecerse para siempre fue el abrirse de la puerta de su apartamento. Tras ella, Miguel, herido por la melancolía del amor arrebatado, entraba en el piso, ya completamente vacío…

© JIP
03/03/2004 00:25 Javier Iglesias ©. Tema: TannHäuser Primera Época No hay comentarios. Comentar.

ESTA NOCHE NO PUDE DORMIR, ASÍ QUE...

(Noche cerrada. Sin Luna. Oscuridad Absoluta. Tan solo el resplandor que desprenden dos almas)

KURTZ: Buenos días, Rick.
RICK: ¿Buenos Días?... Es de noche, señor...
KURTZ: Eso puede arreglarse, amigo. (Da dos palmadas. Un sol se cuelga del cielo. La oscuridad se vuelve jungla húmeda, verde, hermética)
RICK: Ah... ¡Cuánto poder en las manos! ¿Debe usted ser Dios como poco?
KURTZ: ¡Dios ha muerto!... acaso no lo sabía usted... (se carcajea) De vez en cuando pasa por aquí gente loca que trae buenas nuevas. Esto me lo dijo un tipo serio, de gran mostacho y abismo en los ojos, antes de perderse para siempre en la espesura... (señala a su espalda con la cabeza) ¡Aquél sí estaba como una auténtica regadera! (vuelve a carcajearse mientras hace círculos con el índice en torno a su sien)
RICK: ¿Un nihilista?
KURTZ: Más bien El Nihilista.
RICK: Entonces, si no es usted Dios, tendré que seguir buscando.
KURTZ: Yo tan solo soy dios y víctima de mi propia locura, como todos por aquí, y procuro dedicarme a ella con suma devoción (enciende un pitillo, le da un par de hondas caladas, luego se lo ofrece a Rick. Éste lo acepta)
RICK: Yo no fumo, pero se lo acepto porque se me acabaron los chicles...
KURTZ: De todos modos, no se equivoque usted, mi querido Max, porque yo soy el hombre que busca y este, (abre los brazos señalando su entorno) es el corazón de la tinieblas... lo que pasa es que hoy hace bueno y está despejado...
MAX:¿Cómo supo usted mis nombres?
KURTZ: Yo lo sé todo de usted, lo sé todo de todos los que acaban aquí sus caminos... Además... ¡lo pone en el libreto, estúpido...!
MAX: ¡Ah!... Entonces es usted Kurtz.
KURTZ: En efecto. ¿Viene usted a matarme, Rick?
RICK: Así es. Pero todavía no cobré este mes y estoy algo mosca... así que si quiere lo discutimos...
KURTZ: ¡Espléndido! Hablémoslo mientras comemos, si le parece (chasquea los dedos. Aparecen de la nada dos sillas y una mesa plegables, y sobre ésta, dos platos de sopa, unas piezas de fruta y una botella de vino tinto. Los dos toman asiento y empiezan a comer) Tiene usted razón, está muy mal el trabajo hoy en día. Mucho empleo basura... No se valora el talento, ¿no cree...?
RICK: Muy cierto. Yo trabajé durante un tiempo de... pero, bueno, qué le voy a contar de mí que ya no sepa...
KURTZ: Sí, lo sé,pero habléme de ello de todos modos...
RICK: ¿Por qué?
KURTZ: Es una manera como cualquier otra de rellenar diálogo...
RICK: ¡Ah! ¡Qué bueno! Pues... yo trabajé durante un tiempo de Blade Runner, asesinando replicantes a sangre fría y tal... no estaba mal... pero un día caí en la cuenta de que yo mismo era también un replicante y se me llenó la mente de preguntas sin respuestas, y acabé por entrar en contradicción conmigo mismo.
KURTZ: Mal asunto, amigo.
RICK: Sí. Tuve que dejarlo... además... hacía una humedad terrible... malo para mi espalda...
KURTZ: Le comprendo a usted perfectamente. Yo combatí en Tannhäuser, sabe... una experiencia horrible...
RICK: ¡¿De verdad?! ¡¿Y cómo salió de allí con vida?! ¡¿Le hirieron?!
KURTZ: No. Me hice el muerto. Soy esencialmente cobarde... (coge la botella de vino y le echa un buen trago, luego se la ofrece a Rick) ¿Vino?
RICK: Yo nunca bebo... Vino (Silencio) (Miradas cruzadas) (Silencio) Es un chiste intestino, sabe.
KURTZ: ¿Porque piensa que sólo lo entiende usted...?
RICK: No, porque no me sienta bien el vino... me descompone.
KURTZ: Entiendo... Pues Bela Lugosi también se paseó por aquí hará un tiempo. Estaba mortalmente pálido, vestía de negro e iba siempre con la capa a rastras, y no hacía más que gritarme que podía volar, que podía volar... y que si podía pasarle algo de morfina... Mal asunto (y tuerce la boca en una mueca de resignación)
RICK: ¿Y qué pasó?
KURTZ: Le dije que ahuecase el ala (Silencio) (Los dos terminan de comer. Kurtz enciende otro pitillo) Pero no se calle, querido amigo, siga con su curriculum... qué hizo después de abandonar Los Ángeles...
MAX: Ah sí... después de aquello trabajé como director de una pequeño canal de TV. Le dábamos al público todo tipo de basura.... y ellos la degustaban con gran fruición... ¡Gran invento la televisión!
KURTZ: Sin duda.
MAX: Incluso me eché una novia, una chica cañón, de esas que sólo se ven en los sueños y en las palículas. Nicki se llamaba. Le iban las emociones fuertes y quemarse los pechos con cigarrillos... Mucha mujer aquella, sí... ¿Me da una calada?
KURTZ: ¿Creí que no fumaba? (le tiende el cigarrillo)
MAX: Y no lo hago... pero es que de repente me he puesto nostálgico (le da una honda calada, expulsando el humo lentamente con la mirada perdida en el infinito)
KURTZ: ¿Y qué ocurrió después?
MAX: (Volviendo en sí)¡Oh!... pues empecé a tener serios problemas... pesadillas... alucinaciones... mutaciones cárnicas, cosa chunga... Mi dermatólogo me aconsejó que lo dejase inmediatamente.
KURTZ: Claro, la salud ante todo...
JIP: Sí... y bueno, hasta ahora andaba deambulando de aquí para allá, sin oficio ni beneficio, escribiendo diálogos absurdos como este en mis noches de insomnio, hasta que me ofrecieron este trabajo... Me dijeron, eh, chaval, quieres irte al infierno... a cargarte a Dios... el curro de tu vida... y aquí estoy. (se termina el pitillo, lo arroja al suelo y lo apaga con el zapato, restregándolo con saña)
KURTZ: Ajá... Todo eso es muy interesante, aunque, claro está, ya lo sabía... A mí también me dio por la escritura hace un tiempo, nada más llegar aquí. Escribí un poema... ¿quiere escucharlo?... su opinión sería muy importante para mí...
JIP: Por supuesto...
KURTZ: Lo títule "El Horror", claro está, y se lo dediqué a Conrad y Coppola, mis amados padres... Decía así... (carraspea y cambia el rostro a una expresión seria)

Cada continua mañana amanezco muerto,
respiro aire, se mueve mi cuerpo,
mas yáceme la mente apagada;
yerta en el más hondo de los silencios.

Me enfrento al espejo y contemplo,
la imagen se me muestra oscura y gris,
demacrada y vieja... horrible;
tan real como la vida misma.

Sus ojos fenecidos me observan acechantes,
su hedionda boca, inculpante, me señala.
Palabras graves salvan la superficie
cristalina y me interrogan:
¿Has visto el horror alguna vez?
y atroces imágenes me asaltan la memoria...

He visto guerras y batallas,
campos ungidos en sangre,
hedientos riachuelos de muerte,
cómo odio y rabia prendían fuego
y sus infernales llamas arrasaban el presente.

He visto la huella del fin
en el rostro de un niño pequeño;
el gesto convulso de tremebundo
dolor en su faz desencajada,
sus ojos vidriosos,
bañados en negras lágrimas,
llorando la existencia ya perdida,
gimoteando desolado la vida no vivida.

He visto al hombre clamando venganza,
ciega la razón, sedienta de odio su alma,
chillando sangre, clamando garras,
ansiando derramar la vida ajena.

He visto cómo un Dios inexistente
me dejó náufrago y desamparado,
solitario en este lluvioso mar de preguntas sin respuesta.

He visto perecer todos mis sueños en el olvido,
precipitados, marchitos, abismados
enteros al más ardiente vacío.

He visto cómo el tiempo, fuerza fugaz,
quebrantaba mis huesos en furioso embate,
y su quehacer inexorable transformaba mi cuerpo
en decrépita máquina, en arrabal de senectud.

He visto cómo la Muerte amenazaba mi sueño
con la impetuosa acometida de su guadaña,
mientras sus punzantes ojos rojos me cegaban
y sus uñas venenosas sajábanme mortalmente el pecho.

He visto el amor desvanecerse en la vigilia,
preso de una letal amargura, un desengaño eterno.

He visto... mi vida.
He vivido... mi vida.
Sí. Por completo...
... Y tú, pardo reflejo de mi inconsciencia
me preguntas si he visto el horror alguna vez…

El Horror...
El Horror...
Sí, lo he visto,
he danzado con él y su amiga del alma, la Muerte,
a la luz de una brillante luna llena.

Sí, lo he visto... y lo veo;
todos los hombres ven día tras día,
su imagen gris reflejada en un oscuro espejo.

(Silencio. La expresión de creciente entusiasmo que Kurtz fue adquiriendo a medida que se envalentonaba recitando su poema, va cambiándose poco a poco por un mohín de tristeza al observar la estupefacción de JIP. El silecio sigue hasta hacerse verdaderamente incómodo)

JIP: Para serle sincero... querido amigo, es bastante malo... Un auténtico ripio... Creo que después de esto, y muy a mi pesar, no me va a quedar más remedio que matarle... (el rostro de Kurtz es la viva máscara de una tragedia griega. Las lágrimas están a punto de aflorar, pero se sobrepone al fin, no sin esfuerzo)
KURTZ: Sí, bueno... tenga en cuenta que soy novel en estas lides y el paisaje no es que le disponga fácilmente a uno al favor de las musas.

(El silencio incómodo vuelve a hacerse entre los dos. Kurtz, mortalmente afligido, clava la mirada en el suelo, ovillado y servil, mientras JIP tamborilea nervioso el suelo con el tacón derecho y mira la hora)

JIP: Bueno, créame que la compañía ha sido grata, pero la verdad es que se me ha hecho algo tarde, y debería empezar a finiquitar el asunto que me trajo hasta aquí... así que... si no le importa, le pegó un tirito y listos... le prometo que no sentirá nada; el fin será instantáneo. (saca la pistola, revisa la munición, la carga y quita el seguro)
KURTZ: Bueno, a decir verdad, ya empezaba a estar un poco harto de todo esto... siempre me he preguntado qué habría más allá, jungla adentro... así que no tengo inconveniente en avenirme a su propuesta... No obstante, sí quería preguntarle una última cosa, si no es indiscreción...
JIP: Adelante.
KURTZ: ¿Cuáles son sus honorarios? ¿Qué saca usted de todo esto?
JIP: Mi sueño de toda la vida... un viaje a Tánger...
KURTZ: Ajá... Preciosa en esta época de año, según tengo entendido...
JIP: En esta y en todas, querido Kurtz... en esta y en todas...
KURTZ: ¿Sabe que al apretar ese gatillo terminará mi locura y dará comienzo la suya, que éste que fue mi reino será en adelante el suyo, y que las pesadillas ya no lo abandonarán jamás...?
JIP: Es una posibilidad... aunque el Eterno Retorno es una hipótesis todavía por demostrar empíricamente. En cualquier caso, como los personajes de ficción que somos no nos queda más remedio que asumir los destinos que se le antojaron a ese que en este mismo instante nos escribe... es decir, que usted debe morir y yo debo apretar el gatillo... así que vayamos a ello, porque son ya las nueve y media de la mañana... y no he pegado ojo en toda la noche... y voy a hacerme algo de desayunar, que hay hambre...

(El estrépito restalla ahogado. La luz desaparece y todo se confunde en un latir de Tinieblas. Silencio... Silencio)

© JIP

VERSOS QUE NO SON VERSOS

cernuda2.gifLeí "Ocnos" en una de esas fiebres devoralibros que a menudo me atacan, en el inicio de mi primer año en la Facultad de Psicología, a la postre el último, y ya entonces como ahora era para mí mucho más importante el dejarme embargar por el influjo de cualquier página elegida al azar más autodidacto, que aplicarme en las farragosas lecturas impuestas por los estudios; creo que siempre tendré un grave problema con eso... De la edición de "Ocnos" que me hechizó aquellos días apenas recuerdo más que su portada beige cremoso, su título en letras verde vivo, y la pequeña biblioteca municipal de la que lo saqué, pero de su lectura, en cambio, mantengo imborrables daguerrotipos mentales. Como escribió Ortega, "... citarnos el título de ciertos libros equivale a citarnos una ciudad donde hemos vivido algún tiempo; en seguida recordamos un clima, un olor peculiar de la ciudad, un tono general de su gente o un ritmo típico de existencia".

De aquello hace ya cerca de siete años y mi ritmo de existencia ha dado un giro radical, porque nos guste o no, siete años son una eternidad cuando se atalayan desde el presente, con esas asombrosas y a veces hirientes pinceladas de irrecuperable pasado con las que se nos presentan, y como todo libro ajeno cuya lectura disfruté, "Ocnos" volvió a mí, esta vez para alojarse definitivamente en mi biblioteca; yo me ocupé de ello. Tardó cierto tiempo, no obstante, pero cuando lo hizo, lo hizo en forma de una deliciosa y menuda edición del Ayuntamiento y la Diputación de Sevilla, del 2002, en conmemoración del centenario del nacimiento del poeta que, lo reconozco, me dolió mucho violar con mis apuntes manuscritos y subrayados... Se incluían además los poemas que componían "Variaciones sobre Tema Mexicano", el otro libro de poemas en prosa de Cernuda.

La relectura de "Ocnos" y la lectura de "Variaciones..." fue una experiencia mágica y, a decir verdad, sólo incluyendo el libro entero en este artículo podría hacer justicia a lo que fue para mí vivir sus versos, deslizarme por las visiones que el poeta compartía conmigo acerca de temas tan íntimos como su infancia, sus recuerdos, sus rincones secretos, o tan universales, como el amor, la naturaleza, la muerte, o el vacío de la nada, en poemas tan bellos como "El Miedo", "El Tiempo", "Belleza Oculta", "El Enamorado", "El Destino", "La Casa", "Los Ojos y la Voz", y tantos, tantos otros.

Gran parte de mi propia expresión, de la particular forma de acercarme al folio en blanco que desarrollé en aquellos tiempos, se la debo, por suerte o por desgracia, al ritmo, la cadencia sinuosa y la voz que estas prosas musicales me implantaron, y cuánto más paso por ellos -ahora que los tengo al alcance de la mano- más los siento como ambiguas esquirlas de espejo en los que reflejar tanto de mí mismo.

Cernuda incluyó este "ESCRITO EN EL AGUA " como poema final de la primera edición de "Ocnos", para eliminarlo posteriormente en las sucesivas reediciones del libro. Yo lo incluyo hoy aquí, como muestra de la capacidad de embrujo de la que estos “versos que no son versos” fueron capaces en mí y... ¿en cuántos otros más?... seguro que muchos...

ESCRITO EN EL AGUA

Desde niño, tan lejos como vaya mi recuerdo, he buscado siempre lo que no cambia, he deseado la eternidad. Todo contribuía alrededor mío, durante mis primeros años, a mantener en mí la ilusión y la creencia de lo permanente; la casa familiar inmutable, los accidentes idénticos en mi vida. Si algo cambiaba, era para volver más tarde a lo acostumbrado, sucediéndose todo como las estaciones en el ciclo del año, y tras la diversidad aparente siempre se traslucía la unidad íntima.

Pero terminó la niñez y caí en el mundo. Las gentes morían en torno mío y las casas se arruinaban. Como entonces me poseía el delirio del amor, no tuve una mirada siquiera para aquellos testimonios de la caducidad humana. Si había descubierto el secreto de la eternidad, si yo poseía la eternidad en mi espíritu, ¿qué me importaba lo demás? Mas apenas me acercaba a estrechar un cuerpo contra el mío, cuando con mi deseo creía infundirle permanencia, huía de mis brazos dejándolos vacíos

Después amé a los animales, los árboles (he amado un chopo, he amado un álamo blanco), la tierra. Todo desaparecía, poniendo en mi soledad el sentimiento amargo de lo efímero. Yo solo parecía duradero entre la fuga de las cosas. Y entonces, fija y cruel, surgió en mí la idea de mi propia desaparición, de cómo también yo me partiría un día de mí.

¡Dios!, exclamé entonces, dame la eternidad. Dios era ya para mí el amor no conseguido en este mundo, el amor nunca roto, triunfante sobre la astucia bicorne del tiempo y de la muerte. Y amé a Dios como al amigo incomparable y perfecto.

Fue un sueño más, porque Dios no existe. Me lo dijo la hoja seca caída, que un pie deshace al pasar. Me lo dijo el pájaro muerto, inerte sobre la tierra el ala rota y podrida. Me lo dijo la conciencia, que un día ha de perderse en la vastedad del no ser. Y si Dios no existe, ¿cómo puedo existir yo? Yo no existo ni aun ahora, que como una sombra me arrastro entre el delirio de sombras, respirando estas palabras desalentadas, testimonio (¿de quién y para quién?) absurdo de mi existencia.

Luis Cernuda
Ocnos

PURA RABIA

Hoy han terminado historias, tantas como ciento noventa, y las que han de terminar aún, agonizantes, en las horas, los días que siguen. Alguien decidió que su camino debía terminar aquí, tan antes de su tiempo, que debían arder sus páginas, morir sus sueños, cesar sus vidas, verter su sangre...

Hoy me da vergüenza ser yo mismo, me da asco ser humano, me siento sucio vistiendo estas carnes, estos huesos, y sólo me queda sitio para dar curso a mi rabia, esa que me llama desde el instinto animal afincado en mis genes y me grita sin cesar, ¡ojo por ojo!... ¡diente por diente!... Rabia, sí, pura rabia, de esa que quema, que arrasa, que clama venganza...

La misma rabia que, manchada de dolor e impotencia, dicta ahora estas palabras que no puedo callar, que no quiero callar. Hoy ha sido un día en que el correr de la sangre fundió en negro el fin abrupto de muchas historias. Para ellos, para aquellos a los que miserablemente han segado, y también para aquellos cuyos corazones sangrarán para siempre lágrimas negras, van estos, mis versos, que, por otro lado, tampoco sirven de nada.

Y para los asesinos, seáis quienes seáis... y para aquellos que comulgáis con los que matan, sólo me queda el más hondo desprecio, y una pregunta... ¿Por qué lo hacéis?... y no nos vengáis con "ideales", "politiqueos", "fanfarronadas"... que el tiempo de las farsas se os terminó... ¿lo hacéis acaso por contemplar esa roja sangre, esa viva sangre, esa mágica sangre que habéis derramado?... esa misma sangre que tanto envidiáis por que NO corre por vuestras venas... que están todas ellas podridas, corruptas, hirvientes de ponzoña... que sois basura... que sois escoria... hijos bastardos del odio y del rencor... pura mierda... y sólo eso... y nada más que eso...

CRECIDA II

A/ Desde Blas de Otero

Y en el mundo todo es sangre,
yermos hemáticos en hiel iluminados,
ocres praderas sangradas en hierba seca.
Sangre quemada,
Sangre violada,
Sangre estallada,
yertas manos, engarfiadas,
agarrando tierra muerta:
agónicas arañas desangrando su final.

Y en mi boca todo es sangre,
roja sangre en cieno perfumada,
sangre subida a borbotones desde mi garganta cercenada,
sangre gris,
neuronal,
caída desde mis circunvoluciones licuefactas.

Y mis ojos son todo sangre,
veóla venir tormentosa,
huracanada,
toda ella roja y pulposa desde la pantalla,
más real que la entera humanidad ensangrentada.

Y el alma me es toda sangre,
relámpagos líquidos de herrumbre en mi mente disparados,
estampas en dolor encuadernadas…
…Cristo sangrando,
sangrante su cruz,
todas sus mentiras sangre,
todas sus espinas rubra luz…
…Mi cuerpo purpúreo y sanguíneo,
explotado en mil entrañas…
…Mi esencia ardiendo, toda lava,
¡Sangre!
¡Sangre!
¡Toda Sangre!,
consumida,
extinta, completa desangrada,
como la vela de una vida ya expirada…

Y en mi final sueño de muerte
esperanza, ilusión, luz de tu amor,
son tan solo el frío blanco
de una rosa en medio de la sangre.

© JIP
11/03/2004 00:25 Javier Iglesias ©. Tema: TannHäuser Primera Época No hay comentarios. Comentar.

UN CÍNICO DEL DIABLO

cd_045.jpgAmbrose Bierce, Bitter Bierce -el "amargo" Bierce-, como le bautizaron en Inglaterra, es una de las figura capital dentro de las letras norteamericanas del s. XIX, y un hito insoslayable dentro de la literatura de fantástica, gracias a cuentos tan logrados como "Un Habitante de Carcosa", "La Muerte de Halpin Frayser", Chickamauga, y Un Suceso en el Puente sobre el Río Owl, entre otros, pero yo lo traigo hoy aquí por su otra gran faceta, la del humorista negro y cruel, le del cínico acabado y genial, la del lúcido dispensador de socarronas invectivas y su divertido Diccionario del Diablo.

Escrito originalmente a modo de pequeñas colaboraciones periodísticas, Bierce recogió todo el material en un libro que en 1906 se tituló The Cynic's Word Book -"El Vocabulario del Cínico"- para acabar finalmente cambiándolo al hoy más conocido "Diccionario del Diablo", del cual extraigo para este Lapidarias de hoy, algunas de mis definiciones preferidas.

En 1913, Bierce desapareció para siempre en medio de la turbulenta revolución mexicana y no se volvió a saber nada de él; ni de su vida ni de su muerte. Tal vez recibió al fin el divino castigo que sus acres apostasías merecían... o tal vez, el verdadero Diablo -¿Dios?-, admirado de su genio, se lo llevó consigo a su reino, para tener alguien digno con el que conversar, discutir, diseñar los nuevos castigos que regalar a la raza humana... ¿acaso no escucháis unas carcajadas diabólicas subiendo ensordecidas desde las hondas entrañas de la tierra...?

Que ustedes, como ellos dos, lo rían igual de bien...

HOMBRE, s. Animal tan extraviado en la complaciente contemplación de lo que cree ser que no tiene en cuenta lo que indudablemente debería ser. Su ocupación principal es la exterminación de otros animales, así como la de los de su propia especie; a esta última, sin embargo, la multiplica con tanta insistencia que infesta toda la tierra habitable, y también Canadá.

CERDO, s. Animal (Porcus omnivorus) estrechamente unido a la raza humana por el esplendor y vivacidad de su apetito, aunque éste es de menor alcance que el humano, ya que vacila ante el cerdo.

RELIGIÓN, s. Hija de la Esperanza y el Miedo, que le explica a la Ignorancia el misterio de lo Incognoscible.

POLÍTICA, s. Lucha de intereses enmascarada como enfrentamiento de principios. Conducción de los asuntos públicos en busca de ventajas personales.

FILOSOFÍA, s. Ruta con muchos atajos, que lleva de ninguna parte a nada.

CÍNICO, adj. U.t.c.s. Canalla cuya visión defectuosa le hace ver las cosas como son, no como deberían ser. De ahí surgió la costumbre que reinó entre los escitas de arrancar los ojos a los cínicos para mejorarles la visión.

EJÉRCITO, s. Clase improductiva que defiende a la nación devorando todo cuanto en ella existe, para que el enemigo no sienta la tentación de invadirla.

COBARDE, s. El que en una emergencia peligrosa piensa con las piernas.

ENEMIGO, adj. Persona que, instigada por su naturaleza perversa, niega nuestros méritos o exhibe la superioridad de los suyos / U.t.c.s. Pícaro insidioso que nos prestó algún servicio cuya devolución resulta inconveniente. En arte militar, un grupo de personas, que obra guiada por los motivos más ruines y persigue el fin más inicuo.

INTELECTUAL, adj. Empleado en el Departamento de Arte, Literatura y Agricultura del Bulletin. Residente en Boston. Corto de vista.

OPTIMISTA, adj. U.t.c.s. Partidario de la doctrina que afirma que lo negro es blanco.

PREVARICAR, v. intr. Decir que "ella tiene ojos expresivos" cuando un amigo nos pregunta si su chica es guapa.

DIAGNÓSTICO, s. Arte de los médicos, que consiste en determinar el estado del bolsillo del paciente, para averiguar hasta qué punto es posible enfermarlo.

FE, S. Creer sin pruebas lo que nos cuenta alguien que habla sin conocimiento sobre cosas incomparables.

LOCURA, s. Ese "don y facultad divina" cuya energía dominadora y creadora inspira el espíritu del hombre, guía sus acciones y embellece su vida.

AMBROSE GWINNETT BIERCE
El Diccionario Del Diablo

SUEÑO VARADO

marooned7.jpgAlma de aventura, ojos de infinito, carne de horizonte, manos agrietadas de trasegar sueños, heme aquí abandonado al fin a mi suerte en arenas de desolación. Extinto el tiempo de las velas y su viento, las olas y su espuma, las salvajes costas y su verde alfombra de vida infinita, que todas me las segaron, me las cercenaron de cuajo estos malos tiempos que ya no son para mí; terminadas las travesías, los abordajes, las noches de ron y taberna, los días de luz y mar salada, que no hay nave ya que soporte estas aguas cenagosas, repletas de hiel, de hipocresía, de mentiras y traición, varé mis tristes huesos en este terruño de penumbra, cual ballena moribunda que busca morir en paz. Envuelto en este amarillo cielo que no puedo mirar porque me quema las pupilas, me arde las arterias, me pinta el corazón todo de llama, sólo me queda esperar, cabizbajo sobre mi postración, sintiendo el abrazo del silencio, el susurro del recuerdo, ese seco calor de la oscuridad…

© JIP

MAROONED (1909)
Howard Pyle

ESCULPIDAS EN SANGRE

esculpida2.jpgEL DURMIENTE DEL VALLE

Es un hoyo de verdor donde canta un río
enganchando locamente a las hierbas harapos
de plata; donde el sol, de la altiva montaña,
luce: es un pequeño valle que espuma de rayos.

Un joven soldado, boca abierta, cabeza desnuda,
y la nuca bañándose en el fresco berro azul,
duerme; está estirado en la hierba, bajo la nube,
pálido en su lecho verde donde la luz llueve.

Los pies en los gladiolos, duerme. Sonriendo como
sonreiría un muchacho enfermo, echa un sueño:
Naturaleza, acúnalo cálidamente: tiene frío.

Los perfumes no hacen estremecer su nariz;
Duerme al sol, la mano en el pecho tranquilo.
Hay dos agujeros rojos al lado derecho.

ARTHUR RIMBAUD, 1870



“Le estaba mirando un hombre muerto, sentado, con la espalda apoyada contra un árbol a modo de columna. El cadáver llevaba un uniforme que antaño fue azul, pero que ahora había perdido el color hasta alcanzar una melancólica tonalidad verde. Los ojos, clavados en el muchacho, habían tomado el tono apagado que se ve en los costados de un pescado muerto. Tenía la boca abierta. En ella, el rojo se había transformado en horroroso amarillo. Sobre la piel gris de la cara corrían pequeñas hormigas. Una arrastraba una especie de carga a lo largo del labio superior”

STEPHEN CRANE
EL ROJO EMBLEMA DEL VALOR, 1895

UN SOLDADO DE LEE (1862)

Lo ha alcanzado una bala en la ribera
de una clara corriente cuyo nombre
ignora. Cae de boca (Es verdadera
la historia y más de un hombre fue aquel hombre.)
El aire de oro mueve las ociosas
hojas de los pinares. La paciente
hormiga escala el rostro indiferente.
Sube el sol. Y han cambiado muchas cosas
y cambiarán sin término hasta cierto
día del porvenir en que te canto
a ti que, sin la dádiva del llanto,
caíste como cae un hombre muerto.
No hay mármol que guarde tu memoria;
seis pies de tierra son tu oscura gloria.

JORGE LUIS BORGES, 1964


“El muerto estaba boca arriba, en la cuneta, a unos cincuenta metros del puente. No lo habían visto morir, porque cuando llegaron ya estaba allí; pero le calculaban tres o cuatro horas: sin duda uno de los morteros que de vez en cuando disparaban desde el otro lado del río, tras el recodo de la carretera y los árboles entre los que ardía Bijelo Polje. Era un HVO, un jáveo croata joven, rubio, grande, con los ojos ni abiertos ni cerrados y la cara y el uniforme mimetizado cubiertos de polvillo claro. Barlés hizo una mueca. Las bombas siempre levantan polvo y luego te lo dejan encima cuando estás muerto, porque ya no se preocupa nadie de sacudírtelo. Las bombas levantan polvo y gravilla y metralla, y luego te matan y te quedas como aquel soldado croata, más solo que la una, en la cuneta de la carretera, junto al puente de Bijelo Polje. Porque los muertos además de quietos están solos, y no hay nada tan solo como un muerto”

ARTURO PÉREZ-REVERTE
TERRITORIO COMANCHE, 1994
31/03/2004 00:24 Javier Iglesias ©. Tema: TannHäuser Primera Época No hay comentarios. Comentar.




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Marzo 2004 |
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