Vida Puta y Sin TalentoTannHäuser. Año 5. Terrorismo bloguero, escritura subnormal |
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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2008. 10/01/2008Para los que saben
El abismo entre lo que se pretende expresar y lo que al fin se acaba escribiendo. Y todavía peor, más insalvable: el que se abre entre lo que unos y otros entienden de cuanto escribiste, en función de su nivel cultural, sus lecturas, sus particulares apetencias, así como la cantidad de intangibles cicatrices infligidas por los años. Abismos, precipicios, acantilados de dientes escualos, arrecifes como apetito de cachorros. A un tiempo te arrebatan todas las ganas de enfrentar un teclado y te otrogan nuevos motivos para seguir aporreándolo. Creo que empiezo a tener cada día más claras las dos orillas de este río perenne y sin desembocadura: escritores como la pintura doméstica, "de interior" y "de exterior", por llamarlos de alguna burda manera. Letras para todos los públicos, a ojos vista, como un cardenal morado a la altura de la clavícula; o bien letras intestinas, hepáticas, tumorales, sólo al alcance de radiólogos o audaces heterónimos de Ray Milland; hombres con rayos X en los ojos... ¿Que no entiendes nada? Pues ni siquiera te molestes en releer, si tienes que tirar para atrás o ponerte a pensar de qué demonios hablo es que los dos hemos fracasado: yo no conseguí que me comprendieras y tus ojos y circunvoluciones no ponen cachondos a los contadores Geiger... Ahora bien, ¿cuál de los dos tiene "un problema"? Añádelo a tu lista de interrogantes... Exarcebando los extremos, por ejemplo, el catedralicio -estos días tan en el disparadero- Ken Follett sería un escritor para todos los públicos. Tan mayoritaro como inocuo. Alejandra Pizarnik, en cambio, es un incombustible mitocondrio de hermético autocastigo. Follett apenas te pide algo más que los 20 euros que cuesta el tocho de rigor y algunas horas de sofá para conducirte hasta la palabra "FIN". La loca argentina, sin embargo, va a reclamar de ti mucho más; querrá que te arriesgues, que tomes partido, que te adentres en los miasmas de su particular infierno. Tendrás que poner tanto de tu parte, tanto contenido de tu alma, como ella puso de la suya al escribir sus páginas. Tendrás que mojarte o desistir: renunciar a quedarte en la estéril superficie por no haber querido -o sencillamente no haber sido capaz- de ir un paso más allá: arrojarte al vacío sin paracaídas. Follett, y tantos como él, son un salvoconducto al firme transcurso inane de las horas. No ofrece nada porque no pide nada en contraprestación. Pizarnik es un demonio con piel de cordero y boca negra como pasillo de hospital o noches de insomnio y dolor amanecidas en un box de Urgencias. Exige de ti todo y a cambio todo -lo bueno, lo malo y lo terrible- te lo devuelve, por lo común con intereses, lesivos y suicidas. En este sentido, no me interesa, como lector, cualquier escritura en la que no palpite un anhelo fáustico. Cuanto más años paso en este lado de la existencia tantos menos días me quedan, y lo último que deseo, por tanto, es emplear mis segundos en páginas inofensivas y sin artillería. Leer barato puede salir muy caro, sobre todo cuando has estado al otro lado; habiendo atacado las trincheras enemigas a la carrera, calada la bayoneta, regresar de una pieza y comprobar que no hay verdad sin peligro ni conocimiento sin riesgo, que la auténtica vida es la que avanza siempre pendiente del finísimo hilo, mortal y asesino, de la incertidumbre. La argentina suicida no se cuenta a pesar de todo, en el panteón de mis indiscutibles, la puse como ejemplo antártico y visceral de lo que es escribir no ya para uno mismo, sino contra uno mismo. Igual que hago yo desde hace tanto, aunque desde divergentes posiciones. Es muy probable que debido a ella, dicha divergencia, Alejandra no comulgase con mis líneas igual que a mí me cuesta navegar las suyas. Los ha habido mucho más próximos a mis adentos sin por ello representar un menor desafío. Lautréamont, Beckett, Durrell, Céline, Kafka, Cioran, Burroughs, Celan, Ballard... No se pueden escribir libros como "Viaje al fin de la noche", "El almuerzo desnudo" o "Crash" sin estar seriamente enfermo. Hacer de tu propia locura la locura de otros: pienso que ya no estoy a tiempo más que de esta forma de literatura. Que los Best-Sellers y los Planetas y Nadales queden para quienes desconocen qué es una digestión accidentada, cuyas noches son como una hogaza de pan untada de mantequilla. Esta es la razón por la que cada vez tengo más problemas para hacerme entender; porque, sinceramente, me importa un comino ser un muro infranquebale o un espejo abismal en el que mirarse la jeta. Me he dado cuenta de que, todo y su infinita complejidad, el lenguaje es una herramienta demasiado arbitraria e incapaz de los excesos a los que muchos la someteríamos con gusto. No se trata de ponerse a comparar. No es que debamos aventurar que la escritura es un chicle mucho menos maleable, por ejemplo, que la música o la pintura. Se trata de algo más profundo y perverso: lenguaje, música y pintura son sólo torpes y contrahechas máquinas de ordeñar la teta de la mente. Lo que hay aquí dentro es sencillamente demasiado. Habría que dejar de ser hombre; un neurocirojano alienígena, para sacar un inteligible correlato de nuestra diáspora mental. Pretendemos desenterrar el centro de la Tierra a pico y pala y disponemos apenas de 50, 60, con suerte los 70 años, no alcanzando en ninguno de ellos a ser más que un simple ser humano. Dar a entender a un otro el óxido que pudre tu mente, tarea de dioses en manos subnormales...
12/01/2008Perdonad que no me levante
Ojalá estuviese lloviendo a mares, una tormenta infectada de truenos, con abundante aparato eléctrico, como la de The Spiral Staircase, por ejemplo; que durase toda la noche, que sólo se apagase con las primeras luces del nuevo día, cuando ya todo sucedió. Una noche de tormenta de las que hacen salir de sus madrigueras a los asesinos y a las víctimas potenciales resguardarse en casa, en espera de las manos estranguladoras que les nieguen el día por llegar y todos los siguientes. Eso y un buen fuego; delante de la chimenea que siempre he soñado, retrepado en un confortable sillón de los que ya no se hacen, y un libro que todavía no ha sido escrito: leerlo hasta altas horas arropado por un par de mantas porque a pesar del fuego la casa es fría y fuera el infierno diluvia. Leer hasta quedarme dormido, o mejor, hasta que un rayo demasiado certero deje sin luz a media ciudad. Entonces, la semioscuridad ambarina, el fuego crepitante reflejado sobre mi cara y los cristales sucios de las gafas, impregnados de fantasmagorías digitales. Me levantaría con dificultad, con bastante dolor, arrugando el ceño, torciendo la boca, y me serviría un generoso trago de wishky, todo y que no bebo. Luego pondría toda la atención en notar cómo lentamente me abrasa las paredes del estómago mientras la lluvia interpreta su sorda y monocorde partitura sobre tejados y ventanas. Volvería a sentarme y cerraría los ojos. La lluvia asesina en los oídos y los miembros ateridos, las llamas imposibles untándome el rostro de calor amarillo, el dolor atenuado pero constante en la punta del zapato, y el verdugo de mis días, como un perro de presa, olfateando las calles negras y empapadas, en pos de mi aroma... Noches así no deberían terminar nunca. Si las hubiese, claro, pero no es el caso. De lo descrito más arriba todo fue imaginado salvo una cosa, el dolor palpitante y sordomudo en la punta del zapato; mi dedo gordo del pie derecho, roto desde hace no más de seis horas y durante las próximas cuatro o cinco semanas... No tengo chimenea, así que habré de conformarme con el artificial ámbar de la estufa eléctrica. Tampoco tengo ese cómodo sillón en el que hundir mi culo y mi melancolía, este sofá barato que lleva años rompiéndome la espalda tendrá que aguantar mis huesos -y esta silla que ahora ocupo el peso de mi pie destrozado-. De libros que no se han escrito está el aire plagado, son como espíritus difuntos, vagando, no obstante, por un limbo distinto, infuso en corrientes abortivas y de sempiterna postergación. Se me ocurre escribir que todo sería un poco menos patético si pudiese al menos regalarme un buen lingotazo de fuego caoba garganta abajo, fuesen cuales fuesen sus consecuencias, pero sin duda lo peor es caer en la cuenta de que esta noche no lloverá y cuando llegue mañana, que llegará, las calles estarán secas y el dedo dolerá desérticos horrores.
13/01/2008Todo sigue igual
El infortunio, la suerte perra, es el reverso tenebroso del dinero, su cara oculta de la luna, y como tal también crece exponencialmente, es decir, que igual que el dinero llama al dinero, la mala suerte atrae más mala suerte a tu alrededor, se extiende y ovilla sobre una vida humana como una plaga, hasta que llega el día en que te sientes tan rodeado de desgracia que empiezas a pensar que eres gafe o estás maldito. Ni que decir tiene que ambos elementos, dinero y fatalidad, como antagónicos que son, no congenian; y de ahí que quienes tienen mucho dinero escapen razonablemente bien a las zarpas de la mala pata del mismo modo que ésta impermeabiliza las vidas de sus desgraciados, impidiendo que el dinero en abundancia se filtre hacia sus bolsillos. De entre todo el amplio corolario de desgracias, no obstante, las hay mucho peores que tener un vivero de arañas por cartera; la de ser un abonado a los servicios de Urgencias, por ejemplo. Me cuesta la media hora larga llegar hasta el quiosco desde mi casa, apenas separados por quinientos metros, seiscientos a lo sumo. Compro el bonobús y salgo, me acerco a la parada, consulto horarios y paradas; hace años que no viajo en autobús. Faltan algo más de diez minutos para que pase y de todos modos ahora mismo me urge más que ninguna otra cosa un café con leche, lo noto como un prurito sangrante en el alma, un ardor parecido al que debía sentir en los dedos Billy el niño segundos antes de desenfundar. ‹‹¿Perdón, cómo decís? ¿Un adicto al café con leche?...›› No, no exactamente, o mejor dicho, no del todo. Más adicto a las cafeterías que a la cafeína. No sabría cómo explicarlo... Mi mono es la necesidad de poner por escrito algo, lo que sea, todo esto en definitiva, este cúmulo de pensamientos y sensaciones, y en pocos lugares funciono mejor que en una cafetería. El primer golpe de —buena— suerte en lo que va de año; hay una abierta —es domingo, once de la mañana— muy cerca de la parada de autobús, de modo que entro, enseguida mi ostensible cojera cosecha toda la atención del respetable; unos abandonan por segundos sus conversaciones, otros levantan la mirada del periódico, las camareras se quedan con las tazas en vilo, suspendidas a medio camino entre la máquina y la bandeja. Todos me miran, es decir, escrutan mi cojera, sondean mis piernas incapaces: ‹‹¿Esa es la cojera de un tullido o la de un subnormal?››, y acto seguido suben, miran la cara, mi rostro, que bien podría pasar por el de un tullido cualquiera, pero nunca por el de un disminuido mental, aunque más bien, por la barba de días y las profundas ojeras después de una noche muy larga y muy de mierda, debe parecerles más el de un yonki o un etarra. —¿Qué le pongo? —los “Buenos días” en boca del servicio son ya fósiles esqueletos de brontosaurio varados en la playa terminal de la cortesía. —Un café con leche y una palmera, por favor —la dicción relativamente inteligible la desconcierta, no soy un yonki, está claro, pero lo que acaba de cortocircuitarla es el “por favor”. Se lo piensa dos veces, no se acaba de fiar. De todos modos, aunque no sea un drogadicto, por educado que me muestre, aún podría llevar una bomba de relojería escondida en la mochila... Me sirve lo mío y no le doy la oportunidad de decirme que ya le estoy dando dos euros, no sea que me vaya sin pagar. Al fin y al cabo, pongámonos en su lugar, el refrán dice que se coge antes a un mentiroso que a un cojo, pero nada dice de los cojos mentirosos: —¿Qué te debo? —Dos euros —ella en cambio sí que se ahorra la coletilla del “por favor”, quizá porque anda escasa de educación y economiza la poca que le queda, tal vez porque piense que ya me ha hecho favor suficiente sirviéndome el café y la pasta en lugar de correr a llamar a la policía. Le pago, aquí tienes, me arranca el billete de cinco, no dice nada, se vuelve hacia la registradora, vuelve con las monedas: ‹‹y tres euros de cambio...›› Los dos nos ahorramos el “gracias” de rigor. Cojo mi bandeja y me hundo lento y cojitranco en la mesa más distante de cualquier masa de carne humana. Azucarillos, muevo, saco la libreta, el bolígrafo, doy un primer sorbo, y no es precisamente igual que Robert Duvall en Apocalypse Now; quizá el napalm le oliese a victoria, a mí el café sólo me sabe a cierto regusto de hogar, lo que, visto lo visto, ni me atrevería a decir que es poco aunque diste mucho de ser algo. Ahora pienso en Ángel González, que murió ayer, o al menos fue ayer cuando me enteré de su muerte, tal vez fue la madrugada del viernes, no sé. En cualquier casó sé que a partir de ahora asociaré siempre a este poeta con mi dedo gordo del pie derecho: él dejó este mundo a los 82 años el mismo día que yo me destrocé el pie a los 29. Cada vez que el tiempo cambie y baje la presión, las viejas cicatrices óseas rememoren sus primeros pasos y la punta del pie comience a gritar, pensaré: Ángel González, y muy probablemente me recite aquellos versos suyos: “Hay mañanas en las que no me atrevo a abrir el cajón de la mesa de noche / por temor a encontrar la pistola con la que debería pegarme un tiro”. No diré que me he despertado con ganas de levantarme la tapa de los sesos, pero sí que me siento cansado, muy cansado, y que éste amenaza con ser un domingo bastante cabrón. Me duele horrores el pie, mucho más que ayer, desde luego, y el doctor me dijo que lo peor estaba por llegar: ‹‹A partir del tercer o cuarto día sí te va a doler de verdad››. ¿Por qué nunca aprendo la lección?... Porque soy un cabezota irredento, por eso, y por estúpido, irredento también. Ni que me pagasen por ello, tuve que meter la pierna donde todos los demás hubieran saltado. Descuajaringarse el pie un sábado por la tarde en un partido de pachanga; ¿cabe ser más “loser”? Los cementerios y las plantas de traumatología están a rebosar de estúpidos como yo. Menos mal que no he tenido que vivir ninguna guerra, apuesto que me habrían abatido a las primeras de cambio, de la forma más estúpida, mientras atacaba solitario un nido de ametralladoras o retiraba de la línea de fuego el cuerpo muerto de algún compañero; después la nada, la oscuridad; forraje para los gusanos. Lo único que saco en claro es que ya no volveré a jugar a fútbol, y no porque me arrepienta, sino porque cogeré miedo, a chutar, a golpear, a meter la pierna. Dejarte los huesos en el campo es una tocada de pelotas, qué duda cabe, pero mucho peor es jugar para no jugar, es decir, para no ganar. Si he de jugar a perder mejor me quedo en casa. Y eso que aún no he pasado por lo peor. Mucho peor que el dolor y el mes y medio que me espera, de autobuses y cojeras. Lo peor vendrá ahora, cuando termine de escribir y coja el autobús hacia casa de mis padres: ¿por qué cojeas?; me he roto un dedo; ¡¿cómo?!; fútbol...; ¡¡¡No, si tú no aprenderás nunca, tú siempre tienes que andar haciendo el burro, cuando aprenderás que tú ya no tienes veinte años!!!; estoy bien, papá, sólo me duele cuando me río, pero, como de costumbre, gracias por preguntar... Y luego el silencio, y las malas caras por ambas partes, en ambos frentes, y mi madre en medio, en tierra de nadie, capeando mal que bien el temporal, inerme y sin casco... Que todo cambie —y se rompa— para que todo —incluida tu mala pata— siga igual, ya lo dijo el fulano aquel, Lampedusa, sin duda desconociendo que acababa de formular una suerte de Verdad Universal.
20/01/2008La senda equivocada
Justo una semana atrás escribía en una cafetería sobre un “yo” muy parecido a mí que cojeaba porque el día antes se había destrozado el pie jugando a fútbol en plan pachanga, y ahora, también desde una cafetería, aunque muy distinta de aquélla, escribo sobre cómo lo hice, lo de escribir sobre el dedo roto, quiero decir. Coincidencias como garfios de enganchar la carne… Borges se quedó corto, la literatura, por extensión la vida –nunca al revés–, es un jardín de senderos que “se trifulcan”, se yerguen sobre sus colas igual que cobras enfrentadas, se atacan alternativamente, una y otra vez avalanzándose eléctricas sobre su oponente, a base de flashes de colmillo y dentellada, y mientras nosotros fuera, del sendero y de la vida, espectadores, contemplando atónitos cómo fuerzas superiores a nuestro ADN, más vigorosas cuanto más quiméricas, prueban a matar sin matarse en el juego de la ruleta rusa, apostándose en la partida nuestras vivencias. Ya manda huevos el asunto, tener que pasar por taquilla para asistir a la proyección de nuestra propia película, interpretada por actores a los que jamás hemos de parecernos, tan guapos ellos, tan sin ruina la máscara de su rostro, ya antes incluso de la rigurosa sesión de Photoshop. Patricia Highsmith dejó escrito algo así como que un escritor que no escriba cada día no llegará a ser nunca un verdadero escritor. Podrá llegar a ser un buen corresponsal, un audaz productor de cartas, por ejemplo, pero no “un escritor”, esto es, un novelista. Pienso que hay mucho de cierto en estas palabras, aunque no todo, porque al final a Patricia se le acaba viendo el plumero. Ella fue novelista. El siglo XX ha sido el primero en anteponer la novela a cualquier otro género literario, y hasta tal extremo ha sido así que hoy día poetas, dramaturgos, guionistas, ninguno parece merecer el calificativo de “escritor”. Hoy, más que nunca, escritor sólo es aquél que escribe novelas. Pero a Highsmith le concedo la razón en todo el resto. De hecho, veo su apuesta y la doblo: cualquier escritor que no sea capaz de mentirse a sí mismo y a sus lectores, por bien que escriba –aunque escriba cada día– nunca alcanzará a ser un auténtico escritor. En cierto modo se trata de dejar de ser uno mismo para ser otro, para ser otros, todos cuantos existen, y aún más complicado, cuantos podrían existir; vampirizar la realidad para vomitar una realidad nueva, tan distinta de ti y a la vez tan infusa en ti que cualquiera que te conozca como si te hubiese parido ni le pase par la cabeza relacionar dicha realidad, ese mundo nuevo, con tu pluma. Eso es escribir. Eso es ser escritor –novelista o no–: no tanto convertirte en un hábil mentiroso, un pinocho compulsivo, como conseguir que tus mentiras sean verosímiles, y que nadie se atreva a señalarte como fuente de semejante engaño. En este sentido, por ejemplo, quienquiera que me conozca un poco podría señalar con poco temor a equivocarse qué partes de mi relato fueron verdad y cuáles ficción, pura argucia. Por lo tanto, reconozco que en gran parte fue un texto fracasado: había en él demasiado de mí, de un yo, además, desprovisto de antifaces, ajeno a todo baile veneciano. Así pues, ¿cómo lograr que un lector quiera seguir sabiendo de las desventuras de un tipo del montón y su pie machacado? Sin duda es una buena pregunta que, no obstante, me guardaré mucho de intentar contestar… En mi caso tenía un claro punto de partida, mi dedo roto, y contaba con poco más que mi dolor y mi supremo cabreo para llegar a alguna suerte de final. Me puse a escribir como muchas veces antes he hecho, como tantas otras se puso Stanislaw Lem, como Poe dijo que jamás debía hacerse, esto es, sin saber adónde me conduciría nada de todo aquello. Desde el principio me puse a escribir careciendo de un final. Es un mal sistema, estamos de acuerdo, pero es que realmente no pretendía llegar a ninguna parte. Me sentía puteado. En aquel momento me importaba un bledo el 99% de mi realidad. Sólo existían el folio en blanco y el dolor en la punta del zapato. Y de ahí, en aluvión, todo lo que arrastró el río desbocado de mi rabia y mi impotencia. Si, como Highsmith, tuviese alma de escritor, de novelista, habría sido capaz de poner en escena a un tipo tan distinto de mí que nadie, ni la madre que me trajo, podría haber dicho que era hijo de mi esperma mental. Cojeando, con el pie hecho fosfatina debido a un accidente de esquí, de bolos o de petanca, hubiese cogido el autobús por primera vez en años, y allí una chica guapa, morena, ojos grises como la menstruación de un lingote de plata, leyendo a Céline, concretamente el “Viaje al Fin de la Noche”. Esta escena, si ya es prácticamente imposible en una gran ciudad, en un autobús público del provinciano y pequeñoburgués municipio de Reus, como comprenderéis, más que una ambiciosa ficción es toda una utopía. Entonces mi personaje, venciendo su legendaria timidez, decidiría abrir la boca: “Ese libro es muy bueno…”, y a partir de ahí, quién sabe, quizá una historia. En lugar de esto decidí lo de siempre, no salir de mí, quizá porque tenía el pie hecho cisco y cualquier movimiento suponía una tortura, tal vez porque soy esencialmente un vago, muy probablemente porque no me siento ni me he sentido nunca escritor. Debido a esa incapacidad, la de mentir sin ponerme rojo, sin que todos, del primero al último, sepan, y acto seguido señalen con el dedo como ultracuerpos: “Ha sido él”. Prefiero la bifurcación opuesta del sendero, la cobra que pierde la partida y paga la derrota con su vida, puede que porque, ingenuo de mí, me gusta pensar que el coraje siempre te honra, más aún en la derrota que en la victoria, y sobre todo en la muerte. Escogí la orilla oscura y deslucida, poblada de quienes no llenaremos nunca ni la más triste contraportada; la verdad, amarga y ácida. Escribir como si no hubiese de haber mañana, contra uno mismo y de rebote contra las afueras, desde el odio y la venganza, desde esta vesánica amargura. Convertir en inverosímil la cruda realidad porque muy pocos quieren recordar que el día a día se regodea en ser tan hijo de puta.
24/01/2008Un Fénix y sus cenizasTodo es como recién estrenado cuando tardas diez minutos en llegar a casa desde el coche, cuando piensas que saliendo un cuarto de hora antes llegarás a tiempo a tu cita y acabas llegando quince minutos tarde, el tiempo se ensancha como un vientre en el noveno mes, como un globo de chicle tocado de la semitransparenica inerte del condón echado a perder, sepas o no quién coño fue Bergson y qué se le pasó por las mientes. Tiempo de leer mientras cojeas, de escrutar el rostro del prójimo mientras cojeas, de observar mientras cojeas cómo las ambulancias se hacen sitio más a base de empellones de acelerador que de cantos de sirena y luminarias. Coches montando las aceras, transeúntes espectantes, ávidas sus gargantas de ajena tragedia, y, siempre, insoslayable, el listillo de turno, el último de la fila, tremendo cabestro que hace de la ambulancia su particular lanzadera, transformándola en galgo, para ponerse detrás, el primero, a resguardo, para adelantar cuánto, ¿un semáforo?, tres minutos, y aun después, ya en casa, si es que no consiguió -matar y- matarse en el camino, lo contará a la familia en forma de batallita: ‹‹Si es que no se puede ser tan bueno, os lo digo yo...›› Tanto tiempo a tu disposición, en suma, a pesar de ser ten mortales, tan transitorios, que al final te hartas, agachas la cabeza para no tener que arrastrar tanto humano espectáculo de pupilas adentro. Contemplar tu cojera mientras cojeas... Un paso bueno, el izquierdo, y otro a medias, el derecho; Frap, fratap. Sólo me faltan el bastón y la chepa. Frap, fratap. El resto más o menos lo tengo. Frap, fratap. La feúra congénita, la mala hostia reconcentrada. Frap, Fratap. Sería Marty Feldman en Young Frankenstein... ¿Es usted Aigor? ¿Es usted Frodoric? ¡Se pronuncia Frederick... Frederick Fronkonstin!
En fin, que observo mis pasos avanzar a duras penas, frap, fratap, porque mirar la humanidad me produce náuseas, más dañina que un fin de semana con los gastos pagados en el alegre corazón de Chernobyl, y no puedo quitarme a Kevin Spacey de la cabeza, Sospechos Habituales, me digo: ‹‹Bueno, y ahora voy a hacer como Keyser Soze... poco a poco, paso a paso mi cojera se irá convirtiendo en un caminar ágil y desenfadado y los habré dejado a todos con un pamo de narices, les habré dado bien por el culo... Ahora... Frap, fratap... no, ahora... frap, fratap... no, espera... frap... ¡Ahora!... fratap...›› No hay manera. Es como cuando aprendía a jugar al frontón. Me metían unos palizones del quince. Y después de cada punto perdido me decía: ‹‹Bueno, y ahora basta de tonter'ias; ahora vas a empezar a jugar››. Ni que decir tiene que todo eso no servía de una mierda. Me machacaban sin piedad.
A la gente le gusta machacar, aunque sea en silencio, aunque sólo sea a base de mirar, les pirra, ven tu tara y la comparan con su tara. Eso les hace sentirse mejor. Porque tu tara se ve, la suya en cambio pasa desapercibida. En el tiempo que tardas tú en llegar a la churrería, cojitranco de las pelotas, a mí ya me ha dado tiempo de comerme unos buñuelos rellenos de crema, reírme del ciego que vende cupones, llegar a casa lanzado, detrás de un camión de bomberos en misión especial, y decirle mecagüentuvida a la parienta, como es preceptivo. Estaba en la biblioteca esperando mi turno para llevarme prestados unos libros. Delante mío una señora de una edad más que mediana, le toca, la cola avanza un paso y pone en el mostrador "Destino de Caballero": ‹‹me llevo esta››. A la gente le pone más el morbo que una mamada del infierno. ¿Que Heath Ledger se ha matado? Bueno, ni siquiera sé quién narices fue, pero vamos a ver algunas de sus películas, qué demonios... Al fin y al cabo, le he ganado. Él está muerto y tú sigues vivo. Reconfortante reconfortante. De todos modos esta tipa me suena, creo que también salió de su madriguera cuando lo de Umbral, quería uno de sus libros: ‹‹Del que se acaba de morir››; ¿Pero cuál, señora?; ‹‹Da igual, cualquiera...››
Umbral está fiambre y River Phoenix está fiambre y Heath Ledger está fiambre y Brandon Lee está fiambre y es curioso y casi estremecedor constatar cómo Ledger haciendo de Joker se parecerá a Lee haciendo de Cuervo, casi tan curioso como estremecedor comprobar que Umbral y Phoenix no se parecieron en nada, lo que sin duda añade cierta pizca de cordura al cosmos, falta le hacía, mas no impide que algunas ambulancias lleguen tarde antes incluso de haber recibido la llamada de auxilio...
Porque algunos vivos, sin saberlo, ya transparentan la calavera que han de ser en breve...
28/01/2008Tufoman Vs. Vampiro Wireless... ¡Coming Soon!
La biblioteca pública, ese sitio al que la gente acude a todo menos a leer. Antes verás a un par de tórtolos sobeteándose las bajuras y lengüeteándose las alturas que a un tipo leyendo un libro. Quiero decir "un libro". Un solo y triste y puto libro en condiciones. Fauna para todos los gustos: estudiantes que odian a sus padres porque no les pudieron pagar universidad privada, lectores de periódicos por el morro, huérfanos de conexión de banda ancha, corsarios de deuvedés, melómanos piratas, inmigrantes que como no conocen el idioma -ni ganas que tienen, ya se encargarán los politicastros de traducirles al árabe los rótulos esenciales sólo por política y electoralista corrección- se dedican a armar barullo y tocar los santos cojones. Aquí se viene a pasar los apuntes a limpio; a chismorrear con la Vero que esta mañana el Joshua me ha tocao una teta y yo le he metio la mano en el calzoncillo, tíaaa!; a mirar las fotos del príncipe y la Pantoja en la Lecturas; a completar la discografía de Chimo Bayo... También a actualizar el blog, por supuesto. Hasta hace veinte minutos tenía ante mí a una chicuela super mona y de tipito genial, con un peinado de lo más fashion, unas tetitas picudas y golosas bajo el suéter a cuadros, y labios carnosos y apetecibles, de los de enviarte directo al calabozo por escándalo público. Así no había manera de escribir. Me he puesto a mirar el correo, ojear algunas páginas; sacrificar el tiempo a medio camino entre la histeria y una brutal erección. De cuando en cuando levantaba la vista, estaba enfrente; no tenía más que alzar los ojos por encima de la pantalla del portátil y me los encontraba, sus labios hipercárnicos o sus tetines joviales, en función de mi ángulo de descaro. Estaba ella tan metida en su pantalla que no se daba cuenta de mi estupro visual. De vez en cuando la escrutaba, este pedazo de cara, aquél de brazo o muñeca desnuda, éste de pecho vestido pero cierto, y acto seguido desviar la cabeza, a babor o estribor, igual daba, no fuese a apercibirse de que la estaba violando con la mirada. Luego la ha llamado alguien, probablemente el maromo, porque han como discutido por teléfono y eran esa clase de mohines y reproches que sólo se tienen con el compinche de cama. Ha recogido los bártulos echa una hidra y se ha marchado. Cuando se ha dado vuelta para enchaquetarse el tronco menudo he aprovechado para ojearle profusamente y en profundidad su soberbio culo de añiles tejanos. Menos mal que se marcha, pensé tonto de mí, ahora podré escribir algo, y fue desaparecer por la puerta acristalada, atento yo a sus andares de temprante emulsión de textiles epidermis, y aparecer este pavo cabrón que ahora tengo delante, justo donde estaba ella, Miss Tetitas Picudas me da por rebautizarla justo ahora que se evapora de este relato. Os presento a Pestífero, de ahora en adelante os dirigiréis a él como Pestífero o Sr. Pesteman, auténtico terror de mis napias. Yo a Pestífero ya lo tenía sufrido de una tarde no muy diferente de ésta, en la que se me sentó al lado, amargándome de forma semejante la pituitaria, revolviéndome hasta tal punto el estómago, que al final renuncié a lo que estaba haciendo, así como a la castaña carrillos casita de chocolate que tenía delante, muy mona ella también, aunque no tanto como Tetillas Golosas. Me las piré de allí, es decir, de aquí, porque hasta la mesa fue la misma, o sea ésta. Desde entonces lo había vuelto a videar un par de veces, al Sr. Pesteman, deambulando por aquí, dándoselas del Reverso Tenebroso de la Fuerza de un Air Wick, y fue verlo y apuntarme voluntario a la primera expecición que partiese hacia Cabo de Hornos, porque si ya me molestaba verlo, al tipo, lo último que quería en esta vida era también "captarlo", esto es, caer noqueado ante su fetidez en tsunami. Menudo pestucio, amigos, una mezcla incombatible de rémora a sobaquina y fritanga de cebollas rancias. Hitler hubiese impuesto el alemán en Arizona con cien Pestemanes como éste... ¡Por Dios! Es que no hay nadie que le diga a este estudiante de qué sé yo qué -no quiero ni imaginar qué clase de inhumana tortura ha de ser compartir aula con semejante individuo-, que las flores se mueren a su paso, que no le hace falta ni el caballo, la hierba no vuelve a crecer ni aunque pise de soslayo, y Atila se le queda mirando, igual que un Da Vinci tomando apuntes del natural en un cuadernillo, por ver si puede enseñarle algo nuevo. Y lo peor es que puede, vaya si puede, este mamonazo... ¿Es que no tienes familia, tío? Padre, madre, no sé, que te diga, hijo mío, cariño, que tienes ya 30 años y los huevos negros, por lo que más quieras... ¡date un baño de una puta vez!... Novia, cómo ves, ni pregunto, aunque tendría que consultar qué porcentaje de anósmicas tenemos, por ver si tienes probabilidad estadística de pillar cacho... ¡Acaba de suceder algo insólito! Hacía tiempo que quería hablar de Vampiro Inalámbrico y mira tú por dónde Mr. Pesteman va y me regala la oportunidad. Vampiro inalámbrico es otro clásico de esta biblioteca. Vampiro Inalámbrico -Vampiro Wireless si es que sois nerds irredentos o leéis desde Gibraltar- no duerme en la biblioteca porque no le dejan, pero anda haciendo gestiones para que le pongan un catre y una escupidera en el almacén más cercano al cagadero. Vampiro Inalámbrico está cada puñetero día, sin falta, a las diez de la mañana en la puerta, esperando que abran, es el primero en entrar y el último en irse. Lo verás siempre aquí, adherido a su portátil como adolescente a grano pajero, y si no lo ves es porque está por ahí, fumando en la calle o cascándosela en el lavabo, pero su portátil, ése sí, ocupará siempre media mesa y un enchufe libre. Porque Vampiro Inalámbrico no come ni bebe ni caga, se alimenta del internet gratuito mensualmente apoquinado por el humilde ciudadano... Pues bien, ver para creer, tal es el gas tóxico que desprende esta humana masa de antihigiénicas costumbres que conocemos por Pertífero que, atención atención -redoble de tambores, triple mortal sin red y con tirabuzones-, ¡Vampiro Inalámbrico acaba de renunciar por voluntad propia a su diaria dosis de conexión por la jeta!, se ha pirado con cara de malas pulgas y lanzando miradas envenenadas a Mr. Peligro Biológico. Inaudito. Ya sé que habrá quien piense que me paso tres pueblos, quien incluso afirme que me lo estoy inventando; bueno, bueno, estáis en vuestro derecho, qué duda cabe..., ¡pero sólo yo estoy aquí aguantando a este cabronazo apestador! ¿Si fuese un protagonista de Mystery Men cuál sería? Lo tengo claro: se llamaría Tufoman y su poder estúpido y letal sería el ántrax directamente expelido desde sus axilas... No obstante, como a veces, sólo a veces este puerco mundo observa algún resquicio de justicia poética, he comprobado en mis estadísticas que algún pobre incauto entró aquí después de escribir "cosas que hacer en Reus a mediodía" en el google. Me parto... No pudo escoger "mejor guía", la verdad, eso le pasa al tiñalpa por venirse hasta aquí a hacer turismo, le está bien empleado. Si quieres puedes venirte a la Biblioteca Municipal, Xavier Amorós de nombre, para más señas, más o menos entre las tres y las seis de la tarde, márcate un garbeo por la zona de conexión wifi, verás qué aroma, verás qué gusto, veras qué buen recuerdo te llevas de la ciudad de la Rosa y el General Prim... Una pequeña venganza que me cobro a cambio de soportar este hedorífero calvario.
30/01/2008Por no empolvarte la narizMe había terminado la madalena en un abrir y cerrar la bocaza, bien buena, gustosa gustosa, la verdad, y tierna como un beso cerdo en la penumbra de tu portal, ¿recuerdas?... ¿No? Pues yo sí, vaya si recuerdo, menudo lubricente tornillo salivoso, aunque no me extraña tu desmemoria de estos días y los que vendrán, siempre supe que a la larga acabarías saliendo a tu madre, Dios tenga en su seno un buen solar destinado a albergar su ubicuo pandero… Pero quedaban los restos en la mesa, la madalena: unas miguillas rubias, el emboltorio arrugado, para los cochinos, y una pepita de chocolate que se salvó de mis ácidos gástricos, dispersa, en órbita elíptica sobre la taza de café. Pensé en dejarlo allí, aquél montón de posmoderna basura, que lo recogiese el camarero, eterno sísifo aspirante a mileurista, pero me sentía cívico y social como pocas veces. A la postre, con las horas, descubriría que tamaña heterodoxia en mi carácter se estaba debiendo a la fiebre, lo que me tranquilizó no poco, así lo reconocería si es que alguien me preguntara. Tomaría un termalgin, yéndome a la piltra tan contento, previo gozoso paso por la casilla de la Calle Onán, en el solitario monopoly de mis sábanas. Pero antes de eso me acababa de zampar la madalena y tú hacía tiempo que ya no me besabas como si pretendieras opositar a la cátedra Tera Patrick de lascivias y humedales, me sentía, no obstante, filántropo o algo por el estilo, estaba allí, quería hacer algo típico de un hombre de provecho con todos aquellos deshechos postalimentarios, lo que se supone hace todo hijo del vecino de alguien que paga sus impuestos y rellena la casilla de la Santa Sede y esa misma noche deja a la mujer viendo la tele y se va de putas. Busqué una papelera, algo algo por el estilo, un lance aquí sus detritus y olvídese de cualesquiera remordimientos de conciencia, un cubo de fregar aunque fuese, total, a la chacha de la limpieza no le iba a importar, ni iba a notar la diferencia, si es que miraba. No di con nada semejante. Tampoco tenía muchas ganas de ponerme a buscar. Entonces la vi, los vi, una pareja de enamoraduscos del copón, mirándose como se miran los que creen firmemente -hasta se apostarían los piercings- que el universo dejará de escupir entropía para detenerse a contemplar sus bobalicones intercambios de pupilas. Él me importó poco, lo que se dice una mierda, bien le podrían haber reventado la quijada de un equino pollazo allí mismo y a mí me habría dado igual, sólo que esa foto, esa instántanea, ese tremendo aldabonazoo de caballuno colgajo, bien podría valer un par de Pulitzers... Pero ella, uy ella, ay ella, joder con ella, cuidado mucho cuidado con ella; vamos, que no se merecía su linda carita estar componiendo semejante rictus de manierista ñoñería. Más bien todo lo contrario. Empecé primero a especular, poco después a construir lúbricos castillos en el aire según previos y abusivos planos; su escote y mi entrepierna ubicuos protagonistas… ¿Soy o no todo un poeta?... Siguieron así un buen rato el par de tortoletes, hasta que al fin se cansaron y el mostrenco cogió la bandeja con sus respectivos restos de inmundicia y se dirigieron, él y la basura, allá dondequiera que el común de mortales acumula la mierda antes de que otros la inyecten por correo certificado en las raíces profundas de la cadena trófica. Mientras tanto, el chorbo fuera de plano, buscando con nulo éxito una papelera, ella quedó solitaria, descubierta, inerme; mirada perdida en el fondo de algo, con ojitos tristillos de necesitar mucho amor. Suspirante... Regresó él, ella se levantó. Salieron juntitos de la mano, muy felices, espectativos de la vida y sus luces por venir, ingenuos de la hostia -no hay más que ver las ojeras que te agarran por los huevos rozando los ventilargos-... Enternecedor. Pero cometieron el error terrible, vaya que sí, lo pagarían caro, bueno, sobre todo él, sólo él las iba a pasar putas, porque para ella tenía otros planes, no menos turbios, mas no dañinos a corto o medio plazo, quizá un tanto degradantes pero en absoluto dolorosos, que no por nada la civilización nos regaló la vaselina... Lo dicho, que se habían dejado el vaso del café, el de ella, por supuesto. Allí estaba aguardándome, el muy pillo, susurrándome ven aquí, guapo, que la podemos armar gorda, conque antes de que se acercase cualquier camarera chusca y mal pagada con una de esas berrugas en mitad del belfo superior a desbaratármelo todo, me acerqué con sordo sigilo y presta descreción a su mesa, armado además de la más alquimista y swedenborgiana de mis aposturas, y lo hice, sí, lo hice: arrojé mi pepita de chocolate a su culillo de café con leche… Nadie me vio, estoy seguro, y ahora el hechizo ya fue consumado: nena, serás mía… Ahora sí vas a ver.
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